Cerezas
Estábamos emocionados. No sabíamos lo que pasaba. Solo charlábamos de lo que queríamos y nada nos servia de soporte. No queríamos discutir, la charla era suficiente.
- ¿Qué hacemos?- dijo él
- No se - contesté mientras miraba el árbol que estaba encima de nosotros.
El árbol era de color morado y hacía que sus ciruelas se camuflaran. Apenas podía distinguir donde estaban, pero sabía que estaba ahí.
- ¿Cogemos unas ciruelas? – Grité.
- Pero si están muy altas- dijo mi hermano - ¡no llegamos!
Corrí hacia una huerta donde plantaban alubias y cogí dos palos enormes.
- Podemos golpear el árbol y hacer que caigan las ciruelas, como en los olivos.
Empezamos a golpear suavemente el árbol con los palos enormes. Las ciruelas iban cayendo acompañadas de ramas secas. Empezamos a emocionarnos y poco a poco íbamos aumentando la fuerza de nuestros golpes. Ya no caían ramas secas, sino que multitud de ramas con vida todavía caían cerca de nosotros haciéndonos gritar y comentar que todo ello era un juego y que debíamos esquivar lo que se nos venía encima. Cualquier cosa era suficiente para emocionarnos y golpear más fuerte hasta unos extremos de locura, como si golpeásemos aire encendido, aire que no se podía percibir de otra manera y que nos unía en un ritual creado por nosotros y que no tenía sentido fuera de aquel lugar, era un culto a la idiotez mezclado con un sentimiento poético que nos hacia sobrevivir. Nada más.
Empezó a soplar el viento. Un viento cálido típico de tormenta. Los dos sabíamos que en poco tiempo iba a caer una gran tormenta, así que nuestro ritmo aumento aun mas, envolviéndonos en un baile de palazos al aire, que junto al fuerte viento que ya se había levantado creaba un caos inidentificable. Parecía que la tormenta nos estaba afectando más de lo normal y conforme esta se manifestaba con más fuerza más ahínco poníamos en nuestra tarea. Solo pensábamos en una cosa. Coger cerezas, destrozar ramas, palazos al viento. Nos reíamos. ¡Bien!
Empezaron a caer unas gotas gigantescas y calientes y nos refugiamos en un porche cercano.
- Si alguien te pregunta porque hemos hecho esto, decimos que es una actitud poética ¿vale? – Dijo mi hermano.
- ¡Claro! - Dije yo.
Empezaron a sonar relámpagos mientras la lluvia caía fuerte. Nos sentamos y nos encendimos un cigarro observando como las ramas que habíamos roto volaban por los aires debido al fuerte viento. El agua empezaba a mojarnos la cara, pero no nos importaba.
- ¿Quieres una cereza? - dijo mi hermano.
La lluvia no paraba y teníamos que volver a casa. No nos lo pensamos dos veces y corrimos ladera abajo resbalando por el barro y cayéndonos varias veces al suelo. Estábamos completamente empapados. Empezamos a temer que no callera un rayo, pero no importaba, solo corríamos bajo la lluvia. Éramos conscientes de que nuestra actitud no era prudente.
- Por aquí – grité.
…
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Gallardetes
Levanté la raqueta, ya no podía más.
-¡Ya vale, estoy cansado! -grité-
-¡De acuerdo! –dijo ella gritando también-
Siempre jugábamos a tenis los sábados por la tarde. Empecé a ir a
las pistas con la excusa de hacer deporte, pero me gustaba porque
allí conocía a muchas chicas. Conocí a Tina allí.
Me compré todo el equipamiento necesario. Zapatillas blancas,
calcetines blancos con dos rayas en el extremo superior,
muñequeras, pantalón corto, camiseta con rayas en los hombros e
incluso una cinta para el pelo que no me ponía porque me hacía
sentir absurdo. La raqueta tenía un dispositivo especial que le hacía
que no se sintiera tanto la vibración al golpear la pelota. Todo lo
necesario.
Intentaba buscar siempre a una chica que me resultara atractiva y
le pedía jugar conmigo. Luego la invitaba a tomar una copa. Pero
esto se acabó desde que conocí a Tina.
-Tomamos algo –Dijo ella-
- Vale –Contesté- aunque luego debería ducharme, huelo a auténtica
mierda.
- Eres un cerdo – Dijo mientras guardaba las pelotas de tenis-
Bajamos al bar. El camarero se llamaba Henry, pero yo le llamaba
Hen. Odiaba que le llamasen de esa forma.
-Un par de whiskys Hen.-Dije- y unos frutos secos que hoy hemos
desgastado mucha energía y hay reponer.
-Me llamo Henry -dijo hen- hen significa gallina
-Es verdad -afirmé-
Nunca he sido un gran discutidor, me gusta hablar, pero no discutir,
sólo de cosas absurdas, y este no era el caso.
Nos sirvió los whiskys. Nos los bebimos apresuradamente y me
disculpé ante Tina.
-Perdona pero me voy –Dije-
- ¿Tan pronto? Sólo son las 7- Dijo como si le estuviera dando una
mala noticia-
- Si, mira tina, huelo fatal y me siento incómodo, ¿comprendes?,
luego quedamos por la noche ¿vale?. Pásate por mi piso hacia las 10.
- Vale, ¿quieres que lleve algo? –Dijo mientras se miraba el botón de
su chaqueta-
- Trae algo de bebida, yo me encargo de la cena ¿vale?
- De acuerdo- dijo ella-
Me fui.
Vivía en un tercero, el piso estaba bien pero desordenado, siempre
se me ha dado mal el orden. Pantalones por el suelo, calzoncillos
tirados, calcetines. Pensé en recoger un poco antes de que viniera
Tina pero no lo hice, no tenía nada que ocultar. Me duché y me puse
ropa limpia. Ya era de noche y hacia bastante frío. Miré por la
ventana. Había poca gente por la calle. Un hombre estaba sentado
en un banco, jugaba con algo que tenía en la manos. No pude ver lo
que era, tuve curiosidad y bajé. El hombre se había ido. Fui al banco
y me encendí un cigarro. No me gusta el sabor del tabaco pero me
encanta fumar.
Un anciano se acercó poco a poco, era impresionante lo lento que se
movía, apenas avanzaba un centímetro cada paso. Parecía que nunca
iba a llegar. A él no parecía importarle.
-¿Tienes fuego?-preguntó-
- Claro -afirmé buscando mi mechero en el bolsillo de atrás de mi
pantalón-
Era un hombre alto pero encorvado, su barba parecía una lima de
uñas. Me gustaba su chaqueta. Sencilla y elegante.
-¿Esperas a alguien? –me preguntó-
-No – respondí-
- Entonces ¿que haces aquí sentado?- dijo frunciendo el entrecejo-
- Nada, fumar y observar el paisaje –dije-
Se quedó mirandome un momento y dijo:
-Eso está bien, a veces las cosas son sencillas por naturaleza ¿sabes?
.
- Si es cierto –afirmé-
-Bueno tengo que irme. Disfruta de ese cigarro.
Se fue.
Empezaba a hacer frío así que me levanté y miré a mi alrededor por
si veía a Tina llegar. Me encantaba aquella calle, estaba mal
asfaltada, sólamente había edificios a un lado de la carretera y al
otro lado había una especie de estepa o llanura horrible que me
encantaba.
-¡Tom! – gritó alguien detrás de mi-
Era tina, venía medio corriendo y llevaba una bolsa blanca en la
mano. Le di un abrazo y subimos a mi casa.
-¿Preparaste algo para cenar?- dijo Tina-
- ¡ Mierda! Se me olvidó, lo siento –dije mientras me rascaba la
cabeza-
- Bueno tranquilo, he traído comida, sólo hay que calentarlo en el
horno.
Sacó unas cajas de color rojo de la bolsa. Parecía comida china
aunque no lo era. Eran una especie de filetes empanados
precocinados. No tenían mala pinta.
- ¿Trajiste algo para beber?- pregunté-
- Si, está en la bolsa- contestó desde la cocina-
Abrí la bolsa. Dentro había una botella de whisky. Era caro. No soy
un experto pero el precio estaba marcado en la botella. Fui a la
cocina a por un par de vasos. Tina estaba metiendo aquellos filetes
empanados en el horno.
-A 200 o estará bien, si- dijo con cara de concentrada frente al horno-
Nos sentamos en el salón y empezamos a beber.
- ¿Ya no hueles a caca? - preguntó Tina-
- No, me he duchado- contesté-
Seguimos bebiendo. Tina iba totalmente borracha y yo también.
- Oye tienes muy desordenado el piso- dijo mirando alrededor-
- Ya lo se –dije- ya sabes que el orden no es lo mío.
- Siempre igual- dijo levantándose- y... ¿Qué es lo tuyo?
- Esa es una pregunta muy complicada, tu me conoces bien y no hace
falta que te lo diga.- dije-
- Es cierto- dijo volviéndose a sentar-
La habitación empezó a adquirir un tono cálido que la hacía
acogedora. Me levanté y abrí la ventana. Fuera hacía frío y estaba
todo completamente oscuro. No había nadie por la calle y se podían
oír pequeños ruidos de la naturaleza.
-¿Sabes que le falta a esta habitación? –Dijo de repente Tina-
- ¿El qué? – pregunté-
- Algo más de ambiente festivo, ¡me estoy quedando dormida!
Me acordé. Fui a mi habitación. Abrí el armario y cogí unos
gallardetes que tenía guardados.
Volví. Tina estaba poniendo música, se tambaleaba e intentaba seguir
el ritmo pero no lo conseguía. Era muy cómico. De vez en cuando
daba vueltas hasta que se chocaba con algo y entonces paraba unos
segundos para volver a empezar. Sonaba “Strangers in the night” de
Frank Sinatra.
Puse los gallardetes. Primero en torno a la habitación y luego los
cruce de lado a lado del salón. Era lo mejor que había hecho en mi
salón desde hace tiempo.
Yo empecé a bailar también, notaba la música, todo daba igual.
Intentaba chocarme con las cosas, eso me gustaba. Algo se apoderó
de mí. Grité, no sabía que gritaba, pero gritaba. Tina gritaba también
y seguía dando vueltas. Nos chocamos, nos abrazamos y nos
besamos. Abrí los ojos, todo estaba tirado por el suelo.
La música se paró. Fui al tocadiscos y le di la vuelta. Miré por la
ventana, la farola que alumbraba la calle parpadeaba y me acordé de
los filetes empanados. Tina seguía bailando.
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Nuevo relato del hermano de Blonde Red
Estaba en el coche esperando.
Un segundo – grité-
Fui corriendo hacia la explanada que estaba detrás de la estación de servicio. Al entrar observé que había un árbol. Era grande y desprendía algo que llamaba mi curiosidad. Me senté debajo de él.
-Sólo es un árbol- pensé- ¿Me estaré volviendo loco?
Me quedé varios minutos y regresé al coche.
-Que hacías?- Me preguntó
-Mear- dije-
-¡Que guarro! ¿Porque no has ido al baño de la estación?
El viaje era largo y odiaba conducir. No podía evitar mirarla cada cierto tiempo. Abrí la ventanilla. El viento era agradable, me hacía sentir bien y disimulaba el sudor que me producía estar junto a ella. No había duda, era el momento idóneo, sentía que lo importante estaba por llegar y que nada me impediría saber lo que iba a suceder. Podía incluso predecirlo por alguna extraña razón, era cuestión de esperar unos momentos o quizás minutos, no importa… Frené de golpe.
-¿Que haces?- gritó ella
- ¿Lo has visto?- dije tocándome la frente por el golpe.
-¿El qué? Dijo ella enojada.
- ¡El conejo!¡ Ha pasado justo por debajo de las ruedas, es impresionante!
-¡Yo no he visto nada! - dijo mirándome como si me lo hubiera inventado
El motor se había parado. Intenté arrancarlo, pero no respondía. El coche era viejo. No era la primera vez que me pasaba.
-No arranca- dije
- Genial…-dijo con mala cara
Salimos fuera y me encendí un cigarro.
-¡Cuidado!- grito ella- ¡Que si hay una fuga puede explotar!
No había nada alrededor a excepción de viñedos secos donde parecía imposible que volvieran a crecer uvas. Ella estaba sentada en el lateral de una piedra al borde de la carretera. Yo sabía que el coche tardaría un rato en volver a funcionar. Me senté a su lado.
No hablábamos, pero podíamos entendernos. No nos tocábamos, pero estábamos tan cerca que notábamos nuestro cuerpo el uno contra el otro. El momento de tensión era sublime, se podía creer en cualquier cosa, nada era absurdo ni banal, el fuego y las montañas no importaban, era lo mas majestuoso que se podía acariciar. El aire se llenaba de una sustancia inflamable para el organismo, y causaba un insomnio adictivo. Quizá fuera la extraña luz que reflejaban las montañas, una luz que inspiraba un sentimiento de creencia en lo más absurdo posible, llevando a cabo la tarea de crear el sentido de una estupidez nata con sobresaliente.
Ella se giro y me dijo:
-¿Que hacemos?
La besé.
Volvimos a mirar al frente. Seguramente el coche ya funcionase pero no me importaba. Aquello que fuera estaba totalmente en nosotros. El flujo de la persona se convierte en algo extremadamente importante cuando ya no existe ninguna forma posible de comunicación. Es la imponente manifestación de un sosiego en el alma la que nos invade desde lo más profundo y nos da el aliento que buscamos ante la idea de ser nosotros en un momento dado. Cualquier otro instante se vuelve abstracto y no hay mas que observar la gran estatua que se crea en el aire del que vuelve a encontrar lo que perdió y que dejó de entender alguna razón que ya no importa. No había perdido nada, y podía mandar a tomar por el culo toda esa mierda de contención intuitiva que no era más que basura para sarcásticos eruditos que se reventaban los sesos unos a otros.
Me levanté y me reí. Un coche que cruzaba la carretera se paro.
-¿Necesitan ayuda?
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