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martes, 15 de junio de 2010

El entierro de la comida (Guiño a Leopoldo Alas "Clarín")



No se si alguna vez habéis probado comida recalentada en una fiambrera de dos pisos. La verdad es que no os lo aconsejo. Sobre todo si ha sido recalentada junto a otras setenta fiambreras, también de dos pisos y de olores y sabores extraños. La mezcla que se crea es algo homogénea e insoportable. Automáticamente se te quitan las ganas de comer y cualquier cosa te parece mucho más apetitosa, incluso una ensalada de lechuga con tomate. Recuerdo una historia relacionada y repugnante que me ocurrió más o menos cuando estudiaba sexto de primaria.

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Antes de nada lo que debía hacer era reconocer su fiambrera entre todas las demás. Ésta, sólo se diferenciaba de las demás por una pequeña marca inscrita en la parte superior. Dentro estaba su comida y toda clase de sabores y olores mezclados. Esta sensación normalmente le hacía perder el apetito y acto seguido se levantaba de la mesa, volvía a introducir su fiambrera en una bolsa de plástico grasienta y birlaba unos trozos de pan del comedor. Se hinchaba a pan. Por lo menos éste estaba tierno y le mataba el hambre.

Ese mismo día iba especialmente cargado de mochilas y cuando salió de clase abandonó su bolso de deporte en la sala de ordenadores e introdujo dentro la fiambrera. Pensaba recogerlo todo al día siguiente.

Pasaron un montón de semanas hasta que volvió a ver su bolso.

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Sabía perfectamente donde estaba, sin embargo, cada día le costaba mayor esfuerzo ir a por él. Cuando ya por fin lo daba por perdido, uno de los alumnos encargado y ayudante del portero se lo devolvió. Llevaba su nombre escrito en un bolsillo. Todo llevaba su maldito nombre escrito y en seguida le reconocieron. No se lo podía creer. Era su bolso. Era el mismo bolso que llevaba más de un mes abandonado en aquella sala y del que no quería saber nada.

Cuando lo abrió recibió un golpe de olor a humedad que le hizo echarse hacia atrás. Dentro olía a champiñón pero eso no era lo peor. Junto a su ropa de deporte estaba aquella grasienta bolsa amarilla. Dentro estaba la fiambrera y en su interior comida podrida. Se pudo imaginar su estado y descomposición. Ni siquiera necesitaba abrirla. Acto seguido se dirigió hacia las pistas deportivas. Al fondo estaba el salto de longitud y casi nunca había gente por allí. Rápidamente cavó un enorme agujero en la arena, arrojó su fiambrera dentro y se olvidó del problema. No era posible que nadie le descubriese. Además su madre hacía meses que había comprado una fiambrera nueva. La cosa estaba resuelta.

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El pitido



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No puedo determinar con exactitud cuáles fueron las causas y el origen de tan extraño fenómeno. Lo verdaderamente interesante a veces se encuentra en el enigma y no tanto en las respuestas que se puedan desarrollar. Cuando llegas a sentir algo parecido luego ya no vuelves a ser el mismo y tampoco puedes recordar nada fuera de lo descriptible. El cuerpo se carga de una especie de luz que que revela y que consuela. La noción de espacio se altera y se recorren regiones en las cuáles el individuo se hace consciente, a través de lo irreconocible, de su propia conciencia. A partir de entonces se inventan nuevas formas que luego se destruyen para completar otras. Los dibujos de colores ayudan a recordar las líneas de aquellos lugares tan encantadores que existieron alguna vez y su espectro visible compone lo que luego jamás se puede ver pero que sin embargo, se recuerda. El inconsciente refleja mucho mejor en los objetos que no reciben luz.

El caso es que después de aquello decidió que jamás volvería a tener miedo a la oscuridad.

Una cálida noche de Agosto justo antes de volver a casa escuchó un sonido que recordaría toda su vida. Uno de sus escondites favoritos era éste. Detrás de un bar había un patio trasero que utilizaban como almacén. El suelo estaba lleno de cajas de coca cola vacías, cristales rotos y un montón de botellas llenas de polvo. Allí, debajo de un cubierto y cerca de una pequeña puerta de madera cerrada con candado, se encontraba agazapado y oculto aquel chico. No era una noche especialmente luminosa. A pesar de haberse acostumbrado a la oscuridad era incapaz de reconocer muchas de las formas que le rodeaban. De vez en cuando escuchaba golpes y ruidos de botellas entre las cajas de plástico. De repente escuchó un pitido. Era algo continuo y poco corriente. Conforme se iba moviendo, el pitido se volvía más intenso e insoportable. Por un momento pensó que podría tratarse de una bomba y se asustó un poco. En seguida desechó esa posibilidad, ya que no encontraba ninguna razón para que alguien colocara una bomba allí. Pensó que sin embargo podría tratarse de algún tipo de sonido o mensaje extraterrestre. Se acercó hasta una pequeña luz roja que se ocultaba al fondo de aquel patio, pero se desencantó en el momento que pudo comprobar que aquella luz tan sólo se trataba de una pequeña bombilla que indicaba el funcionamiento y conexión de una de las cámaras frigoríficas. La oscuridad lo ocultaba todo de una manera sorprendente y su fondo negro e infinito acababa por reflejar destellos de colores que alucinaban. El espacio era idóneo y la temperatura del exterior agradable. Las estrellas aparecían brillantes y le hicieron pensar en lo extraordinario de todo. La sensación era tan buena que sus pies consiguieron despegarse unos centímetros del suelo. Jamás había escuchado algo parecido en la naturaleza y decidió quedarse hasta averiguar de donde provenía aquel maravilloso pitido ¿por qué nunca pudo volver a sentir nada similar? La posibilidad de que fuera algo extraterrestre había quedado desechada. Entonces, ¿de qué se trataba?

Años más tarde lo descubriría.

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Inquilino Cheever



Hace mucho tiempo que tenía ganas de escribir cualquier cosa sobre esta casa. Hoy mi propósito es conseguir a recordar algo. Por lo demás, no tengo muchos más intereses a parte de los que susurran al oído los fantasmas de todo escritor. De hecho, no creo que ni siquiera un alma se moleste en susurrarme nada al oído ya que que lo único que pretendo es escribir para recordar y no para invocar a los muertos. La contingencia del lenguaje y su retórica son en este caso en concreto las herramientas necesarias para que se produzca la alquimia. No pretendo colgarme la etiqueta de escritor para nada, toda para vosotros. Yo simplemente escribo porque tengo la suficiente inspiración y el tiempo necesario para hacerlo. Bueno, creo que si me conocierais ya sabríais a lo que me refiero así que allá voy.

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Sucedieron unas extrañas pesadillas. Se levantó de la cama, abrió las ventanas de par en par y se quedó un rato mirando el paisaje. Era muy temprano y el aire de la mañana se conservaba aún fresco. Bajó a la cocina para desayunar, acabó de hacer sus deberes y salió de casa. El pueblo entero parecía abandonado. Subió por el monte y llegó hasta el lugar donde tenían construida su cabaña. Allí tampoco había nadie. Se sentó, esperó un rato y como no llegaban sus amigos decidió subir un poco más arriba, hasta el pueblo más cercano.

Antes de entrar en el pueblo estaba aquella casa. Ésta en concreto le llamaba la atención por muchas razones. Una de ellas era porque estaba apartada de todas las demás. Su sola presencia destacaba en medio de la montaña. También destacaba por ser la única casa del pueblo de construcción moderna. Todas la demás casas era de construcción rústica y parecían ser mucho más viejas. Parecía muy sólida, pero si observabas su base, daba la sensación de que fuera a derrumbarse. Al fondo del jardín cruzaba un riachuelo que provenía de la montaña y bajaba hasta el río. Obviamente toda ésta propiedad estaba vallada e impedía el acceso de extraños en el interior.

El caso es que saber quienes eran los dueños de aquella extraña finca era imposible, ya que jamás pudo ver a nadie por allí. Ni siquiera había nunca un coche aparcado en su puerta. Parecía estar abandonada.

Llevaba tiempo llamando su atención y siempre había pasado de largo. Ese día decidió que ya era la hora de entrar a curiosear. De un salto superó la puerta de la entrada y aterrizó en un suelo de cemento en cuesta cerca de un pequeño cubierto. Dentro no había un coche, ni un perro, ni nada que pudiera hacerle cambiar de opinión y largarse de allí pitando. Solamente había un cubo de plástico azul, una manguera enrollada y unos cuantos productos de limpieza. Rodeó la casa hasta llegar a la parte de atrás, donde estaba aquel enorme jardín. Empezó a descender pero en medio de la cuesta decidió que no era lo más prudente seguir bajando y subió de nuevo. A un lado de la casa, justo debajo de un árbol, había un pequeño arcón de plástico. Se dirigió hasta allí y lo abrió. Dentro había un montón de juguetes, algunos un poco viejos y llenos de polvo pero la mayoría estaban bien. Sacó unas pistolas de agua y unas bolas de petanca de colores. Siguió sacando cosas y al fondo descubrió una caja con un montón de juegos. La abrió y sacó un pequeño ratón de plástico de color verde y se lo metió en el bolsillo. Miró a su alrededor. Estos momentos de pánico iban acompañados de suaves ráfagas de viento que amenazantes, le advertían de un peligro inminente. Su corazón empezó a latir con fuerza y respiraba con dificultad. De repente, una ráfaga de aire mucho más fuerte hizo que una de las contraventanas de la casa diese un golpe seco contra la fachada. Su corazón se paralizó de repente y sintió un pequeño mareo. Rápidamente introdujo todos los juguetes en el arcón y salió corriendo de allí.

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Todo esto ocurrió hace muchos años y es todo lo que recuerdo. Hace un año aproximadamente volví a aquella casa, esta vez acompañado de mi hermano pequeño. Todo sigue exactamente igual, no ha cambiado nada. Las contraventanas siguen cerradas y tampoco parece que haya nadie en su interior. Seguramente aún sigue allí, en medio del jardín, aquel pequeño arcón lleno de juguetes. No entramos dentro para comprobarlo pero sin embargo, soñamos despiertos imaginando ser sus propietarios. Su arquitectura nos fascinaba y pensamos lo felizmente aburridos que podríamos vivir allí. La terraza, el garaje y el color blanco sucio del cemento de las paredes aumentaban nuestro deseo de conocer algo más de aquella extraña casa. Dentro nos imaginábamos a un escritor encerrado en su habitación y escribiendo a maquina un montón de historias que no interesarían a nadie, ni siquiera a él mismo. Ésto nos hacía sentirnos bien y nos divertía.

Este verano volveré de nuevo por allí. Espero que no haya cambiado y siga igual que siempre. De todas formas, si he decidido hablar de ella hoy es simplemente por aburrimiento. Gracias por escucharme.

martes, 8 de junio de 2010

Ventajas de la poda en invierno




Los árboles, arbustos, trepadoras y rosales se podan en invierno, pero a lo largo del año también se pueden y se deben hacer intervenciones ligeras para eliminar elementos indeseables como:

- Ramas secas, rotas o enfermas.

- Ramas que estorben el paso de personas.

- Ramas que hayan crecido mucho.

- Rebrotes que hayan podido surgir desde la misma raíz.

- Flores y frutos pasados.

Hacer la poda en invierno de árboles y arbustos de hoja caduca resulta menos debilitante puesto que no se eliminan hojas y no se reduce por tanto su capacidad fotosintética.

Se dice que podar los árboles, frutales, rosas y arbustos en luna vieja o menguante favorece una profusión de flores y frutos. Cuando se quiere un mayor desarrollo vegetativo y crecimientos más fuertes se poda durante luna nueva o creciente.

Ventajas de la época de poda en invierno:

- Resulta menos debilitante para el árbol al no eliminar hojas (si es caduco).

- La estructura de ramas se ve mejor sin hojas y facilita la poda.

- Sale menos volumen de “forraje”.

- En invierno hay menos trabajo en el jardín.

- En primavera o verano hay riesgo en especies que “sangran” mucho por los cortes.

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La presión atmosférica iba subiendo poco a poco. Se levantó del suelo y se dirigió hasta el patio. Allí se sentó en una silla de plástico muy sucia y se puso a observar el paisaje. El cielo estaba totalmente nublado y la luz del sol era tan clara que le dejaba casi ciego. Arrojó los guantes con desidia encima de la mesa, apoyó la espalda y cerró los ojos. A lo lejos se escuchaba el ruido suave y continuo de un motor. De repente empezó a soplar un viento muy frío. El aire era tan puro que cortaba la respiración. El viaje en coche le había mareado pero no era posible que aun persistiese aquella horrible sensación. Sus extremidades estaban heladas, sin embargo, su frente estaba ardiendo y sentía un terrible malestar. El cemento blanco del patio reflejaba el color blanco de las nubes y la línea que separaba el cielo de la tierra había desparecido provocando una inestabilidad del cuerpo con respecto al suelo. El día acababa de empezar y ya no le quedaban fuerzas para hacer nada más. Solamente podía observarlo todo desde el patio. El viento cada vez azotaba con más fuerza los árboles. El chico se levantó para recoger un montón de ramas y las colocó una por una sobre una manta granate llena de polvo. De nuevo se acercó al patio y miró al cielo. El viento había hecho desaparecer casi todas las nubes y empezaba a lucir el sol. Entró en casa y se sentó en la cocina. Las luces estaban todas apagadas y a través de las ventanas se podían sentir la detestable luminosidad del invierno y el frío del exterior. Se levantó y entró en el baño. Allí dentro se lavó las manos y la cara y mientras lo hacía se miró en el espejo. Aquella luz lo bañaba todo de un amarillento cálido y sin embargo su rostro estaba de un tono azulado y frío. Sus oídos se taponaron ligeramente y empezaron a emitir un insoportable pitido. Salió del baño y se dirigió al salón, encendió la tele y se tumbó en el sofá.
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jueves, 3 de junio de 2010

Farolas que se apagan con la luz de la luna




“Las luces, a veces excesivas, que alumbran las noches nos deslumbran porque no nos interesa lo que no se ve. Quizás también nos asusta la austeridad de la noche.”

Daniel Martí.



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Hay cosas que cuesta un poco recordarlas. A veces pienso que nunca ocurrieron y que son fruto de mi imaginación. El caso es que antes de que lo iluminaran todo, mi pueblo sólo contaba con nueve enormes farolas aisladas muy altas y de una luz muy tenue. Cuando digo aisladas me refiero a que la luz que proyectaba cada farola no llegaba a mezclarse con la luz de las otras farolas. El espacio que bañaba su foco estaba delimitado y a su alrededor no había nada, simplemente oscuridad. Su luz era de un tono anaranjado muy cálido y cuando hacía mucho calor los insectos se pegaban en su foco y en el suelo. Recuerdo que después de cenar nos sentábamos en la carretera justo debajo de una de ellas y charlábamos hasta las doce de la noche. El asfalto conservaba el calor del sol y tumbarse allí era agradable. Un poco más de luz nos hubiera dejado ciegos. Nuestras pupilas se adaptaban perfectamente a esa oscuridad y veíamos perfectamente.

Las noches de luna llena eran el día para nosotros.

Muchas veces escuchamos a los búhos. Una noche de luna entera vimos cruzar a uno de ellos volando lentamente entre los chopos negros y desaparecer en la oscuridad. Su plumaje era de color blanco y su reflejo destacaba sobre las estrellas. En medio de la espesura las piedras blancas del camino brillaban como piedras preciosas. La luz de la luna iluminaba todo lo pálido de una manera sorprendente y nuestro cuerpo resplandecía con un tono blanco alucinante.

Las noches de tormenta eran mucho más oscuras.

Recuerdo que cuando de repente caía un rayo y saltaba el repetidor de la luz el pueblo entero se quedaba a oscuras y entonces nosotros aullábamos como lobos. Era una sensación maravillosa que nos hacía sentir una extraña sensación de libertad.

A veces también nos daba miedo la oscuridad. Nos gustaba poblarla de toda clase de seres horribles; gatos de mirada penetrante capaces de hablar, murciélagos que entraban por las ventanas y sapos verrugosos que salían de las cunetas llenos de veneno. Todos aquellos animales nocturnos eran reales, sin embargo, había algo de terrorífico en todos ellos. También había erizos pero éstos eran más inofensivos. Además se protegían con su espalda llena de pinchos y cuando los tocabas se hacían una bola perfecta.

Éramos capaces de ver a través de la oscuridad e incluso de crear formas nuevas que nunca existieron. Aquellas nueve farolas eran toda la luz que necesitábamos.

Un mediodía de agosto, cuando el sol incidía perpendicularmente sobre los coches y el calor era insoportable encontramos un murciélago replegado sobre sus alas dentro de un agujero en la pared. Allí dentro se conservaban la humedad y la oscuridad necesarias para protegerlo de aquel horrible sol. Sus sentidos nocturnos no le permitían salir de allí. Tanta luz lo destruiría así que lo dejamos en paz.

Cuando volvimos de nuevo al atardecer ya se había marchado y ésto nos hizo sentirnos bien.

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miércoles, 19 de mayo de 2010

Fincas de recreo

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Lo que nos gustaba sobre todo era colarnos en sus fincas cuando ellos no estaban y zambullirnos en su piscina. El momento idóneo era cuando ya había caído la tarde. Casi todas estas fincas contaban con un gran terreno, pero sin embargo, las casas eran de un tamaño ridículo y sus inquilinos nunca dormían allí. A lo sumo, pasaban el día entero y se iban por la noche. La cosa estaba en vigilar la finca desde la carretera y cuando por fin habían desaparecido todos los coches, coger las toallas e introducirnos sigilosamente.

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Finca de recreo nº1



Aquella familia poseía uno de lo terrenos más grandes del pueblo y eran conocidos por su gran fortuna. Su finca contaba con cuatro casas pequeñas, todas ellas construidas en fila. Eran todas grises y sus formas muy raras. Detrás había una piscina, un frontón enorme, columpios y un gimnasio. A pesar de tener de todo, casi nunca iba nadie. Nosotros lo sabíamos. Por eso un día, confiados, entramos allí a lo loco. Corrimos por dentro de la finca gritando y haciendo el gamberro. Dejamos las toallas y nos zambullimos en la piscina. De repente, entre la dos casas me pareció ver a dos personas. Afiné la vista y pude observar a un chico y una chica. Para cuando quise avisar a mis amigos, aquella pareja ya se encontraba a escasos metros. Eran muy jóvenes y se acercaron a la piscina muy tranquilos.

- Pero...¿vosotros quienes sois? ¿que os habéis pensado, que podéis entrar así por así en una finca privada?

Todos nos quedamos mudos, de pie, y algunos sentados en el borde de la piscina. Entonces nos dijo:

- ¿Pues sabéis que? Si lo que queréis es bañaros, lo que tenéis que hacer es dar veinte vueltas corriendo a la piscina, así seguro que entráis en calor. ¿de acuerdo?

Nosotros no entendíamos nada pero sin embargo humillados, hicimos lo que nos dijo. Acto seguido nos pusimos a correr alrededor de la piscina.

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Finca de recreo nº2




Al otro lado del puente había un montón de fincas, casi todas con perros guardianes que ladraban cuando pasabas. Más arriba y saliendo de la carretera a la izquierda, siguiendo un estrecho camino de tierra, se llegaba hasta una finca bastante grande. Allí casi nunca había nadie y tampoco tenían perros guardianes. Nada más entrar, mis amigos se arrojaron a la piscina sin embargo yo me quedé un rato inspeccionando el terreno. Cerca de la piscina había unos columpios muy viejos y uno de ellos estaba roto. La casa, entera de cemento y muy sucia, contaba con un pequeño porche de madera y por el suelo había un montón de juguetes llenos de tierra y de polvo. Rodeé la casa y descubrí detrás un baúl de plástico. Dentro había un montón de herramientas de jardinería y algunos periódicos viejos. En el lado izquierdo de la casa se elevaba una pequeña estructura de hierro pintada de blanco y por la cual trepaban unas hiedras. Debajo había un enorme cubo de hierro oxidado lleno de agua y un montón de rollos de mangueras. Desde allí me puse a observar a mis amigos zambullirse en el agua sin ninguna preocupación y me dieron envidia. Me despojé de mis zapatillas y me lancé a la piscina salpicando un montón de agua. Justo en el instante que salía a la superficie mis amigos miraban asustados hacia la entrada. Fuera, detrás de la puerta, había una mujer y un hombre junto a un coche muy grande gritando. Rápidamente y sin pensarlo siquiera, corrimos hacia el lado opuesto de la puerta de entrada, atravesando un montón de manzanos hasta llegar al fondo de la finca. Saltamos la valla y cruzamos el río. Desde allí escuchábamos los gritos de la dueña de la finca que nos amenazaban. Para llegar hasta la carretera tuvimos que trepar por un montón de ramas secas que nos destrozaron las piernas. Uno de mis amigos dijo que la carretera no era segura, que él prefería volver al pueblo dando un rodeo por el monte. Nosotros no le hicimos caso y fuimos por la carretera hasta el pueblo.

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Finca de recreo nº3




Cuando salimos a la carretera y entramos en aquella finca, nuestra única intención era husmear. El verano era muy largo y teníamos todo el tiempo del mundo para hacer lo que nos diese la gana. Subimos por el monte y nos colamos por debajo de una valla de pinchos que separaba una propiedad privada de otra. Para no clavarnos ninguna de esas puntas teníamos que arrastrarnos por la hierba y aun así, los hierros se nos enganchaban en la camiseta. Dentro descubrimos un terreno en cuesta muy empinado. Estaba entero rodeado de manzanos, tenía una pequeña caseta de madera en el centro y a su lado, una pequeña huerta. Más abajo, siguiendo una gruesa manguera de goma color crema, estaba la piscina. Su forma era redonda y se elevaba desde la hierba sujetada por unas patas de hierro azul oscuro. La lona de color azul claro soportaba el enorme peso del agua cristalina. De repente, uno de mis amigos sacó la manguera de dentro de la piscina y comprobamos con gran terror que estaba conectada. Corrimos cuesta arriba muy rápido y sin mirar atrás. Uno por uno fuimos saltando la valla, esta vez por arriba y a toda prisa. En uno de los saltos, mi hermana, que era más bajita que nosotros, se enganchó la camiseta con la mala suerte que en su despiste, saltó y uno de aquellos pinchos oxidados le rajó la rodilla. Volvimos y nos enseño la herida. Era una herida profunda y se podía infectar, sin embargo ella no se quejaba. Corrimos hacia el pueblo para que le curaran lo antes posible.

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Finca de recreo nº4




Era todavía muy pronto cuando llegué. Aún había coches y mucho ruido dentro. Introduje mi pequeña cabeza de entrometido entre los setos y pude observar a un montón de niños corriendo alrededor de la piscina y otros desde dentro, salpicando la hierba. Un poco más lejos, cerca de una barbacoa, un grupo de adultos sentados en sillas de plástico y alrededor de una mesa, reían sin parar y movían los brazos de arriba a abajo. Por lo visto ya le habían dado su merecido a todos esos trozos de carne de cerdo y ya sólo quedaban los restos. La estampa no podía ser más familiar. Cuando volvimos después de tres horas ya se habían ido todos.

El sol se había escondido entre los arboles y su calor era muy agradable.

Para acceder a la finca por la parte de atrás, primero había que cruzar un desagüe y andar un rato por el río. Desde allí, subiendo una empinada cuesta llena de hierba podrida que los dueños de la finca arrojaban cada vez que segaban el césped, uno de nosotros escalaba la valla y desde dentro nos abría la puerta trasera a los demás. Una puerta de hierro pintada de rojo bastante fea y oxidada.

A esas horas ya casi no había luz. Arrojamos las toallas a la hierba y nos introducimos en la piscina suavemente, sin zambullirnos de golpe. Era muy raro tener que bañarnos sin hacer ruido. Lo más extraño de todo era bucear. Cada vez que lo hacía, dejaba de escuchar a mis amigos y es entonces cuando imaginaba que algo malo había ocurrido. En pocos segundos imaginaba que habían vuelto los dueños y que mis amigos habían tenido que salir corriendo, dejándome allí sólo, buceando en el fondo de la piscina. La verdad es que solamente eran unos segundos y cuando salía de nuevo a la superficie ellos seguían allí, nadando de un extremo al otro de la piscina.

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martes, 18 de mayo de 2010

I ♥ SNOOPY

La torre



Después de muchos años observándola desde lejos, aquella tarde decidí que por fin subiría hasta allí.

El cielo estaba nublado pero el sol, aunque tamizado debajo de las nubes, proyectaba toda su fuerza y su calor sobre mi cuerpo. El camino hacia la torre me resultaba encantador y producía en mí una sensación de agradable nostalgia. A un lado de la carretera un campo de trigo se balanceaba en ondas que acompañaban perfectamente al viento. Las espigas doradas se mezclaban con otras más blancas que, iluminadas por el sol y por su belleza, me dejaban casi ciego.

Más adelante la carretera se dividía en dos caminos. El de la izquierda, más trillado, se dirigía hacia la torre y el de la derecha, caminaba por la ribera del río. Casi sin pensarlo andaba por el camino de la derecha, mucho menos transitado y plagado de cardos y de ramas. Cuanto más avanzaba, más pinchitos se alojaban dentro de mis zapatillas sin calcetines. El camino terminaba en un pequeño deposito de agua con unas escaleras que bajaban al río. Me senté en aquellas escaleras de cemento y me quité las zapatillas para poder despojarme de todos los pinchos. Mientras lo hacía cruzaba con la mirada el río y observaba una bandada de estorninos que se posaban, de un lugar a otro, todos muy juntos y con mucho orden. ¿tendrían acaso un líder aquellos pajarracos?

El resplandor del sol era muy fuerte, tanto, que proyectaba a mi izquierda, desde el propio río, una luz maravillosa hacia unos chopos agitados por el viento.

Me levanté de allí y proseguí mi camino que inevitablemente me llevaba hacia la torre.

El camino era un pedregal horrible. El calor acuciaba con fuerza y la pendiente era extrema. A la izquierda revoloteaban mariposas, haciendo alarde de su hermosura y persiguiéndose unas a otras en silencio. Eran todas de los mismos colores y resultaban aburridas y estúpidas.

Cuando llegué hasta arriba, por el otro lado de las montañas el paisaje cambiaba completamente. Los colores y las texturas eran de otra clase y sus formas atractivas. A la derecha, se encontraba aquella torre a punto de derrumbarse. Estaba hecha de piedra, ladrillo y cemento y por lo visto debía haber sido ocupada por algunos hombres durante la guerra civil española.

Exhausto y enfadado me senté en aquel lugar. El viento me soplaba de cara y producía una sensación muy agradable. Pensaba que había merecido la pena el esfuerzo. Pensaba que siempre merecería la pena el esfuerzo. A los cinco minutos me levanté, cogí tres piedras y las lancé contra el muro de la torre. Mi intención era el derribo de aquella horrible estructura.

Bajando, resbalaba de vez en cuando y pude observar en medio del camino una hormiga muerta retorciéndose entre el calor del sol y el polvo. Pensé que probablemente había sido yo quien había pisado aquella hormiga sin quererlo en mi ascenso, porque, ¿sino quien hubiera podido ser? ¿qué fue lo que me impulsó aquella tarde a subir hasta esa maldita torre?

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jueves, 6 de mayo de 2010

¡Encantado!



Me levanté la mañana del Sábado bastante tarde después de haber soñado que levitaba a escasos centímetros del suelo. La elevación solamente se producía si yo era capaz de concentrarme totalmente, poner la mente en blanco y mantenerla así durante un rato. Sonó el teléfono mientras me zampaba unos sobaos y calentaba el café del día anterior. -¿Si? .contesté. Por el otro lado sonaba la voz de una chica: - Buenos días mamón, que tal te encuentras hoy? -Muy bien -contesté de nuevo. La voz de aquella chica me dijo con un tono muy suave, casi en un susurro, que si me apetecía dar un paseo matutino, que había salido el sol. Yo le dije que sí, pero que me diese el tiempo necesario para desayunar y cambiarme de ropa. Recogí mi habitación y estuve un rato barriendo las pelusas gigantes del suelo. Puse una lavadora, me lavé los dientes, me cambié de ropa y por lo tanto, todas las cosas que contenían los bolsillos de mi pantalón sucio fueron trasladadas al otro pantalón limpio. Pasados unos minutos bajaba corriendo las escaleras y cruzaba la calle en pos de mi amiga. Por la calle la gente hacía recados.

Pude observarla desde lejos, apoyada en un coche nuevo, un modelo rojo bastante elegante. Encontré su rostro un poco pálido, de un pardo amarillento y sus ojos cansados y brillantes. -Hoy he dormido fatal -me dijo. Acto seguido introduje mi mano en el bolsillo y con mucho cuidado extraje un suculento sobao envuelto en una bolsa de plástico y se lo ofrecí. -gracias – me dijo con una sonrisa tierna. -vamos hacia la zona del helipuerto, por allí hay un pequeño parque en medio de la nada con un estanque en el centro, es maravilloso la paz que una encuentra allí. -De acuerdo -dije. Entonces ella levantó su importante trasero de aquel flamante coche rojo y sonó un clac que nos hizo largarnos de allí a toda prisa.

De camino nos cruzamos con mucha gente paseando, algunos acompañados de sus perros y al parecer, todos volvían hacia sus casas para comer. Estábamos prácticamente solos cuando llegamos al parque. Las nubes eran de un blanco algodonado y el cielo de un azul espléndido. Nos sentamos en un banco justo en frente del estanque dejando atrás una vasta región de descampado. El lugar estaba rodeado de unas columnas de cemento armado imitando un estilo neo clásico, muy limpias, como recién construidas. El agua del estanque despedía un olor un poco raro sin llegar a ser desagradable. Nos acercamos al borde y desde allí pudimos observar basura en el fondo y un montón de carpas de movimientos lentos y aburridos. En la superficie del agua nadaban pequeños insectos remadores de un lado para otro, y daba la sensación de que lo hacían de una forma totalmente aleatoria. Mientras pensábamos en todo aquello mi amiga sacó el sobao de su bolsillo, lo abrió y lo hizo migas. Cuando se llenó la mano me ofreció unas cuantas y se las arrojamos a las carpas. - ¿Cuanto hace que nos conocemos? -me preguntó. -No lo sé – respondí – ¿unos trece años?. -Sí, más o menos. Seguimos arrojando comida a los peces durante un rato más y nos alejamos de allí. Por el camino de vuelta ella me preguntó -¿Haces algo esta noche?-No -contesté. Y entonces ella me propuso volver allí por la noche y yo le contesté: -¡Encantado!

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miércoles, 5 de mayo de 2010

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A veces las personas se aferran a los objetos materiales de una forma tan exacerbada que, casi sin quererlo, les otorgan una nueva peculiaridad. Su significado no es desdeñable y su transformación se produce justo en el momento en el cual cada individuo los carga de sentido. A veces éstos objetos ya poseen un sentido propio y lo que ocurre es que se les dota de un sentido nuevo, con todas las connotaciones que éste puede que conlleve. Lo que aquí se propone es una lectura exhaustiva acerca del poder del objeto como portador de significado y su capacidad de transformación. Lo que se trata de demostrar es cómo los materiales y las cosas, son a veces el vehículo y reflejo de nuestras ideas y porqué su banalización excesiva, puede acabar por destruir el sentido de todas nuestras acciones, por muy nobles que éstas sean.


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Cuando sólo contaba con siete años de vida, en el verano de 1987, en su cabeza empezaron a gestarse los problemas típicos de un niño de siete años. Sus amigos, sus padres y sus hermanos formaban todo el mundo que le rodeaba y de ellos dependía su felicidad. Pero por otro lado, comenzaba a plantearse, sin saberlo, dudas acerca de la muerte. Sólo el hecho de pensar en desaparecer por completo le aterraba. Incapaz de albergar tales pensamientos se daba por vencido y trataba de parar tales reflexiones. Esto le ocurría a menudo. Esta capacidad de reflexión nunca le ayudó en los momentos clave de su formación y supuso un déficit de atención en casi todo lo establecido para su educación.

El caso es que, no se sabe porqué, un día apareció una cucharilla de café en su bolsillo y tomó la firme decisión de llevarla siempre consigo a todas partes. Pensaba que si cambiaba de ropa, ésta debía seguir en su bolsillo. Siempre le recordarían, en vida y después de muerto como “el chico de la cuchara”.

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No quería saber nada del agua ni de tener que dejar de respirar. Demasiado tenía ya con los baños que regularmente le obligaban a darse en casa y de los cuales salía blando y arrugado. El agua no le atraía lo más mínimo y ahora resultaba que lo que debía hacer era aprender a nadar. Después de lo mal que lo había pasado el primer día de clase, no quería tener nada que ver con aquel horrible lugar que apestaba a cloro. Todos los viernes antes de clase, el chico lloraba de miedo pensando que nada más llegar allí, le obligarían a lanzarse a la piscina. Temía por su vida y nadie parecía entenderlo. Su madre se compadecía enormemente de él e intentaba consolarlo. Un día ella, al verle tan desesperado, quiso ayudarle. Se dirigió a su cuarto y volvió con una virgen de aluminio en la mano. Era muy pequeña y no pesaba apenas unos gramos. La madre aseguró a su hijo que si éste encomendaba su alma a la virgen y le rogaba que intercediese por él, ella le protegería. El chico se aferró a aquella preciosa figurilla como si su vida dependiera de ello y a partir de entonces, no hubo un día de clases de natación que dejara de encomendarse a ella. Más que su propia fe, era la la fe de su madre la que cargaba aquella figura de promesas de amparo y de protección. Con mucho cuidado la envolvió en su toalla y aparte, añadió a su bolso las chancletas, el gorro y las gafas de bucear.

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Una enorme señora con pantalones vaqueros, pelo grasiento negro oscuro y el rostro muy blanco, les dio la bienvenida a él y a su madre. Subieron unas frías escaleras de piedra de color gris pulido y atravesaron una puerta de madera barnizada. Dentro había un montón de niños y niñas de su misma edad. Su madre le observaba mientras hablaba con una de las hermanas, la más bajita. El rostro de aquella mujer parecía mucho más inocente que el rostro de la mayoría de los demás adultos. Sus facciones, profundamente grabadas en su rostro, expresaban una dulzura que jamás hasta ese momento había sentido. Ésta mujer le cogió de la mano y le separó de su madre.

Atravesaron un enorme pasillo hasta llegar a una habitación llena de pupitres y de dibujos colgados de las paredes. El niño ocupó uno de los pupitres vacíos y acto seguido le colocaron en frente un extraño rectángulo de pelusas. Allí dentro todo era muy raro. Aquel rectángulo, estaba compuesto de pelusas de diferentes colores y restos de algodón y el niño era incapaz de desvelar que demonios debía hacer con él. De repente, la hermana más alta, le puso una cartulina blanca encima y un punzón sobre el pupitre. Cogió el punzón de nuevo y empezó a advertirle de sus peligros mientras él, fascinado, observaba la herramienta. Su mecanismo era muy simple. La cosa estaba compuesta de un pequeño palo de madera pulida en forma de tubo con una punta de metal muy puntiaguda clavada en el extremo. Cuando le dijeron que lo único que tenía que hacer era agujerear el papel creando líneas imaginarias y formar figuras, el chico, sin dudarlo siquiera, se puso manos a la obra.

Una hora después todos apartaron sus pupitres y se colocaron apoyados en la pared del fondo. Acto seguido, las hermanas trasladaron un enorme mueble pintado de colores al centro de la clase. Dentro de aquel mueble vivían dos pequeñas marionetas. El chico no se lo podía creer. Aquellos personajes discutían entre sí y nada parecía poderles hacer callar. A veces incluso, increpaban a su público, haciéndoles preguntas estúpidas que ellos contestaban gritando. No era posible que aquellas cabezas de madera, terriblemente inexpresivas, pudieran hablar. De repente empezó a sentir un horrible pánico y se puso a llorar. Una de las hermanas lo sacó de allí y se lo llevó a otra habitación llena de colchones en el suelo. Allí lo llamaban el país de los sueños. Las paredes estaban adornadas con dibujos y letras de colores. Aquel edificio estaba increíblemente lleno de estímulos. Se durmió pensando en ello.

Cuando le despertaron había a su alrededor un montón de niños más. Era la hora del almuerzo y el chico corrió hasta su pequeño perchero para recoger su bolsa. Dentro estaba su bocadillo cuidadosamente envuelto en papel albal. Mientras todos se deshacían de los envoltorios, entonaban una pegadiza canción que decía así:

“los papeles a la papelera, los papeles a la papelera, ¡iaiao!, ¡iaiao!”

Echaba de menos a su familia. No le gustaba aquel lugar. Le hubiese gustado haberse quedado en casa con su madre construyendo casas con cajas de galletas. Sólo necesitaba un cuchillo de sierra para hacerle las ventanas y las puertas que se abren y se cierran doblándolas. Podría jugar con sus hermanos más pequeños y tumbarse en su cama. Pero no. Estaba allí sólo, rodeado de gente desconocida.

Cuando ya no quedaba nadie en la sala, el chico hizo una bola con el papel albal de su bocadillo y se la guardó en el bolsillo. Aquella bola significaba muchas cosas. Ese bocadillo lo había preparado su madre y hasta que no llegara el momento de volver a verla, no podría separarse de ella. Echaba de menos a su familia, y aquello significaba que por lo menos, conservando aquella insignificante bola de papel albal, conseguiría estar más cerca de ellos. Tuvieron que pasar muchos días hasta que por fin un día, fue capaz de tirarla a la papelera.

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lunes, 3 de mayo de 2010

UOUOUOAOUAOAEOUOUAEOUA

Flores azules

La construcción




Aún quedaba un poco de niebla en la calle cuando llegaron y aparcaron su coche justo en frente de la entrada. La temperatura en el exterior era buena, sin embargo, una vez dentro de la casa, se podía sentir el frío atrapado y pegado a todos los muebles. Rápidamente el padre levantó las persianas y abrió todas las ventanas para que entrara la luz del sol. Iluminada, la casa no parecía ser la misma que hace dos meses. La luz del otoño cambiaba completamente la atmósfera del salón y su reflejo revelaba una extraña nostalgia del verano, un abandono que suponía cuán lejanos quedaban todos aquellos días.

Sus padres le ordenaron subir su mochila y la de su hermano a su habitación, bajar y poner la mesa. Subió arriba, lanzó su mochila y la de su hermano sobre la cama de su cuarto, bajo corriendo y empezó a colocar platos, vasos y cubiertos.


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Dejaron sus bicis escondidas entre unos matorrales y cruzaron la carretera. Mientras uno escalaba la valla, otro la sujetaba y vigilaba la posibilidad de que alguno de aquellos fastidiosos adultos cotillas pudiera andar por allí. Una vez dentro, se sacudieron el polvo de la ropa y se alejaron corriendo de la valla. Dos enormes hileras de casas con sus respectivos garajes, se levantaban majestuosas en medio de un enorme solar lleno de escombros. En torno a ellas, había objetos de todo tipo; tablas, sacos de cemento, rollos de fleje, cables y embalajes de ladrillos.

El sol lo iluminaba todo con la fuerza que puede iluminar un sol de finales de otoño en un día cualquiera del mes de Noviembre a las cuatro de la tarde.

Observaron a su alrededor. De todas las casas que había, ninguna tenía ventanas y todas la puertas estaban valladas. El acceso por la planta baja era relativamente fácil. Subieron hasta el primer piso y se asomaron por la ventana. Justo debajo había un enorme montón de arena y aquel chico, sin pensarlo, se lanzó al vacío para caer justamente encima y hundirse hasta los tobillos. Su amigo le observaba desde arriba pero no le hacía caso. Lo único que buscaba era algo de material; clavos, cuerdas, martillos, cosas que pudieran servir para algo.

El piso de arriba ofrecía muchos menos estímulos. Dentro no había nada, excepto una caja de cartón y dos ladrillos. Mientras su amigo miraba el paisaje desde la ventana, el chico, aburrido ya de deambular de un lado a otro sin encontrar nada nuevo, descendió poco a poco las escaleras hasta el sótano.

Un rayo de luz muy definido se proyectaba oblicuo sobre el agua del suelo y a través de una pequeña ventana cuadrada del techo. Iluminada, el agua parecía cristalina y permitía ver en el fondo algunas tablas y muchos clavos doblados y oxidados. Entre sus líneas, aquel rayo, concentraba una enorme cantidad de luz y en su interior, pequeños fragmentos de polvo que, suspendidos en el aire, reflejaban un blanco tan puro que parecía cargado de electricidad. Cuanto más fijamente lo observaba, menos se definía su línea, esparciendo un suave baño de luz a su alrededor. Puede que aquel rayo significara algo especial para él, no lo sabía. Se quedó un rato más observándolo e intentando obtener algo revelador cuando, de repente, escuchó la voz de su amigo. Sabía que ese rayo era algo efímero y que quizás jamás lo volvería a ver, sin embargo, acto seguido, cogió un palo y lo lanzó justo al espacio que bañaba la luz. Su forma se destruyó en los bordes y desapareció con el impacto del palo sobre el agua. Nada de eso le interesaba lo más mínimo, es más, le aburría todo aquello. Si se daba prisa podría ayudar a su amigo a encontrar más clavos y lo que es más importante, salir de allí sin ser visto.


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jueves, 29 de abril de 2010

El primer golpe fue muy torpe




Casi todos los niños del pueblo conocían las historias que por aquel entonces contaban los mayores. La mayoría de ellos, que también eran niños, trabajaban todo el verano en una granja y, por un pequeño sueldo, ayudaban a descargar los camiones de pienso y de pollos. Luego, por la noche, en la plaza del pueblo, relataban sus anécdotas a los más pequeños. Una de las más divertidas era una que contaba como uno de ellos, a cambio de un helado, había mordido el cuello de uno de esos pollos hasta matarlo. También contaban que cuando los pollitos de la granja nacían con alguna deformación, su dueño les pagaba para que los mataran. Cuando ésto ocurría, ellos, poco a poco, los iban reuniendo a todos en una nave vacía y cerraban las puertas. Entonces, armados con palas y mangueras, se dedicaban un buen rato a aplastarlos uno por uno hasta que no quedara ninguno vivo. Luego sostenían que esos pollos tenían los días contados y que aquello no tenía importancia. A los niños estas historias les fascinaban.

También había otras mucho más cruentas.

Cerca de la granja, había un tornillo gigante, una parte de la maquinaria que permitía el paso del agua del río a las acequias. Los mayores contaban que con ese tornillo gigante habían logrado atravesar un pollo entero vivo. También contaban que ataban a los pollos en una pared y les disparaban con sus carabinas hasta matarlos. Cuando acababan con su vida, los limpiaban y desplumaban, para luego comérselos asados en hogueras. Eso era lo que contaban a los más pequeños y ellos sabían que no mentían. Cerca del tornillo gigante, clavado en la piedra de la acequia, había sangre seca y en la pared donde los fusilaban, un pequeño gancho y una cuerda donde ataban a los pollos. Todo eso eran pruebas de que hablaban en serio. En sus manos estaba la vida de aquellos pollos. Ellos decidían su suerte y sin saberlo, jugaban a ser dioses y jueces de aquellos pobres animales. Los niños visitaban estos escenarios del crimen y pasaban muchas horas observando con detenimiento, imaginando estas historias y recreándolas en sus pequeñas mentes. Sentían un extraño placer pensando en la muerte de aquellos pobres e insignificantes pollos. Aquellas historias, que sólo conocían a través de los relatos de los más fanfarrones, se repetían una y otra vez en su mente y les obsesionaba.


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Un espléndido día de verano, después de comer, decidieron colarse en aquella granja para robar un pollo y asesinarlo. Antes de nada, buscaron en el garaje de su amigo la herramienta más adecuada. El hacha era la herramienta de destrucción más efectiva, por lo tanto, no había duda. La naturaleza no ofrecería resistencia, de eso estaban seguros.

Coincidieron en que el hacha era lo más adecuado.

Antes de nada escondieron su herramienta más allá de la acequia, cerca de las huertas del molino. La enterraron entre unas ramas debajo de un gran árbol y se dirigieron hacia la granja. Dentro de las naves la temperatura era mucho más alta que en el exterior y el aire estaba cargado de olor a pienso, mierda de pollo y plumas. Su amigo se puso a perseguir a uno de los pollos y de repente, todos se asustaron y empezaron a correr hacia la misma dirección, levantando un montón de tierra y agitando las alas. Finalmente cogieron uno cada uno y salieron corriendo. Cruzaron la carretera a toda velocidad y llegaron hasta las huertas del molino. Allí se encontraron con la hermana de uno de ellos que no paraba de increparles y de hacerles preguntas.

-¿Para que queréis esos pollos? ¿De donde los habéis robado? ¿Estáis locos o que?
-¡Déjanos en paz! ¡Vete! ¡Esto no te interesa lo más mínimo!

La hermana, totalmente opuesta a participar en aquel juego tan cruel, intentaba convencerlos para que desistieran en su hazaña y devolvieran los pollos a la granja. Ellos no hacían caso de sus advertencias e indiferentes, buscaban el mejor lugar para llevar a cabo su terrible plan. Muy enfadada, la chica empujó a su hermano y empezó a gritarle. El chico soltó el pollo para devolverle el empujón y entonces, el animal, se puso a correr desubicado. Todos gritaban e intentaban atraparlo, pero no lo consiguieron. Finalmente el pollo se introdujo por unos inaccesibles matorrales y se perdió entre la maleza.

-¿has visto lo que has hecho? ¡Ahora el pollo no sabrá cómo volver y esta noche se morirá de frío! ¡Lo has matado!

La chica empezó a ponerse muy nerviosa. No entendía porque tenían que acabar con la vida de aquellos pobres animales. Cuando vio como desenterraban el hacha se puso a gritar y a llorar y se marcho de allí corriendo.

La operación resultó ser muy sencilla. Mientras uno le sujetaba el cuerpo y la cabeza, otro le cortaba el cuello. El primer golpe fue muy torpe y sólo le produjo un pequeño corte en el ala. El pollo empezó a moverse y a gritar, salpicando de sangre roja la camiseta blanca del chico. El segundo golpe fue definitivo. El corte, muy certero, separó la cabeza de un cuerpo que nada más soltarlo, empezaba a dar saltos y a mover las alas intentando volar. Los espasmos eran tan violentos que los chicos se echaron hacia atrás asustados. Casi sin moverse y observando su peripecia, fueron testigos de su propia crueldad. En menos de un minuto el cuerpo yacía inerte y enredado entre unos matorrales. La sangre les había salpicado la camiseta, los zapatos y el pelo y los chicos se miraron con cara de estúpidos. Acto seguido y en silencio enterraron las dos partes del cuerpo del pollo y se largaron de allí.


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lunes, 5 de abril de 2010

Autorretrato

Viaje de vuelta infernal




Mientras esperaba mi turno para subir al autobús, una chica sacaba de su bolso un libro y una revista. Dentro de su best seller, de lomo bastante grueso, estaba su billete doblado. Mientras desdoblaba aquel billete miraba a su alrededor y hablaba por el móvil. El conductor la miraba con un leve ademán de superioridad y le exigía el billete con la mano extendida, como si tuviera prisa.

Cuando dejamos la estación e hicimos las maniobras necesarias para salir, pude ver desde la ventana a otro conductor de autobuses sentado en un banco de piedra y comiendo macarrones de un taperware. Me esperaba un viaje largo, así que decidí dormir un poco al principio para luego estar más lúcido y poder leer algo. En mi maleta de mano llevaba conmigo un ejemplar de Madame Bobary.

Cuando abrí los ojos, el paisaje había cambiado completamente. Lo que antes eran bloques de viviendas recién construidas, ahora eran casas semiderruídas llenas de polvo. Las zonas verdes de hierba se habían convertido extensiones de arena gris. Las montañas, presentaban unos surcos con formas extrañas. Me parecía haber despertado en un desierto.

Paramos en un área de servicio en medio de la nada. Allí compré un bocadillo y una coca cola. Sentada en una mesa, delante de mí, estaba la chica que antes hablaba por el móvil. Me fijé que sacaba de una bolsa de plástico dos sandwiches cuidadosamente envueltos en papel albal. Salí del restaurante, caminé un poco para estirar las piernas y subí de nuevo al autobús.

La última media hora de viaje se me hizo insoportable, pero por fin llegamos a esa enorme ciudad. La llamé por teléfono y estuvimos paseando un buen rato por la calle. Fumábamos muchísimo y hablábamos sin parar. Mirando al frente y sin dejar de hablar en ningún momento nos observábamos, siempre por turnos, para poder comprobar que aquella imagen que se encontraba a nuestro lado era real.

A partir de entonces volamos en círculo cogidos de la mano y cruzamos el cielo a través de enormes edificios. La linea que desprendían los cigarros formaban nubes grises que cubrían el cielo azul invernal. Entonces ella, en el aire, me enseño una pitillera de plata y nos despedimos.

El viaje de vuelta fue infernal. El aire acondicionado estaba estropeado y goteaba agua helada. A mi lado, un chico se mareaba y me tocaba el hombro cada vez que quería ir al baño a vomitar. Detrás de mí, una chica enorme apoyaba todo su peso en mi respaldo y cuando se dormía, sus largas piernas se deslizaban propinándome un fuerte golpe en el brazo. Desesperado intentaba escribir pequeños fragmentos en prosa:

La bóveda celeste es roja, parda, rosa y gris después de que hayan pasado muchas cosas.


El aire acondicionado seguía goteando y la gente gritaba indignada, mientras tanto, también el silencio de la noche se cernía sobre nosotros:

La música, maldita línea que me separa de ti.


De nuevo una patada de mi compañera:

Elogio de la risa, desconocimiento y miedo a la muerte.


Tan sólo quedaban unas pocas horas y podría descansar.

No te canses de mí.
Por favor, ten en cuenta que te quiero y que no me atrevo a decirte que no te canses de mí.



Cuando finalmente llegamos, recogí la maleta y me dirigí hacia mi casa. Allí no había nadie y todo olía a rancio. Abrí las ventanas de par en par y acto seguido llamé por teléfono mientras miraba el edificio de enfrente. Lucía un espléndido sol de invierno y por mi calle entraba una luz horrible.


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jueves, 1 de abril de 2010

La naturaleza y el camino de los vivos (cuento de terror)




El terror se refiere a un estado en alerta de la conciencia. Cuando el hombre penetra en ese estado, sus sentidos se agudizan de tal manera que puede ver y oír hasta la más sutil manifestación producida en la naturaleza y por la naturaleza de las cosas. No puedo determinar con exactitud cuáles fueron las causas que llevaron al protagonista de esta historia hasta tales extremos, sin embargo, puedo estar seguro de que a partir de entonces dejó de ser la misma persona.

Después de haber estado ingresado varios meses en el hospital, aquel chico decidió pasar unas semanas de descanso sólo en su casa del pueblo. Allí podría disfrutar de paseos solitarios a a la luz del atardecer y de angostas lecturas encerrado en su habitación. La naturaleza con toda su fuerza había dejado de sorprenderlo, sin embargo, aquel lugar cargado de nostalgia le atrapaba y atravesando su cuerpo, lo cargaba de novedad y descanso.

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El calor del mediodía le despertó de un sueño pesado y con gran esfuerzo se levantó de la cama. Lucía un sol espléndido y el calor se colaba desbordante entre las rendijas de su persiana. La luz era de tal intensidad que iluminaba toda la estancia. Acto seguido y sin detenerse en mirar el reloj, anduvo hasta llegar al baño donde se lavó la cara y las manos. Se pasó la mañana entera desayunando y leyendo el periódico en la cocina, esperando hasta la tarde para salir al patio. Antes de marcharse se detuvo media hora para observar cómo las golondrinas revoloteaban atrapando insectos. Cuando el sol hubo descendido lo suficiente, salió de casa y se puso a caminar en dirección al monte. Atravesó el río y desde el puente se puso a lanzar pequeña piedras al agua. Allí fuera todas las cosas parecían estar suspendidas en el aire, pasear por el campo le proporcionaba un material tan vasto y lleno de matices que nadie, ni siquiera él mismo, era capaz de comprender. Mientras andaba se cruzaba con muchos peregrinos caminando por aquellos senderos mientras él, andando en dirección contraria, les saludaba con un leve gesto de cabeza. No los despreciaba, sin embargo, en algún lugar había leído que aquellos hombres estaban muertos. Su paso era regular y su gesto indicaba una búsqueda incansable hacia su salvación. Seguramente sus reflexiones en torno a la vida y la muerte del cuerpo habían hecho que se sacrificaran en un camino de sufrimiento y alegría del alma. Peor camino era el de la vida. Aquel chico caminaba en otra dirección, parecía estar dirigiéndose hacia otro tipo de muerte. Lo que él buscaba era una posible razón de ser para el hombre. La vida para él sólo era un camino hasta la muerte. Pero de lo que era totalmente consciente es de que aquella cuestión, por muy importante que fuera, no podía destruir toda la importancia que la vida tenía. Lo más importante era vivir consciente. En su plenitud, el camino que ahora tomaba y la verdad que le era revelada se le aparecía en imágenes de muerte. La muerte que era dulce, le marcaba un sentido contrario al sentido de esos peregrinos que, como transportados en tumbas, esperaban poder encontrar al final de su camino la vida eterna.

Cuando por fin llegó hasta la carretera y se dirigía de vuelta a casa, fue cuando, atrapado por todas estas reflexiones y con la mirada puesta en el camino, encontró uno de los elementos que la naturaleza empezaba a mostrarle con horror. Aquello desprendía el olor de la muerte. A un lado de la carretera había un enorme jabalí atropellado, con la boca abierta y vacías las cuencas de sus ojos. Su cuerpo en descomposición, hinchado por el calor del verano, aumentaba su diámetro y su tamaño. Su robustez adquiría una forma horrible y el olor que se mezclaba con el aire, era un olor pesado y cargado de recuerdos. Aceleró el paso y contuvo la respiración, sin embargo, ese olor ya había logrado pegarse a su pelo y a sus manos. Casi no pasaban coches, cuando de repente, a lo lejos, apareció un enorme camión tomando una curva a toda velocidad. Fuera del arcén, esperó a que aquel enorme vehículo cruzara y siguió su camino.

Antes de llegar al pueblo el chico entró en el cementerio. Para acceder al recinto, primero había que atravesar un pequeño camino de piedras blancas limitado por dos enormes hileras de plataneros. Su corazón latía muy rápido y con muy poca fuerza. Contenida la respiración, atravesó los muros del cementerio y de repente se levantó un suave viento que hizo mecer levemente la hierba seca entre las tumbas. La temperatura era muy agradable y aquel chico no podía sentirse más feliz. La luz que ahora bañaba el cementerio era de un rosado maravilloso y su calor le protegía de todo lo malo que le pudiera ocurrir en ese momento. Su corazón empezó a latir con fuerza y todo su cuerpo se paralizó en aquel instante lleno de dulzura cuando de golpe, un estruendo horrible, como de un chasquido, le atravesó todo el cuerpo y le hizo perder la conciencia.

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Cuando se despertó ya era de noche y se encontraba tendido sobre la hierba. Tardó unos minutos en recuperarse y volver a sentir sus extremidades. Asustado y confuso corrió hacia el pueblo. Allí se encerró en su cuarto y nunca más volvió a pasear. Como mucho contemplaba el paisaje desde su ventana. Cuando sus familiares y amigos le preguntaban la razón por la cual ya no salía de su habitación, él siempre contestaba lo mismo:

- Prefiero ver el mundo desde aquí, la naturaleza me produce horror.


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Un parque japonés




Un gran amigo mío, empleado de correos, me recomendó que siempre que me sintiese un poco bajo de moral le llamara. Resulta que a diferencia de mucha gente que conozco, él realmente sabía escuchar. Le llamé por teléfono y contestó su hermana. Mi amigo había salido de viaje hace dos días y estaría de vuelta para el viernes. Aún era martes y yo no podía esperar. Le propuse a ella salir a dar un paseo hasta el centro comercial y luego ir al cine. Aceptó. En media hora quedamos en la cafetería que había justamente debajo de su casa, una cafetería con una barra de mármol y cuatro mesas de mármol. Cuando apareció en la cafetería, yo apuraba un cigarrillo y estaba un poco mareado. Se presentó como si no la conociera. Le dije que hacía un par de meses que nos habían presentado en aquella misma cafetería y ella ni siquiera lo recordaba.

-¿quieres comer algo? -me propuso

-no gracias, acabo de desayunar -le contesté

Entonces ella torció el gesto sorprendida.. Fue hacia la barra muy lentamente y meneando las caderas como si adivinase que la observaba. Media hora después paseábamos en dirección al centro comercial. Ella caminaba por delante y me contaba lo mucho que quería a su hermano y cómo lo echaba de menos. Andaba hacia atrás y de vez en cuando se pasaba lo dedos por el flequillo recogiéndose el pelo por detrás de las orejas. Dejé de observarla y a mi izquierda pude ver un gran reloj de sol, una extraña escultura amarilla en medio de un parque. Le dije si quería sentarse un rato y contemplar aquel gran reloj de sol fumando un pitillo. Ella me contestó que sí pero que nunca fumaba.

-No hay problema -contesté.

Cuando llegamos hasta el centro del parque nos quedamos mirando el reloj de sol durante unos instantes e intentamos adivinar la hora, claro que era imposible porque el cielo estaba totalmente nublado y casi no había luz. Ella se miro el reloj de pulsera y dijo:

-Son la cuatro y media.

De pronto nos echamos a reír.

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