miércoles, 3 de octubre de 2012
lunes, 1 de octubre de 2012
Radiocasete
El día que le robaron el
radiocasete del coche lo pasó realmente mal. Su vida giraba en torno a ese
maldito trasto. Giraba en torno al mismo que le acababan de robar por la
fuerza. Se lo contó primero a sus amigos. Mientras lo hacía lloraba sin poder contener
las lágrimas. Sentía la impotencia de un robo, pero mucho más que aquello,
sentía el pudor que se siente cuando unos desconocidos totales tocan y
revuelven los asuntos personales de uno. Se imaginaba a los ladrones sentados
en su coche manoseándolo todo.
Sentía repugnancia con solamente
pensarlo.
Sus amigos lograron calmarle y
consiguieron que durante rato se olvidara de todo aquello. Para eso estaban sus
amigos. Siempre eran ellos los que conseguían distraerle sobre las cosas
importantes de sí mismo. Sobre todo la presencia de uno de ellos que no dejaba
de llamar su atención hizo que se olvidara por completo de todo durante unas
pocas horas.
Al día siguiente se habían
enterado todos de su desgracia. Sus compañeros de clase y toda su familia. Y la
verdad es que aquel robo había supuesto para el chico un gran palo. Pasaba una
etapa tan preparatoria y superficial que su inconsistente mundo se había hecho
pedazos justo en el momento en el cual le habían arrebatado su radiocasete. Era
un radiocasete bastante normal pero sin embargo él lo adoraba. Se lo había
comprado a un amigo de su hermano por muy poco dinero. Tenía múltiples opciones
con las cuáles el chico jugaba sin parar. Tocaba los agudos y los graves.
Cambiaba los fader. Desactivaba y
activaba los twiter. Jugaba con las
múltiples opciones que ofrecía su radiocasete sin pensar un solo momento en su
futuro ni tampoco en el de nadie.
Y se lo habían robado. Le
habían arrebatado la posibilidad de ser feliz aunque fuera por unos pocos instantes.
Tampoco tenía muchas más razones por las cuáles sentirse feliz. Nadie le hacía
caso, ni siquiera se hacía caso él mismo. Pasaba una etapa horrible y encima no
era consciente de nada. Sentía que la vida era algo pesado e infinito.
Observaba dentro de las personas un universo inabarcable. Le superaban todas
ellas con su vida propia. Cuando tenía que reaccionar, el mundo se le tumbaba
encima. Ejercía la tierra todo su peso sobre su cuerpo de papel. Se sentía
enfermo cada vez que alguien le miraba sin hablar. No entendía los gestos ni
tampoco podía leer la mente de nadie.
Por eso mismo se agobiaba.
La cosa es que después de
todo aquello decidieron sus hermanos regalarle un radiocasete nuevo. Aportaron
sin rechistar cada uno su parte del dinero. Entre todos consiguieron reunir el
dinero suficiente para que caprichoso, el chico se comprara su radiocasete
nuevo.
Conducía el chico a partir de
entonces muy feliz con su nuevo radiocasete. Lo hacía en dirección a su pueblo.
Ascendió por una carretera de montaña y aparcó su coche cerca de un depósito de
aguas. Aislado y apartado de todos podía hacer lo que le daba la gana. Y hacer
lo que le daba la gana conllevaba el placer y el hecho de que podía subir el
volumen de su radiocasete a tope. Subía y bajaba el volumen de su radiocasete
mientras se fumaba un cigarro. Tanteaba las opciones y descubría nuevas
posibilidades de audio. Mientras tanto el tiempo pasaba volando y se hacía de
noche. Ahora el chico solamente veía el radiocasete. La luz de la pantalla era
verde fosforita aunque también se podía cambiar de color. Lo que más le gustaba
era cambiar de color la pantalla. Subir y bajar el volumen y echar el humo
sobre la pantalla de su nuevo radiocasete. Alrededor no existía nada. Solamente
oscuridad alrededor de su radiocasete nuevo.
No pensaba que afuera, un
poco más lejos dentro de bosque, cientos de animales nocturnos le acechaban. No
le amenazaban sino que expectantes esperaban a que se largara con su horrible
coche y con su insoportable música. Lo esperaban los sapos y las ratas. Lo esperaban
las ardillas y los corzos. Gruñían los jabalíes y se aburrían los murciélagos
esperando a que se largara el chico con su coche y su maldito radiocasete.
Sin embargo él no reparaba en
nada de todo aquello porque alrededor y solamente alrededor de su radiocasete no existía nada.
Simplemente oscuridad.
…
A los años, los mismos
agobios que sufría constantemente volvieron en forma de instantes concretos. Le
recordaban éstos a su etapa de adolescente. Entonces pensó que no le gustaría
volver a ese lugar. Se sentía feliz de haber escapado de aquel agujero negro
horrible que se supone que se cruza en la adolescencia.
…
jueves, 27 de septiembre de 2012
Un segundo viaje al almacén
Aquel trabajo no le sentaba
bien. A veces se le ponía cara de loco y su rostro no expresaba para nada su
verdadero estado de ánimo. No significaba que por ello odiara a todo el mundo.
Aquello también le incluía a él mismo.
De hecho, aquello mismo le
redimía.
Llevaba toda la tarde
agachando el lomo, siendo amable incluso con la gente que no se merecía su
amabilidad. Y era su amabilidad algo especial. No tenía que ver con nada
pactado ni tampoco con ningún estúpido protocolo. Era sus ojos cuando buscaban
una complicidad que nunca era correspondida. Era sus gestos y movimientos. Pensaba
entonces que no había nada que hacer. Lo había intentado todo pero nada. Algunas
veces se topaba con algunos clientes que deseaba conocer pero estaba claro que
aquel no era ni el momento ni el lugar de charlar. En cuanto lo intentaba,
cruzaba una extraña e invisible línea y se encontraba de nuevo solo. Hablaba
consigo mismo y se daba cuenta de lo que pensaba. El problema era que nadie más
se daba cuenta.
Ni siquiera su rostro
acompañaba tan dulces pensamientos. En su fuero interno quería salvarlos a
todos, incluso a sí mismo. Pero la verdad y el trabajo físico le devolvían de
nuevo a la realidad y le recordaban que no era posible, que no había nada que
hacer.
Cuando la jornada tocó su fin
se largaron todos a sus casas. Todos menos él y dos de sus compañeras de
trabajo. Todavía les quedaba limpiar el bar y hacer un par de viajes al almacén
para reponer lo gastado. Salió del bar y se puso a observar la fachada de la
catedral. Brillaba intensamente iluminada con los últimos rayos del sol. Entonces
se puso a pensar en cosas muy dulces pero de repente se le colaron intrusas
tareas pendientes entre toda la poesía del mundo. Ese día le tocaba a él ir al
almacén. Bueno, realmente se había ofrecido. Se ofrecía constantemente sin
pedir nada a cambio y no intentaba demostrar nada. Aquello le hacía especial o
ni siquiera eso. Como todos, sabía que sus buenas acciones tarde o temprano le
serían devueltas. Eso era egoísmo del bueno. Era tan humano y precioso a la vez
que pensaba que no había nada de malo en desear cosas buenas para uno mismo.
No consideraba malo ser
humano y eso era un alivio para él y para el resto.
Hizo dos viajes al almacén.
En el segundo viaje se quedó un rato largo intentando recordar si olvidaba
algo. De repente escuchó unos pasos. Eran los pasos de un transeúnte que
caminaba lento por la acera de enfrente. Miraba para todos los lados y parecía
perdido. Se acercó el hombre hasta una verja que lindaba con el patio interior
de la catedral. Levantaba los brazos y gritaba como un loco a través de los
barrotes. Parecía desesperado. Acto seguido, el chico vio como se acercaba una
silueta a lo lejos desde el interior de la catedral. Parecía la silueta
encorvada de un cura. El transeúnte le preguntó algo, no sabía el qué, pero
parecía que demandara información. Era de noche y tampoco se adivinaban con
claridad sus gestos.
La silueta negra de la
catedral recortaba perfectamente el gris oscuro del cielo nublado y nocturno.
La estampa era maravillosa con las farolas iluminando las aceras.
De repente sonó un disparo.
Tardó en reaccionar pero
tardó muy poco en darse cuenta de que delante de sus narices se acaba de cometer
un asesinato. Se quedó embobado mirando la espalda del agresor. Llevaba una
preciosa gabardina beige. Pensó que
le gustaría ver su rostro. Comprobar sus facciones y poder demostrar que los
locos no tienen cara de locos. Que los asesinos no tienen cara de locos y que
tampoco los locos tienen cara de locos. Demostrar que ni siquiera las personas
tienen cara de locos. Mientras imaginaba todo aquello la silueta se giró
lentamente. Pensó que lo más prudente sería esconderse por si las moscas. Ni
siquiera lo pensó, lo hizo. Rápidamente se ocultó dentro del almacén muerto de
miedo. Entonces sí que pensó en llamar a la policía. El caso es que no llevaba
el móvil encima. Acurrucado como una cucaracha esperó a que aquel tipo se
largara. Sin embargo no se iba. Los pasos de aquel hombre sonaban cada vez más
cercanos. Entonces la sombra del asesino se deslizó por debajo del marco de la
desvencijada puerta de madera del almacén y se detuvo. Temblaba el chico como
gelatina de menta mientras su asesino se lo pensaba. Entonces para olvidarse de
todo cerró los ojos con fuerza.
Millones de luces de colores
se formaron sobre un fondo granate oscuro. La imagen del cura y de su agresor
se mezclaron ambas con sus pensamientos más profundos No podía determinar con
exactitud qué pasaba pero el caso es que ya no sentía su cuerpo.
Ya no sentía nada.
Abrió los ojos. La sombra de
la entrada había desparecido. Salió a la calle pero no vio nada. Ni siquiera el
cuerpo inerte del cura. Se lo había inventado todo por aburrimiento. Se lo
había imaginado todo. Se suponía que imaginaba historias que no tenían nada que
ver con la realidad cotidiana. En el fondo tampoco podía imaginar de qué
trataba su vida cotidiana ni la de nadie y por eso inventaba historias
descabelladas. Pensaba que la vida era un misterio demasiado simple.
Y su cabeza no dejaba de dar
vueltas. No dejaba de pensar y de intentar acordarse para qué demonios había
hecho ese segundo viaje al almacén.
…
viernes, 7 de septiembre de 2012
Salir del barrio
Sus tres amigos estaban esperando en una furgoneta roja cuando salió de casa. Los tres llevaban los mismos plumíferos pero de colores distintos. A él no le llegaba para uno pero no le importaba. Le parecían un poco ridículas todas aquellas prendas de montaña con sus marcas bordadas siempre visibles en el pecho. Prefería forrarse de muchas capas de lana y parecer una cebolla humana. Se preocupaba por lo menos de no parecer un pavo en medio de la nieve.
Y eso sus amigos lo entendían a medias.
Cuando llevaban casi tres horas de trayecto por carretera, llegaron por fin a la estación. Estaba plagada de señores y señoras y de niños y niñas con sus esquíes a cuestas. El sol brillaba en el cielo y se reflejaba en la nieve de forma intensa. Una vez más se preguntó el chico qué demonios hacía él en medio de la naturaleza. Se sentía mucho mejor en casa o dando un paseo por su barrio. En la montaña se cansaba con solamente mirar al suelo y dar tres pasos. Y la verdad era que ya no tenía escapatoria. Estaba con sus amigos allí mismo y no le quedaba otra que alquilar unos malditos esquíes y pasarse el día entero deslizándose por aquellas pistas con ellos.
Aparcaron la furgoneta y salieron los cuatro a la carretera. Soplaba un viento helador y el frío se le colaba entre las costillas. Sus amigos enfundados en sus plumíferos se reían de él. No le importaba. Parecían profesionales pero en fondo no lo eran en absoluto. Solamente esquiaban por afición. Y realmente tampoco lo hacían tan bien. El caso es que estaban contentos y bromeaban todo el rato a su costa. Lo que en el fondo les fastidiaba era tener que perder el tiempo y tener que acompañarle a él para que alquilara sus propios esquíes. Cuando salieron de la tienda de alquiler con las tablas en los pies parecían todos ellos patos mareados. Con aquellos horribles esquíes no había persona humana que anduviera con normalidad.
Se pensaban sus amigos que así, con esas pintas, eran lo más. Y realmente solo eran unos pringaos.
Ahora lo que tenían que hacer era ponerse a la cola. Una cola de patosos mudos esperando su turno. Cuando éste llegaba, enganchaban su entrepierna en un arrastre frío como el hielo y se dejaban llevar como carros.
¿Qué diantres empujaba a todos ellos a divertirse de una forma tan incómoda? ¿Qué fuerza les empujaba a seguir allí con todo su cuerpo en tensión y helándose la nariz? Y otra cosa. ¿Por qué la gente fumaba y hacía ejercicio a la vez? Menuda estupidez. Era como curarse una herida reciente con yodo y acto seguido rociarla con raticida. Él fumaba como un carretero sí, pero no hacía ejercicio, o al menos lo evitaba a toda costa.
La verdad, no entendía casi nada.
Cuando llegaron hasta la cima de la montaña, sus amigos se colocaron en posición de descenso. A él todo aquello le importaba un pimiento. Prefería quedarse mirando el paisaje y ver como la niebla iba cubriendo las cimas de las montañas. Los esquiadores eran puntitos y soñaba con descubrir entre todos aquellos seres humanos algo extraordinario. Se imaginaba una especie de yeti entre los pinos que de repente se colaba entre todos aquellos domingueros y los hacía pedazos. Entonces sí que hubiera merecido la pena el viaje. Poder presenciar como aquel horrible ser mutilaba todo a su paso. Entonces la nieve se teñiría de rojo y toda la estación se convertiría en granizado de fresa. Se imaginaba todo aquello con deleite cuando de repente, uno de sus amigos le dijo:
- ¿Qué te pasa? ¿No te atreves a lanzarte? En el fondo no es tan difícil.
Y claro que lo sabía. Sabía que no era complicado esquiar. Solo hacía falta una buena constitución y una pizca de cerebro. El problema era que naturalmente él no contaba con ninguna de aquellas dos insignificancias.
- Lanzaos vosotros primero. – Dijo el chico. – Luego os alcanzo.
- Tu mismo - contestó su amigo.
Y se largaron de allí como flechas. Lo mejor de todo es que no los volvió a ver en todo el día.
Después de bajar aquella pendiente dándose mil trompazos, se detuvo sentado en el porche de un refugio para descansar. Le dolían los pies y con aquellas botas de plástico se sentía un estúpido robot. A la media hora volvió a la tienda de alquiler y recuperó su calzado. Entonces se pasó deambulando por los alrededores de la estación unas cuatro horas más o menos. Se hizo amigo de un perro lleno de nudos y luego se comió un bocata bastante rico y se tomó un café. El resto del tiempo se lo pasó mirando postales en una tienda de souvenirs.
A las cinco horas llegaron sus amigos. Estaban muy cansados y negativos. Se pasaron el viaje de vuelta sin decir casi nada. Sin embargo él, por alguna extraña razón, estaba muy animado.
En el fondo le gustaba salir de su barrio para darse cuenta de que su lugar no estaba muy lejos de su barrio.
…
Y eso sus amigos lo entendían a medias.
Cuando llevaban casi tres horas de trayecto por carretera, llegaron por fin a la estación. Estaba plagada de señores y señoras y de niños y niñas con sus esquíes a cuestas. El sol brillaba en el cielo y se reflejaba en la nieve de forma intensa. Una vez más se preguntó el chico qué demonios hacía él en medio de la naturaleza. Se sentía mucho mejor en casa o dando un paseo por su barrio. En la montaña se cansaba con solamente mirar al suelo y dar tres pasos. Y la verdad era que ya no tenía escapatoria. Estaba con sus amigos allí mismo y no le quedaba otra que alquilar unos malditos esquíes y pasarse el día entero deslizándose por aquellas pistas con ellos.
Aparcaron la furgoneta y salieron los cuatro a la carretera. Soplaba un viento helador y el frío se le colaba entre las costillas. Sus amigos enfundados en sus plumíferos se reían de él. No le importaba. Parecían profesionales pero en fondo no lo eran en absoluto. Solamente esquiaban por afición. Y realmente tampoco lo hacían tan bien. El caso es que estaban contentos y bromeaban todo el rato a su costa. Lo que en el fondo les fastidiaba era tener que perder el tiempo y tener que acompañarle a él para que alquilara sus propios esquíes. Cuando salieron de la tienda de alquiler con las tablas en los pies parecían todos ellos patos mareados. Con aquellos horribles esquíes no había persona humana que anduviera con normalidad.
Se pensaban sus amigos que así, con esas pintas, eran lo más. Y realmente solo eran unos pringaos.
Ahora lo que tenían que hacer era ponerse a la cola. Una cola de patosos mudos esperando su turno. Cuando éste llegaba, enganchaban su entrepierna en un arrastre frío como el hielo y se dejaban llevar como carros.
¿Qué diantres empujaba a todos ellos a divertirse de una forma tan incómoda? ¿Qué fuerza les empujaba a seguir allí con todo su cuerpo en tensión y helándose la nariz? Y otra cosa. ¿Por qué la gente fumaba y hacía ejercicio a la vez? Menuda estupidez. Era como curarse una herida reciente con yodo y acto seguido rociarla con raticida. Él fumaba como un carretero sí, pero no hacía ejercicio, o al menos lo evitaba a toda costa.
La verdad, no entendía casi nada.
Cuando llegaron hasta la cima de la montaña, sus amigos se colocaron en posición de descenso. A él todo aquello le importaba un pimiento. Prefería quedarse mirando el paisaje y ver como la niebla iba cubriendo las cimas de las montañas. Los esquiadores eran puntitos y soñaba con descubrir entre todos aquellos seres humanos algo extraordinario. Se imaginaba una especie de yeti entre los pinos que de repente se colaba entre todos aquellos domingueros y los hacía pedazos. Entonces sí que hubiera merecido la pena el viaje. Poder presenciar como aquel horrible ser mutilaba todo a su paso. Entonces la nieve se teñiría de rojo y toda la estación se convertiría en granizado de fresa. Se imaginaba todo aquello con deleite cuando de repente, uno de sus amigos le dijo:
- ¿Qué te pasa? ¿No te atreves a lanzarte? En el fondo no es tan difícil.
Y claro que lo sabía. Sabía que no era complicado esquiar. Solo hacía falta una buena constitución y una pizca de cerebro. El problema era que naturalmente él no contaba con ninguna de aquellas dos insignificancias.
- Lanzaos vosotros primero. – Dijo el chico. – Luego os alcanzo.
- Tu mismo - contestó su amigo.
Y se largaron de allí como flechas. Lo mejor de todo es que no los volvió a ver en todo el día.
Después de bajar aquella pendiente dándose mil trompazos, se detuvo sentado en el porche de un refugio para descansar. Le dolían los pies y con aquellas botas de plástico se sentía un estúpido robot. A la media hora volvió a la tienda de alquiler y recuperó su calzado. Entonces se pasó deambulando por los alrededores de la estación unas cuatro horas más o menos. Se hizo amigo de un perro lleno de nudos y luego se comió un bocata bastante rico y se tomó un café. El resto del tiempo se lo pasó mirando postales en una tienda de souvenirs.
A las cinco horas llegaron sus amigos. Estaban muy cansados y negativos. Se pasaron el viaje de vuelta sin decir casi nada. Sin embargo él, por alguna extraña razón, estaba muy animado.
En el fondo le gustaba salir de su barrio para darse cuenta de que su lugar no estaba muy lejos de su barrio.
…
martes, 4 de septiembre de 2012
Los zapatos rojos
Estaban demasiado cansados como para querer hacer
nada mejor. Se lo pasaban en grande tumbados en el suelo de su habitación
observando el techo. De repente apareció su madre y les dijo:
-
¡Mirad como tenéis vuestra habitación! ¡Parece una
leonera!
Su madre les amenazaba.
-
Ya podéis limpiarlo todo en seguida. Si en cinco minutos
vuelvo y todo sigue desordenado, ninguno de los dos cena hoy. ¡He dicho!
Y se largó de un portazo. Acto seguido se miraron
ambos a los ojos y se pusieron manos a la obra. Empezaron a ordenar sus
juguetes y toda la ropa que habían ido acumulando desde hacía una semana. Entre
todas aquellas prendas había un par de zapatos rojos que despertaron la
curiosidad de su gato. Entonces éste le preguntó.
-
¿De dónde han salido este par de zapatos rojos? Son muy
bonitos. ¿De dónde los has sacado?
Su dueño y compañero se hacía el despistado pero
finalmente le contó la historia.
-
Estos zapatos eran de una chica que vivía muy cerca de mi
casa. Los veranos solíamos pasar mucho tiempo los dos juntos jugando en su
jardín. Pasábamos horas enteras jugando en el porche de su casa hasta que se
hacía de noche. De todos los juegos que compartíamos, nuestro preferido era el
de la hora del té. Acompañábamos nuestros brebajes caseros fabricados con agua
del grifo con briznas de hierba y montones de tierra que simulaban ser comida.
Ella colocaba perfectamente su vajilla de juguete sobre una pequeña mesa de
camping y luego me ofrecía con afecto probar de cada plato. Lo hacía con una
voz muy suave mientras me miraba a los ojos. Recuerdo que yo simulaba comer y
beber de aquella comida como si se tratase de comida real. Aquello me hacía tan
feliz que no soportaba cuando de repente, llegaba la hora de volver a casa. Un
día que yo salía de su jardín y me disponía a volver a mi casa, me crucé con un
par de chicos del barrio. Éstos se dedicaban a deambular por la calle sin nada
mejor que hacer. Por lo visto habían estado fisgando a través de la valla y
habían observado con regocijo cómo jugaba con ella. Aquello les hacía mucha
gracia y entonces empezaron a burlarse de mí. La verdad es que no soportaba que
se burlasen de la gente. Me daba mucha rabia cuando lo hacían y sobre todo no
soportaba que lo hiciesen a mi costa. Me entraron ganas de ponerme a llorar
pero me contuve. Ellos me acusaban de estar locamente enamorado y se
pitorreaban de mí. Para demostrar que no era cierto me retaron a dejar llorando
a mi vecina. Decían ellos que así demostraría que no estaba enamorado. Al día
siguiente fui a su casa. Ella me esperaba con la mesa bien dispuesta como todos
los días. Sin decir una palabra me acerqué hasta mi amiga y de un manotazo
derribé todos los vasos y los platos que
había sobre la mesa. Acto seguido ella se puso a llorar. Entonces sentí el
dolor más intenso que había experimentado jamás y me largué de allí corriendo.
Mis vecinos lo habían visto todo desde fuera y seguían mofándose de mí. No
había servido para nada mi demostración. Pasé de ellos y me aislé durante
cuatro días encerrado en mi habitación. A la semana siguiente mi madre me dijo
que mi vecina y toda su familia se habían mudado de barrio. Jamás la volví a
ver y nunca pude disculparme ni tampoco decirle lo mucho que la quería.
Solamente conservo estos zapatos rojos que un día ella me regaló.
-
Vaya. – Dijo su gato y mascota. Que historia tan triste.
¿Sabes que tiene solución no?
-
No, contestó el niño. ¿Cuál?
-
Tenemos la máquina del tiempo. ¿O es que ya no te
acuerdas?
-
¡Es verdad! ¡Vamos! ¡No perdamos un segundo!
Entonces viajaron ambos al pasado. Entraron en el jardín
de la chica y escalaron un árbol hasta llegar a la altura de su ventana. Desde
allí observaron a la chica llorando y sentada en su cama. De repente su madre
entró y le dijo que preparara sus maletas. Se mudaban aquel mismo día. Ella
intentaba disuadir a su madre con la intención de poder despedirse de su vecino
y amigo, pero estaba claro que no le hacía ni caso. Cuando la madre se fue,
entraron el chico y el gato por la ventana. La niña se asustó y se puso a
gritar. No les reconocía después de tantos años. Salieron rápidamente de su
cuarto y pensaron en un plan B. De repente el gato se acordó que tenía guardada
en el bolsillo su manta mágica del tiempo. Cubrió al chico con ella y de repente
lo convirtió en el niño que había sido antes. Entonces sí que al entrar la niña
le reconoció y acto seguido ambos se abrazaron. Mientras se abrazaban el chico
se disculpó. Le dijo con lágrimas en los ojos que sentía haberse portado tan
mal con ella y que la iba a echar un montón de menos. Ella sonrió y rápidamente
abrió su armario y sacó una maleta llena de trastos de cocina de juguete.
-
Toma.- Le dijo la
niña. - Un obsequio. Te lo regalo para que nunca te olvides de mí y para que
siempre me recuerdes. Yo tampoco me olvidaré nunca de ti porque te quiero.
Y se despidieron con un beso mágico.
Cuando regresaron él y su gato a casa no cabían en
su cuarto de lo contentos que estaban. De repente entró su madre y observó que todo
seguía patas arriba y que además había un objeto añadido al desorden de aquella
habitación. Una maleta llena de trastos.
-
Pero, - dijo su madre -¿Cómo es posible que en todo este
tiempo no hayáis sido capaces de recoger nada sino que además hayáis añadido
más trastos a todo este desorden? Hoy muchachitos os habéis quedado sin cenar
los dos.
…
domingo, 12 de agosto de 2012
Rajar un delfín
A veces pensaba que le gustaría rajar un delfín con un bisturí bien
afilado.
-
Ccccccciiiiuu…
Rajar su cabeza brillante recién salida del agua de una piscina.
…
jueves, 9 de agosto de 2012
martes, 7 de agosto de 2012
Suela de barro
Se puso las botas y el chubasquero.
Llevaba casi todo el mes de noviembre lloviendo y aquella mañana no había sido
una excepción. Se montó en el coche y se dirigieron él y su familia hacia el
valle de C. Su padre conducía muy lento y sonaba de fondo una ópera muy rara. Mientras
tanto sus hermanos discutían por una botella de agua. Sin saber qué hacer ni
qué decir se puso a mirar por la ventana. Y se aislaba porque no soportaba
discutir con ellos a pesar de que lo hiciera casi todos los días. Observaba las
nubes, los árboles, la carretera y las señales de tráfico. Llamaba casi todo su
atención y la de sus hermanos que discutían esta vez por su ventanilla.
Cuando por fin llegaron a su destino
terminaron las discusiones. Salieron todos del coche y acabaron con las
disputas. Lo primero que hizo fue buscar un palo que le sirviera de bastón. Lo
encontró en seguida y lo adoptó como su muleta.
Le acompañaría todo el camino su varita
mágica. La que producía nuevas y maravillosas estelas en el aire. La que
cambiaba de color los setos. Divertida raqueta y bate de béisbol. El arma y
poderosa espada que le protegería en caso de peligro. Era necesario un palo y
lo sabían muy bien él y sus hermanos. Cuando se hicieron cada cual con el suyo,
empezaron a subir el monte.
Caminaron sin descanso a través de oscuros
senderos. El suelo estaba lleno de barro y de hojas muertas. Su padre iba por
delante y les indicaba el camino. Cuando llevaban una hora de ascenso, de
repente, se habían esfumado todos.
Se había quedado solo.
Entonces, una sensación de horrible
angustia recorrió su cuerpo. Una nube de mosquitos le asediaba desde hacía
cuatro minutos. Soplaba un viento helado que azotaba su sofocado rostro. La
sensación era incómoda y contradictoria. A cada paso le arañaban muchos más
árboles. Le atrapaban con sus garras de madera y le obligaban a retroceder.
Sus piernas le fallaban y estaba a punto de desfallecer cuando de pronto,
escuchó un alarido.
-
¡Eureka!
Estaba claro. Su padre había llegado a la
cumbre y su voz la escuchaba a muy poca distancia. No se había perdido,
simplemente se había desorientado un poco. Aceleró el paso y encontró de nuevo
el camino entre unos matorrales. Al fondo del camino había una esperanzadora
curva llena de luz. Con paso firme y decidido llegó hasta la curva. Se
introdujo en la pantalla de luz blanca que formaban las nubes del cielo y al
otro lado aparecieron sus hermanos y su padre. Habían dejado sus mochilas entre las
rocas. Tocaban la cruz de hierro de una cima escarpada y el viento hacía vibrar
sus ropas y su pelo.
Escribieron una nota y la introdujeron en
el buzón de aquella cima. Almorzaron y se largaron por donde habían llegado. El
camino de descenso lo hizo el chico sin despegarse de su familia. El suelo estaba lleno de barro y sus zancadas se clavaban cada vez más superficialmente. Y superficialmente
se iba elevando cada vez más. Se había formado una plataforma de barro en sus
botas. Le pesaban los pies cuatro kilos por lo menos. Sus hermanos y su
padre también cargaban con barro en sus botas.
Con una suela de barro de unos siete centímetros
de grosor.
…
sábado, 28 de julio de 2012
Cuatro bosques azules y una cima de color amarillo
Salieron de casa sin rumbo fijo. Su intención era
básicamente dar un paseo y tomar un poco el aire. Lo necesitaban después de
cuatro horas seguidas jugando a la videoconsola. Disponían de un tiempo precioso
e infinito. Empezaron caminando por la orilla del río y luego se desviaron por
un sendero que ascendía hasta una desconocida y atractiva cumbre amarilla
rodeada de bosques azules. Cruzaron un bosque y luego otros tres más. Muy
cansados llegaron hasta una llanura de color oro. Poco a poco el cielo se
cubría de nubes negras, entonces su amigo se detuvo preocupado.
-
¡Parece que se acerca una tormenta! ¡Mejor será que nos demos la vuelta!
Cada vez soplaba más viento y sus pelucas se volvían
locas en medio de la llanura.
-
¡Subamos un poquito más! ¡Lleguemos hasta la cumbre! ¡El aire me sienta
divinamente! ¡Me despeja la cabeza!
Y le sentaba muy bien a la chica que se retorcía y se
mezclaba con el viento. Su amigo desconfiaba pero acabó haciéndole caso. Subieron
un poco más y de pronto sintieron ambos aislados goterones de lluvia en su
rostro. Goterones helados que de repente se multiplicaban por siete.
-
¡Vámonos! – Dijo el chico. ¡Las tormentas de verano en la montaña son muy
peligrosas!
Sin embargo la chica bailaba dando vueltas sin
preocuparle siquiera el peligro. Disfrutaba de aquella ducha y de aquellas
fragancias que desprendían el suelo de barro y los bosques de pinos azules. Sin
previo aviso un relámpago iluminó lo que de repente se había convertido en una
tarde oscura, casi nocturna. Y crepitó un trueno que hizo temblar la montaña.
-
¡¡¡¡¡BRUUUUUUUUUUUM!!!!!....
Acto seguido se cogieron ambos de la mano y descendieron
a toda velocidad. La lluvia era cada vez más intensa y los rayos y los truenos
cada vez más numerosos. Se compaginaban ambos en sus zancadas que alcanzaban
medio metro en el aire. Cruzaron los cuatro bosques y se deslizaron por senderos
llenos de barro. Los rayos parecían querer alcanzarlos y separarlos para
siempre. No lo lograrían entonces aquellos fenómenos atmosféricos.
Habían conseguido juntos superar la zona de peligro.
Cuando llegaron hasta la orilla del río se detuvieron.
Jadeaban ambos de forma descontrolada pero lo habían conseguido. Se habían
librado de milagro. Conocían perfectamente la historia de aquel hombre que
había sido alcanzado tres veces seguidas por un mismo rayo. No había sido por
suerte su caso. Ya no tenían nada que temer. Había dejado de llover. Un hueco
de color azul turquesa apareció de repente en medio del cielo.
Justo encima de aquella cima de color amarillo.
…
lunes, 23 de julio de 2012
¿Saben una cosa?
Mi nombre es L.C. No
me dejan salir a la calle. Estoy confinado en mi propia casa pero eso no me
importa. He vivido todo lo que me ha dado la gana. Ahora disfruto contando las
baldosas del baño. Unas setenta y cinco exactamente. Bueno setenta y cinco y
media. Lo he apuntado todo en un papel para que no se me olvide. Últimamente
olvido las cosas y eso me fastidia. Ayer me llamaron unos hombres por teléfono
y no pararon de insultarme hasta que colgaron. Supongo que me odian. Yo no les
odio a ellos. No me puedo permitir odiar a nadie. Mi estado de salud es
delicado. ¿Saben una cosa? El otro día estaba en la cocina. Los rayos del sol
entraban por las ventanas y reflejaban intensamente en los armarios y en la
nevera. Preparaba una sopa y de pronto tuve la necesidad urgente de ir al
lavabo. De camino me ocurrió algo extraño. El pasillo estaba totalmente a
oscuras y no podía ver nada. Aquello nunca había supuesto ningún problema ya que reconocía perfectamente cada rincón de aquel pasillo sin embargo, de repente, me quedé
totalmente bloqueado y muerto de miedo. Creo que me mantuve parado unos cinco
minutos más o menos pero la verdad es que a mí me parecieron días. Entonces se me
pasaron muchas cosas por la mente. Sobre todo me acuerdo de una imagen en
concreto. La cabeza rapada de aquel hombre. Recordaba aquella cabeza con
exactitud. Rapada y con dos remolinos en la coronilla. Lo cierto es que
prefiero no pensar más en ello. Ahora él está muerto como un montón de gente
que recuerdo. Yo también voy a morir. Pero, ¿saben otra cosa? Prefiero no darle
muchas más vueltas. Voy a encender la calefacción. Esto me puede llevar una
media hora más o menos. Y eso que lo hago todos los días pero no por ello tardo
menos. Media hora más o menos. Hasta luego.
…
sábado, 21 de julio de 2012
Jardín oriental de corcho
No se acordaba
exactamente del momento en el cual vio por primera vez en su casa aquel jardín
en miniatura. Lo recordaba toda la vida colocado en la librería de su salón
ocultando una enciclopedia. Estaba hecho de corcho y tallado con precisión.
Encerrado aquel jardín en una
urna de cristal y madera pintada de negro.
A la izquierda un montón de
rocas eran invadidas por pequeñas plantas. Sobre la montaña estaba el Gran Palacio,
con sus biombos y esterillas separando cada estancia. Hundido sobre una gran
base de piedra estaba plantado un árbol enorme. Torcido y plagado de finas
ramas destacaba por su altura y tamaño.
Y la roca descansaba sobre el
río y el río sobre la tierra.
A la derecha un maravilloso
puente de corcho conectaba el palacio con el bosque. Era un puente muy ligero y
delicado. En el agua se retorcían y bañaban entre los juncos dos garzas de
color blanco y negro. Una vez cruzado el puente uno se podía introducir en el
bosque. Andar todo el día y por la noche refugiarse en sus cavernas para no
morir congelado. Luego al alba despertar junto a los osos y recorrer de nuevo peligrosos
senderos en busca de algún refugio donde poder comer y beber algo.
Y luego seguir su camino.
El niño podía observar el
paisaje de corcho en miniatura durante horas seguidas. Imaginaba quedarse en su
palacio tumbado en una esterilla observando a las garzas. Respirando el aire
puro de su jardín oriental.
Nada ni nadie le molestaría
entonces.
Sin embargo deliraba. Era tan
pequeño aquel jardín que ni siquiera podía meter la mano. Muchísimo menos se
podía quedar a vivir allí. Decidió que si no podía quedarse a vivir en su
interior lo mejor era destruirlo. Reconocía el placer de acabar con todo lo
bello que se cruzaba en su camino. Desde que era un crío reconocía lo bello cuando estaba delante de sus narices.
Para conseguir hacerlo desaparecer tan solo era necesaria una total y absoluta
falta de sensibilidad. Eso y una necesidad imperiosa de la experiencia.
Introdujo por lo tanto el dedo en la urna y se puso a doblar y a romper los
árboles. Doblaba los tejados del palacio y los trozos de roca de la montaña con
su dedo índice. No tocaba las garzas porque no llegaba hasta ellas con el dedo.
Si hubiese podido las habría aplastado como a todo lo demás. Sentía un placer irremediable
mientras acababa con todo. Su mano era la que dictaba como debían ser las cosas
y sentía el poder de cambiarlas con un solo dedo. Si le hubiesen cabido más
dedos se habría cargado el jardín entero.
Lo habría destruido todo
dejando tras de sí unos insignificantes restos de corcho.
Así lo sentía él entonces y así
lo demostraban desde tiempos inmemoriales los seres humanos. Cualquier poder o
licencia es un veneno que destruye todo cuanto se produce bello e intacto.
…
martes, 17 de julio de 2012
domingo, 15 de julio de 2012
La piedra enigmática
Los amigos de sus hermanas le llamaban el angustiao. En parte porque era muy
sensible y lloraba por casi todo. Sus dos hermanas mayores se hacían cargo de
él y siempre que salían de casa tenían que hacerlo con su hermano pequeño de la
mano. En ocasiones, sus amigos se mofaban de él y le cantaban canciones. Acto
seguido el angustiao lloraba para su
deleite. Entonces le defendía su segunda madre. La hermana mayor que había
hecho de testigo y madrina en su bautizo. Entre todos protegían
maravillosamente al niño pero era su madrina la que sentía verdadera
responsabilidad por él entonces.
El angustiao era
su protegido.
Un buen día se largaron sus
hermanas y amigos hasta una presa cerca del río. Solían ir allí para fumar y
hablar de sus cosas. Como siempre cargaban con el angustiao y le vigilaban en todo momento. La presa estaba
separada unos quinientos metros de su pueblo. Y vigilaban todos al pequeño para
que no se saliese a la carretera. Él iba por detrás y observaba el paisaje.
Siempre observaba el paisaje y le alucinaban todas las formas de su alrededor.
Le brillaban los ojos continuamente con una especie de temblor dentro de sus
cuencas. Siempre estaban a punto de llorar sus ojos de besugo. Era flaco y se
cansaba en seguida. Su piel era blanca como la cal y sus hermanas tenían que
tener mucho cuidado cuando le daba el sol directamente.
En poco tiempo expuesto se
podía quemar y convertirse en un cangrejo llorón.
Llegaron por fin a la presa y
se sentaron en un muro de ladrillo cerca de la orilla. Mientras hablaban de sus
cosas, cantaban y vociferaban, el
angustiao se alejó sigiloso de todos ellos. Había observado el niño cerca
de la carretera, entre unos arbustos, una extraña mesa y un asiento de piedra.
Estaba escondido aquel merendero entre la hierba y casi no se veía. Sin embargo,
el angustiao había intuido que algo
interesante se ocultaba entre aquellos arbustos. Se acercó hasta allí y tocó la
mesa de piedra. Era una mesa preciosa con extraños adornos tallados en los
bordes. El asiento era también de piedra y con forma de cubo. Parecían aquellos
restos vestigios de ciudades milenarias. Pensó el niño que aquel merendero
tendría por lo menos unos dos mil cuatrocientos años. Seguramente había sido
utilizado por magos y hechiceros ancestrales para sus rituales.
Rituales que incluían pequeños
sacrificios humanos y maravillosas y crepitantes hogueras de colores.
El viento que soplaba por los
alrededores del merendero era muy extraño. Se movían la hierba y los arbustos
cercanos muy lentamente y sin emitir siquiera un leve murmullo. Y le afectaban
aquellos elementos de manera intensa. Era como si de repente su cuerpo se
trasladara a la época de sus antepasados y entonces las piedras le hablaran. De
hecho, le tradujeron todos los mensajes y secretos que debía revelar a su
generación. Le nombraron el encargado de transmitir todos sus enigmas resueltos.
Entonces su mensaje se conocería en todos los rincones del mundo. De manera
universal, estaba destinado a ofrecer todos los tesoros de aquellos hombres
supraterrenales al mundo y poder así transformar su presente.
Mientras tanto, sus hermanas y
amigos charlaban y fumaban mil pitillos. Cuando su madrina se dio cuenta de que
su hermano había desaparecido, muy alarmada, se levantó y avisó a los demás.
Entonces se pusieron todos a buscar al niño. La preocupación era general porque
de repente se dieron cuenta de que llevaba por lo menos una hora sin aparecer. A
los cinco minutos se lo encontraron de pie entre unos arbustos y mirando un
merendero de piedra. Lo encontraron de espaldas y como ausente. Le llamaban
desde lejos pero no contestaba. Cuando su hermana se acercó y le toco el brazo
se asustó porque su cuerpo estaba frío como el hielo. Su rostro estaba más
pálido que de costumbre y lloraban sus ojos de forma extraña y abundante. De
repente reaccionó el niño y miró a su hermana. Ésta le preguntó que por qué
lloraba y qué había estado haciendo tanto tiempo solo. El niño no le supo
contestar pero sus ojos expresaron de golpe un mensaje que su hermana supo
descifrar.
Acto seguido se fundieron ambos
en un abrazo.
…
jueves, 28 de junio de 2012
La pistola de agua
Después de dos días insistiendo para que se la compraran, por fin aquella
tarde la consiguió. Era de plástico transparente y de color amarillo. La
estrenaron ella y sus hermanos sin perder un solo instante. Se la turnaban con
exactitud y se mojaban la ropa con sus disparos. Se hacían líneas en la
camiseta y se salpicaban el pelo. La rellenaban en la fuente de hierro pintada
de verde y con cara de león. Se la turnaban pero la pistola era suya. De vez en
cuando tenía que recordárselo a sus hermanos cuando éstos se hacían los
despistados. Entonces se la devolvían a regañadientes.
Era su pistola y cuando ella lo decidía se la tenían que devolver.
En una de aquellas exigencias, uno de sus hermanos mayores se negó a devolvérsela.
Ella gritaba y estiraba de la camiseta de su hermano para recuperarla. No tenía
nada que hacer. Su hermano era mucho más alto y mucho más fuerte. Jugaba con
ella y le gustaba verla sufrir.
-
¡Si no me la devuelves ahora mismo subo a casa y se lo
digo a mamá!
Entonces su hermano lanzó la pistola con todas sus fuerzas hacia el cielo. Atravesó
la pistola un montón de hojas de platanero y se quedó atascada en una rama.
Se quedó encalada su pistola a trece metros de altura. Ella esperaba por lo
menos que una ráfaga de viento agitara los árboles y la precipitara contra el
suelo.
Nunca ocurrió tal cosa.
Se marcharon sus hermanos y ella se quedó sola esperando. De fondo sonaban
las campanas de una iglesia cercana. Y ella miraba con detenimiento su pistola
de plástico enganchada entre las ramas. Deseaba con todas sus fuerzas recuperarla.
Sin embargo la tuvo que abandonar. Al día siguiente ya no estaba.
Había desparecido.
…
sábado, 23 de junio de 2012
viernes, 22 de junio de 2012
El insecto tornasolado
Nació la chica más bella de todas con
un insecto pegado en la parte posterior del cuello. Los médicos dijeron a sus
padres que con el tiempo se podría operar. Creció la niña con su parásito y
aprendió a vivir con aquello. No obstante intentaba ocultarlo siempre que
podía. A veces en la playa o en la piscina se topaba con indeseables que la
insultaban. Se rumoreaba en su colegio acerca de su defecto y sus compañeros la
rechazaban. Sin embargo, ella se sentía cada vez más unida a su insecto. Cuando
se hizo mayor de edad los médicos le comunicaron que por fin era posible una
intervención quirúrgica. En la cocina le esperaban sus padres y su novio con
una horrible sonrisa en sus rostros para ingresarla en el hospital.
Lo que no sabían ellos es que había
cogido cariño a su insecto.
Formaba parte de ella y no estaba
dispuesta a que se lo arrebataran. Se escapó de casa y cogió el primer autobús
que pudo. Acabó deambulando a la deriva por un barrio desconocido y alejado de
todos ellos. Caminaba junto a su insecto y no necesitaba a nadie más. Muy
cansada se tumbó en la hierba de un parque y se quedó dormida.
Paseaba en sueños por la playa.
Caminaba por la orilla con su traje de baño preferido. Un traje amarillo claro
con rayas rosas. La gente le aceptaba y ya no tenía nada que ocultar. A lo
lejos un velero surcaba las olas y el sol del atardecer se reflejaba en el mar.
Las olas le mojaban y le salpicaban las piernas.
Formaba parte de algo importante y se
sentía feliz de ser quien era. Se sentía feliz de ser ella misma.
De repente se despertó y se dio cuenta
de que todo había sido un horrible sueño. No sabía dónde estaba ni tampoco cómo
había llegado hasta allí. Se había hecho de noche y hacía mucho frío. La
oscuridad le rodeaba y le acechaban las sombras de su pasado. Un poco asustada
se tocó el cuello y cuando quiso acariciar a su pequeño insecto, muy alarmada,
se dio cuenta de que ya no estaba.
Había desaparecido.
De rodillas, buscó desesperada y a tientas
por la hierba. Lloraba desconsolada pero no encontraba su parásito. Exhausta se
tumbó de nuevo. De repente sintió un terrible dolor de cabeza y acto seguido
perdió la conciencia.
Al día siguiente la policía la encontró
tumbada en el parque y con un brazo extendido. Su corazón había dejado de latir
y a unos pocos metros hallaron el cadáver de un extraño insecto hueco y
tornasolado cubierto de hormigas.
...
Nueva colaboradora
Hola, me llamo Blonde Red Hollie y a partir de ahora publicaré mis relatos y papier collés junto a Blonde Red Howard en este blog.
Muchas gracias y me alegro de saludaros a todos.
B.R. Hollie.
Muchas gracias y me alegro de saludaros a todos.
B.R. Hollie.
jueves, 21 de junio de 2012
Con las persianas bajadas
Salió de su casa pero no
encontró a nadie en la plaza. Estaba desierto su pueblo.
Y los coches vibraban
calentando como radiadores el ambiente. Una especie de masa cargada de
radiaciones electromagnéticas flotaba y se propagaba en el aire. No llevaba
consigo un termómetro, pero seguro que marcaría por lo menos una temperatura de
unos cuarenta y cinco grados centígrados. Los rayos del sol incidían
perpendicularmente sobre su pelo negro y cuando se tocaba la cabeza con las manos
se quemaba las puntas de los dedos.
Había quedado con sus
amigos después de comer pero supuso que ninguno de ellos aparecería por allí.
Se acercó frunciendo el
ceño hasta una fuente de cemento construida hacía muy poco en medio de la
plaza. Presionó el grifo de metal con un puñetazo y bebió muy rápidamente un
trago de agua caliente.
Un montón de avispas
deambulaban cerca de un charco que formaba la fuente. Revoloteaban y tocaban la
superficie del agua del suelo. Algunas se chocaban contra sus piernas mientras
millones de rayos ultravioletas se fundían con una masa de aire tórrido que
golpeaba su cerebro.
Atravesó la plaza
arrastrando los pies y se introdujo de nuevo en su salón.
Allí dentro todas las
persianas estaban bajadas y cerradas las ventanas. Las paredes de piedra le
aislaban del calor del verano. Flotaban en aquella oscuridad partículas de
hielo. Era como si de repente le arrojaran un cubo de agua fría por encima. Su
piel se impregnaba de aquellas partículas y la oscuridad reconfortaba su mente.
Su pelo se relajaba y cambiaba de temperatura su cuerpo.
Sin pensarlo siquiera un
instante se tumbó en el sofá.
De repente sintió cómo
un baño de telas rodeaba sus piernas. Su rostro y sus brazos se revolcaban en
una masa de hielo informe. La oscuridad le abrazaba y acariciaba su cuerpo.
Reposaba dentro de una nevera y en medio de un desierto de fuego.
Flotaba en un colchón de
nubes y debajo de una cascada de nieve.
Entonces decidió que
nunca más saldría de casa. Esperaría tumbado en su sofá hasta que por lo menos
el sol se ocultara detrás de las montañas.
En la oscuridad de su
salón de piedra y con las persianas bajadas.
…
martes, 19 de junio de 2012
lunes, 18 de junio de 2012
domingo, 17 de junio de 2012
viernes, 15 de junio de 2012
Se zampó su bocadillo de queso
Una
mañana cualquiera del mes de Junio salió de su estudio muy temprano. Necesitaba
tomar un poco el sol y hacer unos recados. Encargó unos pinceles y algo de de
pintura y luego se compró media barra de pan y un poco de queso. Introdujo la
comida en su bolso y se puso a caminar por las calles de Warwick.
Y caminaba
como un fantasma. La luz del mediodía le dejaba casi ciego y le obligaba a
fruncir el ceño continuamente. Se cruzaba con gente que ni siquiera observaba.
Sin embargo, le daba la sensación que los demás sí que le observaban. El peso
de aquellos rostros severos se amontonaba sobre su frente.
Y no
necesitaba nada más que rodearse de árboles y de cielo.
Atravesó
entonces el puente que cruzaba el río Avon y accedió por una pendiente que le arrastraba
irremediablemente hasta la cima del castillo.
Resultaba
tan agradable recorrer aquellos senderos que por un momento se pudo olvidar de
todo lo que le preocupaba. Los pájaros se agitaban entre las ramas de los
eucaliptos. Las ardillas recorrían inaccesibles las copas de los árboles.
Y
producían en su espíritu aquellos animalitos una maravillosa sensación de
bienestar.
A su
izquierda, la fachada norte del castillo lindaba con un sendero tan oscuro como
su corazón. Imaginaba poder descender por la escarpada y húmeda pendiente de la
montaña y descansar junto a los insectos y las babosas. Los ratones y las
arañas rodearían su cuerpo y le protegerían de los intrusos. Saciaría su sed
con efluvios de barro y de musgo y alimentaría su cuerpo de oscuridad. Podía
ser que incluso alguien saliera de las mazmorras y le diera cobijo. No estaba
seguro pero no albergaba dudas de que alguien se compadecería de él.
Buscaba
incansablemente algo de caridad y pensaba que quizás en el fondo de aquel foso
la encontraría.
Eso
dictaba su mente mientras le arrastraba el camino. A cada paso encontraba
mejores y mayores estímulos. De repente, casi sin darse cuenta, llegó hasta la
cima.
Y no
sentía nada especial. A lo lejos divisaba los límites de la civilización.
Divisaba los límites que también le arrastraban de forma irremediable.
Producían aquellos lugares concretos en su espíritu una sensación
indescriptible que algunos poetas se obcecaban en definir con palabras. Entonces
siguió su camino y eliminó aquellos mapas de su mente. El descenso le obligaba
a transitar concentrado por caminos abruptos. Caminos que rodeaban las formas
de las montañas y que abrazaban el castillo. Un montón de gravilla blanca se mezclaba
con algunas hojas secas. Pisaba con fuerza la gravilla y pisaba con fuerza
también aquellas hojas.
Arrollaba
con todo y se sentía un intruso patoso.
De
pronto invadió la fachada oeste del castillo. Y una puerta se cerró de golpe en
sus narices. Empujó la puerta con el hombro pero no había nada que hacer.
Golpeó con los nudillos la madera agrietada esperando a que alguien escuchara
su llamada inoportuna, pero nadie contestaba.
Decidió
que lo más prudente sería dejar de molestar y encaminó sus pasos hacia el río.
Por aquella
zona seguro que había gente. La gente degustaba los lugares donde había gente.
Se sentó en un muro cerca de la orilla y observó la estampa. Dos señores
charlaban muy animados mientras su perro hacía sus necesidades por el césped.
Un joven sentado junto a una mujer arreglaba su caña de pescar. A dos metros de distancia estaban un hombre
adulto y un niño pescando. Parecían muy contentos y en parte envidiaba su
felicidad.
No
podía disfrutar él de sus actividades ni lo más mínimo. Forzaba su soledad de
una forma terrible y era incapaz de disfrutar en compañía como lo hacían los
demás. Pensó que quizás por ello todos le consideraban un bicho raro.
Lo
pensaba y por lo menos se tranquilizaba haciendo ese tipo de conclusiones.
Se
levantó y caminó por la margen izquierda del río mientras observaba la fachada
del castillo. Las ventanas de colores contrastaban perfectamente con las
rejillas de color blanco. Se consideraba un observador
excepcional y en algunos aspectos aquello le hacía sentirse superior. Sin
embargo, empezaban a pesarle las ojeras y pensó en sentarse y descansar.
Necesitaba
de pronto comer algo y volver de nuevo a su estudio.
Cuando
ya se disponía a retirar la vista de la fachada, descubrió alejada y asomada en
la ventana del castillo la silueta melancólica de una dama. En realidad, era su
postura la que parecía melancólica. Pensó que le gustaría transitar el foso de
la fachada norte del castillo con aquella silueta. Demostrarle que su realidad
cotidiana podía ser maravillosa y que a pesar de que a veces la rutina perdiera
su sentido, siempre existía un lugar deliciosamente oculto dentro de uno mismo.
La
vida podía ser interesante a pesar de todo. Y aquella fachada iluminada lo
mostraba todo de manera muy superficial. Algo más interesante eran aquellos
fosos plagados de murciélagos y de alimañas. Contrastaba el exceso de
información de aquella fachada con la maravillosa y velada introspección de la fachada
norte del castillo.
Fachada norte que nunca llegaría a pintar.
Se
introdujo de repente la silueta en el castillo. Entonces siguió su camino y se
sentó en un banco a la sombra. Con la mirada perdida se zampó su bocadillo de
queso. Se lo zampó mientras pensaba que para nada le ayudaban todas aquellas
reflexiones.
Eran todas
alucinadas y superficiales. No formaban parte de sus objetivos. Lo que tenía
que hacer estaba claro. Volver inmediatamente a su estudio de la calle Silver y
olvidarse de todo lo demás. Encerrado y aislado del resto del mundo podría terminar
sus encargos y abandonar cuanto antes la ciudad de Londres.
…
Texto realizado en Mayo de 2012 a partir del
cuadro “Fachada sur del castillo de Warwick” de Giovanni Canaletto.
jueves, 14 de junio de 2012
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