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lunes, 27 de febrero de 2012

Gemelas



Intentaba dormir. Una densa niebla se formaba en su cabeza de resaca. Y se colaban las gemelas una por una. Se intercambiaban y engañaban con suma destreza. Mientras una entraba y acto seguido era despedida la otra esperaba en el pasillo. La recién despedida se marchaba corriendo y haciendo mucho ruido para que pensaran que se marchaba. Mientras, su hermana gemela entraba sigilosa en su habitación. Cuando la despachaba esperaba la otra gemela en el pasillo. La recién despedida se marchaba corriendo y haciendo mucho ruido para que pensaran que se marchaba. Mientras, su hermana gemela entraba de nuevo sigilosa en su habitación. Cuando la despachaba esperaba la otra gemela en el pasillo. La recién despedida se marchaba corriendo y haciendo mucho ruido para que pensaran que se marchaba.

Mientras, su hermana gemela entraba de nuevo sigilosa en su habitación.


viernes, 24 de febrero de 2012

Y está aqui!! ya llegó el efecto 2000!!!!!!!!



video

si alguno de vosotros/as desea recibirlo en casa totalmente gratuito que me escriba su dirección a:

blonderedhoward@gmail.com

martes, 14 de febrero de 2012

Patinaje sobre hielo



Era viernes por la tarde y no estaban acostumbrados a que se hiciera de noche tan pronto. El invierno había llegado de repente y no se habían dado cuenta. Caminaban por la calle sin rumbo fijo.

Iluminaban unos pocos rayos de sol un edificio de nueve plantas. Destacaba su reflejo en medio de la monotonía de su barrio.

Se detuvieron y se colaron por una entrada secreta.

Uno de los chicos se quedó atrás. Cuando por fin consiguió entrar ya no había nadie. En unos pocos segundos ya se habían largado todos sus amigos. Habían subido las escaleras y le habían dejado solo. No le importaba. Ellos no tenían la culpa si les daba por caminar entre los coches y por el centro de la calzada. Necesitaban hacer esa clase de chorradas continuamente. Tampoco pasaba nada si desdeñaban las señales de PROHIBIDO EL PASO. ¿Qué significaba que unos cuantos alelados e inofensivos adolescentes se creyeran el centro del universo? No significaba nada. Simplemente se divertían. Pensaban como animales y trascendían muy poco sus acciones. Eran como siete cubitos de hielo sobre un charco. Igual que un puñado de hierba enterrado en la playa. Tallos de fresas unidos por un hilo y colgados de un pino.

En su estado no importaban a nadie. A caballo entre la infancia y la muerte.

Pensaba el chico en todo aquello mientras escuchaba los alaridos de sus amigos y amigas. Eran chillidos predecibles y aburridos. Llegó hasta el primer piso y se topó de repente con la silueta de su novia perdida en la oscuridad. Se tambaleaba y rozaba con las manos las paredes de yeso. Le ayudó el chico a encontrar la salida. Ambos se dieron la mano y subieron corriendo hasta el último piso.



La luna llena iluminaba una pista de hielo enorme. Se había formado en la azotea de aquel edificio de nueve plantas. La lluvia acumulada se había congelado creando una placa de hielo grueso y liso. El cielo estaba totalmente despejado. Giñaban los ojos las estrellas y brillaban con fuerza. A lo lejos se deslizaban sus amigos como por arte de magia. ¿Cómo lo conseguían? Ni siquiera imaginaba cómo podían trazar líneas rectas sin mover los pies. Caminaban de espaldas y con las manos unidas. Se arrastraban los unos a los otros. Se movían como pingüinos en un iceberg. Eran como fantasmas sobre un pantano luminoso.

Enredaban sus rodillas con bailes imposibles y giraban como tiovivos.

Y se acabó de reconciliar el chico con ellos. No eran aburridos ni tampoco predecibles. Simplemente eran sus amigos. Todo esto les unía mucho más y mejor. No necesitaban alquilar patines ni tampoco dar vueltas obligatorias en círculo. Cada cual trazaba su propia trayectoria. Se empujaban y caían al suelo entre carcajadas y tirones de cazadora. Se desprendían de sus bufandas y se mojaban los guantes de lana.

No había nadie que les dijera ni cuándo ni cómo hacer las cosas.

En el fondo tampoco estaban tan alelados. Realmente lo que buscaban era no importar a nadie. Y lo habían conseguido juntos. Se divertían y se abrazaban con solo mirarse a los ojos. En su mente se habían reconciliado los adolescentes ajenos al resto del mundo.

Rodeados de hielo.


jueves, 9 de febrero de 2012

Papier collé

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Un viejo sistema operativo



Su profesor de informática fumaba muchísimo. No paraba de hacerlo y cuando inhalaba el humo arrugaba los labios hasta conseguir hacer desaparecer su boca negra. Su pelo era blanco y grasiento. Ondulaba su peluca encima de una enorme cabeza pensante. Llenaba con su barriga un traje gris ajado. Tenía muy poco cuello y alrededor una corbata muy grande y plateada.

Detrás de su mesa se transformaba en un bloque de hormigón. No expresaba nada su maestro delante del ordenador. Iluminaba el tubo catódico a través de la pantalla en sus gafas y reflejaban los cristales pequeños haces de luz de color verde fosforito.

Uno de sus alumnos, un chico muy vago y disperso se ocultaba en el fondo del aula. No hacía ni caso por el hecho de que no entendía casi nada. Le gustaban los videojuegos y los colores que proyectaban los ordenadores pero no soportaba la disciplina que adoptaban sus compañeros y profesores. Ya no pensaban los chicos de su edad en lenguaje ms dos. Ahora le tocaba el turno a las videoconsolas de ocho y dieciséis bits. Ellas eran las que dictaban el gusto y fascinación por las nuevas tecnologías. El sistema de códigos internos de las viejas computadoras de su colegio estaba obsoleto para los chicos de su generación. No obstante, algunos de ellos se adaptaban perfectamente como si aceptasen digerir piedras. Manoseaban los teclados y llenaban su mesa de cabellos. Se dejaban las escamas en aquellos pupitres.

El chico jugaba con su programa editorial mientras su profesor no paraba de fumar y escribir en la pizarra. Degustaba aquel alumno imaginando tonterías de color verde sobre fondo negro. Describía en la pantalla de su ordenador cada detalle que observaba en el rostro de sus compañeros.

Brillan sus ojos de trucha. Se doblan como monos y se rascan la cabeza. Desconocedores todos de un lenguaje interno indescifrable.

Su profesor seguía escribiendo signos copiados de su libro de texto. La gestión de parámetros era la siguiente:

@echo off
ver
goto Final
vol
:Final


if "%TEMP%"=="" set TEMP=C:\DOS


Mientras tanto el chico disperso seguía narrando lo acontecido en aquella sala. Escribía a tiempo real y lo guardaba en la memoria c: de su ordenador. Al final de la clase nunca se olvidaba de copiarlo todo en su disquete de 5.5”.

Era una cosa fascinante comprobar cómo se almacenaban los datos en tan poco tiempo.

En el fondo la clase no le resultaba tan pesada. No le disgustaban los fluorescentes del techo ni tampoco las paredes sin ventana. Lo que le realmente no soportaba era la disciplina. Las paredes de baldosa verde azulada brillaban y reflejaban disciplina. Y además llevaban él y sus compañeros tres interminables horas de clase. Lo pasaba mal el chico y ya no sabía sobre qué demonios escribir. Entonces describía lo que hacía. Eso era de lo que hablaba.

El tema de sus relatos era el hecho de redactar en sí mismo.

El caso es que alucinaba con los signos y colores de aquellos ordenadores. Le ayudaba un posible lenguaje indescifrable de códigos a pensar en abstracto. Imaginaba el futuro contantemente mientras escribía en su presente más inmediato relatos del pasado.

De repente sonó muy fuerte el timbre y apagaron todos los ordenadores. Recogió rápidamente su mochila y se largó de allí. Mientras caminaba hacia su casa daba vueltas sin control a su diminuta cabeza.

[comando |] SORT [/R] [/+n] [> [unidad2:][ruta2] nombre_archivo2]

Estaba claro.

Poseía las herramientas necesarias para la construcción de una vieja hipótesis. Proyectaría con aquellos códigos nuevos planetas desde la tierra en donde los seres humanos pudiesen vivir felices y en armonía consigo mismos.


martes, 7 de febrero de 2012

COMING SOON!!!!!

Eructos con sabor a caramelo



Transcurría un año bisiesto cualquiera. Unos pocos días antes de las fiestas patronales de S. los dueños del bar montaban la barraca. La llenaban de refrescos y de bebidas alcohólicas. Coca colas, naranjadas, limonadas y barriles de cerveza.

Allí estaban todas aquellas cajas apiladas unas encima de las otras perfectamente ordenadas.

Él y sus amigos se colaron dentro sin que nadie los viera. Contaron la cantidad de botellas que había en cada caja. Cuatro filas de siete botellas. Estaban todas llenas de polvo y de telas de araña. Se fijaron en una caja de refrescos en concreto. La naranjada era su bebida favorita y les gustaba beberla siempre que podían. El chico más delgado de todos levantó una caja repleta de botellines de KAS y la puso de golpe encima de una barra de aluminio.


- ¡Blam!


De un salto se subió a la barra y pasó al otro lado. Recogió la caja muy deprisa y se largaron todos corriendo con la mercancía robada hacia el río.



Cuando ya se habían alejado del pueblo lo suficiente como para no poder ser vistos por nadie descansaron. Rodearon los niños los veintiocho botellines. Los miraban con los ojos muy abiertos y salivaban con solo pensar en beberse su contenido. El problema era que no contaban con un simple abrebotellas. Se las ingeniaron para destaparlas haciendo palanca contra un muro de cemento.

Salía disparada la comúnmente denominada chapa.

Entonces se bebieron su contenido a toda velocidad y de un solo trago. Se hincharon de aquel horrible brebaje hasta la enfermedad. La naranjada estaba muy caliente pero no les importaba. Degustaban el azúcar y las burbujas se transformaban en eructos con sabor a caramelo.

domingo, 5 de febrero de 2012

La base de plástico de un zapato de tacón



No sabía de donde procedían el viento y la nieve. Seguramente viajaban desde un lugar remoto hasta desaparecer en algún lugar extraño. Se formaba la nieve en espirales de hielo a lo largo y ancho de su barrio. Se colaba el viento en algunas calles y la sensación térmica bajaba de golpe. Se protegían algunos con muros de contención para los climas severos. Paredes de ladrillo. Paredes de yeso. Suelos de madera. Cristales sellados con silicona y burletes de goma.

Formados de hielo millones de copos flotaban por el cielo. Siempre lo hacían siguiendo una línea imaginaria. Su propia trayectoria aleatoria. Y dejaban de ser copos cuando tocaban el suelo. Cuando se posaban en los abrigos de los peatones. En sus gorros de lana y botas de goma. En sus rostros apáticos y mirada perdida. Los músculos de la cara se transformaban y expresaban menos que lo que pueda expresar una piedra. Una piedra helada conseguía expresar mucho mejor en medio de la nieve.

Se trastornaba el ciudadano e hibernaba su mente.

Pensaba el chico que le gustaba hablar del tiempo constantemente. Disfrutaba con las descripciones tan inmediatas que formulaban sus vecinos en el ascensor y por la calle. Introducían el tema de vez en cuando sus amigos en los bares. Enlazaban sus temas de conversación de maravilla. Coincidían y reflejaban su forma de seres humanos. Se abrigaban y estaban de acuerdo en todo. Las gotas de lluvia eran estrellas.

Estructuras geométricas de hielo formadas por el viento.

Salió de casa forrado de muchas capas. Había quedado con su hermano para cenar. Andaba como si le pesaran los brazos. Parecía un espantapájaros sin estructura. Caminaba y observaba sus zapatos. Le picaba la cabeza a través de su gorro de lana marrón. Pensaba entonces que no tenía frío. Levantaba la cabeza y presumía de cuello sin bufanda. Un cuello muy fino de asustado cervatillo. Sus piernas como palillos bailaban dentro de sus pantalones vaqueros. Estaba helada su ropa y cuando se agachaba para poder atarse los cordones se congelaban sus rodillas.

El frío recorría sus extremidades y embalsamado su cuerpo se transformaba de nuevo en un espantapájaros.

Caminaba taciturno mirando al suelo. La nieve se alojaba entre los adoquines hundidos en el cemento. De repente sintió algo extraño en la planta del pie. Algo se había enganchado en la suela de su zapato derecho. Arrastro el objeto sobre los adoquines. No había manera de zafarse de aquella protuberancia incómoda. Se había instalado en su zapato como un parásito. Se agachó y descubrió que se trataba de un tacón.

La base de plástico de un zapato de tacón.

Se había enganchado y clavado de repente. Qué cosa tan extraña. Seguramente se trataba de algo extraordinario. No lo sabía. Buscaba en el invierno y en su vida cotidiana algo nuevo y revelador.

Buscaba incansablemente un sentido de las cosas ordinarias. Y cada vez se alejaba más y más de su propia realidad.


miércoles, 1 de febrero de 2012

En sus retinas todas las estrellas visibles



Aparcaron el coche en medio de la montaña. Resultaba muy extraño ver aquella mole de hierro rodeada de vacas. La verdad es que resultaba incluso gracioso. Prepararon sus mochilas y comenzaron el ascenso. Lo tenían todo calculado. Llegarían hasta la cima justamente cuando el sol se pusiera. Pasarían la noche al raso y descenderían al día siguiente.

Estaban decididos a dormir en la cumbre. Comieron algo y comenzaron su aventura.

El chico más delgado y urbanita iba el último. Sus amigos encabezaban la travesía y le esperaban y marcaban el ritmo. Miraban el mapa y se orientaban perfectamente. El chico miraba las nubes y los árboles. Se quedaba perplejo observando todo tipo de formas y colores a su alrededor.

El verano bañaba con miles de tonos de verde los bosques y los riachuelos.

Se paraban de vez en cuando para beber agua. Entonces se deleitaba el urbanita con una sensación extraña. No estaba acostumbrado el esmirriado y aprehensivo estúpido a tantas emociones juntas. Se sobaba su pelo grasiento y se cansaba y consumía cada vez más. Sus reflexiones se acumulaban como rebaños de ovejas en una despensa. Era la montaña la que no le dejaba pensar con claridad. Se le taponaban los oídos y escuchaba una especie de zumbido provocado por el flujo constante de la sangre. Le picaban los hombros y se le cargaba la espalda. Le lloraban los ojos y se le secaba la boca. De todas formas avanzaba y no se dejaba intimidar por aquellos síntomas que sufría por imaginación. No se quejaba ni tampoco decía nada. Se limitaba a observar a sus compañeros e intentaba no perderles de vista.

Atardecía poco a poco y los pájaros e insectos fueron sustituidos por otros animales mucho más oscuros y escurridizos.

Cuando llegaron hasta la cima casi no había luz. El sol se había ocultado detrás de las montañas y proyectaban sus rayos tonos violeta muy sutiles. Se acercaban nubes negras a toda velocidad y amenazaban con descargar toda su fuerza sobre la tierra. Se miraron preocupados y empezaron a temblar. El viento soplaba con fuerza y les empujaba hacia el abismo. Se introdujeron rápidamente en los sacos de dormir y rezaron para que la tormenta pasara de largo. No había escapatoria si se le antojaba a la indomable fuerza de la naturaleza manifestarse. Estaban expuestos e indefensos ante semejante poder. No había techos ni tampoco paredes de ladrillos. No había cocinas equipadas ni salones amueblados. No había ventanas ni tejados. Tampoco había invernaderos. Todas esas cosas habían sido sustituidas por piedras. Fragmentos de rocas e insignificantes florecillas. Tierra y ramas secas castigadas por el viento.

Extendieron sus esterillas y se acurrucaron todos juntos en los sacos de dormir. Alumbraban con su linterna las mochilas en busca de algo de comida.

Mientras tanto hablaban de su vida cotidiana. De sus compañeros y experiencias. Se refirieron sobre todo a las cosas que transformaba en humanos a los individuos. Lo mundano y abandonado pasaba a formar parte esencial de su presente más inmediato.

Poco a poco la conversación iba en declive y desaparecían las formas de alrededor. Sus amigos habían dejado de charlar y cerrado los ojos. Oscurecía sin remedio y ahora el chico reflexionaba consigo mismo dentro del saco.

Entonces cruzaban él y sus fantasmas el paso de la vigilia hacia un sueño reparador.

***

Cuando abrió los ojos no podía creer lo que estaba viendo. El universo se proyectaba como en una pantalla de cine. Las nubes negras habían desparecido. Las estrellas se multiplicaban por cientos de miles. La poesía desconocida y precisa se albergaba en cada estrella. Contenida en los colores y texturas de aquellos astros milenarios.

La temperatura dentro de su saco de dormir era perfecta. Disfrutaba de su calor corporal y solo sentía frío en la punta de su nariz. Escuchaba el viento suave y helado a través del valle. La luna llena iluminaba los picos de las montañas. Brillaban con intensidad los copos depositados durante miles de años en aquellos neveros.

Brillaban sus pupilas como nunca lo habían hecho.

No podía compartir sus experiencias con nadie salvo consigo mismo. La retórica estaba pasada de moda. Las palabras no eran las justas sino insuficientes. Era muy consciente de que todo aquello desaparecería si se quedaba dormido.

No le importaba en absoluto. Aportaban lo suficiente unos pocos segundos de aquella maravilla.

Cerró los ojos y se quedaron grabadas en sus retinas todas las estrellas visibles.

***