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lunes, 1 de octubre de 2012

Radiocasete


El día que le robaron el radiocasete del coche lo pasó realmente mal. Su vida giraba en torno a ese maldito trasto. Giraba en torno al mismo que le acababan de robar por la fuerza. Se lo contó primero a sus amigos. Mientras lo hacía lloraba sin poder contener las lágrimas. Sentía la impotencia de un robo, pero mucho más que aquello, sentía el pudor que se siente cuando unos desconocidos totales tocan y revuelven los asuntos personales de uno. Se imaginaba a los ladrones sentados en su coche manoseándolo todo.

Sentía repugnancia con solamente pensarlo.

Sus amigos lograron calmarle y consiguieron que durante rato se olvidara de todo aquello. Para eso estaban sus amigos. Siempre eran ellos los que conseguían distraerle sobre las cosas importantes de sí mismo. Sobre todo la presencia de uno de ellos que no dejaba de llamar su atención hizo que se olvidara por completo de todo durante unas pocas horas.

Al día siguiente se habían enterado todos de su desgracia. Sus compañeros de clase y toda su familia. Y la verdad es que aquel robo había supuesto para el chico un gran palo. Pasaba una etapa tan preparatoria y superficial que su inconsistente mundo se había hecho pedazos justo en el momento en el cual le habían arrebatado su radiocasete. Era un radiocasete bastante normal pero sin embargo él lo adoraba. Se lo había comprado a un amigo de su hermano por muy poco dinero. Tenía múltiples opciones con las cuáles el chico jugaba sin parar. Tocaba los agudos y los graves. Cambiaba los fader. Desactivaba y activaba los twiter. Jugaba con las múltiples opciones que ofrecía su radiocasete sin pensar un solo momento en su futuro ni tampoco en el de nadie.

Y se lo habían robado. Le habían arrebatado la posibilidad de ser feliz aunque fuera por unos pocos instantes. Tampoco tenía muchas más razones por las cuáles sentirse feliz. Nadie le hacía caso, ni siquiera se hacía caso él mismo. Pasaba una etapa horrible y encima no era consciente de nada. Sentía que la vida era algo pesado e infinito. Observaba dentro de las personas un universo inabarcable. Le superaban todas ellas con su vida propia. Cuando tenía que reaccionar, el mundo se le tumbaba encima. Ejercía la tierra todo su peso sobre su cuerpo de papel. Se sentía enfermo cada vez que alguien le miraba sin hablar. No entendía los gestos ni tampoco podía leer la mente de nadie.

Por eso mismo se agobiaba.

La cosa es que después de todo aquello decidieron sus hermanos regalarle un radiocasete nuevo. Aportaron sin rechistar cada uno su parte del dinero. Entre todos consiguieron reunir el dinero suficiente para que caprichoso, el chico se comprara su radiocasete nuevo.

Conducía el chico a partir de entonces muy feliz con su nuevo radiocasete. Lo hacía en dirección a su pueblo. Ascendió por una carretera de montaña y aparcó su coche cerca de un depósito de aguas. Aislado y apartado de todos podía hacer lo que le daba la gana. Y hacer lo que le daba la gana conllevaba el placer y el hecho de que podía subir el volumen de su radiocasete a tope. Subía y bajaba el volumen de su radiocasete mientras se fumaba un cigarro. Tanteaba las opciones y descubría nuevas posibilidades de audio. Mientras tanto el tiempo pasaba volando y se hacía de noche. Ahora el chico solamente veía el radiocasete. La luz de la pantalla era verde fosforita aunque también se podía cambiar de color. Lo que más le gustaba era cambiar de color la pantalla. Subir y bajar el volumen y echar el humo sobre la pantalla de su nuevo radiocasete. Alrededor no existía nada. Solamente oscuridad alrededor de su radiocasete nuevo.

No pensaba que afuera, un poco más lejos dentro de bosque, cientos de animales nocturnos le acechaban. No le amenazaban sino que expectantes esperaban a que se largara con su horrible coche y con su insoportable música. Lo esperaban los sapos y las ratas. Lo esperaban las ardillas y los corzos. Gruñían los jabalíes y se aburrían los murciélagos esperando a que se largara el chico con su coche y su maldito radiocasete.

Sin embargo él no reparaba en nada de todo aquello porque alrededor y solamente alrededor de su radiocasete no existía nada.

Simplemente oscuridad.




A los años, los mismos agobios que sufría constantemente volvieron en forma de instantes concretos. Le recordaban éstos a su etapa de adolescente. Entonces pensó que no le gustaría volver a ese lugar. Se sentía feliz de haber escapado de aquel agujero negro horrible que se supone que se cruza en la adolescencia.



jueves, 27 de septiembre de 2012

Un segundo viaje al almacén


Aquel trabajo no le sentaba bien. A veces se le ponía cara de loco y su rostro no expresaba para nada su verdadero estado de ánimo. No significaba que por ello odiara a todo el mundo. Aquello también le incluía a él mismo.

De hecho, aquello mismo le redimía.

Llevaba toda la tarde agachando el lomo, siendo amable incluso con la gente que no se merecía su amabilidad. Y era su amabilidad algo especial. No tenía que ver con nada pactado ni tampoco con ningún estúpido protocolo. Era sus ojos cuando buscaban una complicidad que nunca era correspondida. Era sus gestos y movimientos. Pensaba entonces que no había nada que hacer. Lo había intentado todo pero nada. Algunas veces se topaba con algunos clientes que deseaba conocer pero estaba claro que aquel no era ni el momento ni el lugar de charlar. En cuanto lo intentaba, cruzaba una extraña e invisible línea y se encontraba de nuevo solo. Hablaba consigo mismo y se daba cuenta de lo que pensaba. El problema era que nadie más se daba cuenta.

Ni siquiera su rostro acompañaba tan dulces pensamientos. En su fuero interno quería salvarlos a todos, incluso a sí mismo. Pero la verdad y el trabajo físico le devolvían de nuevo a la realidad y le recordaban que no era posible, que no había nada que hacer.

Cuando la jornada tocó su fin se largaron todos a sus casas. Todos menos él y dos de sus compañeras de trabajo. Todavía les quedaba limpiar el bar y hacer un par de viajes al almacén para reponer lo gastado. Salió del bar y se puso a observar la fachada de la catedral. Brillaba intensamente iluminada con los últimos rayos del sol. Entonces se puso a pensar en cosas muy dulces pero de repente se le colaron intrusas tareas pendientes entre toda la poesía del mundo. Ese día le tocaba a él ir al almacén. Bueno, realmente se había ofrecido. Se ofrecía constantemente sin pedir nada a cambio y no intentaba demostrar nada. Aquello le hacía especial o ni siquiera eso. Como todos, sabía que sus buenas acciones tarde o temprano le serían devueltas. Eso era egoísmo del bueno. Era tan humano y precioso a la vez que pensaba que no había nada de malo en desear cosas buenas para uno mismo.

No consideraba malo ser humano y eso era un alivio para él y para el resto.

Hizo dos viajes al almacén. En el segundo viaje se quedó un rato largo intentando recordar si olvidaba algo. De repente escuchó unos pasos. Eran los pasos de un transeúnte que caminaba lento por la acera de enfrente. Miraba para todos los lados y parecía perdido. Se acercó el hombre hasta una verja que lindaba con el patio interior de la catedral. Levantaba los brazos y gritaba como un loco a través de los barrotes. Parecía desesperado. Acto seguido, el chico vio como se acercaba una silueta a lo lejos desde el interior de la catedral. Parecía la silueta encorvada de un cura. El transeúnte le preguntó algo, no sabía el qué, pero parecía que demandara información. Era de noche y tampoco se adivinaban con claridad sus gestos.

La silueta negra de la catedral recortaba perfectamente el gris oscuro del cielo nublado y nocturno. La estampa era maravillosa con las farolas iluminando las aceras.

De repente sonó un disparo.

Tardó en reaccionar pero tardó muy poco en darse cuenta de que delante de sus narices se acaba de cometer un asesinato. Se quedó embobado mirando la espalda del agresor. Llevaba una preciosa gabardina beige. Pensó que le gustaría ver su rostro. Comprobar sus facciones y poder demostrar que los locos no tienen cara de locos. Que los asesinos no tienen cara de locos y que tampoco los locos tienen cara de locos. Demostrar que ni siquiera las personas tienen cara de locos. Mientras imaginaba todo aquello la silueta se giró lentamente. Pensó que lo más prudente sería esconderse por si las moscas. Ni siquiera lo pensó, lo hizo. Rápidamente se ocultó dentro del almacén muerto de miedo. Entonces sí que pensó en llamar a la policía. El caso es que no llevaba el móvil encima. Acurrucado como una cucaracha esperó a que aquel tipo se largara. Sin embargo no se iba. Los pasos de aquel hombre sonaban cada vez más cercanos. Entonces la sombra del asesino se deslizó por debajo del marco de la desvencijada puerta de madera del almacén y se detuvo. Temblaba el chico como gelatina de menta mientras su asesino se lo pensaba. Entonces para olvidarse de todo cerró los ojos con fuerza.

Millones de luces de colores se formaron sobre un fondo granate oscuro. La imagen del cura y de su agresor se mezclaron ambas con sus pensamientos más profundos No podía determinar con exactitud qué pasaba pero el caso es que ya no sentía su cuerpo.

Ya no sentía nada.

Abrió los ojos. La sombra de la entrada había desparecido. Salió a la calle pero no vio nada. Ni siquiera el cuerpo inerte del cura. Se lo había inventado todo por aburrimiento. Se lo había imaginado todo. Se suponía que imaginaba historias que no tenían nada que ver con la realidad cotidiana. En el fondo tampoco podía imaginar de qué trataba su vida cotidiana ni la de nadie y por eso inventaba historias descabelladas. Pensaba que la vida era un misterio demasiado simple.  

Y su cabeza no dejaba de dar vueltas. No dejaba de pensar y de intentar acordarse para qué demonios había hecho ese segundo viaje al almacén.


viernes, 7 de septiembre de 2012

Salir del barrio

Sus tres amigos estaban esperando en una furgoneta roja cuando salió de casa. Los tres llevaban los mismos plumíferos pero de colores distintos. A él no le llegaba para uno pero no le importaba. Le parecían un poco ridículas todas aquellas prendas de montaña con sus marcas bordadas siempre visibles en el pecho. Prefería forrarse de muchas capas de lana y parecer una cebolla humana. Se preocupaba por lo menos de no parecer un pavo en medio de la nieve.




Y eso sus amigos lo entendían a medias.



Cuando llevaban casi tres horas de trayecto por carretera, llegaron por fin a la estación. Estaba plagada de señores y señoras y de niños y niñas con sus esquíes a cuestas. El sol brillaba en el cielo y se reflejaba en la nieve de forma intensa. Una vez más se preguntó el chico qué demonios hacía él en medio de la naturaleza. Se sentía mucho mejor en casa o dando un paseo por su barrio. En la montaña se cansaba con solamente mirar al suelo y dar tres pasos. Y la verdad era que ya no tenía escapatoria. Estaba con sus amigos allí mismo y no le quedaba otra que alquilar unos malditos esquíes y pasarse el día entero deslizándose por aquellas pistas con ellos.



Aparcaron la furgoneta y salieron los cuatro a la carretera. Soplaba un viento helador y el frío se le colaba entre las costillas. Sus amigos enfundados en sus plumíferos se reían de él. No le importaba. Parecían profesionales pero en fondo no lo eran en absoluto. Solamente esquiaban por afición. Y realmente tampoco lo hacían tan bien. El caso es que estaban contentos y bromeaban todo el rato a su costa. Lo que en el fondo les fastidiaba era tener que perder el tiempo y tener que acompañarle a él para que alquilara sus propios esquíes. Cuando salieron de la tienda de alquiler con las tablas en los pies parecían todos ellos patos mareados. Con aquellos horribles esquíes no había persona humana que anduviera con normalidad.



Se pensaban sus amigos que así, con esas pintas, eran lo más. Y realmente solo eran unos pringaos.



Ahora lo que tenían que hacer era ponerse a la cola. Una cola de patosos mudos esperando su turno. Cuando éste llegaba, enganchaban su entrepierna en un arrastre frío como el hielo y se dejaban llevar como carros.



¿Qué diantres empujaba a todos ellos a divertirse de una forma tan incómoda? ¿Qué fuerza les empujaba a seguir allí con todo su cuerpo en tensión y helándose la nariz? Y otra cosa. ¿Por qué la gente fumaba y hacía ejercicio a la vez? Menuda estupidez. Era como curarse una herida reciente con yodo y acto seguido rociarla con raticida. Él fumaba como un carretero sí, pero no hacía ejercicio, o al menos lo evitaba a toda costa.



La verdad, no entendía casi nada.



Cuando llegaron hasta la cima de la montaña, sus amigos se colocaron en posición de descenso. A él todo aquello le importaba un pimiento. Prefería quedarse mirando el paisaje y ver como la niebla iba cubriendo las cimas de las montañas. Los esquiadores eran puntitos y soñaba con descubrir entre todos aquellos seres humanos algo extraordinario. Se imaginaba una especie de yeti entre los pinos que de repente se colaba entre todos aquellos domingueros y los hacía pedazos. Entonces sí que hubiera merecido la pena el viaje. Poder presenciar como aquel horrible ser mutilaba todo a su paso. Entonces la nieve se teñiría de rojo y toda la estación se convertiría en granizado de fresa. Se imaginaba todo aquello con deleite cuando de repente, uno de sus amigos le dijo:



- ¿Qué te pasa? ¿No te atreves a lanzarte? En el fondo no es tan difícil.



Y claro que lo sabía. Sabía que no era complicado esquiar. Solo hacía falta una buena constitución y una pizca de cerebro. El problema era que naturalmente él no contaba con ninguna de aquellas dos insignificancias.



- Lanzaos vosotros primero. – Dijo el chico. – Luego os alcanzo.



- Tu mismo - contestó su amigo.



Y se largaron de allí como flechas. Lo mejor de todo es que no los volvió a ver en todo el día.



Después de bajar aquella pendiente dándose mil trompazos, se detuvo sentado en el porche de un refugio para descansar. Le dolían los pies y con aquellas botas de plástico se sentía un estúpido robot. A la media hora volvió a la tienda de alquiler y recuperó su calzado. Entonces se pasó deambulando por los alrededores de la estación unas cuatro horas más o menos. Se hizo amigo de un perro lleno de nudos y luego se comió un bocata bastante rico y se tomó un café. El resto del tiempo se lo pasó mirando postales en una tienda de souvenirs.



A las cinco horas llegaron sus amigos. Estaban muy cansados y negativos. Se pasaron el viaje de vuelta sin decir casi nada. Sin embargo él, por alguna extraña razón, estaba muy animado.



En el fondo le gustaba salir de su barrio para darse cuenta de que su lugar no estaba muy lejos de su barrio.







martes, 4 de septiembre de 2012

Los zapatos rojos

Estaban demasiado cansados como para querer hacer nada mejor. Se lo pasaban en grande tumbados en el suelo de su habitación observando el techo. De repente apareció su madre y les dijo:

-          ¡Mirad como tenéis vuestra habitación! ¡Parece una leonera!

Su madre les amenazaba.

-          Ya podéis limpiarlo todo en seguida. Si en cinco minutos vuelvo y todo sigue desordenado, ninguno de los dos cena hoy. ¡He dicho!

Y se largó de un portazo. Acto seguido se miraron ambos a los ojos y se pusieron manos a la obra. Empezaron a ordenar sus juguetes y toda la ropa que habían ido acumulando desde hacía una semana. Entre todas aquellas prendas había un par de zapatos rojos que despertaron la curiosidad de su gato. Entonces éste le preguntó.

-          ¿De dónde han salido este par de zapatos rojos? Son muy bonitos. ¿De dónde los has sacado?

Su dueño y compañero se hacía el despistado pero finalmente le contó la historia.

-          Estos zapatos eran de una chica que vivía muy cerca de mi casa. Los veranos solíamos pasar mucho tiempo los dos juntos jugando en su jardín. Pasábamos horas enteras jugando en el porche de su casa hasta que se hacía de noche. De todos los juegos que compartíamos, nuestro preferido era el de la hora del té. Acompañábamos nuestros brebajes caseros fabricados con agua del grifo con briznas de hierba y montones de tierra que simulaban ser comida. Ella colocaba perfectamente su vajilla de juguete sobre una pequeña mesa de camping y luego me ofrecía con afecto probar de cada plato. Lo hacía con una voz muy suave mientras me miraba a los ojos. Recuerdo que yo simulaba comer y beber de aquella comida como si se tratase de comida real. Aquello me hacía tan feliz que no soportaba cuando de repente, llegaba la hora de volver a casa. Un día que yo salía de su jardín y me disponía a volver a mi casa, me crucé con un par de chicos del barrio. Éstos se dedicaban a deambular por la calle sin nada mejor que hacer. Por lo visto habían estado fisgando a través de la valla y habían observado con regocijo cómo jugaba con ella. Aquello les hacía mucha gracia y entonces empezaron a burlarse de mí. La verdad es que no soportaba que se burlasen de la gente. Me daba mucha rabia cuando lo hacían y sobre todo no soportaba que lo hiciesen a mi costa. Me entraron ganas de ponerme a llorar pero me contuve. Ellos me acusaban de estar locamente enamorado y se pitorreaban de mí. Para demostrar que no era cierto me retaron a dejar llorando a mi vecina. Decían ellos que así demostraría que no estaba enamorado. Al día siguiente fui a su casa. Ella me esperaba con la mesa bien dispuesta como todos los días. Sin decir una palabra me acerqué hasta mi amiga y de un manotazo derribé  todos los vasos y los platos que había sobre la mesa. Acto seguido ella se puso a llorar. Entonces sentí el dolor más intenso que había experimentado jamás y me largué de allí corriendo. Mis vecinos lo habían visto todo desde fuera y seguían mofándose de mí. No había servido para nada mi demostración. Pasé de ellos y me aislé durante cuatro días encerrado en mi habitación. A la semana siguiente mi madre me dijo que mi vecina y toda su familia se habían mudado de barrio. Jamás la volví a ver y nunca pude disculparme ni tampoco decirle lo mucho que la quería. Solamente conservo estos zapatos rojos que un día ella me regaló.

-          Vaya. – Dijo su gato y mascota. Que historia tan triste. ¿Sabes que tiene solución no?

-          No, contestó el niño. ¿Cuál?

-          Tenemos la máquina del tiempo. ¿O es que ya no te acuerdas?

-          ¡Es verdad! ¡Vamos! ¡No perdamos un segundo!


Entonces viajaron ambos al pasado. Entraron en el jardín de la chica y escalaron un árbol hasta llegar a la altura de su ventana. Desde allí observaron a la chica llorando y sentada en su cama. De repente su madre entró y le dijo que preparara sus maletas. Se mudaban aquel mismo día. Ella intentaba disuadir a su madre con la intención de poder despedirse de su vecino y amigo, pero estaba claro que no le hacía ni caso. Cuando la madre se fue, entraron el chico y el gato por la ventana. La niña se asustó y se puso a gritar. No les reconocía después de tantos años. Salieron rápidamente de su cuarto y pensaron en un plan B. De repente el gato se acordó que tenía guardada en el bolsillo su manta mágica del tiempo. Cubrió al chico con ella y de repente lo convirtió en el niño que había sido antes. Entonces sí que al entrar la niña le reconoció y acto seguido ambos se abrazaron. Mientras se abrazaban el chico se disculpó. Le dijo con lágrimas en los ojos que sentía haberse portado tan mal con ella y que la iba a echar un montón de menos. Ella sonrió y rápidamente abrió su armario y sacó una maleta llena de trastos de cocina de juguete.

-          Toma.-  Le dijo la niña. - Un obsequio. Te lo regalo para que nunca te olvides de mí y para que siempre me recuerdes. Yo tampoco me olvidaré nunca de ti porque te quiero.

Y se despidieron con un beso mágico.

Cuando regresaron él y su gato a casa no cabían en su cuarto de lo contentos que estaban. De repente entró su madre y observó que todo seguía patas arriba y que además había un objeto añadido al desorden de aquella habitación. Una maleta llena de trastos.

-          Pero, - dijo su madre -¿Cómo es posible que en todo este tiempo no hayáis sido capaces de recoger nada sino que además hayáis añadido más trastos a todo este desorden? Hoy muchachitos os habéis quedado sin cenar los dos.




domingo, 12 de agosto de 2012

Rajar un delfín


A veces pensaba que le gustaría rajar un delfín con un bisturí bien afilado.

-          Ccccccciiiiuu…

Rajar su cabeza brillante recién salida del agua de una piscina.




martes, 7 de agosto de 2012

Suela de barro


Se puso las botas y el chubasquero. Llevaba casi todo el mes de noviembre lloviendo y aquella mañana no había sido una excepción. Se montó en el coche y se dirigieron él y su familia hacia el valle de C. Su padre conducía muy lento y sonaba de fondo una ópera muy rara. Mientras tanto sus hermanos discutían por una botella de agua. Sin saber qué hacer ni qué decir se puso a mirar por la ventana. Y se aislaba porque no soportaba discutir con ellos a pesar de que lo hiciera casi todos los días. Observaba las nubes, los árboles, la carretera y las señales de tráfico. Llamaba casi todo su atención y la de sus hermanos que discutían esta vez por su ventanilla.

Cuando por fin llegaron a su destino terminaron las discusiones. Salieron todos del coche y acabaron con las disputas. Lo primero que hizo fue buscar un palo que le sirviera de bastón. Lo encontró en seguida y lo adoptó como su muleta.

Le acompañaría todo el camino su varita mágica. La que producía nuevas y maravillosas estelas en el aire. La que cambiaba de color los setos. Divertida raqueta y bate de béisbol. El arma y poderosa espada que le protegería en caso de peligro. Era necesario un palo y lo sabían muy bien él y sus hermanos. Cuando se hicieron cada cual con el suyo, empezaron a subir el monte.

Caminaron sin descanso a través de oscuros senderos. El suelo estaba lleno de barro y de hojas muertas. Su padre iba por delante y les indicaba el camino. Cuando llevaban una hora de ascenso, de repente, se habían esfumado todos.

Se había quedado solo. 

Entonces, una sensación de horrible angustia recorrió su cuerpo. Una nube de mosquitos le asediaba desde hacía cuatro minutos. Soplaba un viento helado que azotaba su sofocado rostro. La sensación era incómoda y contradictoria. A cada paso le arañaban muchos más árboles. Le atrapaban con sus garras de madera y le obligaban a retroceder.  Sus piernas le fallaban y estaba a punto de desfallecer cuando de pronto, escuchó un alarido.

-          ¡Eureka!

Estaba claro. Su padre había llegado a la cumbre y su voz la escuchaba a muy poca distancia. No se había perdido, simplemente se había desorientado un poco. Aceleró el paso y encontró de nuevo el camino entre unos matorrales. Al fondo del camino había una esperanzadora curva llena de luz. Con paso firme y decidido llegó hasta la curva. Se introdujo en la pantalla de luz blanca que formaban las nubes del cielo y al otro lado aparecieron sus hermanos y su padre. Habían dejado sus mochilas entre las rocas. Tocaban la cruz de hierro de una cima escarpada y el viento hacía vibrar sus ropas y su pelo.

Escribieron una nota y la introdujeron en el buzón de aquella cima. Almorzaron y se largaron por donde habían llegado. El camino de descenso lo hizo el chico sin despegarse de su familia. El suelo estaba lleno de barro y sus zancadas se clavaban cada vez más superficialmente. Y superficialmente se iba elevando cada vez más. Se había formado una plataforma de barro en sus botas. Le pesaban los pies cuatro kilos por  lo menos. Sus hermanos y su padre también cargaban con barro en sus botas.

Con una suela de barro de unos siete centímetros de grosor.


…   

sábado, 28 de julio de 2012

Cuatro bosques azules y una cima de color amarillo


Salieron de casa sin rumbo fijo. Su intención era básicamente dar un paseo y tomar un poco el aire. Lo necesitaban después de cuatro horas seguidas jugando a la videoconsola. Disponían de un tiempo precioso e infinito. Empezaron caminando por la orilla del río y luego se desviaron por un sendero que ascendía hasta una desconocida y atractiva cumbre amarilla rodeada de bosques azules. Cruzaron un bosque y luego otros tres más. Muy cansados llegaron hasta una llanura de color oro. Poco a poco el cielo se cubría de nubes negras, entonces su amigo se detuvo preocupado.

-          ¡Parece que se acerca una tormenta! ¡Mejor será que nos demos la vuelta!

Cada vez soplaba más viento y sus pelucas se volvían locas en medio de la llanura.

-          ¡Subamos un poquito más! ¡Lleguemos hasta la cumbre! ¡El aire me sienta divinamente! ¡Me despeja la cabeza!

Y le sentaba muy bien a la chica que se retorcía y se mezclaba con el viento. Su amigo desconfiaba pero acabó haciéndole caso. Subieron un poco más y de pronto sintieron ambos aislados goterones de lluvia en su rostro. Goterones helados que de repente se multiplicaban por siete.

-          ¡Vámonos! – Dijo el chico. ¡Las tormentas de verano en la montaña son muy peligrosas!

Sin embargo la chica bailaba dando vueltas sin preocuparle siquiera el peligro. Disfrutaba de aquella ducha y de aquellas fragancias que desprendían el suelo de barro y los bosques de pinos azules. Sin previo aviso un relámpago iluminó lo que de repente se había convertido en una tarde oscura, casi nocturna. Y crepitó un trueno que hizo temblar la montaña.

-          ¡¡¡¡¡BRUUUUUUUUUUUM!!!!!....

Acto seguido se cogieron ambos de la mano y descendieron a toda velocidad. La lluvia era cada vez más intensa y los rayos y los truenos cada vez más numerosos. Se compaginaban ambos en sus zancadas que alcanzaban medio metro en el aire. Cruzaron los cuatro bosques y se deslizaron por senderos llenos de barro. Los rayos parecían querer alcanzarlos y separarlos para siempre. No lo lograrían entonces aquellos fenómenos atmosféricos.

Habían conseguido juntos superar la zona de peligro.

Cuando llegaron hasta la orilla del río se detuvieron. Jadeaban ambos de forma descontrolada pero lo habían conseguido. Se habían librado de milagro. Conocían perfectamente la historia de aquel hombre que había sido alcanzado tres veces seguidas por un mismo rayo. No había sido por suerte su caso. Ya no tenían nada que temer. Había dejado de llover. Un hueco de color azul turquesa apareció de repente en medio del cielo.

Justo encima de aquella cima de color amarillo.


lunes, 23 de julio de 2012

¿Saben una cosa?


Mi nombre es L.C. No me dejan salir a la calle. Estoy confinado en mi propia casa pero eso no me importa. He vivido todo lo que me ha dado la gana. Ahora disfruto contando las baldosas del baño. Unas setenta y cinco exactamente. Bueno setenta y cinco y media. Lo he apuntado todo en un papel para que no se me olvide. Últimamente olvido las cosas y eso me fastidia. Ayer me llamaron unos hombres por teléfono y no pararon de insultarme hasta que colgaron. Supongo que me odian. Yo no les odio a ellos. No me puedo permitir odiar a nadie. Mi estado de salud es delicado. ¿Saben una cosa? El otro día estaba en la cocina. Los rayos del sol entraban por las ventanas y reflejaban intensamente en los armarios y en la nevera. Preparaba una sopa y de pronto tuve la necesidad urgente de ir al lavabo. De camino me ocurrió algo extraño. El pasillo estaba totalmente a oscuras y no podía ver nada. Aquello nunca había supuesto ningún problema ya que reconocía perfectamente cada rincón de aquel pasillo sin embargo, de repente, me quedé totalmente bloqueado y muerto de miedo. Creo que me mantuve parado unos cinco minutos más o menos pero la verdad es que a mí me parecieron días. Entonces se me pasaron muchas cosas por la mente. Sobre todo me acuerdo de una imagen en concreto. La cabeza rapada de aquel hombre. Recordaba aquella cabeza con exactitud. Rapada y con dos remolinos en la coronilla. Lo cierto es que prefiero no pensar más en ello. Ahora él está muerto como un montón de gente que recuerdo. Yo también voy a morir. Pero, ¿saben otra cosa? Prefiero no darle muchas más vueltas. Voy a encender la calefacción. Esto me puede llevar una media hora más o menos. Y eso que lo hago todos los días pero no por ello tardo menos. Media hora más o menos. Hasta luego.


…   

sábado, 21 de julio de 2012

Jardín oriental de corcho


No se acordaba exactamente del momento en el cual vio por primera vez en su casa aquel jardín en miniatura. Lo recordaba toda la vida colocado en la librería de su salón ocultando una enciclopedia. Estaba hecho de corcho y tallado con precisión.

Encerrado aquel jardín en una urna de cristal y madera pintada de negro.

A la izquierda un montón de rocas eran invadidas por pequeñas plantas. Sobre la montaña estaba el Gran Palacio, con sus biombos y esterillas separando cada estancia. Hundido sobre una gran base de piedra estaba plantado un árbol enorme. Torcido y plagado de finas ramas destacaba por su altura y tamaño.

Y la roca descansaba sobre el río y el río sobre la tierra.

A la derecha un maravilloso puente de corcho conectaba el palacio con el bosque. Era un puente muy ligero y delicado. En el agua se retorcían y bañaban entre los juncos dos garzas de color blanco y negro. Una vez cruzado el puente uno se podía introducir en el bosque. Andar todo el día y por la noche refugiarse en sus cavernas para no morir congelado. Luego al alba despertar junto a los osos y recorrer de nuevo peligrosos senderos en busca de algún refugio donde poder comer y beber algo.

Y luego seguir su camino.

El niño podía observar el paisaje de corcho en miniatura durante horas seguidas. Imaginaba quedarse en su palacio tumbado en una esterilla observando a las garzas. Respirando el aire puro de su jardín oriental.

Nada ni nadie le molestaría entonces. 

Sin embargo deliraba. Era tan pequeño aquel jardín que ni siquiera podía meter la mano. Muchísimo menos se podía quedar a vivir allí. Decidió que si no podía quedarse a vivir en su interior lo mejor era destruirlo. Reconocía el placer de acabar con todo lo bello que se cruzaba en su camino. Desde que era un crío reconocía  lo bello cuando estaba delante de sus narices. Para conseguir hacerlo desaparecer tan solo era necesaria una total y absoluta falta de sensibilidad. Eso y una necesidad imperiosa de la experiencia. Introdujo por lo tanto el dedo en la urna y se puso a doblar y a romper los árboles. Doblaba los tejados del palacio y los trozos de roca de la montaña con su dedo índice. No tocaba las garzas porque no llegaba hasta ellas con el dedo. Si hubiese podido las habría aplastado como a todo lo demás. Sentía un placer irremediable mientras acababa con todo. Su mano era la que dictaba como debían ser las cosas y sentía el poder de cambiarlas con un solo dedo. Si le hubiesen cabido más dedos se habría cargado el jardín entero.

Lo habría destruido todo dejando tras de sí unos insignificantes restos de corcho.

Así lo sentía él entonces y así lo demostraban desde tiempos inmemoriales los seres humanos. Cualquier poder o licencia es un veneno que destruye todo cuanto se produce bello e intacto.






domingo, 15 de julio de 2012

La piedra enigmática


Los amigos de sus hermanas le llamaban el angustiao. En parte porque era muy sensible y lloraba por casi todo. Sus dos hermanas mayores se hacían cargo de él y siempre que salían de casa tenían que hacerlo con su hermano pequeño de la mano. En ocasiones, sus amigos se mofaban de él y le cantaban canciones. Acto seguido el angustiao lloraba para su deleite. Entonces le defendía su segunda madre. La hermana mayor que había hecho de testigo y madrina en su bautizo. Entre todos protegían maravillosamente al niño pero era su madrina la que sentía verdadera responsabilidad por él entonces.

El angustiao era su protegido.

Un buen día se largaron sus hermanas y amigos hasta una presa cerca del río. Solían ir allí para fumar y hablar de sus cosas. Como siempre cargaban con el angustiao y le vigilaban en todo momento. La presa estaba separada unos quinientos metros de su pueblo. Y vigilaban todos al pequeño para que no se saliese a la carretera. Él iba por detrás y observaba el paisaje. Siempre observaba el paisaje y le alucinaban todas las formas de su alrededor. Le brillaban los ojos continuamente con una especie de temblor dentro de sus cuencas. Siempre estaban a punto de llorar sus ojos de besugo. Era flaco y se cansaba en seguida. Su piel era blanca como la cal y sus hermanas tenían que tener mucho cuidado cuando le daba el sol directamente.

En poco tiempo expuesto se podía quemar y convertirse en un cangrejo llorón.

Llegaron por fin a la presa y se sentaron en un muro de ladrillo cerca de la orilla. Mientras hablaban de sus cosas, cantaban y vociferaban, el angustiao se alejó sigiloso de todos ellos. Había observado el niño cerca de la carretera, entre unos arbustos, una extraña mesa y un asiento de piedra. Estaba escondido aquel merendero entre la hierba y casi no se veía. Sin embargo, el angustiao había intuido que algo interesante se ocultaba entre aquellos arbustos. Se acercó hasta allí y tocó la mesa de piedra. Era una mesa preciosa con extraños adornos tallados en los bordes. El asiento era también de piedra y con forma de cubo. Parecían aquellos restos vestigios de ciudades milenarias. Pensó el niño que aquel merendero tendría por lo menos unos dos mil cuatrocientos años. Seguramente había sido utilizado por magos y hechiceros ancestrales para sus rituales.

Rituales que incluían pequeños sacrificios humanos y maravillosas y crepitantes hogueras de colores.

El viento que soplaba por los alrededores del merendero era muy extraño. Se movían la hierba y los arbustos cercanos muy lentamente y sin emitir siquiera un leve murmullo. Y le afectaban aquellos elementos de manera intensa. Era como si de repente su cuerpo se trasladara a la época de sus antepasados y entonces las piedras le hablaran. De hecho, le tradujeron todos los mensajes y secretos que debía revelar a su generación. Le nombraron el encargado de transmitir todos sus enigmas resueltos. Entonces su mensaje se conocería en todos los rincones del mundo. De manera universal, estaba destinado a ofrecer todos los tesoros de aquellos hombres supraterrenales al mundo y poder así transformar su presente.

Mientras tanto, sus hermanas y amigos charlaban y fumaban mil pitillos. Cuando su madrina se dio cuenta de que su hermano había desaparecido, muy alarmada, se levantó y avisó a los demás. Entonces se pusieron todos a buscar al niño. La preocupación era general porque de repente se dieron cuenta de que llevaba por lo menos una hora sin aparecer. A los cinco minutos se lo encontraron de pie entre unos arbustos y mirando un merendero de piedra. Lo encontraron de espaldas y como ausente. Le llamaban desde lejos pero no contestaba. Cuando su hermana se acercó y le toco el brazo se asustó porque su cuerpo estaba frío como el hielo. Su rostro estaba más pálido que de costumbre y lloraban sus ojos de forma extraña y abundante. De repente reaccionó el niño y miró a su hermana. Ésta le preguntó que por qué lloraba y qué había estado haciendo tanto tiempo solo. El niño no le supo contestar pero sus ojos expresaron de golpe un mensaje que su hermana supo descifrar.

Acto seguido se fundieron ambos en un abrazo.



jueves, 28 de junio de 2012

La pistola de agua

Después de dos días insistiendo para que se la compraran, por fin aquella tarde la consiguió. Era de plástico transparente y de color amarillo. La estrenaron ella y sus hermanos sin perder un solo instante. Se la turnaban con exactitud y se mojaban la ropa con sus disparos. Se hacían líneas en la camiseta y se salpicaban el pelo. La rellenaban en la fuente de hierro pintada de verde y con cara de león. Se la turnaban pero la pistola era suya. De vez en cuando tenía que recordárselo a sus hermanos cuando éstos se hacían los despistados. Entonces se la devolvían a regañadientes.

Era su pistola y cuando ella lo decidía se la tenían que devolver.

En una de aquellas exigencias, uno de sus hermanos mayores se negó a devolvérsela. Ella gritaba y estiraba de la camiseta de su hermano para recuperarla. No tenía nada que hacer. Su hermano era mucho más alto y mucho más fuerte. Jugaba con ella y le gustaba verla sufrir.

-          ¡Si no me la devuelves ahora mismo subo a casa y se lo digo a mamá!

Entonces su hermano lanzó la pistola con todas sus fuerzas hacia el cielo. Atravesó la pistola un montón de hojas de platanero y se quedó atascada en una rama.

Se quedó encalada su pistola a trece metros de altura. Ella esperaba por lo menos que una ráfaga de viento agitara los árboles y la precipitara contra el suelo.

Nunca ocurrió tal cosa.

Se marcharon sus hermanos y ella se quedó sola esperando. De fondo sonaban las campanas de una iglesia cercana. Y ella miraba con detenimiento su pistola de plástico enganchada entre las ramas. Deseaba con todas sus fuerzas recuperarla. Sin embargo la tuvo que abandonar. Al día siguiente ya no estaba.

Había desparecido.



viernes, 22 de junio de 2012

El insecto tornasolado


Nació la chica más bella de todas con un insecto pegado en la parte posterior del cuello. Los médicos dijeron a sus padres que con el tiempo se podría operar. Creció la niña con su parásito y aprendió a vivir con aquello. No obstante intentaba ocultarlo siempre que podía. A veces en la playa o en la piscina se topaba con indeseables que la insultaban. Se rumoreaba en su colegio acerca de su defecto y sus compañeros la rechazaban. Sin embargo, ella se sentía cada vez más unida a su insecto. Cuando se hizo mayor de edad los médicos le comunicaron que por fin era posible una intervención quirúrgica. En la cocina le esperaban sus padres y su novio con una horrible sonrisa en sus rostros para ingresarla en el hospital.

Lo que no sabían ellos es que había cogido cariño a su insecto.

Formaba parte de ella y no estaba dispuesta a que se lo arrebataran. Se escapó de casa y cogió el primer autobús que pudo. Acabó deambulando a la deriva por un barrio desconocido y alejado de todos ellos. Caminaba junto a su insecto y no necesitaba a nadie más. Muy cansada se tumbó en la hierba de un parque y se quedó dormida.

Paseaba en sueños por la playa. Caminaba por la orilla con su traje de baño preferido. Un traje amarillo claro con rayas rosas. La gente le aceptaba y ya no tenía nada que ocultar. A lo lejos un velero surcaba las olas y el sol del atardecer se reflejaba en el mar. Las olas le mojaban y le salpicaban las piernas.

Formaba parte de algo importante y se sentía feliz de ser quien era. Se sentía feliz de ser ella misma.

De repente se despertó y se dio cuenta de que todo había sido un horrible sueño. No sabía dónde estaba ni tampoco cómo había llegado hasta allí. Se había hecho de noche y hacía mucho frío. La oscuridad le rodeaba y le acechaban las sombras de su pasado. Un poco asustada se tocó el cuello y cuando quiso acariciar a su pequeño insecto, muy alarmada, se dio cuenta de que ya no estaba.

Había desaparecido.

De rodillas, buscó desesperada y a tientas por la hierba. Lloraba desconsolada pero no encontraba su parásito. Exhausta se tumbó de nuevo. De repente sintió un terrible dolor de cabeza y acto seguido perdió la conciencia.

Al día siguiente la policía la encontró tumbada en el parque y con un brazo extendido. Su corazón había dejado de latir y a unos pocos metros hallaron el cadáver de un extraño insecto hueco y tornasolado cubierto de hormigas.


...

Nueva colaboradora

Hola, me llamo Blonde Red Hollie y a partir de ahora publicaré mis relatos y papier collés junto a Blonde Red Howard en este blog. 


Muchas gracias y me alegro de saludaros a todos.

B.R. Hollie.

jueves, 21 de junio de 2012

Con las persianas bajadas


Salió de su casa pero no encontró a nadie en la plaza. Estaba desierto su pueblo.

Y los coches vibraban calentando como radiadores el ambiente. Una especie de masa cargada de radiaciones electromagnéticas flotaba y se propagaba en el aire. No llevaba consigo un termómetro, pero seguro que marcaría por lo menos una temperatura de unos cuarenta y cinco grados centígrados. Los rayos del sol incidían perpendicularmente sobre su pelo negro y cuando se tocaba la cabeza con las manos se quemaba las puntas de los dedos.

Había quedado con sus amigos después de comer pero supuso que ninguno de ellos aparecería por allí.

Se acercó frunciendo el ceño hasta una fuente de cemento construida hacía muy poco en medio de la plaza. Presionó el grifo de metal con un puñetazo y bebió muy rápidamente un trago de agua caliente.

Un montón de avispas deambulaban cerca de un charco que formaba la fuente. Revoloteaban y tocaban la superficie del agua del suelo. Algunas se chocaban contra sus piernas mientras millones de rayos ultravioletas se fundían con una masa de aire tórrido que golpeaba su cerebro.

Atravesó la plaza arrastrando los pies y se introdujo de nuevo en su salón.

Allí dentro todas las persianas estaban bajadas y cerradas las ventanas. Las paredes de piedra le aislaban del calor del verano. Flotaban en aquella oscuridad partículas de hielo. Era como si de repente le arrojaran un cubo de agua fría por encima. Su piel se impregnaba de aquellas partículas y la oscuridad reconfortaba su mente. Su pelo se relajaba y cambiaba de temperatura su cuerpo.

Sin pensarlo siquiera un instante se tumbó en el sofá.

De repente sintió cómo un baño de telas rodeaba sus piernas. Su rostro y sus brazos se revolcaban en una masa de hielo informe. La oscuridad le abrazaba y acariciaba su cuerpo. Reposaba dentro de una nevera y en medio de un desierto de fuego.

Flotaba en un colchón de nubes y debajo de una cascada de nieve.

Entonces decidió que nunca más saldría de casa. Esperaría tumbado en su sofá hasta que por lo menos el sol se ocultara detrás de las montañas.

En la oscuridad de su salón de piedra y con las persianas bajadas.


viernes, 15 de junio de 2012

Se zampó su bocadillo de queso


Una mañana cualquiera del mes de Junio salió de su estudio muy temprano. Necesitaba tomar un poco el sol y hacer unos recados. Encargó unos pinceles y algo de de pintura y luego se compró media barra de pan y un poco de queso. Introdujo la comida en su bolso y se puso a caminar por las calles de Warwick.

Y caminaba como un fantasma. La luz del mediodía le dejaba casi ciego y le obligaba a fruncir el ceño continuamente. Se cruzaba con gente que ni siquiera observaba. Sin embargo, le daba la sensación que los demás sí que le observaban. El peso de aquellos rostros severos se amontonaba sobre su frente.

Y no necesitaba nada más que rodearse de árboles y de cielo.

Atravesó entonces el puente que cruzaba el río Avon y accedió por una pendiente que le arrastraba irremediablemente hasta la cima del castillo.

Resultaba tan agradable recorrer aquellos senderos que por un momento se pudo olvidar de todo lo que le preocupaba. Los pájaros se agitaban entre las ramas de los eucaliptos. Las ardillas recorrían inaccesibles las copas de los árboles.

Y producían en su espíritu aquellos animalitos una maravillosa sensación de bienestar.

A su izquierda, la fachada norte del castillo lindaba con un sendero tan oscuro como su corazón. Imaginaba poder descender por la escarpada y húmeda pendiente de la montaña y descansar junto a los insectos y las babosas. Los ratones y las arañas rodearían su cuerpo y le protegerían de los intrusos. Saciaría su sed con efluvios de barro y de musgo y alimentaría su cuerpo de oscuridad. Podía ser que incluso alguien saliera de las mazmorras y le diera cobijo. No estaba seguro pero no albergaba dudas de que alguien se compadecería de él.

Buscaba incansablemente algo de caridad y pensaba que quizás en el fondo de aquel foso la encontraría.

Eso dictaba su mente mientras le arrastraba el camino. A cada paso encontraba mejores y mayores estímulos. De repente, casi sin darse cuenta, llegó hasta la cima.

Y no sentía nada especial. A lo lejos divisaba los límites de la civilización. Divisaba los límites que también le arrastraban de forma irremediable. Producían aquellos lugares concretos en su espíritu una sensación indescriptible que algunos poetas se obcecaban en definir con palabras. Entonces siguió su camino y eliminó aquellos mapas de su mente. El descenso le obligaba a transitar concentrado por caminos abruptos. Caminos que rodeaban las formas de las montañas y que abrazaban el castillo. Un montón de gravilla blanca se mezclaba con algunas hojas secas. Pisaba con fuerza la gravilla y pisaba con fuerza también aquellas hojas.

Arrollaba con todo y se sentía un intruso patoso.

De pronto invadió la fachada oeste del castillo. Y una puerta se cerró de golpe en sus narices. Empujó la puerta con el hombro pero no había nada que hacer. Golpeó con los nudillos la madera agrietada esperando a que alguien escuchara su llamada inoportuna, pero nadie contestaba.

Decidió que lo más prudente sería dejar de molestar y encaminó sus pasos hacia el río.

Por aquella zona seguro que había gente. La gente degustaba los lugares donde había gente. Se sentó en un muro cerca de la orilla y observó la estampa. Dos señores charlaban muy animados mientras su perro hacía sus necesidades por el césped. Un joven sentado junto a una mujer arreglaba su caña de pescar.  A dos metros de distancia estaban un hombre adulto y un niño pescando. Parecían muy contentos y en parte envidiaba su felicidad.

No podía disfrutar él de sus actividades ni lo más mínimo. Forzaba su soledad de una forma terrible y era incapaz de disfrutar en compañía como lo hacían los demás. Pensó que quizás por ello todos le consideraban un bicho raro.

Lo pensaba y por lo menos se tranquilizaba haciendo ese tipo de conclusiones.

Se levantó y caminó por la margen izquierda del río mientras observaba la fachada del castillo. Las ventanas de colores contrastaban perfectamente con las rejillas de color blanco. Se consideraba un observador excepcional y en algunos aspectos aquello le hacía sentirse superior. Sin embargo, empezaban a pesarle las ojeras y pensó en sentarse y descansar.

Necesitaba de pronto comer algo y volver de nuevo a su estudio.

Cuando ya se disponía a retirar la vista de la fachada, descubrió alejada y asomada en la ventana del castillo la silueta melancólica de una dama. En realidad, era su postura la que parecía melancólica. Pensó que le gustaría transitar el foso de la fachada norte del castillo con aquella silueta. Demostrarle que su realidad cotidiana podía ser maravillosa y que a pesar de que a veces la rutina perdiera su sentido, siempre existía un lugar deliciosamente oculto dentro de uno mismo.

La vida podía ser interesante a pesar de todo. Y aquella fachada iluminada lo mostraba todo de manera muy superficial. Algo más interesante eran aquellos fosos plagados de murciélagos y de alimañas. Contrastaba el exceso de información de aquella fachada con la maravillosa y velada introspección de la fachada norte del castillo.

 Fachada norte que nunca llegaría a pintar.

Se introdujo de repente la silueta en el castillo. Entonces siguió su camino y se sentó en un banco a la sombra. Con la mirada perdida se zampó su bocadillo de queso. Se lo zampó mientras pensaba que para nada le ayudaban todas aquellas reflexiones.

Eran todas alucinadas y superficiales. No formaban parte de sus objetivos. Lo que tenía que hacer estaba claro. Volver inmediatamente a su estudio de la calle Silver y olvidarse de todo lo demás. Encerrado y aislado del resto del mundo podría terminar sus encargos y abandonar cuanto antes la ciudad de Londres.






 Texto realizado en Mayo de 2012 a partir del cuadro “Fachada sur del castillo de Warwick” de Giovanni Canaletto.