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domingo, 29 de enero de 2012

martes, 24 de enero de 2012

Clases particulares



Todo el curso mirando su pupitre sin pensar en nada. Sentado en su clase y rodeado de gente. El profesor se movía de un lado a otro y gesticulaba de forma horrible. Sus ojos eran los ojos de un loco. Sus compañeros iban a lo suyo y el profesor no paraba de hablar y de arrastrar su tiza sobre la pizarra. El chico modulaba la línea de sus esquemas. Cambiaba de colores y sombreaba sus dibujos. Perfeccionaba la letra de sus apuntes modificando las eles y las uves. No entendía las razones por la cuales sus compañeros se esforzaban por aprender algo que para él no tenía ningún sentido.


E = V•T
M1•K1(t1-t) = M2•K2(t-t2

F = G•M•M/D2

W = "/T • VELOCIDAD ANGULAR
V = W•RADIO • VELOCIDAD LINEAL

W = "/T=2"/T=2"F
W = F•E•Cos


Nunca hacía los deberes y suspendía todos los exámenes. Su profesor le miraba directamente a los ojos y afinaba su vista moviendo las cejas. Unas cejas pesadas y llenas de canas. El chico evitaba su mirada y entonces observaba su peluca. Una peluca ondulada y peinada con la raya de lado. Evitaba sobre todo sus reproches y consejos en público. Quería pasar desapercibido y que le dejaran todos en paz. Aceptaba los resultados de sus exámenes sin molestar a nadie.

Era un alumno mediocre en casi todo lo que hacía. Y sin embargo en la física era un fracaso.

Cuando llegó el verano sus padres y profesores le advirtieron.

- Vas a tener que buscarte un profesor particular si quieres superar el curso.

Y así lo hizo. Un profesor de instituto jubilado le recibiría todos los martes y jueves por las tardes para impartirle clases particulares.

Pero seguía sin encontrar el sentido de las cosas obligatorias.




Las clases de física eran después de comer. Le costaba horrores levantarse de la mesa y salir a la calle. Sobre todo por el calor insoportable que hacía en verano. Se ocultaba y se protegía entre las sombras de los edificios. No había nadie por la calle. Estaba todo el mundo en sus casas con las persianas bajadas. Lo que realmente le apetecía era poder dormir hasta que se hiciera de noche. Pero eso era imposible. Tenía que darse prisa si no quería llegar tarde y derretirse en plena calle.

Presionó el botón de hierro oxidado del portero automático de la casa de su maestro. Subió las escaleras muy despacio hasta el segundo piso y llamó al timbre. Giraba la llave su profesor mientras esperaba impaciente su alumno.

- Pasa majo.

Entonces sacaba el chico los libros y se sentaba en la mesa del salón. Lo primero que hacía su profesor era bajar todas las persianas. El sol que antes iluminaba las paredes de gotelé desaparecía. Solamente se podían apreciar pequeños haces de luz intentando atravesar las persianas. Un terrible sol de agosto incidía en las fibras de las persianas. Y proyectaban sus ranuras líneas discontinuas en el suelo de parqué.

El olor a barniz y a madera flotaba en el aire.

Su profesor particular le resultaba un poco siniestro. Sus dedos eran afilados como agujas. Destacaba en su rostro una perilla hirsuta y perfectamente recortada. Era muy pequeño y encorvado. Tenía la cabeza muy grande y despejada. A pesar de su apariencia en el fondo era de formas muy bellas. Sus movimientos eran muy suaves y su voz clara y concisa. Cuando explicaba los ejercicios conseguía captar su atención. Poco a poco fue entendiendo mejor la física. Los ejemplos de su maestro resultaban reveladores. Terminaba los ejercicios casi sin esfuerzo. Los resultados coincidían con los de su profesor que le observaba y felicitaba.

Trabajaban ambos sin descanso. Avanzaban y transformaban lo complejo en algo sencillo. Fórmulas matemáticas básicas flotaban en el aire. Giraban los planetas alrededor del sol y lo hacían sin abandonar su órbita y velocidad. Escuchó de repente la voz de su profesor a lo lejos. Se alejó de su maestro y empezó el chico a caminar de nuevo por la calle.

El cielo era de color verde. Las farolas estaban rotas y por el suelo había un montón de basura electrónica.

Llegó a casa y se tumbó en la cama. Abrazó su almohada y cerró los ojos. Por fin había conseguido abandonarse a los placeres del sueño. Que maravillosa sensación recorría todo su cuerpo. El sistema solar y la mística de Neptuno. El sistema de anillos de Saturno. En las paredes talladas siete montañas heladas. Una espesa niebla rodeaba su cama. De repente le acosaron montones de gente. Le gritaron e intentaron que se despertase a toda costa. Le amenazaron con antorchas y con palos de hierro al rojo vivo.

Le gritaron muy fuerte y le preguntaron.

- ¿Estás dormido?

Su profesor particular le zarandeaba.

- ¿Es que no duermes bien por las noches?

No le quedaban fuerzas para contestar y entonces su profesor cerró los libros de golpe.

- Creo que por hoy ya hemos terminado.

Y se largó el chico para casa. No sin antes haberle encomendado su maestro la realización de un montón de tareas. Ahora sí que lo había conseguido.

Sabía lo que tenía que hacer.

Tumbarse en la cama y abandonarse a los placeres del sueño.


martes, 17 de enero de 2012

Le bricoleur



Le habían explicado muy bien cómo aplicar el yeso. Sabía que tipo de materiales necesitaba y de cuánto tiempo disponía. Estaba dispuesto a reparar aquella gotera costara lo que costara. Empleaba su tiempo libre en arreglar poco a poco el desván de sus padres. Miraban él y su cuñado una mancha de humedad que había aparecido en el techo.

- Vas a tener que rascar antes de pintar.

- Está bien. – dijo él.

- De todas formas – afinaba su vista el experto. - Primero tienes que revisar el tejado y asegurarte de que la mancha de humedad no aparezca de nuevo. Observa el tejado.

Le señalaba el tejado desde la terraza.

- Hay un montón de tejas rotas y lo que pasa es que no canalizan bien el agua. Vas a tener que subirte y cambiar algunas.

- Está bien. ¿Dónde puedo comprar tejas nuevas?

- No hace falta. – sonreía su cuñado.





Al día siguiente subió al desván una escalera de aluminio muy ligera y un montón de bolsas de plástico para recoger los escombros. Se iba a subir al tejado y arreglar todo lo que pudiese. Llevaba lloviendo toda la semana pero por fin había salido el sol. Un sol de invierno que no calentaba pero que sentaba bien. Apoyó la escalera como pudo en el suelo de la terraza. El terreno no era muy firme y se tambaleaba la base. Se subió con mucho cuidado y se agarró a una rejilla de hierro oxidado. Le separaban muchos metros desde el suelo. Todas sus maniobras eran torpes y forzadas. Cuando se lo pensaba demasiado le temblaban las piernas. Se apoyó en una chimenea y pisó con fuerza una teja bien sujeta con cemento. Su cuñado le había recomendado.

- Siempre que camines por un tejado pisa bien dos tejas a la vez. De esta forma no se romperán.

Y así lo hizo. Andaba muy despacio por el tejado de su edificio de ocho plantas. Crujía el suelo bajo sus pies y de vez en cuando se resbalaba por la humedad y el musgo que crecía entre las tejas. Cuando llegó hasta un lugar seguro se sentó y respiró con tranquilidad.

Observaba su tejado con detenimiento.

Había una cuantas tejas mal colocadas y algunas estaban rotas. Entonces entendía perfectamente la razón de ser de todas aquellas goteras. Colocó bien todas las tejas movidas. Estaba de cuclillas y le temblaban las rodillas. Soplaba un viento helado que le quemaba la cara. Un montón de nubes negras se acercaban a toda velocidad. Cuando hubo terminado de colocar bien las tejas examinó cuáles de ellas estaban rotas y debían ser sustituidas por otras nuevas. Había cuatro de ellas destrozadas. Miro el tejado de su vecino.

Allí estaban todas aquellas preciosas tejas alineadas y perfectamente superpuestas unas encima de las otras.

Cogió la primera. Levantó la vieja y rota de su tejado y la sustituyó por la nueva de su vecino. Una preciosa teja intacta. Así poco a poco fue haciendo lo propio con todas las demás. De repente escuchó el sonido de una cerradura en el trastero de su vecino. Pensó que quizás alguien le había visto desde alguna ventana y había llamado. O quizás pasaba por allí y había escuchado ruidos en su tejado.

No daba crédito a su mala suerte. En qué pensaba cuando hacía las cosas. Seguramente no pensaba en nada y lo único que hacía era dejarse llevar. No pensaba nunca en las consecuencias de sus actos pero entonces no podía dejar de hacerlo.

Caminaba su vecino por el suelo de su desván y escuchaba sus pasos como si fueran golpes.

Estaba paralizado y muerto de miedo. Cualquier movimiento en falso y estaba perdido. Podía ser descubierto y entonces su vecino le denunciaría. O peor. Le esperaría en el pasillo del último piso escondido y cuando saliese le daría una paliza con un palo de madera. Se lo merecía por ladrón. Eso le pasaba por robar tejas a su vecino y pasar sus desgracias y sus goteras al prójimo.

De repente se puso a llover.

Que mala idea la de su cuñado le bricoleur. El caso es que ya lo había hecho. Ya no había marcha atrás. Su vecino seguía andando por el desván. Escuchaba sus pasos lentos y aleatorios. Respiraba el chico con dificultad. Derribaría su vecino la puerta de su desván y le pillaría en plena faena. Le robaría la escalera y entonces no le dejaría bajar. Se tendría que quedar allí empapado y esperando a la policía. O peor aun. Subiría por la escalera hasta el tejado y allí le atacaría con su palo de madera. Le empujaría su vecino desde el tejado hacia el abismo.

Con la excusa del robo desataría sus impulsos de asesino.

Pensaba en el fondo que todos tenían un impulso de asesino reprimido en su interior. Solo hacía falta verse amenazado para sacarlo y emplearlo a fondo. Mientras pensaba en todo ello escuchó de nuevo la cerradura de su vecino. El sol se ocultaba entre las nubes y cada vez llovía con más fuerza. El viento soplaba fuerte y helado.

Y se le acaba el tiempo.

Un golpe seco hizo temblar su corazón de sabandija. Escuchó de repente como cerraba la puerta su vecino y se marchaba. Lo que tenía que hacer estaba claro. Tenía que bajar de aquel tejado cuanto antes. Caminaba deprisa y haciendo mucho ruido. Cuando ya casi tocaba el suelo escuchó de nuevo un portazo mucho más intenso dentro de su trastero.

- ¡BLAM!

Sus extremidades dejaron de ser. No podía ver nada. Sus ojos llenos de lluvia le impedían ver nada. Ya no había escapatoria. Recibiría su merecido. Temblaba su cuerpo como gelatina y esperaba lo peor.

De repente se dio cuenta de lo que había pasado.

Se había dejado la puerta de su desván abierta y el fuerte viento la había empujado cerrándola de golpe. Su diminuto corazón latía como el de un colibrí. Recogió rápidamente la escalera y salió de allí asustado y mojado como una rata.


lunes, 16 de enero de 2012

jueves, 12 de enero de 2012

El cementerio



El mapa parecía largo y complicado. Cementerios, molinos y monstruos gigantes. Cuevas llenas de murciélagos y de lava. Y al final una especie de castillo subterráneo donde le esperaban Astaroth y la princesa Prin Prin. Su peor enemigo y su amada de pelo azul. Sir Arthur estaba preparado. Preparado para recorrer cubierto de su armadura todo aquel infierno. También lo estaba su hermano que sudaba y desgastaba el mando de su consola de 16 bit.

Pisaba bambúes de colores fosforitos. Le daban la bienvenida un esqueleto crucificado sin piernas y otro atrapado en un cepo de granito. Al fondo le saludaban unos árboles pelados y unos ahorcados. Daban la bienvenida al caballero del yelmo y la barba pelirroja los humedales cristalinos y las plantas acuáticas. Completaban el decorado un cielo negro cubierto de nubes y un suelo lleno de musgo. De pronto surgió de la tierra la muerte. Eliminarla no era tarea fácil. Su implacable guadaña asomaba desde las profundidades del barro mojado con la intención de llevarse consigo al caballero.

Se protegía el guerrero. Lanzas hacia delante. Lanzas hacia arriba. Saltaba y arrojaba lanzas hacia el suelo. Convertía a sus enemigos en efímeras bolas de fuego.

Estaba inmerso el cementerio en un microclima favorable para la proliferación de plantas salvajes. Crecían por doquier en todos los rincones. Se topó con un muro de piedra y de barro. Sobre el muro estaba apoyado un estúpido buitre agitando sus alas. El caballero lo derribó como a todos los demás enemigos. Lo convirtió en una bola de fuego dejando tras de sí únicamente unas cuantas plumas. En un agujero del muro se podían observar montañas de calaveras y de lanzas. Sobre un árbol centenario esperaban de nuevo los buitres. Esta vez no se movían ni agitaban sus alas. Simplemente esperaban para lanzarse en picado.

Entonces comenzaba la maravillosa y llena de magia. La música por la cual merecía la pena arriesgarse. Jugar hasta que los pulgares se resintieran. Rodeados de aquella melodía él y su hermano se sentían bien. Se sentían bien ellos dos encerrados en su cuarto. No salían a la calle. Disfrutaban de su silencio y de la banda sonora del videojuego. Aquella melodía. Maravillosa composición no apta para insensibles. Surgía del televisor e impregnaba sus cerebros de mosquito. Aunaba todo y cuanto se separaba de su forma original. Era la síntesis del sonido magistralmente adaptado desde lo acústico. El clavicordio con vibrato. De fondo sonaban flautas de madera rellenas de moho y entonaban macabras melodías para el deleite de vivos y difuntos. Maravillosos aullidos de perros raquíticos y silbidos de fantasmas. Violines electrónicos desafinados. Repeticiones y variaciones de pitidos. Sonaban bellas, muy bellas melodías formando una sola composición. Una composición que recordarían toda su vida.

Y avanzaban su hermano y el guerrero de barba pelirroja.

Apareció un cofre dorado y granate que no necesita llave. El caballero todo lo solucionaba a golpe de lanza. Lo abrió y recuperó su armadura especial. Armadura dorada y con capa de terciopelo roja. Alguien había encendido una hoguera encima del muro. Y lo peor de todo era que lanzaba calaveras. El caballero pensaba que todo era un horror. Su vida era un horror. Sin embargo no podía ni pensar en abandonar.

Su misión era la de cualquier caballero de su rango. Se cruzaban en su camino la muerte y la batalla. Le acompañaban sin remedio las sombras de la gloria y de la espada.

Acto seguido aparecieron dos guillotinas. Una sobre el muro y otra por debajo. No había escapatoria. No quedaba más remedio que cruzar a través de una de ellas. Y lo consiguió sin problemas. Cuatro, cinco, seis guillotinas. La muerte de nuevo. Los buitres acechaban desde los árboles.

Y su hermano empezaba a no dar abasto.

Un frondoso árbol se agitaba por el viento de la llanura. Diminutos remolinos de viento le atacaban de frente. No sabía porque los elementos se ponían en su contra pero lo aceptaba. Los dichosos buitres se lanzaban de nuevo en picado. Los remolinos de viento se convertían en demonios con alas. Daban vueltas sin control y se camuflaban con el fondo del videojuego.

De pronto empezó a llover.

Finas gotas de lluvia paralelas mojaban su preciosa capa de terciopelo. Los arboles se agitaban cada vez más. Rayos y relámpagos sordos iluminaban sin cesar el suelo. Sorteaba hogueras y no le quedaba tiempo para mirar el cielo. Tenía que mirar al suelo. Un suelo de tierra del cual surgían plantas carnívoras que escupían calaveras con pelo humano. Subía las escaleras de madera. Mataba y destruía. Convertía a todos en inofensivas bolas de fuego. Los enemigos eran cada vez más letales y numerosos. Eran cada vez más feos y extraños. Su hermano no conseguía hacerles frente y escapar. Le vomitaban lava que salpicaba sus escarpes de oro. Le pinchaban con su afilado tridente.

Destruyeron entre todos su armadura y le dejaron en ropa interior.

Saltaba y casi volaba. Bajaba escalones llenos de musgo y de rocas a toda velocidad. Pisaba el barro mojado con sus pies desnudos y helados. Temblaba de frío. Necesitaba llegar hasta el castillo y recuperar su armadura.

Pero antes debería superar un obstáculo.

Entre dos frondosos árboles aguardaba un demonio sin pupilas. Le superaba en tamaño pero no en cerebro. Parecía ser el típico esbirro mecánico. Poca cosa. Pensaba Sir Arthur que no tenía nada mejor que hacer. Si quería salir de aquel horrible cementerio no le quedaba más remedio que derribar aquella mole. No iba a ser tarea fácil. El monstruo final sujetaba su cabeza verde horrible y de pelo naranja con una sola mano. No paraba de moverse. Se protegía con los cuernos. Lanzaba fuego por la boca y le asediaba y empujaba. Lo que tenía que hacer su hermano estaba claro. Su punto débil estaba en la cabeza. No estaba en su armadura ni tampoco estaba en sus cuernos. Estaba en su enorme cabeza de chorlito.

En el fondo no era un demonio tan terrible.