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viernes, 15 de junio de 2012

Se zampó su bocadillo de queso


Una mañana cualquiera del mes de Junio salió de su estudio muy temprano. Necesitaba tomar un poco el sol y hacer unos recados. Encargó unos pinceles y algo de de pintura y luego se compró media barra de pan y un poco de queso. Introdujo la comida en su bolso y se puso a caminar por las calles de Warwick.

Y caminaba como un fantasma. La luz del mediodía le dejaba casi ciego y le obligaba a fruncir el ceño continuamente. Se cruzaba con gente que ni siquiera observaba. Sin embargo, le daba la sensación que los demás sí que le observaban. El peso de aquellos rostros severos se amontonaba sobre su frente.

Y no necesitaba nada más que rodearse de árboles y de cielo.

Atravesó entonces el puente que cruzaba el río Avon y accedió por una pendiente que le arrastraba irremediablemente hasta la cima del castillo.

Resultaba tan agradable recorrer aquellos senderos que por un momento se pudo olvidar de todo lo que le preocupaba. Los pájaros se agitaban entre las ramas de los eucaliptos. Las ardillas recorrían inaccesibles las copas de los árboles.

Y producían en su espíritu aquellos animalitos una maravillosa sensación de bienestar.

A su izquierda, la fachada norte del castillo lindaba con un sendero tan oscuro como su corazón. Imaginaba poder descender por la escarpada y húmeda pendiente de la montaña y descansar junto a los insectos y las babosas. Los ratones y las arañas rodearían su cuerpo y le protegerían de los intrusos. Saciaría su sed con efluvios de barro y de musgo y alimentaría su cuerpo de oscuridad. Podía ser que incluso alguien saliera de las mazmorras y le diera cobijo. No estaba seguro pero no albergaba dudas de que alguien se compadecería de él.

Buscaba incansablemente algo de caridad y pensaba que quizás en el fondo de aquel foso la encontraría.

Eso dictaba su mente mientras le arrastraba el camino. A cada paso encontraba mejores y mayores estímulos. De repente, casi sin darse cuenta, llegó hasta la cima.

Y no sentía nada especial. A lo lejos divisaba los límites de la civilización. Divisaba los límites que también le arrastraban de forma irremediable. Producían aquellos lugares concretos en su espíritu una sensación indescriptible que algunos poetas se obcecaban en definir con palabras. Entonces siguió su camino y eliminó aquellos mapas de su mente. El descenso le obligaba a transitar concentrado por caminos abruptos. Caminos que rodeaban las formas de las montañas y que abrazaban el castillo. Un montón de gravilla blanca se mezclaba con algunas hojas secas. Pisaba con fuerza la gravilla y pisaba con fuerza también aquellas hojas.

Arrollaba con todo y se sentía un intruso patoso.

De pronto invadió la fachada oeste del castillo. Y una puerta se cerró de golpe en sus narices. Empujó la puerta con el hombro pero no había nada que hacer. Golpeó con los nudillos la madera agrietada esperando a que alguien escuchara su llamada inoportuna, pero nadie contestaba.

Decidió que lo más prudente sería dejar de molestar y encaminó sus pasos hacia el río.

Por aquella zona seguro que había gente. La gente degustaba los lugares donde había gente. Se sentó en un muro cerca de la orilla y observó la estampa. Dos señores charlaban muy animados mientras su perro hacía sus necesidades por el césped. Un joven sentado junto a una mujer arreglaba su caña de pescar.  A dos metros de distancia estaban un hombre adulto y un niño pescando. Parecían muy contentos y en parte envidiaba su felicidad.

No podía disfrutar él de sus actividades ni lo más mínimo. Forzaba su soledad de una forma terrible y era incapaz de disfrutar en compañía como lo hacían los demás. Pensó que quizás por ello todos le consideraban un bicho raro.

Lo pensaba y por lo menos se tranquilizaba haciendo ese tipo de conclusiones.

Se levantó y caminó por la margen izquierda del río mientras observaba la fachada del castillo. Las ventanas de colores contrastaban perfectamente con las rejillas de color blanco. Se consideraba un observador excepcional y en algunos aspectos aquello le hacía sentirse superior. Sin embargo, empezaban a pesarle las ojeras y pensó en sentarse y descansar.

Necesitaba de pronto comer algo y volver de nuevo a su estudio.

Cuando ya se disponía a retirar la vista de la fachada, descubrió alejada y asomada en la ventana del castillo la silueta melancólica de una dama. En realidad, era su postura la que parecía melancólica. Pensó que le gustaría transitar el foso de la fachada norte del castillo con aquella silueta. Demostrarle que su realidad cotidiana podía ser maravillosa y que a pesar de que a veces la rutina perdiera su sentido, siempre existía un lugar deliciosamente oculto dentro de uno mismo.

La vida podía ser interesante a pesar de todo. Y aquella fachada iluminada lo mostraba todo de manera muy superficial. Algo más interesante eran aquellos fosos plagados de murciélagos y de alimañas. Contrastaba el exceso de información de aquella fachada con la maravillosa y velada introspección de la fachada norte del castillo.

 Fachada norte que nunca llegaría a pintar.

Se introdujo de repente la silueta en el castillo. Entonces siguió su camino y se sentó en un banco a la sombra. Con la mirada perdida se zampó su bocadillo de queso. Se lo zampó mientras pensaba que para nada le ayudaban todas aquellas reflexiones.

Eran todas alucinadas y superficiales. No formaban parte de sus objetivos. Lo que tenía que hacer estaba claro. Volver inmediatamente a su estudio de la calle Silver y olvidarse de todo lo demás. Encerrado y aislado del resto del mundo podría terminar sus encargos y abandonar cuanto antes la ciudad de Londres.






 Texto realizado en Mayo de 2012 a partir del cuadro “Fachada sur del castillo de Warwick” de Giovanni Canaletto.

martes, 12 de junio de 2012

From lost to the river


Todos los veranos le mandaban a los campamentos de verano en inglés que organizaba su colegio. Eran muy aburridos y estrictos y casi no dejaban espacio a la improvisación.

Cualquier movimiento en falso era censurado y penalizado sin remedio. 

A pesar de que le prohibieran hablar en castellano, él lo hacía siempre a escondidas. No consideraba una falta tan grave expresarse en su lengua materna cuando le obligaban a utilizar el inglés de forma sistemática. Contara lo que contara siempre debía hacerlo en la lengua de Max Beerbohm, Gregory Benford o cualquiera de otros tantos ingleses que desconocía y detestaba. Eran sus padres, inducidos por sus profesores, los que le habían mandado obligado y en pleno verano a sufrir aquellas interminables jornadas de clases de inglés.

Eran los profesores los que habían decidido por todos y cada uno de los niños que pululaban por aquel campamento.

La verdad era que a veces lo pasaba bien y que tampoco le costaba gran esfuerzo hablar en inglés. Poco a poco lo había ido interiorizando y casi sin pensarlo lo expresaba maravillosamente. El problema era cuando contaba chistes. Eran imposibles de traducir aquellos juegos de palabras.

Trasladados al inglés no tenían ningún sentido.

Una fresca y soleada mañana de Agosto, después de desayunar, cuando estaban todos ordenando y haciendo las camas, él y sus amigos se pusieron a contar chistes verdes a escondidas y en castellano. Las risas locas de todos ellos llamaron la atención de los monitores. Entonces fue cuando uno de aquellos esbirros mecánicos pegó la oreja en la puerta de su habitación. Estuvo el monitor un rato escuchando como se jactaban sus alumnos y como lo hacían en el idioma prohibido. De repente abrió el monitor la puerta de golpe.  

Enmudecieron todos de repente. Y era lógico. Recibirían su castigo personalizado los cuatro miembros de aquella habitación.


Después de una larga reunión entre monitores, decidieron que dos de ellos limpiarían los retretes pero el resto, que eran él y uno de sus mejores amigos, serían expulsados. Ya no soportaban los monitores su presencia nociva en aquel campamento. No era la primera vez que les pillaban in fraganti. Eran unos inadaptados y los organizadores estaban hasta el gorro de los dos. Decidieron que limpiar retretes no era castigo suficiente y les comunicaron que estaban expulsados irremediablemente de su campamento.

-          Preparad vuestras mochilas. Os vais hoy mismo. Iréis andando hasta el pueblo más cercano y desde allí cogeréis un autobús que os llevará hasta vuestras casas. No os queremos tener aquí. ¿Entendido?

-          Muy bien. – Contestaron los dos con cara de cordero degollado.


Muy tristes y preocupados prepararon sus mochilas sin hablar entre ellos. Estaban dispuestos para largarse y los monitores les abrieron las puertas del albergue para que se marcharan de una vez por todas.

-          Ya sabéis dónde está la puerta.

Ni siquiera se despidieron. Mientras avanzaban él y su amigo, los demás chicos del campamento les observaban. Algunos lo hacían con cara de pena y otros lo hacían entre risitas. Se habían convertido de repente en los apestados, los rechazados. Nadie quería tener nada que ver con aquellas dos ovejas negras. Todo resultaría mucho mejor en el momento exacto de su desaparición. Su presencia empezaba a resultar incómoda para todos los miembros de aquel club.

Lo curioso de todo es que poco a poco ellos iban aceptando su castigo. Iban aceptando su expulsión y de alguna forma se sentían especiales. Cuando perdieron de vista a todos, compañeros y monitores, respiraron con tranquilidad.

-          ¿Cuántos kilómetros nos separan del pueblo más cercano?- Le preguntó su amigo.

-          No estoy seguro. – contestó él. – Pero creo que unos quince.

-          Cuando se haga de noche y empiece a hacer frío,  ¿Que vamos a hacer?

-          No lo sé. Quizás debamos construir una cabaña en el bosque con troncos y ramas de árbol. Algo improvisado.

-          ¡Claro! También tendremos que preparar un fuego para calentarnos y cocinar algo entre las brasas. Podíamos pescar un par de peces en el río y luego asarlos en la hoguera. ¿Qué dices?

-          Me parece una buena idea.

-          ¡Estupendo! - Expresó emocionado su amigo. - ¡Tengo ganas de que se haga de noche!


Entonces empezaron ambos a reír a carcajadas. Y con la mirada de frente observaron el horizonte.

Las ramas secas de los árboles esparcidas por la hierba rodaban y se chocaban entre sí.  Al fondo, unos chopos agitaban sus copas movidas por el viento. Viajaban aquellas ráfagas desde los picos más lejanos y helados hasta el centro del valle. Las nubes rozaban las montañas y aparecían por primera vez rosas, violetas y azules. El aire puro acariciaba sus rostros y les embargaba una emoción inusitada. Andaban por la carretera con sus mochilas llenas de ropa y no tenían nada que temer.

Se hacían ambos compañía inseparable.

Avanzaban con paso firme y con la cabeza bien alta. De repente les unía algo especial y maravilloso. Allí estaban ellos dos solos y sin que nadie les dijera lo que tenían que hacer. No había actividades organizadas ni tampoco deportes obligatorios. Se habían acabado las clases y los rezos de par de mañana.

Eran libres y por arte de magia su castigo se había convertido en una bendición.

De repente, a sus espaldas, escucharon el rugido suave y continuo de un motor. Un coche circulaba a su altura mientras ellos seguían andando. Acto seguido se bajó una de las ventanillas y se asomó de pronto uno de sus monitores.

-          Chicos, que lo hemos pensado mejor y hemos decidido no expulsaros. Limpiareis los retretes como el resto de vuestros compañeros.

Estaba claro que todo había sido una especie de broma. Sin embargo ellos ya se habían hecho a la idea de seguir con aquello. No aceptaban limpiar retretes y tampoco aceptaban que de golpe y porrazo les arrebataran la posibilidad de vivir una aventura juntos y lejos de todos ellos.

-          No hace falta. Aceptamos nuestro castigo. Creo que nos lo merecemos. Somos un mal ejemplo para el resto de nuestros compañeros. Aceptamos nuestra expulsión.

Con el gesto torcido y un poco confuso su monitor contestó.

-          Bueno, que lo hemos discutido y creemos que puede que nos hayamos pasado con el castigo. Pensamos que ha sido excesivo. Os perdonamos si vosotros nos prometéis que no volveréis a desobedecer las reglas del campamento.

-          ¡No! ¡Aceptamos el primer castigo impuesto! ¡Nos largamos! –Respondieron ambos acelerando el paso.

No estaban dispuestos a que sus monitores les cortaran las alas. Sin embargo aquellos cuatro engendros motorizados eran los responsables de todos los miembros del campamento y no podían abandonarles en ningún momento. Todo había sido un montaje cutre, una especie de lección.

-          ¡Entrad al coche ahora mismo si no queréis que llamemos a vuestros padres!

Estaba clarísimo. Menuda lección habían recibido. Nada que ver con la lección que sus monitores pensaban haberles dado. Por un momento habían soñado que eran libres, que disponían de su tiempo y de su propio espacio privilegiado. Por un momento, ellos dos, habían recibido una lección de solidaridad y de compañerismo impuesta por ellos mismos. Habían sentido que ambos se protegerían y que pasara lo que pasara y acechara el peligro que acechara, estaban juntos en todo.

Volver al campamento les suponía la muerte de todo aquello. De nuevo las clases y los deportes,  las reglas y las competiciones.

Eso sí que lo consideraban un castigo.


miércoles, 30 de mayo de 2012

Talvivaatteet





Kesä loppui ja syksy palasi. Uimalat suljettiin ja kyläjuhlat lakkasivat. Ihmiset palasivat koteihinsa väsyneinä ja hieman vanhempina. Päivät vaihtuivat lyhyempiin ja kylmempiin. Kesä oli ollut yksi hänen elämänsä tylsimmistä. Hän maisteli sen loputtomien päivien jokaista sekuntia ja mietti miten paljon ne hänelle merkitsivät. Oli selvää mitä nyt pitäisi tehdä.


Aloittaa alusta.


Koittaa elää jokainen päivä uutena ja antaa rakkaudelle mahdollisuus. Kävellä pitkin katuja katsellen ihmisten muuttumatonta vaellusta, kaikkien heidän joita rakasti. Ja tuntea väistämätöntä inhoa josta hänkin kantoi osaansa.


Hän oli hermostunut ja hänen sydämensä löi kovaa.


Kaverit olivat juuri jättäneet hänet kyydistä suojatielle lähelle kotia. Jalkakäytävän viereen istutetut lehmukset  olivat alkaneet pudottaa ikäloppuja lehtiään. Tuuli ravisteli niiden oksia ja keltaiset lehdet tärisivät. Ja osa niistä putosi autotielle, alttiina autojen ajaa yli.


Autojen, jotka ajoivat täyttä vauhtia.


Hän kaivoi esiin avaimet ja työnsi olkapäällään valtavan rautaisen alaoven auki. Hississä hän katsoi itseään peilistä, kohotti kulmiaan ja väänteli naamaansa. Hän tuli kolmanteen kerrokseen ja avasi kotioven.


Koti oli täysin pimeä. Rullaverhot alhaalla ja ikkunat kiinni.


Hän meni huoneeseensa, kaatui sängylle ja tuijotti kattoon. Hän oli väsynyt, eivätkä samoina toistuvat ajatukset jättäneet häntä rauhaan. Eräs näky esti unta tulemasta. Perverssi, mieletön näky, joka veti häntä kohti lastentarujen rotkoa.


Tunteita, jotka hänen oli jaettava jonkun kanssa.


Hän nousi ja avasi vaatekaapin. Perällä olivat kaikki hänen säästämänsä talvivaatteet yhdessä mytyssä. Hän ajatteli, että olisi viisainta ottaa ne taas esiin. Vaatteista lähtevä haju sekoittui ilmaan. Yhden villapaidan sisältä hän löysi pesän ja hetkessä koiperhoset parveilivat hänen ympärillään kuoleman pilvenä.


Valtava pilvi sokaisi hänet ja muistutti äkkiä kesästä.




Traducción del relato "Ropa de invierno" del castellano al finés entre Febrero y Marzo de 2012. Realizada la traducción en Pamplona por  Kielo Kärkkäinen en colaboración del autor Blonde Red.

martes, 22 de mayo de 2012

Los buscadores de cobre
















Estaba cansado y no le apetecía caminar. Le picaban los ojos y le pesaban las piernas. Sin pensarlo demasiado se acercó hasta la parada de bus más cercana y mecánicamente pagó un billete. Acto seguido introdujo los cambios en su bolsillo y se sentó muy cerca de la ventana.

Por lo menos desde allí podía observar el paisaje.

La gente andaba por la calle y volvían todos hacia sus casas. Algunos caminaban con la mirada perdida y pensando en sus cosas. Otros lo hacían acompañados. Había un montón de personas detenidas en medio de la acera que algunas otras aisladas esquivaban por la carretera.

En parte debido a que las aceras eran muy estrechas.

Atravesaron la zona universitaria y se detuvo el autobús muy cerca del barrio de T. Le gustaba aquel barrio porque lo habían construido en medio de la montaña. Y lo habían construido casa por casa, sin planos previos de urbanización. De repente, entre todas aquellas casitas, observó una espesa columna de humo. La columna se elevaba majestuosa entre las casas de ladrillo. Y se formaba en medio de aquella nube tóxica una especie de remolino. Daba la sensación de que sus partículas pudieran teñir el cielo de negro. Sin pensarlo demasiado se lanzó de un salto a la calle. Lo hizo justamente cuando el conductor cerraba las puertas. Pero consiguió salir sano y salvo y poder escaparse de aquel vehículo que de repente odiaba.

Y la columna de humo negro seguía contaminando el aire. El olor a plástico quemado era insoportable. Lo más curioso de todo era que daba la sensación de que a nadie le importaba. La gente seguía con la mirada perdida volviendo hacia sus casas.

Un sol de primavera rozaba la silueta de las montañas. Y en el cielo aparecían sin remedio una luna clara y alguna estrella muy luminosa. Cargadas y calurosas ráfagas de aire circulaban aleatorias por un cielo de color turquesa. Diminutos murciélagos revoloteaban entre los tejados de uralita de algunas cabañas.

Y en las fachadas de la casas se tendía la ropa mojada de todos los vecinos de aquel barrio.

A grandes zancadas se dispuso a buscar el foco del humo. Le poseían unas ganas locas de descubrir de dónde salía aquella espesa columna. Y sobre todo quería conocer la identidad de las personas que la estaban provocando.

Solamente por curiosidad avanzaba como un loco.

Con mucho esfuerzo y recorriendo intuitivamente el laberinto que formaban las casas, logró por fin alcanzar la columna. Sin embargo una valla le separaba de la casa que ocultaba el fuego. Rodeó la valla y cuando doblaba la esquina un perro pequeño se lanzó contra él. El susto fue tremendo pero logró avanzar asustando él mismo al chucho. En realidad era muy poca cosa y con paso firme lo apartó de golpe.

Justo entonces pudo comprobar de dónde demonios salía el humo.

Allí estaban los causantes de todo. Eran chavales jóvenes, seguramente de su misma edad pero parecían mucho más viejos. Sentados en un banco de piedra miraban una hoguera azul muy potente. En ocasiones la crepitante hoguera desprendía rayos de color verde y emitía pitidos extraños.

Liberaba el núcleo de la hoguera tremendos fogonazos de oxígeno.

Y se alargaban entonces las puntas de las llamas de color azul de aquella fosca lumbre como si saliesen de un soplete.

La verdad es que nunca había visto una hoguera de aquellas características. El fuego no era lento y apacible, amarillo cálido y de olor a madera. No tenía nada que ver con el típico fuego hogareño de una casa de campo con chimenea. Allí nadie se acercaba al fuego para calentarse. Simplemente lo observaban desde lejos los chavales con la mirada perdida y esperando a que se extinguiera de una vez por todas. Sus ojos brillaban y vibraban las luces de colores verdes y azules reflejadas en sus pupilas. La silueta de uno de ellos se proyectaba tremulosa en la fachada de piedra de una casa vieja cercana. Se hacía de noche y vigilaban todos muy concentrados la hoguera sin hablar entre ellos. No tenía nada de acogedora la escena. Casi sin pensarlo se armó de valor y preguntó a uno de los chavales.


-          ¿Qué se quema? ¿Por qué habéis hecho una hoguera?


A lo que uno de ellos respondió lentamente.


-          Estamos quemando restos de cables y escombro para quedarnos solamente con el cobre.


La conversación no daba para más. Ya estaba todo dicho. El fuego tóxico poco a poco se iba extinguiendo y la columna de humo era cada vez más fina. Entonces se despidió. Se dio la vuelta y se largó. Cuando ya se disponía a doblar la esquina de la casa que ocultaba la hoguera, uno de los chavales le gritó.

-          Oye chavalote, ¿no tendrás un cigarrillo?

-          Claro. – Respondió el chico.


De nuevo se dio la vuelta y con su paquete de tabaco entre las manos se acercó hasta uno de aquellos chavales. Con sumo cuidado pellizcó una cantidad de tabaco suficiente para dos pitillos y sacó un par de papeles de liar de su bolsillo trasero. El chaval esperaba con la mano extendida y sentado en su banco de piedra sin moverse siquiera. Le miraba fijamente a los ojos como si quisiera decirle algo. Extendió el chico la mano y depositó el tabaco y los papeles en su mano rugosa. Entonces éste, con los ojos muy abiertos y con una sonrisa desdentada le dijo:

-          Muchas gracias chavalote. Que Dios te lo pague.

-          De nada- contestó él.


Y se largó de nuevo a grandes zancadas. El peso de su cuerpo le arrastraba inevitablemente pendiente abajo. Le pesaban los brazos y las piernas. Y le daba todo el rato vueltas a su diminuta cabeza. La curiosidad le había proporcionado de nuevo la experiencia que tanto buscaba. Realmente no sabía por qué lo hacía, pero se suponía que lo hacía todo por aburrimiento. A veces incluso tampoco sabía lo que buscaba.

Se suponía que nada concreto.

martes, 1 de mayo de 2012

La bocca della verità


Siempre a principios de Julio se instalaba la feria cerca de su casa. Llegaban los feriantes con sus camiones y caravanas y montaban todo el tinglado. Entonces él y sus amigos se dejaban caer por allí con todo su dinero. Sabían que se llenaba la feria de gente joven y en general de gente con ganas de pasarlo bien.

Aquel día recibió una llamada telefónica. Era su mejor amigo que le llamaba para quedar con él.

-          Ayer acabaron de montarlo todo y hoy funcionan la mayoría de las atracciones. ¿Quedamos allí hacia las seis?

-          Vale. Creo que tengo algo de dinero ahorrado. Nos vemos justo en la entrada. ¿Avisas tú a los demás?

-          Está bien. Yo les aviso. ¡Hasta luego!


Y colgó el teléfono. Lo primero que hizo fue vaciar su caja de caudales. Tenía dinero suficiente para entretenerse  por lo menos durante dos horas. No obstante mendigó un poco más de dinero a sus padres y éstos se lo dieron a regañadientes. No consideraban que tanto dinero gastado en la feria fuese dinero bien invertido. Una hora después salió de su casa directamente hacia donde había quedado con sus amigos.


Entre toda la emoción había olvidado mirar el reloj y llegó media hora antes. No le importaba esperar. Se apoyó en un árbol y se puso a observar a la gente. Un montón de niños acompañados de sus padres accedían al recinto de la feria. Lo hacían siempre con algo entre las manos. Un globo de helio, una manzana de caramelo o un empalagoso algodón de azúcar. Sonaban estrepitosas las sirenas de los autos de choque y bufaban los émbolos de la noria gigante. Crujían los hierros de aquellas oxidadas estructuras de acero.

Y decoraban el cielo cientos de metros de gallardetes de colores.

Sus amigos no llegaban. No sabía si quizás se habían olvidado de él. A unos pocos metros, en medio de la nada, estaba instalada la bocca della verità. Aquella horrible réplica de cartón piedra le ponía los pelos de punta. Escuchaba todo el rato una especie de susurro que salía de un pequeño altavoz, cerca de la boca de aquel horrible ser.

De repente, una ráfaga de viento hizo que un montón de papelitos rodearan la maquina en forma de remolino. Levantó aquella ráfaga un montón de hojas secas y de tierra. Un pequeño trocito de hoja se introdujo en su ojo derecho. Con mucho cuidado intentó sacarse el trocito. No podía hacerlo y su ojo lloraba cada vez más. Emborronaban sus lagrimas su visión y se distorsionaban todas las formas de su alrededor. Cuando por fin logró desprenderse de aquella incómoda partícula, se dio cuenta de que estaba justo en frente de la bocca della verità. Casi la podía tocar. Los ojos rojos de aquel rostro plano le observaban. Le observaba un rostro severo con cara de pocos amigos.

Y una voz susurraba irreconocibles frases de reclamo.

Los gallardetes se agitaban con fuerza en el cielo. Emitían un sonido insoportable mezclado con truenos. Un sonido que anunciaba una especie de tormenta de verano. Todo el mundo se largaba de nuevo hacia sus casas.

Y empezaban a precipitarse heladas gotas de lluvia sobre su rostro.

Sus amigos no llegaban y decidió que lo más prudente sería volver a su casa también, no sin antes haber gastado algo de dinero. Un montón de monedas le pesaban en los bolsillos. Sin pensarlo demasiado introdujo una moneda en la maquina. En una pantalla de ordenador se podían leer las siguientes palabras.

 Introduce tu mano en la bocca della verità y conocerás tu futuro.

Conocía todas las historias acerca de aquella escultura. Sabía que no aceptaba los mentirosos y que si algún embustero se atrevía a introducir la mano dentro se quedaría atrapado. No obstante la introdujo. Pero en cuanto apoyó la palma en la base de la boca sintió algo viscoso. No sabía lo que era pero estaba claro que daba asco. Por lo sentido supuso que algún gracioso había escupido allí dentro. Algún escéptico y saboteador que no tenía nada mejor que hacer que mancillarlo todo. Sacó rápidamente la mano del agujero y se limpió como pudo con un pañuelo de papel que llevaba en el bolsillo.

Lo peor de todo es que no sabía si aquel castigo se lo merecía él por embustero.


…      

sábado, 28 de abril de 2012

OOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO


Una pintura plana sin expresión

Era un sábado caluroso cualquiera. Desayunaba en medio de la cocina mirando muy concentrado su vaso de leche. Sus hermanas no paraban de pasearse de un lado al otro de la casa llenando sus bolsos con todo tipo de prendas. Los llenaban con toallas y con cremas protectoras. También preparaba su madre una tortilla de patatas y abría de vez en cuando la nevera sacando todo tipo de refrescos. Aquella mañana sus hermanas habían decidido pasar el día entero en la piscina. Y habían decidido también llevarse consigo a su hermano pequeño.

A él le hacía mucha ilusión a pesar de que temblara su cuerpo endeble con solo pensarlo. Tenía mucho miedo al agua y no sabía nadar. Pensaba que no flotaría su cuerpo en aquella masa helada y transparente. Pensaba que quizás en el fondo de la piscina sus pulmones se llenarían de agua y entonces dejaría de respirar. Prefería mantener sus pies de asustado felino en tierra firme. A pesar de todo, no le quedaba otra opción que hacerlo. Era su obligación aprender a flotar como lo habían aprendido antes sus amigos y hermanos. Formaba parte de su proceso de adaptación al medio.

Y sentía que lo necesitaba a pesar del miedo. En el fondo se trataba de un reto que debía superar costara lo que costara.

-          ¿Has preparado ya tu bolso?  - Le preguntó una de sus hermanas.

-          No, ahora mismo lo preparo, solo necesito una toalla y un traje de baño. –Dijo él.

-          ¡Entonces termina de desayunar y prepáralo todo antes de que nos vayamos! – Gritó su otra hermana mientras salía de la cocina.

Para ellas era un día especial. No acostumbraban a bañarse en una piscina todos los días. Era un lujo poder darse un chapuzón de vez en cuando en una de aquellas horribles instalaciones públicas. Pagaban una entrada ridícula pero para ellas suponía toda una paga semanal.

Sin embargo para él suponía de nuevo tener que lidiar con la muerte que acechaba en cada litro de aquel horrible líquido. 

Se colocaron sus hermanas las gafas de sol y salieron de casa arrastrando a su hermano pequeño de la mano y muy nervioso.

Verdaderamente lo estaba. Una especie de hormigueo recorría sus entrañas y le pesaban los brazos. Tenía miedo de todos, incluso de sus hermanas. Imaginaba que le obligarían a zambullirse en la parte más profunda de la piscina. Temblaba con solamente pensarlo. Sus hermanas le observaban y le tomaban el pelo. No obstante se compadecieron de él y antes de llegar le compraron una burbuja de corcho.

Una preciosa burbuja de corcho rosa con una cinta elástica de colores ajustable.

A la media hora llegaron hasta las inmediaciones de aquel horrible complejo. Pagaron entonces en la taquilla el abono y entraron emocionadas a las instalaciones de M.

Lo primero que hicieron fue cambiarse de ropa en los vestuarios. Daban asco aquellos vestuarios llenos de humedad y de nubes de vaho saliendo de las duchas. Siempre estaban las paredes mojadas y el suelo lleno de pelos largos y escamas de piel. No soportaba el chico ni cinco minutos allí dentro. Salieron en cuanto pudieron y se encontraron lo que para ellos era una especie de paraíso. Un montón de zonas verdes con frondosos árboles lleno de hojas rodeando una enorme piscina olímpica. A la derecha había una especie de cubierto de lona y debajo un montón de mesas para comer. Al fondo estaba el bar y la heladería, donde despachaban siempre un matrimonio de ancianos. Antes de llegar al cubierto se podían subir unas escaleras de cemento y acceder a una especie de terraza totalmente expuesta al sol. Era allí donde solían colocarse sus hermanas. Se tumbaban allí y se quedaban tostándose al sol durante horas. Cuando no podían más se daban un baño, pero sobre todo se pasaban las horas tumbadas al sol.

A él le gustaban aquellas terrazas. Estaban siempre llenas de chicos y chicas jóvenes. Se pasaba las horas observándolos y alucinando con su forma de moverse. Parecían muy felices y los envidiaba en parte. Estaban todos muy morenos y presumían de largas cabelleras rubias de color platino. Parecían relajados y muy adaptados al medio con sus gafas de sol de marca. Los chicos vacilaban a las chicas y se abrazaban algunos en traje de baño. Alucinaba con aquellos que se paseaban por la terraza con cara de pavo.

Especialmente había un chico que no dejaba de llamar su atención. A diferencia de los demás este caminaba erguido y se relacionaba con casi todos. Llevaba una especie de collar hecho de bolitas de madera alrededor del cuello. Su pelo era muy largo y castaño dorado con mechas rubias y su piel parecía la de un negro. En contraste destacaban en medio de su rostro unos dientes blancos como perlas. Llevaba también unos bermudas muy largos y fosforitos. No podía parar quieto y se pasaba casi todo el rato haciendo el pino o bailando delante de las chicas. Ellas le observaban e interactuaban con él. En parte debido a que no podía dejar de llamar su atención. El caso es que producía en todas ellas un efecto maravilloso.

Giraba el cuello muy rápido y su pelo fino se deslizaba como se desliza un abanico.

En la piscina era todo un espectáculo. Nunca utilizaba las escaleras de aluminio para meterse en el agua. No las necesitaba. Se lanzaba de cabeza de manera muy brusca pero sin salpicar siquiera una gota de agua. Empujaba a sus amigos y les hacía aguadillas. Tampoco utilizaba las escaleras para salir del agua. Lo hacía desde cualquier bordillo haciendo una flexión y poniendo en relieve toda su musculatura. Se quedaba sentado y se recogía la melena por detrás de las orejas. A pesar de ser tan popular también pasaba mucho tiempo solo. A veces se quedaba sentado en el bordillo de la piscina observando muy concentrado el agua. Puede que solamente observara su reflejo. No lo sabía. La cosa es que no atisbaba en sus ojos ni una pizca de inteligencia. Tampoco la necesitaba. Se bastaba a sí mismo con su manera de moverse y no había sombra en aquel complejo deportivo que igualara a la suya. Nadie se le acercaba ni tampoco nadie le molestaba entonces. 

Era como una especie de ángel que a todos iluminaba con su presencia.

A pesar de todas sus cualidades le odiaba como al resto de los chicos y chicas que por allí pululaban. Eran superficiales y no hallaba en ellos ni siquiera una pizca de misterio. No encontraba respuestas en ninguno de ellos. Eran sus risas lo que no soportaba. Eran risas forzadas y falsas. Parecían injustificadas aquellas risas de juguete. En el fondo no despertaban su curiosidad salvo por unos pocos segundos. Quizás algo más de misterio encontraba en aquel chulo, cuando apoyado en el bordillo de la piscina miraba el infinito. Por lo menos nunca reía y su mirada parecía seria y concentrada. Sin embargo le daba la sensación que también lo inconmensurable se estrellaba de golpe en sus narices.

No había profundidad en sus ojos de adorno que tan solo decoraban. Eran como una pintura plana sin expresión. Expresaban mucho mejor los vibrantes rayos de sol reflejados en el fondo de la piscina.

Por lo tanto no había nadie en aquel complejo que llamara realmente su atención. Chapoteó un rato con su burbuja bien atada a la espalda y volvió junto a sus hermanas. Éstas le dieron algo de dinero para que se comprara un helado. No le llegaba para el helado pero sí para una bolsa de gusanitos. Emocionado y muy contento con su bolsa de gusanitos se tumbó en su toalla.

El sol de mediodía quemaba el suelo de la terraza. Sus hermanas expuestas al sol no hablaban. Parecían dormidas todo el rato. Alargó el brazo y colocó un gusanito en la baldosa caliente. Poco a poco se iba desintegrando y cambiando de forma.

Era maravilloso ver como se iba derritiendo poco a poco el gusanito.

jueves, 26 de abril de 2012

La granja recreativa


Eran las doce del mediodía y un sol radiante se mezclaba con el aire de la calle. Abrió la puerta de su casa y se largó sin decir nada a nadie. Buscaba entonces un espacio para fundirse lejos de su familia. Un lugar donde poder dar rienda suelta a su autoridad y fantasía. Cerca de sus amigos jugando a cualquier cosa. Sabía dónde podía encontrarlos y lo sabía muy bien.

Alrededor del futbolín de la granja de C.

Pasando el rato sin pensar en el futuro. Entre cuatro paredes e impregnados de olor a pienso. Apoyados en los mandos de madera del futbolín. Golpeándolos y girándolos sin control. Zambullidos de lleno en un ocio mecánico. En un maravilloso espacio de tiempo veraniego. Caluroso pero soportable.

Disfrutando de radiantes jornadas de intenso presente.

Y era cierto. Sabía que andaban por allí. Eran maravillosamente predecibles como también lo era él. Se colaban con descaro en aquella granja de pollos y se quedaban jugando al futbolín durante horas. Cuando llegaba la hora de comer se marchaban casi todos. No obstante, siempre se quedaba alguno esperando a que alguien llegara para poder echar una partida.

Sin embargo aquella mañana no encontró a nadie. Lanzó la bola y jugó un rato solo. Resultaba tremendamente aburrido así que decidió volver por allí más tarde.


El momento del día que más solicitado estaba el futbolín era cuando declinaba el sol. Era en ese preciso instante cuando todos, grandes y pequeños, se juntaban para disputar campeonatos por parejas.

Salió de casa y se acercó de nuevo a la granja.

Desde fuera podía escuchar los gritos de sus amigos. Gritos de alegría que seguramente flotaban en un aire cargado y pesado. Entonces se juntó con ellos y de pronto se convirtieron todos en una bola. Se convirtieron todos en una bola devoradora de presente.

Y empezaron a transcurrir los minutos como segundos. Se grabó entonces en su retina una estampa de colores gastados que le seducía.

Él y casi todos los niños del pueblo rodeaban el futbolín. Los jugadores de hierro estaban desgastados y algunos deformes y sin brazos. Las barras estaban oxidadas y el campo de madera hundido por el centro. No les suponía ningún problema que fuera tan viejo. Conocían todos los trucos y posibilidades de aquel futbolín. Tiros con efecto y con forma de parábola. Rebotes y jugadas ensayadas. El juego fluía constantemente con una ida y venida de chicos y chicas de todas las edades.

Cada cual conocía perfectamente su posición. Vociferaban y se insultaban los chicos mayores mientras él y sus amigos animaban la partida.

De vez en cuando, en medio de algún partido, entraba el dueño de la granja con cubos llenos de agua y mangueras enrolladas en el hombro. También aparecía con carretillas llenas de pienso y con sacos de arena. Cruzaba la nave y saludaba con una voz muy ronca y tenue. Un halo de luz rodeaba su cabeza enorme llena de canas. Realizaba su trabajo cotidiano sin decir nada a nadie.


No se molestaba el granjero en llamar su atención. Caminaba con paso lento y seguro y de vez en cuando les brindaba con alguna sonrisa.

Aparte del futbolín no había nada que destacara especialmente en aquella nave. Por lo menos nada que no hubieran visto antes. Estaba toda llena de garrafas de plástico y de metal. Apoyadas en las paredes había un montón de tablas y por el suelo rebosantes sacos de pienso. Estaban perfectamente colocados cerca de la puerta algunos cubos de hojalata llenos de agua sucia.

Y las ventanas cubiertas con un plástico translúcido en lugar de cristales.

De vez en cuando se colaban las golondrinas y anidaban en las vigas del techo. También se colaban las ratas y algunos pollos asustados escapaban de su celda para refugiarse debajo del futbolín. Los niños no reparaban en ello y seguían pendientes de su partida.

Era su momento. No les preocupaban otras cosas. Disfrutaban de su juego maravillosamente. De forma inocente se divertían sin pensar en nada. El granjero les vigilaba pero nunca los echaba de allí. No le molestaban todos aquellos niños jugando al futbolín dentro de su nave de pollos.

No le molestaban para nada unos cuantos niños alrededor de un viejo mueble de recreo. Un destartalado mueble que nadie sabía, ni siquiera el mismo granjero, de donde diablos había salido.

El caso es que un día desapareció. Se lo llevaron de repente. Puede que lo trasladaran a otro pueblo. O puede que lo convirtieran en leña.

Nadie lo sabía.

La cosa es que los niños encontraron millones de formas de pasarlo bien y nunca echaron de menos el futbolín. De vez en cuando echaron de menos la granja y a su dueño, pero nada más.




sábado, 21 de abril de 2012

Libros Mutantes

Mis tres libros de relatos en el stand de la feria Libros Mutantes con Ediciones Puré. Lugar y fecha: En el Patio de la Casa Encendida hasta mañana domingo 22 de abril a las 19:00h. Gracias Oscar!

lunes, 9 de abril de 2012

Ouauao

Flores de plástico



La historia que viene a continuación ocurrió de verdad.

Tenía entonces menos de nueve años. Su habitación era la de las camas rojas. Las paredes estaban cubiertas con papel estampado de colores. Plagadas de motivos alucinantes y repetitivos. Le rodeaban un montón de osos y de ardillas sobre un decorado lleno de flores. Arbustos con forma de nube y puestas de sol. También estaban colgados en la pared dos cuadros pintados sobre tela granate. Uno de ellos representaba la figura de un payaso tocando el saxofón. El otro representaba en el medio del cuadro otro payaso mirando de frente y apoyado en un bastón muy fino. Sus piernas eran muy largas y desproporcionadas. Se movían y vibraban de forma extraña. Sus trajes eran de colores llamativos y destacaba en ambos una flor de plástico enganchada en el bolsillo de su gabardina.

Antes de dormir observaba las figuras que le vigilaban con los ojos muy abiertos. Dentro de los cuadros los payasos bailaban enroscando sus brazos y ondulando su cuerpo. Saltaban a la comba los osos y las ardillas trepaban escurridizas por larguísimas ramas llenas de hojas.

No le dejaban dormir todas aquellas figuras durante la noche. Nunca conciliaban el sueño y cuando apagaba la luz sus ojos brillaban como linternas. Los ojos de los osos y de las ardillas eran circunferencias luminosas sin párpados. Los payasos danzaban torpes sobre la tela granate del cuadro. Y gritaban como locos. Entonces le asustaban todas las formas de su alrededor. Resultaba siniestra su actividad nocturna. Los payasos se aislaban y se alejaban encerrados en su fondo granate. Flotaban en el aire de una tela enganchada con chinchetas.

Su tamaño aproximado era de unos treinta centímetros.

Y eran vivos sus colores y desgastados los tonos de sus zapatos.

Después de muchos años se colaron todos en el armario. El caso es que un día desaparecieron sin dejar rastro. Las plantas se pudrieron. El oso modoso enganchó su cuerda hecha de flores en su cuello. Se ocultaron las ardillas entre las piernas de los osos y cerraron tras de sí la puerta. Desaparecieron sin dejar huella.

Todos excepto la pareja de payasos.

Acostumbrados a vivir toda su vida encerrados en el marco del cuadro echaban de menos algo de libertad. Y sabían que sus compañeros los animales acabarían siendo devorados por las polillas dentro del armario.

Entonces los payasos abandonaron el cuadro. Fabricaron unas escaleras con motas de polvo a través del aire. Unidas todas aquellas partículas, invisibles, formaban el trampolín necesario para escapar del marco. Cuando llegaron al suelo esperaron cinco meses ocultos debajo de la cama. Una hermosa y soleada mañana de invierno se largaron. Se colaron por un hueco de la ventana y nunca más se supo nada de ellos.

Su viaje comenzaba entonces y todavía hoy se sigue acordando de ellos.

Se los imagina tumbados en una cuneta cerca de la carretera. Tumbados entre las ramas e invisibles como un montón de ropa usada. Muy pobres y harapientos enterrados en sus pantalones gigantes. Amaneciendo cubiertos de fina escarcha y lejos de su cuarto. Eternos y libres en su micro mundo. Acompañados de sí mismos y protegidos del resto. Rodeando por el día naves industriales y jugando con trozos de plástico hundidos en el barro de un parking improvisado. Perdidos entre senderos llenos de basura y de latas de coca cola aplastadas. Construyendo figuras con hilos de cobre, pilas usadas y fusibles. Superando todos los obstáculos sin objetivos concretos. Caminando a la deriva y descansando por la noche en cualquier sitio. Seguramente al borde de alguna carretera interurbana. Observando detenidamente sus gastados rostros y zapatones. Aferrado uno de ellos a su oxidado saxofón. Mirando el otro de frente a su hermano y compañero durmiendo.

Aparcados en un lado todos sus juguetes. Con las flores de plástico que no se marchitan enganchadas en sus gabardinas de colores ajados.

Y bañados ambos por la luz de la luna.