martes, 11 de diciembre de 2012
jueves, 6 de diciembre de 2012
martes, 4 de diciembre de 2012
sábado, 1 de diciembre de 2012
El fantasma ofendido
Se había puesto de moda en los noventa jugar a la ouija. Lo hacían a menudo ella y sus
amigas cuando su madre no estaba. Dibujaban el abecedario y unas cuantas cifras
del cero al nueve en una hoja de cuaderno y comenzaban la partida. Entonces se
manifestaban los espíritus de sus antepasados en medio de su cocina. Personas
que habían pasado sin pena ni gloria por la vida que ahora ellas disfrutaban. A
veces los fantasmas se pronunciaban con incoherencia, pero la mayoría de las
veces lo hacían de forma reveladora.
El problema era que sus amigas se lo tomaban todo como si
fuera una broma. Querían saberlo todo y no paraban de molestar hasta que su
invocado desesperaba. Se notaba que habían visto demasiadas películas y siempre
acababan preguntando las mismas tonterías.
-
¿Estás condenado a ser errante y vagar
eternamente por tus pecados?
-
¿Eres el demonio que juega con nosotras?
-
¿Hay alguien en la sala que te moleste?
Diantres. No soportaba que agobiaran tanto a los
espíritus. Ellos no hacían nada excepto querer que los dejaran en paz. Cuando alguno
se había manifestado, estaba segura que lo había hecho sin querer. El mundo de
los vivos ya no les interesaba lo más mínimo.
Sobre todo porque eran los vivos los que se habían
olvidado completamente de ellos.
Cuando por fin acabaron sus
amigas de asediar al fantasma, se despidieron y esperaron su respuesta.
Entonces el errante no dijo nada. Por lo visto se había enfadado y no se quería
marchar de la cocina. La cosa empezaba a
torcerse y ni ella ni tampoco sus amigas sabían cómo reaccionar. Soltaron
rápidamente la moneda y empezaron a mirarse sin hablar. El frigorífico emitía
su típico zumbido multiplicado por siete. Los grillos entonaban macabras
melodías en el jardín. Y un cotidiano parpadeo iluminaba la mesa blanca de la
cocina. En cualquier otra circunstancia aquello les habría parecido algo normal
pero entonces, lo atribuyeron todo al espíritu que acababan de invocar.
Nadie sabía qué decir ni
tampoco qué hacer.
Optaron todas sus amigas por
largarse pitando. Le dejaron sola en la cocina mirando una moneda roñosa en
medio de un folio lleno de garabatos. Le dejaron a solas con el fantasma. Y
estaba el errante ofendido de verdad. Su madre no llegaba hasta las doce así
que decidió conservar la calma y no dejarse llevar por sus emociones. Se metió
la moneda en el bolsillo, destruyó el folio y subió rápidamente por las
escaleras directamente hasta su habitación. Allí dentro escuchaba mucho más
alto que de costumbre a los gatos callejeros. Aleteos de murciélagos rozaban la
persiana de plástico de su cuarto. Y el maldito
parpadeo de las bombillas era cada vez más frecuente. Pensó que quizás
se había vuelto loca y que no existía ningún fantasma. Aquello al menos le
consolaba durante un rato. Pero en seguida empezaba a sentir deambular al
errante por su habitación. Escuchaba sus pasos en el desván y susurros cerca
del cuarto de baño. De repente un golpe muy fuerte, un estrepitoso chirrido se
produjo a su izquierda. Era la puerta que se abría de golpe y con violencia.
Era su madre que había llegado
de cenar con sus amigas.
-
¿Qué te pasa? – le preguntó su madre. – Parece
como si hubieras visto un fantasma. ¿Qué haces aún despierta? En la cocina
huele a tabaco. ¿Qué hacéis tú y tus amiguitas cuando yo no estoy?
La chica le contó a su madre
todo lo que había pasado. Se lo contó entre sollozos más o menos intensos. Su
madre consiguió consolarle. Le propuso una fórmula que había abandonado hacía
unos años, el caso es que le funcionó de nuevo.
-
Cuando tengas miedo y no puedas dormir, invoca a
tu ángel de la guarda con una breve oración. Ya sabes hija que funciona
siempre. Tu ángel de la guarda siempre te protege y sabes muy bien que puedes
contar con él cuando lo desees. Hazme caso. Buenas noches y dulces sueños.
La cosa es que dijo su breve
oración y su ángel de la guarda hizo su intervención. Produjo una burbuja
mágica alrededor de su cuerpo. Ya no escuchaba nada y en parte le fastidiaba
tener que pasar tanto de aquel pobre y enojado fantasma. En realidad ella no
había tenido nada que ver con aquello. Habían sido sus amigas por lo tanto,
ella no tenía razones para darle más vueltas.
El caso es que lo hizo. No paró
de darle vueltas al asunto hasta que halló una posible solución. Al día
siguiente trataría de convencer a sus insolentes amigas para que invocaran de
nuevo al fantasma y le pidieran perdón por las molestias ocasionadas.
...
martes, 27 de noviembre de 2012
miércoles, 21 de noviembre de 2012
lunes, 19 de noviembre de 2012
Primer amor a primera vista
Era
muy extraño, pero aquel fin de semana de Junio sintió que su cuerpo se
transformaba de repente. Se había introducido algo en su mente, algo nuevo y
revelador, una especie de secreto que de pronto albergaba su corazón. La sensación
era maravillosa pero al mismo tiempo le inquietaba. Sin embargo no luchaba, se
dejaba llevar por la tremenda emoción que sentía entonces. Nadie debía conocer
los cambios operantes que llevaban a cabo sus entrañas. Debía ser un secreto
bien guardado y no podía permitir que nadie averiguara nada de lo que le estaba
ocurriendo.
Sería
mucho mejor así.
…
Bajó
de casa y se montó en el coche de su hermana mayor. Un R5 gris clarito muy
pequeño. Se puso el cinturón y se acurrucó en el asiento del copiloto como
pudo. Le gustaba viajar con su hermana porque con ella nunca se mareaba.
Aceleraba y reducía el motor de forma progresiva y casi no tocaba el freno.
Circulaba de forma precisa y agradable. Siempre con la radio a tope le
deleitaba con canciones de rock que se quejaban por todo. Cuando su hermana se
lo permitía, le gustaba sacar la mano por la ventanilla para sentir el aire.
Entonces ella le miraba de reojo y le vigilaba a través de sus gafas de sol
oscuras.
Era
una estupenda y responsable hermana mayor a pesar de todas las broncas y de
todas las patadas.
Más
o menos, cuando estaban a mitad de trayecto, su hermana giró a la izquierda y
se detuvo en una gasolinera. Después de apagar el motor y la radio, salió del
coche y se introdujo en una enorme tienda de revistas y comestibles. La
gasolinera estaba llena de gente repostando y lavando sus coches. Se notaba en
el ambiente que había llegado el verano. Empezaba el calor y todo el mundo se
había echado a la calle. No quedaba nadie en sus casas y la gente tenía unas
ganas horribles de estrenar sus trajes de baño y de dorarse al sol. Su hermana tardaba
mucho en volver y parecía que la cosa iba para rato. Algunos coches le
adelantaban y otros nuevos llegaban y se detenían a su derecha para llenar el
depósito. De repente un flamante deportivo rojo se detuvo a su lado. Salió del
coche un hombre muy alto y muy rubio con unos zapatos muy brillantes y un traje
muy elegante. El hombre mascaba chicle de forma compulsiva y avanzaba con
zancadas de antílope. Se dirigía al mismo sitio que su hermana mayor, por lo
que dedujo que también él tardaría en volver.
Entonces
se puso a observar el flamante deportivo rojo de aquel hombre.
Tenía
unas ruedas gigantes como las de un coche de carreras. Los focos delanteros
formaban parte de la silueta aerodinámica del conjunto. Las llantas del coche
brillaban como espejos y las ventanillas lo hacían como pompas de jabón. De
repente adivinó en su interior una pequeña silueta sentada en el asiento del
copiloto. Era la silueta de un chico de su edad, rubio y con el pelo rizado.
Sus ojos eran azules y sus dientes blancos como perlas. Lo que más llamó su
atención no fueron todas aquellas minucias. Lo que más llamaba su atención era
que él le miraba fijamente a los ojos y de forma extraña. Se comunicaba con
ella y lo hacía con sus ojos azules. Nunca había sentido una mirada como
aquella con tanta intensidad y encima a su vez, ella sentía que también se
comunicaba con él a través de sus propios ojos. Se miraban fijamente y ninguno
de los dos se movía ni un centímetro. Estaban ambos pegados al respaldo de su
asiento. Mente y cuerpo dejaban de ser uno solo para transformarse en dos
entidades complejas. Sentía que superaba aquella sensación todo lo maravilloso
que había sentido ella hasta entonces. Su emoción era lo más parecida a todo
aquello reunido en un solo instante. Un instante por el cual no pasaba el
tiempo. Sospechaba que su hermana aparecería irremediablemente y que les
separaría para siempre. Sentía a la vez el placer y la angustia de aquel
encuentro. El chico no dejaba de mirarle e incluso le sonreía. No soportaba su
sonrisa pero sin embargo no podía vivir sin ella. Miraba al chico y un
cosquilleo extraño le trepaba desde los pies hasta la garganta. Implosionaba su
mente con una especie de eco infinito y con ondas que afectaban incluso a su
propio corazón. Necesitaba salir y abrazar a aquel chico. Necesitaba abrazarle
mucho más que a su propio padre. No entendía por qué de repente un desconocido
total había despertado en ella todas aquellas emociones. A su izquierda se
acercaba su hermana y abría la puerta del conductor. Ni siquiera se había dado
cuenta cuando su hermana había abierto el depósito, echado el carburante y
cerrado el depósito. Se había quedado allí pegada en el asiento del copiloto
con cara de boba. Pero con la cara de una boba reflexiva. Se trataba de un
placer intelectual de tal intensidad que hasta había podido sentir los besos de
aquel chico en su rostro.
Y
con su mirada ella le había devuelto todos aquellos besos.
Sin
más rodeos arrancó su hermana el coche, aceleró y se incorporaron ambas de
nuevo a la carretera.
Sentía
que necesitaba contarle a alguien lo que le había pasado hacía dos minutos.
Allí estaba su hermana mayor pero le daba vergüenza contárselo a ella. Pensó en
contárselo a su mejor amiga. No había nada que hacer. Tampoco ella entendería
ni una palabra. Ni siquiera ella misma entendía nada de lo que le había
ocurrido. De lo único que estaba segura era que había sentido la primera y
maravillosa experiencia de un amor hacia lo desconocido. Y aquello le había
provocado por primera vez una sensación de nostalgia.
Llegaba
todo de golpe, su adolescencia y madurez avanzaban de forma descontrolada y
sentía que abandonaba una etapa de su vida que jamás olvidaría del todo.
…
lunes, 12 de noviembre de 2012
Baño compartido
Pieza encargada por BERUTA para decorar el escaparate de su preciosa tienda/taller.
A continuación algunas fotos de mi proceso para el fondo y algunas otras del resultado final. Si queréis saber algo más sobre estas preciosas y enigmáticas muñecas, visitad la web
http://www.beruta.net/
A continuación algunas fotos de mi proceso para el fondo y algunas otras del resultado final. Si queréis saber algo más sobre estas preciosas y enigmáticas muñecas, visitad la web
http://www.beruta.net/
domingo, 4 de noviembre de 2012
Cuento prenavideño
Una
heladora y despejada mañana de Diciembre caminaban por la calle cogidos de la
mano un niño pequeño y su madre. Miraban ambos los escaparates de las tiendas y
de vez en cuando se observaban reflejados en los cristales.
También
esquivaban los gigantescos árboles plantados en las aceras de su barrio.
Y se
cruzaban con ancianos que atravesaban los pasos de peatones apoyados en sus
bastones de madera. Caminaban a su lado señores solitarios fumando cigarrillos
con la mirada perdida. También se cruzaban con hombres y mujeres paseando a sus
mascotas.
Formaban
todos ellos parte de un decorado prenavideño.
Entonces
no llevaban ni cinco minutos haciendo recados cuando de repente, ambos lo
vieron en medio de la acera. Era un castillo de juguete en perfecto estado.
Solamente tenía una pega. El castillo original estaba lleno de trampas y de
poleas y de pegatinas muy chulas. Éste no tenía nada en su interior, estaba
hueco.
Se
suponía que por eso lo habían abandonado en medio de la calle.
Miraba
la madre hacia los lados mientras su hijo sobaba y elevaba el castillo por los
aires. De repente dijo el niño arrugando su naricita.
-
Huele un poco a
basura.
-
Es igual
–contestó su madre. Nos lo llevamos a casa y lo limpiamos con agua y jabón.
Y
se miraron ambos en silencio y brillaron sus ojos con un leve destello de amor
profundo y verdadero. Les hacía ilusión haber encontrado ese castillo. El niño
no paraba de repetir que lo iba a llenar de trampas fabricadas por él mismo y
que no le importaba que estuviese hueco. Su madre le observaba y le sonreía
mientras apretaba su mano con fuerza.
…
viernes, 2 de noviembre de 2012
sábado, 27 de octubre de 2012
Siete segundos
Su
primera cita con B. fue maravillosa pero poco a poco todo fue degenerando. Ya
se habían avisado ambos que la cosa no tenía futuro, sin embargo seguían
conociéndose. La última vez que acabaron conociéndose ya del todo, se dejaron
de ver. Esto no supuso ningún problema para ninguno de los dos. Su relación
estaba muerta. Se habían dicho cosas bonitas que ninguno de los dos sentían. Se
habían dado cariño sí, pero de alguna forma no se habían dado el suficiente.
Una
tarde de Febrero se sentaron ambos sobre la cama de B. Se observaban y se
besaban de forma muy rara. Se desnudaron y después observaron el techo. Se hablaban
mirando al infinito y casi no se tocaban. El pelo grasiento de B. y sus hombros
desnudos llenos de pecas rozaban la cama. No había nada en la silueta de B. que
le sedujera. Era una silueta muerta y obligada por la fuerza de la gravedad a
permanecer en silencio. Tampoco B. sentía nada por la persona que tenía a su lado.
Era todo muy aburrido en aquella posición. Entonces B. se levantó de golpe y
empezó a tocarse el pelo de forma descontrolada. Intentaba seducirle a toda
costa.
Trataba
B. de conseguir por lo menos una caricia en el hombro.
No
había nada que hacer. Su cuerpo muerto tumbado y cubierto con su edredón no se
movía ni tampoco reaccionaba.
No
sentía nada.
Entonces
B. saltó de la cama y posando sus pies desnudos contra el suelo de su
habitación se puso a revolver entre los cajones de su armario. A los tres
minutos volvió a la cama con un extraño y diminuto aparato entre las manos.
-
¿Te apetece ver
una peli? – dijo B.
Entonces
se iluminaron sus ojos y descubrieron de pronto el cuerpo de B. Le sedujeron de
nuevo sus hombros y le hicieron gracia sus pecas. Acarició su pelo grasiento y
amó de nuevo aquella silueta.
Por
lo menos lo hizo por unos instantes. Fueron breves e intensos aquellos
instantes que por lo menos duraron una eternidad. B. no reparaba en ello, pero
gracias a su diminuto reproductor dvd
y a su decisión de recuperarlo en aquel preciso instante, había conseguido
seducir de nuevo a su amante.
Había
conseguido seducirle durante siete segundos.
…
Algunos materiales que utilizo para los papier collé
gomas de borrar
Tijeras con troquel
Pegamento de barra
Boli multicolor y goma de borrar especial
Cuchilla
lunes, 22 de octubre de 2012
¡Yo soy escritor!
Le
llamaron por teléfono para concertar una entrevista de trabajo. La cobertura no
era muy buena y apenas podía entender la voz de su interlocutor. Finamente
lograron concertar la entrevista. Colgó el teléfono y se tumbó en el sofá. El chico
pensaba que ya le habían aceptado y que aquello solamente se trataba de una
formalidad.
Lo
que no sabía el chico era lo que le esperaba.
Al
día siguiente cogió la bici y con mucho tiempo por delante se dirigió hasta el
lugar de la cita. Mientras pedaleaba tranquilamente, pensaba en lo maravilloso
de todas las cosas. Disfrutaba del clima otoñal y de la temperatura de la
calle. Le gustaba sentir que se acercaba el invierno y que los días eran cada
vez más cortos.
Aparcó
y enganchó la bici en una señal de tráfico. Estaba contento porque había
llegado puntual como un reloj. Nada más entrar en el local preguntó por su
entrevistador. Le dijeron que tenía que esperar un poco. No le importaba. Se
sentó en la barra del bar y pidió una cerveza mientras esperaba pacientemente.
A
los quince minutos se acercó una chica que no conocía de nada y le invitó a
pasar a una especie de despacho decorado con barriles de cerveza y pósters de
propaganda. Sentado en una mesa le esperaba su entrevistador. Un hombre gordito
con traje y con cara de buena persona. Acto seguido se presentaron y se dieron
la mano.
-
Bueno F. A pesar
de lo que pueda parecer quiero que sepas que puedes dirigirte a mí con toda
naturalidad. Quiero que la entrevista sea lo más distendida posible, ¿Entendido?
-
Entendido. – Contestó
el chico.
-
Lo primero que
quiero que sepas es que la entrevista la vamos a grabar. No pienses que se
trata de algo inusual. Siempre grabamos las entrevistas que concedemos a
nuestros candidatos. Esto nos facilita tomar decisiones mucho más objetivas y
nos ahorra trabajo administrativo.
-
Me parece
perfecto.- contestó el chico mientras pensaba en lo raro y oscuro de todo
aquello.
No
entendía como de repente, lo que él consideraba una entrevista formal se había
convertido en una especie de interrogatorio.
-
En primer lugar
F., quiero que nos cuentes algo acerca de tu último puesto de trabajo.
El
chico les contó todo le que deseaban saber. Les contó incluso más de lo que
ellos esperaban averiguar. Enlazaba su discurso de forma coherente y parecía
que incluso disfrutaba con ello. Siguieron a su respuesta un montón de
preguntas más, una detrás de otra. El chico contestaba con naturalidad pero
sentía que cada vez se vendía con más intensidad. El problema era que tampoco
le interesaba tanto el puesto. Por lo menos no le interesaba lo suficiente como
para no reconocer que realmente estaba allí por la pasta.
Cuando
terminaron las preguntas acerca de su experiencia profesional empezaron las
preguntas tipo trampa. Eran preguntas que desvelaban perfectamente el perfil
del entrevistado. Estaban hechas perfectamente para juzgar psicológicamente
cualquiera de las posibles respuestas del interrogado. No obstante, supo el
chico esquivar sus impulsos y contestó con toda normalidad y de manera que pudo
convencer a sus entrevistadores de que se merecía el puesto.
Fatalmente
tuvo que llegar la última pregunta.
-
¿Cuál es la
verdadera razón por la cual quieres trabajar con nosotros?
Pensaba
el chico en las verdaderas razones por las cuales la gente hacía las cosas. Era
complicado. Él estaba allí por el dinero. Estaba claro que no podía decir
aquello, el caso es que no supo disfrazar muy bien su respuesta. Habló de la
importancia del trabajo y de la necesidad de un oficio pero poco a poco fue
profundizando en el tema y acabó desvelando su verdadera identidad.
-
¡Yo soy escritor!
Y si queréis saber la verdadera razón por la cual quiero trabajar con vosotros
no me andaré con rodeos. Necesito el dinero para seguir viviendo y poder seguir
escribiendo. Pero lo que no queréis saber es que la verdadera razón por la cual
escribo es para que algún día no necesite recurrir a gente de vuestra calaña. ¡Sí!
Escribo para no tener que desperdiciar mi precioso tiempo con gente como
vosotros. Y no me refiero concretamente a vosotros. Me refiero a cualquier
persona que me obligue a desempeñar un oficio que detesto. La verdad es esa.
Pero puedo decir más. No existe la inspiración en el modelo de sociedad en la
cual vivimos. No creo que exista nada que no tenga que ver con la vida y con el
dinero. La gente se mueve de manera egoísta y piensa que trasciende su
condición de ser humano. Nada más lejos de la realidad. No existe la inspiración
en los músicos ni tampoco en los escritores. Tampoco existe en los arquitectos
ni tampoco en los cocineros. No existe ni en los curas ni en las monjas.
Tampoco existe en los abogados. No existe en los emprendedores y mucho menos en
los empresarios. Tampoco existe en los médicos ni en los misioneros. Puede ser
que solamente exista en los borrachos y en los suicidas, pero me atrevo a decir
que ni siquiera en ellos existe. Todo tiene su componente egoísta y puramente
material. No existe la vocación ni tampoco la inspiración. Creo que saben a lo
que me refiero.
Realmente
no tenían ni idea de qué demonios estaba hablando. Ni siquiera él mismo se daba
cuenta de lo que decía. Se había dejado llevar por los impulsos de un loco
seguro de sí mismo. Impulsos que cuando salían a la superficie no tenían
sentido para nadie. Lo había echado todo a perder. Entonces solamente pensaba
en marcharse de allí para siempre. Desaparecer sin dejar huella. De repente, su
entrevistador se levantó de una forma muy rara y con una gran sonrisa le dijo.
-
Chico, admiro tu
sinceridad. ¡Estas contratado! Déjame que te ponga al día con las condiciones.
Tu sueldo bruto asciende a mil doscientos euros. Eso quiere decir que…
Antes
de que acabara de hablar el chico le cortó.
-
¿Pero es que no
ha entendido nada de lo que le he dicho? Después de mi sincero discurso, ¿cree
realmente que voy a aceptar su oferta?
-
Claro que sí. -
Contestó su jefe.
…
jueves, 11 de octubre de 2012
Su primer libro de bolsillo
Se coló por un agujero a través de una valla y
empezó a deambular. La casa parecía deshabitada pero se notaba que no era el
primero ni tampoco el último que había entrado a curiosear. Estaba toda llena
de pintadas. Llena de todo tipo de frases inmortalizadas con tiza y spray.
Moñas
Viva yo la farlopa
Okupa
kopón
Vicente me
debes 1000 pavos
Droms
David
cabezón
gaztetxea
Dentro estaba todo podrido y no faltaba el típico
colchón mugriento ni tampoco el típico armario sin puertas volcado en la
entrada. En medio de lo que parecía ser el salón principal de la casa había un
balón de plástico pinchado. Todas esas cosas ya las había visto en otras tantas
casas en la cuáles se había colado cientos de veces. No se trataba de eso. La
casa y sus alrededores debían contener algo especial y así lo sentía.
Y aquel sentimiento le empujaba a seguir
investigando a pesar del miedo.
De repente salió disparado un murciélago de una de
las habitaciones más oscuras. Pensó el chico que seguramente aquella habitación
estaría plagada de muchos más murciélagos por lo que decidió salir de allí
cuanto antes. Afuera se habían colado unos cuantos rayos entre las blancas y
espesas nubes del cielo. Se habían colado unos pocos rayos y se notaba que no
iban a durar mucho. Iluminaban la hierba seca que crecía aleatoria en el jardín
de aquella casa. Iluminaban la hierba seca que crecía entre un montón de palés
de color oscuro e iluminaban aquellos rayos incluso el interior de un pozo de
piedra en ruinas. Lo iluminaban todo aquellos rayos efímeros y entonces le poseyeron
al chico ganas de pasear por aquel jardín. Pasear simplemente por el hecho de
hacerlo.
Caminaba como alelado entre los escombros y entre
las montañas de palés.
Y parecía formar todo aquello una parte importante
de su propia naturaleza.
Entonces se detuvo. Lo hizo porque de repente vio
algo extraño. Entre todas las cosas que podían llamar su atención en aquel
lugar, ésta era la que más lo hacía. ¿Que por qué? No lo sabía pero el caso es
que lo hacía.
Entre un montón de periódicos usados y de revistas
del corazón mojadas descubrió unos cuantos libros. Libros viejos de poesía y
novela rosa. No reconocía nada e incluso sentía un poco de asco cuando tocaba
todos aquellos tomos. Sin embargo había uno que destacaba entre todos ellos.
Era un libro delgado y blanco de bolsillo. No tenía ninguna ilustración ni
fotografía en la portada. Solamente impresos el título y el nombre de un autor
desconocido. A pesar de no ser muy aficionado a la lectura lo abrió. Empezaba
con una dedicatoria. La dedicatoria más bonita que había leído jamás.
Para Marie.
La poesía le aburría soberanamente pero ésta por
alguna razón le enganchaba. Era extraño pero no podía dejar de leer aquellas
frases tan poderosas y sugerentes. Palabras prohibidas de un escritor olvidado,
pensó el chico. Poesía erótica de calidad. Poderosas rimas nada caprichosas.
Palabras que se enlazaban perfectamente y que formaban imágenes tan nítidas que
llegaban incluso a excitarle.
Descubro
sus piernas de repente
Largas
como remos
Tan suaves
como su regazo
Enfermo y
delicado abrazo
Que
trastorna mi mente
Y devuelve
a mi seno
Su
poderoso manto
De
cabellos son las cortinas
Que
ocultan sus pechos
Que no
tiene y que rayan los míos
Entre
risas y llantos
Oh querida
yo te adoro
Y tú lo haces también
no te
quejes si la luna
Te
despierta entre mis brazos.
Allí, sentado entre los escombros devoró aquel libro
desde la primera página hasta la última.
Cuando lo terminó de leer se lo metió en el
bolsillo y salio de allí pitando.
…
miércoles, 3 de octubre de 2012
lunes, 1 de octubre de 2012
Radiocasete
El día que le robaron el
radiocasete del coche lo pasó realmente mal. Su vida giraba en torno a ese
maldito trasto. Giraba en torno al mismo que le acababan de robar por la
fuerza. Se lo contó primero a sus amigos. Mientras lo hacía lloraba sin poder contener
las lágrimas. Sentía la impotencia de un robo, pero mucho más que aquello,
sentía el pudor que se siente cuando unos desconocidos totales tocan y
revuelven los asuntos personales de uno. Se imaginaba a los ladrones sentados
en su coche manoseándolo todo.
Sentía repugnancia con solamente
pensarlo.
Sus amigos lograron calmarle y
consiguieron que durante rato se olvidara de todo aquello. Para eso estaban sus
amigos. Siempre eran ellos los que conseguían distraerle sobre las cosas
importantes de sí mismo. Sobre todo la presencia de uno de ellos que no dejaba
de llamar su atención hizo que se olvidara por completo de todo durante unas
pocas horas.
Al día siguiente se habían
enterado todos de su desgracia. Sus compañeros de clase y toda su familia. Y la
verdad es que aquel robo había supuesto para el chico un gran palo. Pasaba una
etapa tan preparatoria y superficial que su inconsistente mundo se había hecho
pedazos justo en el momento en el cual le habían arrebatado su radiocasete. Era
un radiocasete bastante normal pero sin embargo él lo adoraba. Se lo había
comprado a un amigo de su hermano por muy poco dinero. Tenía múltiples opciones
con las cuáles el chico jugaba sin parar. Tocaba los agudos y los graves.
Cambiaba los fader. Desactivaba y
activaba los twiter. Jugaba con las
múltiples opciones que ofrecía su radiocasete sin pensar un solo momento en su
futuro ni tampoco en el de nadie.
Y se lo habían robado. Le
habían arrebatado la posibilidad de ser feliz aunque fuera por unos pocos instantes.
Tampoco tenía muchas más razones por las cuáles sentirse feliz. Nadie le hacía
caso, ni siquiera se hacía caso él mismo. Pasaba una etapa horrible y encima no
era consciente de nada. Sentía que la vida era algo pesado e infinito.
Observaba dentro de las personas un universo inabarcable. Le superaban todas
ellas con su vida propia. Cuando tenía que reaccionar, el mundo se le tumbaba
encima. Ejercía la tierra todo su peso sobre su cuerpo de papel. Se sentía
enfermo cada vez que alguien le miraba sin hablar. No entendía los gestos ni
tampoco podía leer la mente de nadie.
Por eso mismo se agobiaba.
La cosa es que después de
todo aquello decidieron sus hermanos regalarle un radiocasete nuevo. Aportaron
sin rechistar cada uno su parte del dinero. Entre todos consiguieron reunir el
dinero suficiente para que caprichoso, el chico se comprara su radiocasete
nuevo.
Conducía el chico a partir de
entonces muy feliz con su nuevo radiocasete. Lo hacía en dirección a su pueblo.
Ascendió por una carretera de montaña y aparcó su coche cerca de un depósito de
aguas. Aislado y apartado de todos podía hacer lo que le daba la gana. Y hacer
lo que le daba la gana conllevaba el placer y el hecho de que podía subir el
volumen de su radiocasete a tope. Subía y bajaba el volumen de su radiocasete
mientras se fumaba un cigarro. Tanteaba las opciones y descubría nuevas
posibilidades de audio. Mientras tanto el tiempo pasaba volando y se hacía de
noche. Ahora el chico solamente veía el radiocasete. La luz de la pantalla era
verde fosforita aunque también se podía cambiar de color. Lo que más le gustaba
era cambiar de color la pantalla. Subir y bajar el volumen y echar el humo
sobre la pantalla de su nuevo radiocasete. Alrededor no existía nada. Solamente
oscuridad alrededor de su radiocasete nuevo.
No pensaba que afuera, un
poco más lejos dentro de bosque, cientos de animales nocturnos le acechaban. No
le amenazaban sino que expectantes esperaban a que se largara con su horrible
coche y con su insoportable música. Lo esperaban los sapos y las ratas. Lo esperaban
las ardillas y los corzos. Gruñían los jabalíes y se aburrían los murciélagos
esperando a que se largara el chico con su coche y su maldito radiocasete.
Sin embargo él no reparaba en
nada de todo aquello porque alrededor y solamente alrededor de su radiocasete no existía nada.
Simplemente oscuridad.
…
A los años, los mismos
agobios que sufría constantemente volvieron en forma de instantes concretos. Le
recordaban éstos a su etapa de adolescente. Entonces pensó que no le gustaría
volver a ese lugar. Se sentía feliz de haber escapado de aquel agujero negro
horrible que se supone que se cruza en la adolescencia.
…
jueves, 27 de septiembre de 2012
Un segundo viaje al almacén
Aquel trabajo no le sentaba
bien. A veces se le ponía cara de loco y su rostro no expresaba para nada su
verdadero estado de ánimo. No significaba que por ello odiara a todo el mundo.
Aquello también le incluía a él mismo.
De hecho, aquello mismo le
redimía.
Llevaba toda la tarde
agachando el lomo, siendo amable incluso con la gente que no se merecía su
amabilidad. Y era su amabilidad algo especial. No tenía que ver con nada
pactado ni tampoco con ningún estúpido protocolo. Era sus ojos cuando buscaban
una complicidad que nunca era correspondida. Era sus gestos y movimientos. Pensaba
entonces que no había nada que hacer. Lo había intentado todo pero nada. Algunas
veces se topaba con algunos clientes que deseaba conocer pero estaba claro que
aquel no era ni el momento ni el lugar de charlar. En cuanto lo intentaba,
cruzaba una extraña e invisible línea y se encontraba de nuevo solo. Hablaba
consigo mismo y se daba cuenta de lo que pensaba. El problema era que nadie más
se daba cuenta.
Ni siquiera su rostro
acompañaba tan dulces pensamientos. En su fuero interno quería salvarlos a
todos, incluso a sí mismo. Pero la verdad y el trabajo físico le devolvían de
nuevo a la realidad y le recordaban que no era posible, que no había nada que
hacer.
Cuando la jornada tocó su fin
se largaron todos a sus casas. Todos menos él y dos de sus compañeras de
trabajo. Todavía les quedaba limpiar el bar y hacer un par de viajes al almacén
para reponer lo gastado. Salió del bar y se puso a observar la fachada de la
catedral. Brillaba intensamente iluminada con los últimos rayos del sol. Entonces
se puso a pensar en cosas muy dulces pero de repente se le colaron intrusas
tareas pendientes entre toda la poesía del mundo. Ese día le tocaba a él ir al
almacén. Bueno, realmente se había ofrecido. Se ofrecía constantemente sin
pedir nada a cambio y no intentaba demostrar nada. Aquello le hacía especial o
ni siquiera eso. Como todos, sabía que sus buenas acciones tarde o temprano le
serían devueltas. Eso era egoísmo del bueno. Era tan humano y precioso a la vez
que pensaba que no había nada de malo en desear cosas buenas para uno mismo.
No consideraba malo ser
humano y eso era un alivio para él y para el resto.
Hizo dos viajes al almacén.
En el segundo viaje se quedó un rato largo intentando recordar si olvidaba
algo. De repente escuchó unos pasos. Eran los pasos de un transeúnte que
caminaba lento por la acera de enfrente. Miraba para todos los lados y parecía
perdido. Se acercó el hombre hasta una verja que lindaba con el patio interior
de la catedral. Levantaba los brazos y gritaba como un loco a través de los
barrotes. Parecía desesperado. Acto seguido, el chico vio como se acercaba una
silueta a lo lejos desde el interior de la catedral. Parecía la silueta
encorvada de un cura. El transeúnte le preguntó algo, no sabía el qué, pero
parecía que demandara información. Era de noche y tampoco se adivinaban con
claridad sus gestos.
La silueta negra de la
catedral recortaba perfectamente el gris oscuro del cielo nublado y nocturno.
La estampa era maravillosa con las farolas iluminando las aceras.
De repente sonó un disparo.
Tardó en reaccionar pero
tardó muy poco en darse cuenta de que delante de sus narices se acaba de cometer
un asesinato. Se quedó embobado mirando la espalda del agresor. Llevaba una
preciosa gabardina beige. Pensó que
le gustaría ver su rostro. Comprobar sus facciones y poder demostrar que los
locos no tienen cara de locos. Que los asesinos no tienen cara de locos y que
tampoco los locos tienen cara de locos. Demostrar que ni siquiera las personas
tienen cara de locos. Mientras imaginaba todo aquello la silueta se giró
lentamente. Pensó que lo más prudente sería esconderse por si las moscas. Ni
siquiera lo pensó, lo hizo. Rápidamente se ocultó dentro del almacén muerto de
miedo. Entonces sí que pensó en llamar a la policía. El caso es que no llevaba
el móvil encima. Acurrucado como una cucaracha esperó a que aquel tipo se
largara. Sin embargo no se iba. Los pasos de aquel hombre sonaban cada vez más
cercanos. Entonces la sombra del asesino se deslizó por debajo del marco de la
desvencijada puerta de madera del almacén y se detuvo. Temblaba el chico como
gelatina de menta mientras su asesino se lo pensaba. Entonces para olvidarse de
todo cerró los ojos con fuerza.
Millones de luces de colores
se formaron sobre un fondo granate oscuro. La imagen del cura y de su agresor
se mezclaron ambas con sus pensamientos más profundos No podía determinar con
exactitud qué pasaba pero el caso es que ya no sentía su cuerpo.
Ya no sentía nada.
Abrió los ojos. La sombra de
la entrada había desparecido. Salió a la calle pero no vio nada. Ni siquiera el
cuerpo inerte del cura. Se lo había inventado todo por aburrimiento. Se lo
había imaginado todo. Se suponía que imaginaba historias que no tenían nada que
ver con la realidad cotidiana. En el fondo tampoco podía imaginar de qué
trataba su vida cotidiana ni la de nadie y por eso inventaba historias
descabelladas. Pensaba que la vida era un misterio demasiado simple.
Y su cabeza no dejaba de dar
vueltas. No dejaba de pensar y de intentar acordarse para qué demonios había
hecho ese segundo viaje al almacén.
…
viernes, 7 de septiembre de 2012
Salir del barrio
Sus tres amigos estaban esperando en una furgoneta roja cuando salió de casa. Los tres llevaban los mismos plumíferos pero de colores distintos. A él no le llegaba para uno pero no le importaba. Le parecían un poco ridículas todas aquellas prendas de montaña con sus marcas bordadas siempre visibles en el pecho. Prefería forrarse de muchas capas de lana y parecer una cebolla humana. Se preocupaba por lo menos de no parecer un pavo en medio de la nieve.
Y eso sus amigos lo entendían a medias.
Cuando llevaban casi tres horas de trayecto por carretera, llegaron por fin a la estación. Estaba plagada de señores y señoras y de niños y niñas con sus esquíes a cuestas. El sol brillaba en el cielo y se reflejaba en la nieve de forma intensa. Una vez más se preguntó el chico qué demonios hacía él en medio de la naturaleza. Se sentía mucho mejor en casa o dando un paseo por su barrio. En la montaña se cansaba con solamente mirar al suelo y dar tres pasos. Y la verdad era que ya no tenía escapatoria. Estaba con sus amigos allí mismo y no le quedaba otra que alquilar unos malditos esquíes y pasarse el día entero deslizándose por aquellas pistas con ellos.
Aparcaron la furgoneta y salieron los cuatro a la carretera. Soplaba un viento helador y el frío se le colaba entre las costillas. Sus amigos enfundados en sus plumíferos se reían de él. No le importaba. Parecían profesionales pero en fondo no lo eran en absoluto. Solamente esquiaban por afición. Y realmente tampoco lo hacían tan bien. El caso es que estaban contentos y bromeaban todo el rato a su costa. Lo que en el fondo les fastidiaba era tener que perder el tiempo y tener que acompañarle a él para que alquilara sus propios esquíes. Cuando salieron de la tienda de alquiler con las tablas en los pies parecían todos ellos patos mareados. Con aquellos horribles esquíes no había persona humana que anduviera con normalidad.
Se pensaban sus amigos que así, con esas pintas, eran lo más. Y realmente solo eran unos pringaos.
Ahora lo que tenían que hacer era ponerse a la cola. Una cola de patosos mudos esperando su turno. Cuando éste llegaba, enganchaban su entrepierna en un arrastre frío como el hielo y se dejaban llevar como carros.
¿Qué diantres empujaba a todos ellos a divertirse de una forma tan incómoda? ¿Qué fuerza les empujaba a seguir allí con todo su cuerpo en tensión y helándose la nariz? Y otra cosa. ¿Por qué la gente fumaba y hacía ejercicio a la vez? Menuda estupidez. Era como curarse una herida reciente con yodo y acto seguido rociarla con raticida. Él fumaba como un carretero sí, pero no hacía ejercicio, o al menos lo evitaba a toda costa.
La verdad, no entendía casi nada.
Cuando llegaron hasta la cima de la montaña, sus amigos se colocaron en posición de descenso. A él todo aquello le importaba un pimiento. Prefería quedarse mirando el paisaje y ver como la niebla iba cubriendo las cimas de las montañas. Los esquiadores eran puntitos y soñaba con descubrir entre todos aquellos seres humanos algo extraordinario. Se imaginaba una especie de yeti entre los pinos que de repente se colaba entre todos aquellos domingueros y los hacía pedazos. Entonces sí que hubiera merecido la pena el viaje. Poder presenciar como aquel horrible ser mutilaba todo a su paso. Entonces la nieve se teñiría de rojo y toda la estación se convertiría en granizado de fresa. Se imaginaba todo aquello con deleite cuando de repente, uno de sus amigos le dijo:
- ¿Qué te pasa? ¿No te atreves a lanzarte? En el fondo no es tan difícil.
Y claro que lo sabía. Sabía que no era complicado esquiar. Solo hacía falta una buena constitución y una pizca de cerebro. El problema era que naturalmente él no contaba con ninguna de aquellas dos insignificancias.
- Lanzaos vosotros primero. – Dijo el chico. – Luego os alcanzo.
- Tu mismo - contestó su amigo.
Y se largaron de allí como flechas. Lo mejor de todo es que no los volvió a ver en todo el día.
Después de bajar aquella pendiente dándose mil trompazos, se detuvo sentado en el porche de un refugio para descansar. Le dolían los pies y con aquellas botas de plástico se sentía un estúpido robot. A la media hora volvió a la tienda de alquiler y recuperó su calzado. Entonces se pasó deambulando por los alrededores de la estación unas cuatro horas más o menos. Se hizo amigo de un perro lleno de nudos y luego se comió un bocata bastante rico y se tomó un café. El resto del tiempo se lo pasó mirando postales en una tienda de souvenirs.
A las cinco horas llegaron sus amigos. Estaban muy cansados y negativos. Se pasaron el viaje de vuelta sin decir casi nada. Sin embargo él, por alguna extraña razón, estaba muy animado.
En el fondo le gustaba salir de su barrio para darse cuenta de que su lugar no estaba muy lejos de su barrio.
…
Y eso sus amigos lo entendían a medias.
Cuando llevaban casi tres horas de trayecto por carretera, llegaron por fin a la estación. Estaba plagada de señores y señoras y de niños y niñas con sus esquíes a cuestas. El sol brillaba en el cielo y se reflejaba en la nieve de forma intensa. Una vez más se preguntó el chico qué demonios hacía él en medio de la naturaleza. Se sentía mucho mejor en casa o dando un paseo por su barrio. En la montaña se cansaba con solamente mirar al suelo y dar tres pasos. Y la verdad era que ya no tenía escapatoria. Estaba con sus amigos allí mismo y no le quedaba otra que alquilar unos malditos esquíes y pasarse el día entero deslizándose por aquellas pistas con ellos.
Aparcaron la furgoneta y salieron los cuatro a la carretera. Soplaba un viento helador y el frío se le colaba entre las costillas. Sus amigos enfundados en sus plumíferos se reían de él. No le importaba. Parecían profesionales pero en fondo no lo eran en absoluto. Solamente esquiaban por afición. Y realmente tampoco lo hacían tan bien. El caso es que estaban contentos y bromeaban todo el rato a su costa. Lo que en el fondo les fastidiaba era tener que perder el tiempo y tener que acompañarle a él para que alquilara sus propios esquíes. Cuando salieron de la tienda de alquiler con las tablas en los pies parecían todos ellos patos mareados. Con aquellos horribles esquíes no había persona humana que anduviera con normalidad.
Se pensaban sus amigos que así, con esas pintas, eran lo más. Y realmente solo eran unos pringaos.
Ahora lo que tenían que hacer era ponerse a la cola. Una cola de patosos mudos esperando su turno. Cuando éste llegaba, enganchaban su entrepierna en un arrastre frío como el hielo y se dejaban llevar como carros.
¿Qué diantres empujaba a todos ellos a divertirse de una forma tan incómoda? ¿Qué fuerza les empujaba a seguir allí con todo su cuerpo en tensión y helándose la nariz? Y otra cosa. ¿Por qué la gente fumaba y hacía ejercicio a la vez? Menuda estupidez. Era como curarse una herida reciente con yodo y acto seguido rociarla con raticida. Él fumaba como un carretero sí, pero no hacía ejercicio, o al menos lo evitaba a toda costa.
La verdad, no entendía casi nada.
Cuando llegaron hasta la cima de la montaña, sus amigos se colocaron en posición de descenso. A él todo aquello le importaba un pimiento. Prefería quedarse mirando el paisaje y ver como la niebla iba cubriendo las cimas de las montañas. Los esquiadores eran puntitos y soñaba con descubrir entre todos aquellos seres humanos algo extraordinario. Se imaginaba una especie de yeti entre los pinos que de repente se colaba entre todos aquellos domingueros y los hacía pedazos. Entonces sí que hubiera merecido la pena el viaje. Poder presenciar como aquel horrible ser mutilaba todo a su paso. Entonces la nieve se teñiría de rojo y toda la estación se convertiría en granizado de fresa. Se imaginaba todo aquello con deleite cuando de repente, uno de sus amigos le dijo:
- ¿Qué te pasa? ¿No te atreves a lanzarte? En el fondo no es tan difícil.
Y claro que lo sabía. Sabía que no era complicado esquiar. Solo hacía falta una buena constitución y una pizca de cerebro. El problema era que naturalmente él no contaba con ninguna de aquellas dos insignificancias.
- Lanzaos vosotros primero. – Dijo el chico. – Luego os alcanzo.
- Tu mismo - contestó su amigo.
Y se largaron de allí como flechas. Lo mejor de todo es que no los volvió a ver en todo el día.
Después de bajar aquella pendiente dándose mil trompazos, se detuvo sentado en el porche de un refugio para descansar. Le dolían los pies y con aquellas botas de plástico se sentía un estúpido robot. A la media hora volvió a la tienda de alquiler y recuperó su calzado. Entonces se pasó deambulando por los alrededores de la estación unas cuatro horas más o menos. Se hizo amigo de un perro lleno de nudos y luego se comió un bocata bastante rico y se tomó un café. El resto del tiempo se lo pasó mirando postales en una tienda de souvenirs.
A las cinco horas llegaron sus amigos. Estaban muy cansados y negativos. Se pasaron el viaje de vuelta sin decir casi nada. Sin embargo él, por alguna extraña razón, estaba muy animado.
En el fondo le gustaba salir de su barrio para darse cuenta de que su lugar no estaba muy lejos de su barrio.
…
martes, 4 de septiembre de 2012
Los zapatos rojos
Estaban demasiado cansados como para querer hacer
nada mejor. Se lo pasaban en grande tumbados en el suelo de su habitación
observando el techo. De repente apareció su madre y les dijo:
-
¡Mirad como tenéis vuestra habitación! ¡Parece una
leonera!
Su madre les amenazaba.
-
Ya podéis limpiarlo todo en seguida. Si en cinco minutos
vuelvo y todo sigue desordenado, ninguno de los dos cena hoy. ¡He dicho!
Y se largó de un portazo. Acto seguido se miraron
ambos a los ojos y se pusieron manos a la obra. Empezaron a ordenar sus
juguetes y toda la ropa que habían ido acumulando desde hacía una semana. Entre
todas aquellas prendas había un par de zapatos rojos que despertaron la
curiosidad de su gato. Entonces éste le preguntó.
-
¿De dónde han salido este par de zapatos rojos? Son muy
bonitos. ¿De dónde los has sacado?
Su dueño y compañero se hacía el despistado pero
finalmente le contó la historia.
-
Estos zapatos eran de una chica que vivía muy cerca de mi
casa. Los veranos solíamos pasar mucho tiempo los dos juntos jugando en su
jardín. Pasábamos horas enteras jugando en el porche de su casa hasta que se
hacía de noche. De todos los juegos que compartíamos, nuestro preferido era el
de la hora del té. Acompañábamos nuestros brebajes caseros fabricados con agua
del grifo con briznas de hierba y montones de tierra que simulaban ser comida.
Ella colocaba perfectamente su vajilla de juguete sobre una pequeña mesa de
camping y luego me ofrecía con afecto probar de cada plato. Lo hacía con una
voz muy suave mientras me miraba a los ojos. Recuerdo que yo simulaba comer y
beber de aquella comida como si se tratase de comida real. Aquello me hacía tan
feliz que no soportaba cuando de repente, llegaba la hora de volver a casa. Un
día que yo salía de su jardín y me disponía a volver a mi casa, me crucé con un
par de chicos del barrio. Éstos se dedicaban a deambular por la calle sin nada
mejor que hacer. Por lo visto habían estado fisgando a través de la valla y
habían observado con regocijo cómo jugaba con ella. Aquello les hacía mucha
gracia y entonces empezaron a burlarse de mí. La verdad es que no soportaba que
se burlasen de la gente. Me daba mucha rabia cuando lo hacían y sobre todo no
soportaba que lo hiciesen a mi costa. Me entraron ganas de ponerme a llorar
pero me contuve. Ellos me acusaban de estar locamente enamorado y se
pitorreaban de mí. Para demostrar que no era cierto me retaron a dejar llorando
a mi vecina. Decían ellos que así demostraría que no estaba enamorado. Al día
siguiente fui a su casa. Ella me esperaba con la mesa bien dispuesta como todos
los días. Sin decir una palabra me acerqué hasta mi amiga y de un manotazo
derribé todos los vasos y los platos que
había sobre la mesa. Acto seguido ella se puso a llorar. Entonces sentí el
dolor más intenso que había experimentado jamás y me largué de allí corriendo.
Mis vecinos lo habían visto todo desde fuera y seguían mofándose de mí. No
había servido para nada mi demostración. Pasé de ellos y me aislé durante
cuatro días encerrado en mi habitación. A la semana siguiente mi madre me dijo
que mi vecina y toda su familia se habían mudado de barrio. Jamás la volví a
ver y nunca pude disculparme ni tampoco decirle lo mucho que la quería.
Solamente conservo estos zapatos rojos que un día ella me regaló.
-
Vaya. – Dijo su gato y mascota. Que historia tan triste.
¿Sabes que tiene solución no?
-
No, contestó el niño. ¿Cuál?
-
Tenemos la máquina del tiempo. ¿O es que ya no te
acuerdas?
-
¡Es verdad! ¡Vamos! ¡No perdamos un segundo!
Entonces viajaron ambos al pasado. Entraron en el jardín
de la chica y escalaron un árbol hasta llegar a la altura de su ventana. Desde
allí observaron a la chica llorando y sentada en su cama. De repente su madre
entró y le dijo que preparara sus maletas. Se mudaban aquel mismo día. Ella
intentaba disuadir a su madre con la intención de poder despedirse de su vecino
y amigo, pero estaba claro que no le hacía ni caso. Cuando la madre se fue,
entraron el chico y el gato por la ventana. La niña se asustó y se puso a
gritar. No les reconocía después de tantos años. Salieron rápidamente de su
cuarto y pensaron en un plan B. De repente el gato se acordó que tenía guardada
en el bolsillo su manta mágica del tiempo. Cubrió al chico con ella y de repente
lo convirtió en el niño que había sido antes. Entonces sí que al entrar la niña
le reconoció y acto seguido ambos se abrazaron. Mientras se abrazaban el chico
se disculpó. Le dijo con lágrimas en los ojos que sentía haberse portado tan
mal con ella y que la iba a echar un montón de menos. Ella sonrió y rápidamente
abrió su armario y sacó una maleta llena de trastos de cocina de juguete.
-
Toma.- Le dijo la
niña. - Un obsequio. Te lo regalo para que nunca te olvides de mí y para que
siempre me recuerdes. Yo tampoco me olvidaré nunca de ti porque te quiero.
Y se despidieron con un beso mágico.
Cuando regresaron él y su gato a casa no cabían en
su cuarto de lo contentos que estaban. De repente entró su madre y observó que todo
seguía patas arriba y que además había un objeto añadido al desorden de aquella
habitación. Una maleta llena de trastos.
-
Pero, - dijo su madre -¿Cómo es posible que en todo este
tiempo no hayáis sido capaces de recoger nada sino que además hayáis añadido
más trastos a todo este desorden? Hoy muchachitos os habéis quedado sin cenar
los dos.
…
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