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martes, 12 de junio de 2012

From lost to the river


Todos los veranos le mandaban a los campamentos de verano en inglés que organizaba su colegio. Eran muy aburridos y estrictos y casi no dejaban espacio a la improvisación.

Cualquier movimiento en falso era censurado y penalizado sin remedio. 

A pesar de que le prohibieran hablar en castellano, él lo hacía siempre a escondidas. No consideraba una falta tan grave expresarse en su lengua materna cuando le obligaban a utilizar el inglés de forma sistemática. Contara lo que contara siempre debía hacerlo en la lengua de Max Beerbohm, Gregory Benford o cualquiera de otros tantos ingleses que desconocía y detestaba. Eran sus padres, inducidos por sus profesores, los que le habían mandado obligado y en pleno verano a sufrir aquellas interminables jornadas de clases de inglés.

Eran los profesores los que habían decidido por todos y cada uno de los niños que pululaban por aquel campamento.

La verdad era que a veces lo pasaba bien y que tampoco le costaba gran esfuerzo hablar en inglés. Poco a poco lo había ido interiorizando y casi sin pensarlo lo expresaba maravillosamente. El problema era cuando contaba chistes. Eran imposibles de traducir aquellos juegos de palabras.

Trasladados al inglés no tenían ningún sentido.

Una fresca y soleada mañana de Agosto, después de desayunar, cuando estaban todos ordenando y haciendo las camas, él y sus amigos se pusieron a contar chistes verdes a escondidas y en castellano. Las risas locas de todos ellos llamaron la atención de los monitores. Entonces fue cuando uno de aquellos esbirros mecánicos pegó la oreja en la puerta de su habitación. Estuvo el monitor un rato escuchando como se jactaban sus alumnos y como lo hacían en el idioma prohibido. De repente abrió el monitor la puerta de golpe.  

Enmudecieron todos de repente. Y era lógico. Recibirían su castigo personalizado los cuatro miembros de aquella habitación.


Después de una larga reunión entre monitores, decidieron que dos de ellos limpiarían los retretes pero el resto, que eran él y uno de sus mejores amigos, serían expulsados. Ya no soportaban los monitores su presencia nociva en aquel campamento. No era la primera vez que les pillaban in fraganti. Eran unos inadaptados y los organizadores estaban hasta el gorro de los dos. Decidieron que limpiar retretes no era castigo suficiente y les comunicaron que estaban expulsados irremediablemente de su campamento.

-          Preparad vuestras mochilas. Os vais hoy mismo. Iréis andando hasta el pueblo más cercano y desde allí cogeréis un autobús que os llevará hasta vuestras casas. No os queremos tener aquí. ¿Entendido?

-          Muy bien. – Contestaron los dos con cara de cordero degollado.


Muy tristes y preocupados prepararon sus mochilas sin hablar entre ellos. Estaban dispuestos para largarse y los monitores les abrieron las puertas del albergue para que se marcharan de una vez por todas.

-          Ya sabéis dónde está la puerta.

Ni siquiera se despidieron. Mientras avanzaban él y su amigo, los demás chicos del campamento les observaban. Algunos lo hacían con cara de pena y otros lo hacían entre risitas. Se habían convertido de repente en los apestados, los rechazados. Nadie quería tener nada que ver con aquellas dos ovejas negras. Todo resultaría mucho mejor en el momento exacto de su desaparición. Su presencia empezaba a resultar incómoda para todos los miembros de aquel club.

Lo curioso de todo es que poco a poco ellos iban aceptando su castigo. Iban aceptando su expulsión y de alguna forma se sentían especiales. Cuando perdieron de vista a todos, compañeros y monitores, respiraron con tranquilidad.

-          ¿Cuántos kilómetros nos separan del pueblo más cercano?- Le preguntó su amigo.

-          No estoy seguro. – contestó él. – Pero creo que unos quince.

-          Cuando se haga de noche y empiece a hacer frío,  ¿Que vamos a hacer?

-          No lo sé. Quizás debamos construir una cabaña en el bosque con troncos y ramas de árbol. Algo improvisado.

-          ¡Claro! También tendremos que preparar un fuego para calentarnos y cocinar algo entre las brasas. Podíamos pescar un par de peces en el río y luego asarlos en la hoguera. ¿Qué dices?

-          Me parece una buena idea.

-          ¡Estupendo! - Expresó emocionado su amigo. - ¡Tengo ganas de que se haga de noche!


Entonces empezaron ambos a reír a carcajadas. Y con la mirada de frente observaron el horizonte.

Las ramas secas de los árboles esparcidas por la hierba rodaban y se chocaban entre sí.  Al fondo, unos chopos agitaban sus copas movidas por el viento. Viajaban aquellas ráfagas desde los picos más lejanos y helados hasta el centro del valle. Las nubes rozaban las montañas y aparecían por primera vez rosas, violetas y azules. El aire puro acariciaba sus rostros y les embargaba una emoción inusitada. Andaban por la carretera con sus mochilas llenas de ropa y no tenían nada que temer.

Se hacían ambos compañía inseparable.

Avanzaban con paso firme y con la cabeza bien alta. De repente les unía algo especial y maravilloso. Allí estaban ellos dos solos y sin que nadie les dijera lo que tenían que hacer. No había actividades organizadas ni tampoco deportes obligatorios. Se habían acabado las clases y los rezos de par de mañana.

Eran libres y por arte de magia su castigo se había convertido en una bendición.

De repente, a sus espaldas, escucharon el rugido suave y continuo de un motor. Un coche circulaba a su altura mientras ellos seguían andando. Acto seguido se bajó una de las ventanillas y se asomó de pronto uno de sus monitores.

-          Chicos, que lo hemos pensado mejor y hemos decidido no expulsaros. Limpiareis los retretes como el resto de vuestros compañeros.

Estaba claro que todo había sido una especie de broma. Sin embargo ellos ya se habían hecho a la idea de seguir con aquello. No aceptaban limpiar retretes y tampoco aceptaban que de golpe y porrazo les arrebataran la posibilidad de vivir una aventura juntos y lejos de todos ellos.

-          No hace falta. Aceptamos nuestro castigo. Creo que nos lo merecemos. Somos un mal ejemplo para el resto de nuestros compañeros. Aceptamos nuestra expulsión.

Con el gesto torcido y un poco confuso su monitor contestó.

-          Bueno, que lo hemos discutido y creemos que puede que nos hayamos pasado con el castigo. Pensamos que ha sido excesivo. Os perdonamos si vosotros nos prometéis que no volveréis a desobedecer las reglas del campamento.

-          ¡No! ¡Aceptamos el primer castigo impuesto! ¡Nos largamos! –Respondieron ambos acelerando el paso.

No estaban dispuestos a que sus monitores les cortaran las alas. Sin embargo aquellos cuatro engendros motorizados eran los responsables de todos los miembros del campamento y no podían abandonarles en ningún momento. Todo había sido un montaje cutre, una especie de lección.

-          ¡Entrad al coche ahora mismo si no queréis que llamemos a vuestros padres!

Estaba clarísimo. Menuda lección habían recibido. Nada que ver con la lección que sus monitores pensaban haberles dado. Por un momento habían soñado que eran libres, que disponían de su tiempo y de su propio espacio privilegiado. Por un momento, ellos dos, habían recibido una lección de solidaridad y de compañerismo impuesta por ellos mismos. Habían sentido que ambos se protegerían y que pasara lo que pasara y acechara el peligro que acechara, estaban juntos en todo.

Volver al campamento les suponía la muerte de todo aquello. De nuevo las clases y los deportes,  las reglas y las competiciones.

Eso sí que lo consideraban un castigo.


miércoles, 30 de mayo de 2012

Talvivaatteet





Kesä loppui ja syksy palasi. Uimalat suljettiin ja kyläjuhlat lakkasivat. Ihmiset palasivat koteihinsa väsyneinä ja hieman vanhempina. Päivät vaihtuivat lyhyempiin ja kylmempiin. Kesä oli ollut yksi hänen elämänsä tylsimmistä. Hän maisteli sen loputtomien päivien jokaista sekuntia ja mietti miten paljon ne hänelle merkitsivät. Oli selvää mitä nyt pitäisi tehdä.


Aloittaa alusta.


Koittaa elää jokainen päivä uutena ja antaa rakkaudelle mahdollisuus. Kävellä pitkin katuja katsellen ihmisten muuttumatonta vaellusta, kaikkien heidän joita rakasti. Ja tuntea väistämätöntä inhoa josta hänkin kantoi osaansa.


Hän oli hermostunut ja hänen sydämensä löi kovaa.


Kaverit olivat juuri jättäneet hänet kyydistä suojatielle lähelle kotia. Jalkakäytävän viereen istutetut lehmukset  olivat alkaneet pudottaa ikäloppuja lehtiään. Tuuli ravisteli niiden oksia ja keltaiset lehdet tärisivät. Ja osa niistä putosi autotielle, alttiina autojen ajaa yli.


Autojen, jotka ajoivat täyttä vauhtia.


Hän kaivoi esiin avaimet ja työnsi olkapäällään valtavan rautaisen alaoven auki. Hississä hän katsoi itseään peilistä, kohotti kulmiaan ja väänteli naamaansa. Hän tuli kolmanteen kerrokseen ja avasi kotioven.


Koti oli täysin pimeä. Rullaverhot alhaalla ja ikkunat kiinni.


Hän meni huoneeseensa, kaatui sängylle ja tuijotti kattoon. Hän oli väsynyt, eivätkä samoina toistuvat ajatukset jättäneet häntä rauhaan. Eräs näky esti unta tulemasta. Perverssi, mieletön näky, joka veti häntä kohti lastentarujen rotkoa.


Tunteita, jotka hänen oli jaettava jonkun kanssa.


Hän nousi ja avasi vaatekaapin. Perällä olivat kaikki hänen säästämänsä talvivaatteet yhdessä mytyssä. Hän ajatteli, että olisi viisainta ottaa ne taas esiin. Vaatteista lähtevä haju sekoittui ilmaan. Yhden villapaidan sisältä hän löysi pesän ja hetkessä koiperhoset parveilivat hänen ympärillään kuoleman pilvenä.


Valtava pilvi sokaisi hänet ja muistutti äkkiä kesästä.




Traducción del relato "Ropa de invierno" del castellano al finés entre Febrero y Marzo de 2012. Realizada la traducción en Pamplona por  Kielo Kärkkäinen en colaboración del autor Blonde Red.

martes, 22 de mayo de 2012

Los buscadores de cobre
















Estaba cansado y no le apetecía caminar. Le picaban los ojos y le pesaban las piernas. Sin pensarlo demasiado se acercó hasta la parada de bus más cercana y mecánicamente pagó un billete. Acto seguido introdujo los cambios en su bolsillo y se sentó muy cerca de la ventana.

Por lo menos desde allí podía observar el paisaje.

La gente andaba por la calle y volvían todos hacia sus casas. Algunos caminaban con la mirada perdida y pensando en sus cosas. Otros lo hacían acompañados. Había un montón de personas detenidas en medio de la acera que algunas otras aisladas esquivaban por la carretera.

En parte debido a que las aceras eran muy estrechas.

Atravesaron la zona universitaria y se detuvo el autobús muy cerca del barrio de T. Le gustaba aquel barrio porque lo habían construido en medio de la montaña. Y lo habían construido casa por casa, sin planos previos de urbanización. De repente, entre todas aquellas casitas, observó una espesa columna de humo. La columna se elevaba majestuosa entre las casas de ladrillo. Y se formaba en medio de aquella nube tóxica una especie de remolino. Daba la sensación de que sus partículas pudieran teñir el cielo de negro. Sin pensarlo demasiado se lanzó de un salto a la calle. Lo hizo justamente cuando el conductor cerraba las puertas. Pero consiguió salir sano y salvo y poder escaparse de aquel vehículo que de repente odiaba.

Y la columna de humo negro seguía contaminando el aire. El olor a plástico quemado era insoportable. Lo más curioso de todo era que daba la sensación de que a nadie le importaba. La gente seguía con la mirada perdida volviendo hacia sus casas.

Un sol de primavera rozaba la silueta de las montañas. Y en el cielo aparecían sin remedio una luna clara y alguna estrella muy luminosa. Cargadas y calurosas ráfagas de aire circulaban aleatorias por un cielo de color turquesa. Diminutos murciélagos revoloteaban entre los tejados de uralita de algunas cabañas.

Y en las fachadas de la casas se tendía la ropa mojada de todos los vecinos de aquel barrio.

A grandes zancadas se dispuso a buscar el foco del humo. Le poseían unas ganas locas de descubrir de dónde salía aquella espesa columna. Y sobre todo quería conocer la identidad de las personas que la estaban provocando.

Solamente por curiosidad avanzaba como un loco.

Con mucho esfuerzo y recorriendo intuitivamente el laberinto que formaban las casas, logró por fin alcanzar la columna. Sin embargo una valla le separaba de la casa que ocultaba el fuego. Rodeó la valla y cuando doblaba la esquina un perro pequeño se lanzó contra él. El susto fue tremendo pero logró avanzar asustando él mismo al chucho. En realidad era muy poca cosa y con paso firme lo apartó de golpe.

Justo entonces pudo comprobar de dónde demonios salía el humo.

Allí estaban los causantes de todo. Eran chavales jóvenes, seguramente de su misma edad pero parecían mucho más viejos. Sentados en un banco de piedra miraban una hoguera azul muy potente. En ocasiones la crepitante hoguera desprendía rayos de color verde y emitía pitidos extraños.

Liberaba el núcleo de la hoguera tremendos fogonazos de oxígeno.

Y se alargaban entonces las puntas de las llamas de color azul de aquella fosca lumbre como si saliesen de un soplete.

La verdad es que nunca había visto una hoguera de aquellas características. El fuego no era lento y apacible, amarillo cálido y de olor a madera. No tenía nada que ver con el típico fuego hogareño de una casa de campo con chimenea. Allí nadie se acercaba al fuego para calentarse. Simplemente lo observaban desde lejos los chavales con la mirada perdida y esperando a que se extinguiera de una vez por todas. Sus ojos brillaban y vibraban las luces de colores verdes y azules reflejadas en sus pupilas. La silueta de uno de ellos se proyectaba tremulosa en la fachada de piedra de una casa vieja cercana. Se hacía de noche y vigilaban todos muy concentrados la hoguera sin hablar entre ellos. No tenía nada de acogedora la escena. Casi sin pensarlo se armó de valor y preguntó a uno de los chavales.


-          ¿Qué se quema? ¿Por qué habéis hecho una hoguera?


A lo que uno de ellos respondió lentamente.


-          Estamos quemando restos de cables y escombro para quedarnos solamente con el cobre.


La conversación no daba para más. Ya estaba todo dicho. El fuego tóxico poco a poco se iba extinguiendo y la columna de humo era cada vez más fina. Entonces se despidió. Se dio la vuelta y se largó. Cuando ya se disponía a doblar la esquina de la casa que ocultaba la hoguera, uno de los chavales le gritó.

-          Oye chavalote, ¿no tendrás un cigarrillo?

-          Claro. – Respondió el chico.


De nuevo se dio la vuelta y con su paquete de tabaco entre las manos se acercó hasta uno de aquellos chavales. Con sumo cuidado pellizcó una cantidad de tabaco suficiente para dos pitillos y sacó un par de papeles de liar de su bolsillo trasero. El chaval esperaba con la mano extendida y sentado en su banco de piedra sin moverse siquiera. Le miraba fijamente a los ojos como si quisiera decirle algo. Extendió el chico la mano y depositó el tabaco y los papeles en su mano rugosa. Entonces éste, con los ojos muy abiertos y con una sonrisa desdentada le dijo:

-          Muchas gracias chavalote. Que Dios te lo pague.

-          De nada- contestó él.


Y se largó de nuevo a grandes zancadas. El peso de su cuerpo le arrastraba inevitablemente pendiente abajo. Le pesaban los brazos y las piernas. Y le daba todo el rato vueltas a su diminuta cabeza. La curiosidad le había proporcionado de nuevo la experiencia que tanto buscaba. Realmente no sabía por qué lo hacía, pero se suponía que lo hacía todo por aburrimiento. A veces incluso tampoco sabía lo que buscaba.

Se suponía que nada concreto.

martes, 1 de mayo de 2012

La bocca della verità


Siempre a principios de Julio se instalaba la feria cerca de su casa. Llegaban los feriantes con sus camiones y caravanas y montaban todo el tinglado. Entonces él y sus amigos se dejaban caer por allí con todo su dinero. Sabían que se llenaba la feria de gente joven y en general de gente con ganas de pasarlo bien.

Aquel día recibió una llamada telefónica. Era su mejor amigo que le llamaba para quedar con él.

-          Ayer acabaron de montarlo todo y hoy funcionan la mayoría de las atracciones. ¿Quedamos allí hacia las seis?

-          Vale. Creo que tengo algo de dinero ahorrado. Nos vemos justo en la entrada. ¿Avisas tú a los demás?

-          Está bien. Yo les aviso. ¡Hasta luego!


Y colgó el teléfono. Lo primero que hizo fue vaciar su caja de caudales. Tenía dinero suficiente para entretenerse  por lo menos durante dos horas. No obstante mendigó un poco más de dinero a sus padres y éstos se lo dieron a regañadientes. No consideraban que tanto dinero gastado en la feria fuese dinero bien invertido. Una hora después salió de su casa directamente hacia donde había quedado con sus amigos.


Entre toda la emoción había olvidado mirar el reloj y llegó media hora antes. No le importaba esperar. Se apoyó en un árbol y se puso a observar a la gente. Un montón de niños acompañados de sus padres accedían al recinto de la feria. Lo hacían siempre con algo entre las manos. Un globo de helio, una manzana de caramelo o un empalagoso algodón de azúcar. Sonaban estrepitosas las sirenas de los autos de choque y bufaban los émbolos de la noria gigante. Crujían los hierros de aquellas oxidadas estructuras de acero.

Y decoraban el cielo cientos de metros de gallardetes de colores.

Sus amigos no llegaban. No sabía si quizás se habían olvidado de él. A unos pocos metros, en medio de la nada, estaba instalada la bocca della verità. Aquella horrible réplica de cartón piedra le ponía los pelos de punta. Escuchaba todo el rato una especie de susurro que salía de un pequeño altavoz, cerca de la boca de aquel horrible ser.

De repente, una ráfaga de viento hizo que un montón de papelitos rodearan la maquina en forma de remolino. Levantó aquella ráfaga un montón de hojas secas y de tierra. Un pequeño trocito de hoja se introdujo en su ojo derecho. Con mucho cuidado intentó sacarse el trocito. No podía hacerlo y su ojo lloraba cada vez más. Emborronaban sus lagrimas su visión y se distorsionaban todas las formas de su alrededor. Cuando por fin logró desprenderse de aquella incómoda partícula, se dio cuenta de que estaba justo en frente de la bocca della verità. Casi la podía tocar. Los ojos rojos de aquel rostro plano le observaban. Le observaba un rostro severo con cara de pocos amigos.

Y una voz susurraba irreconocibles frases de reclamo.

Los gallardetes se agitaban con fuerza en el cielo. Emitían un sonido insoportable mezclado con truenos. Un sonido que anunciaba una especie de tormenta de verano. Todo el mundo se largaba de nuevo hacia sus casas.

Y empezaban a precipitarse heladas gotas de lluvia sobre su rostro.

Sus amigos no llegaban y decidió que lo más prudente sería volver a su casa también, no sin antes haber gastado algo de dinero. Un montón de monedas le pesaban en los bolsillos. Sin pensarlo demasiado introdujo una moneda en la maquina. En una pantalla de ordenador se podían leer las siguientes palabras.

 Introduce tu mano en la bocca della verità y conocerás tu futuro.

Conocía todas las historias acerca de aquella escultura. Sabía que no aceptaba los mentirosos y que si algún embustero se atrevía a introducir la mano dentro se quedaría atrapado. No obstante la introdujo. Pero en cuanto apoyó la palma en la base de la boca sintió algo viscoso. No sabía lo que era pero estaba claro que daba asco. Por lo sentido supuso que algún gracioso había escupido allí dentro. Algún escéptico y saboteador que no tenía nada mejor que hacer que mancillarlo todo. Sacó rápidamente la mano del agujero y se limpió como pudo con un pañuelo de papel que llevaba en el bolsillo.

Lo peor de todo es que no sabía si aquel castigo se lo merecía él por embustero.


…      

sábado, 28 de abril de 2012

OOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO


Una pintura plana sin expresión

Era un sábado caluroso cualquiera. Desayunaba en medio de la cocina mirando muy concentrado su vaso de leche. Sus hermanas no paraban de pasearse de un lado al otro de la casa llenando sus bolsos con todo tipo de prendas. Los llenaban con toallas y con cremas protectoras. También preparaba su madre una tortilla de patatas y abría de vez en cuando la nevera sacando todo tipo de refrescos. Aquella mañana sus hermanas habían decidido pasar el día entero en la piscina. Y habían decidido también llevarse consigo a su hermano pequeño.

A él le hacía mucha ilusión a pesar de que temblara su cuerpo endeble con solo pensarlo. Tenía mucho miedo al agua y no sabía nadar. Pensaba que no flotaría su cuerpo en aquella masa helada y transparente. Pensaba que quizás en el fondo de la piscina sus pulmones se llenarían de agua y entonces dejaría de respirar. Prefería mantener sus pies de asustado felino en tierra firme. A pesar de todo, no le quedaba otra opción que hacerlo. Era su obligación aprender a flotar como lo habían aprendido antes sus amigos y hermanos. Formaba parte de su proceso de adaptación al medio.

Y sentía que lo necesitaba a pesar del miedo. En el fondo se trataba de un reto que debía superar costara lo que costara.

-          ¿Has preparado ya tu bolso?  - Le preguntó una de sus hermanas.

-          No, ahora mismo lo preparo, solo necesito una toalla y un traje de baño. –Dijo él.

-          ¡Entonces termina de desayunar y prepáralo todo antes de que nos vayamos! – Gritó su otra hermana mientras salía de la cocina.

Para ellas era un día especial. No acostumbraban a bañarse en una piscina todos los días. Era un lujo poder darse un chapuzón de vez en cuando en una de aquellas horribles instalaciones públicas. Pagaban una entrada ridícula pero para ellas suponía toda una paga semanal.

Sin embargo para él suponía de nuevo tener que lidiar con la muerte que acechaba en cada litro de aquel horrible líquido. 

Se colocaron sus hermanas las gafas de sol y salieron de casa arrastrando a su hermano pequeño de la mano y muy nervioso.

Verdaderamente lo estaba. Una especie de hormigueo recorría sus entrañas y le pesaban los brazos. Tenía miedo de todos, incluso de sus hermanas. Imaginaba que le obligarían a zambullirse en la parte más profunda de la piscina. Temblaba con solamente pensarlo. Sus hermanas le observaban y le tomaban el pelo. No obstante se compadecieron de él y antes de llegar le compraron una burbuja de corcho.

Una preciosa burbuja de corcho rosa con una cinta elástica de colores ajustable.

A la media hora llegaron hasta las inmediaciones de aquel horrible complejo. Pagaron entonces en la taquilla el abono y entraron emocionadas a las instalaciones de M.

Lo primero que hicieron fue cambiarse de ropa en los vestuarios. Daban asco aquellos vestuarios llenos de humedad y de nubes de vaho saliendo de las duchas. Siempre estaban las paredes mojadas y el suelo lleno de pelos largos y escamas de piel. No soportaba el chico ni cinco minutos allí dentro. Salieron en cuanto pudieron y se encontraron lo que para ellos era una especie de paraíso. Un montón de zonas verdes con frondosos árboles lleno de hojas rodeando una enorme piscina olímpica. A la derecha había una especie de cubierto de lona y debajo un montón de mesas para comer. Al fondo estaba el bar y la heladería, donde despachaban siempre un matrimonio de ancianos. Antes de llegar al cubierto se podían subir unas escaleras de cemento y acceder a una especie de terraza totalmente expuesta al sol. Era allí donde solían colocarse sus hermanas. Se tumbaban allí y se quedaban tostándose al sol durante horas. Cuando no podían más se daban un baño, pero sobre todo se pasaban las horas tumbadas al sol.

A él le gustaban aquellas terrazas. Estaban siempre llenas de chicos y chicas jóvenes. Se pasaba las horas observándolos y alucinando con su forma de moverse. Parecían muy felices y los envidiaba en parte. Estaban todos muy morenos y presumían de largas cabelleras rubias de color platino. Parecían relajados y muy adaptados al medio con sus gafas de sol de marca. Los chicos vacilaban a las chicas y se abrazaban algunos en traje de baño. Alucinaba con aquellos que se paseaban por la terraza con cara de pavo.

Especialmente había un chico que no dejaba de llamar su atención. A diferencia de los demás este caminaba erguido y se relacionaba con casi todos. Llevaba una especie de collar hecho de bolitas de madera alrededor del cuello. Su pelo era muy largo y castaño dorado con mechas rubias y su piel parecía la de un negro. En contraste destacaban en medio de su rostro unos dientes blancos como perlas. Llevaba también unos bermudas muy largos y fosforitos. No podía parar quieto y se pasaba casi todo el rato haciendo el pino o bailando delante de las chicas. Ellas le observaban e interactuaban con él. En parte debido a que no podía dejar de llamar su atención. El caso es que producía en todas ellas un efecto maravilloso.

Giraba el cuello muy rápido y su pelo fino se deslizaba como se desliza un abanico.

En la piscina era todo un espectáculo. Nunca utilizaba las escaleras de aluminio para meterse en el agua. No las necesitaba. Se lanzaba de cabeza de manera muy brusca pero sin salpicar siquiera una gota de agua. Empujaba a sus amigos y les hacía aguadillas. Tampoco utilizaba las escaleras para salir del agua. Lo hacía desde cualquier bordillo haciendo una flexión y poniendo en relieve toda su musculatura. Se quedaba sentado y se recogía la melena por detrás de las orejas. A pesar de ser tan popular también pasaba mucho tiempo solo. A veces se quedaba sentado en el bordillo de la piscina observando muy concentrado el agua. Puede que solamente observara su reflejo. No lo sabía. La cosa es que no atisbaba en sus ojos ni una pizca de inteligencia. Tampoco la necesitaba. Se bastaba a sí mismo con su manera de moverse y no había sombra en aquel complejo deportivo que igualara a la suya. Nadie se le acercaba ni tampoco nadie le molestaba entonces. 

Era como una especie de ángel que a todos iluminaba con su presencia.

A pesar de todas sus cualidades le odiaba como al resto de los chicos y chicas que por allí pululaban. Eran superficiales y no hallaba en ellos ni siquiera una pizca de misterio. No encontraba respuestas en ninguno de ellos. Eran sus risas lo que no soportaba. Eran risas forzadas y falsas. Parecían injustificadas aquellas risas de juguete. En el fondo no despertaban su curiosidad salvo por unos pocos segundos. Quizás algo más de misterio encontraba en aquel chulo, cuando apoyado en el bordillo de la piscina miraba el infinito. Por lo menos nunca reía y su mirada parecía seria y concentrada. Sin embargo le daba la sensación que también lo inconmensurable se estrellaba de golpe en sus narices.

No había profundidad en sus ojos de adorno que tan solo decoraban. Eran como una pintura plana sin expresión. Expresaban mucho mejor los vibrantes rayos de sol reflejados en el fondo de la piscina.

Por lo tanto no había nadie en aquel complejo que llamara realmente su atención. Chapoteó un rato con su burbuja bien atada a la espalda y volvió junto a sus hermanas. Éstas le dieron algo de dinero para que se comprara un helado. No le llegaba para el helado pero sí para una bolsa de gusanitos. Emocionado y muy contento con su bolsa de gusanitos se tumbó en su toalla.

El sol de mediodía quemaba el suelo de la terraza. Sus hermanas expuestas al sol no hablaban. Parecían dormidas todo el rato. Alargó el brazo y colocó un gusanito en la baldosa caliente. Poco a poco se iba desintegrando y cambiando de forma.

Era maravilloso ver como se iba derritiendo poco a poco el gusanito.

jueves, 26 de abril de 2012

La granja recreativa


Eran las doce del mediodía y un sol radiante se mezclaba con el aire de la calle. Abrió la puerta de su casa y se largó sin decir nada a nadie. Buscaba entonces un espacio para fundirse lejos de su familia. Un lugar donde poder dar rienda suelta a su autoridad y fantasía. Cerca de sus amigos jugando a cualquier cosa. Sabía dónde podía encontrarlos y lo sabía muy bien.

Alrededor del futbolín de la granja de C.

Pasando el rato sin pensar en el futuro. Entre cuatro paredes e impregnados de olor a pienso. Apoyados en los mandos de madera del futbolín. Golpeándolos y girándolos sin control. Zambullidos de lleno en un ocio mecánico. En un maravilloso espacio de tiempo veraniego. Caluroso pero soportable.

Disfrutando de radiantes jornadas de intenso presente.

Y era cierto. Sabía que andaban por allí. Eran maravillosamente predecibles como también lo era él. Se colaban con descaro en aquella granja de pollos y se quedaban jugando al futbolín durante horas. Cuando llegaba la hora de comer se marchaban casi todos. No obstante, siempre se quedaba alguno esperando a que alguien llegara para poder echar una partida.

Sin embargo aquella mañana no encontró a nadie. Lanzó la bola y jugó un rato solo. Resultaba tremendamente aburrido así que decidió volver por allí más tarde.


El momento del día que más solicitado estaba el futbolín era cuando declinaba el sol. Era en ese preciso instante cuando todos, grandes y pequeños, se juntaban para disputar campeonatos por parejas.

Salió de casa y se acercó de nuevo a la granja.

Desde fuera podía escuchar los gritos de sus amigos. Gritos de alegría que seguramente flotaban en un aire cargado y pesado. Entonces se juntó con ellos y de pronto se convirtieron todos en una bola. Se convirtieron todos en una bola devoradora de presente.

Y empezaron a transcurrir los minutos como segundos. Se grabó entonces en su retina una estampa de colores gastados que le seducía.

Él y casi todos los niños del pueblo rodeaban el futbolín. Los jugadores de hierro estaban desgastados y algunos deformes y sin brazos. Las barras estaban oxidadas y el campo de madera hundido por el centro. No les suponía ningún problema que fuera tan viejo. Conocían todos los trucos y posibilidades de aquel futbolín. Tiros con efecto y con forma de parábola. Rebotes y jugadas ensayadas. El juego fluía constantemente con una ida y venida de chicos y chicas de todas las edades.

Cada cual conocía perfectamente su posición. Vociferaban y se insultaban los chicos mayores mientras él y sus amigos animaban la partida.

De vez en cuando, en medio de algún partido, entraba el dueño de la granja con cubos llenos de agua y mangueras enrolladas en el hombro. También aparecía con carretillas llenas de pienso y con sacos de arena. Cruzaba la nave y saludaba con una voz muy ronca y tenue. Un halo de luz rodeaba su cabeza enorme llena de canas. Realizaba su trabajo cotidiano sin decir nada a nadie.


No se molestaba el granjero en llamar su atención. Caminaba con paso lento y seguro y de vez en cuando les brindaba con alguna sonrisa.

Aparte del futbolín no había nada que destacara especialmente en aquella nave. Por lo menos nada que no hubieran visto antes. Estaba toda llena de garrafas de plástico y de metal. Apoyadas en las paredes había un montón de tablas y por el suelo rebosantes sacos de pienso. Estaban perfectamente colocados cerca de la puerta algunos cubos de hojalata llenos de agua sucia.

Y las ventanas cubiertas con un plástico translúcido en lugar de cristales.

De vez en cuando se colaban las golondrinas y anidaban en las vigas del techo. También se colaban las ratas y algunos pollos asustados escapaban de su celda para refugiarse debajo del futbolín. Los niños no reparaban en ello y seguían pendientes de su partida.

Era su momento. No les preocupaban otras cosas. Disfrutaban de su juego maravillosamente. De forma inocente se divertían sin pensar en nada. El granjero les vigilaba pero nunca los echaba de allí. No le molestaban todos aquellos niños jugando al futbolín dentro de su nave de pollos.

No le molestaban para nada unos cuantos niños alrededor de un viejo mueble de recreo. Un destartalado mueble que nadie sabía, ni siquiera el mismo granjero, de donde diablos había salido.

El caso es que un día desapareció. Se lo llevaron de repente. Puede que lo trasladaran a otro pueblo. O puede que lo convirtieran en leña.

Nadie lo sabía.

La cosa es que los niños encontraron millones de formas de pasarlo bien y nunca echaron de menos el futbolín. De vez en cuando echaron de menos la granja y a su dueño, pero nada más.




sábado, 21 de abril de 2012

Libros Mutantes

Mis tres libros de relatos en el stand de la feria Libros Mutantes con Ediciones Puré. Lugar y fecha: En el Patio de la Casa Encendida hasta mañana domingo 22 de abril a las 19:00h. Gracias Oscar!

lunes, 9 de abril de 2012

Ouauao

Flores de plástico



La historia que viene a continuación ocurrió de verdad.

Tenía entonces menos de nueve años. Su habitación era la de las camas rojas. Las paredes estaban cubiertas con papel estampado de colores. Plagadas de motivos alucinantes y repetitivos. Le rodeaban un montón de osos y de ardillas sobre un decorado lleno de flores. Arbustos con forma de nube y puestas de sol. También estaban colgados en la pared dos cuadros pintados sobre tela granate. Uno de ellos representaba la figura de un payaso tocando el saxofón. El otro representaba en el medio del cuadro otro payaso mirando de frente y apoyado en un bastón muy fino. Sus piernas eran muy largas y desproporcionadas. Se movían y vibraban de forma extraña. Sus trajes eran de colores llamativos y destacaba en ambos una flor de plástico enganchada en el bolsillo de su gabardina.

Antes de dormir observaba las figuras que le vigilaban con los ojos muy abiertos. Dentro de los cuadros los payasos bailaban enroscando sus brazos y ondulando su cuerpo. Saltaban a la comba los osos y las ardillas trepaban escurridizas por larguísimas ramas llenas de hojas.

No le dejaban dormir todas aquellas figuras durante la noche. Nunca conciliaban el sueño y cuando apagaba la luz sus ojos brillaban como linternas. Los ojos de los osos y de las ardillas eran circunferencias luminosas sin párpados. Los payasos danzaban torpes sobre la tela granate del cuadro. Y gritaban como locos. Entonces le asustaban todas las formas de su alrededor. Resultaba siniestra su actividad nocturna. Los payasos se aislaban y se alejaban encerrados en su fondo granate. Flotaban en el aire de una tela enganchada con chinchetas.

Su tamaño aproximado era de unos treinta centímetros.

Y eran vivos sus colores y desgastados los tonos de sus zapatos.

Después de muchos años se colaron todos en el armario. El caso es que un día desaparecieron sin dejar rastro. Las plantas se pudrieron. El oso modoso enganchó su cuerda hecha de flores en su cuello. Se ocultaron las ardillas entre las piernas de los osos y cerraron tras de sí la puerta. Desaparecieron sin dejar huella.

Todos excepto la pareja de payasos.

Acostumbrados a vivir toda su vida encerrados en el marco del cuadro echaban de menos algo de libertad. Y sabían que sus compañeros los animales acabarían siendo devorados por las polillas dentro del armario.

Entonces los payasos abandonaron el cuadro. Fabricaron unas escaleras con motas de polvo a través del aire. Unidas todas aquellas partículas, invisibles, formaban el trampolín necesario para escapar del marco. Cuando llegaron al suelo esperaron cinco meses ocultos debajo de la cama. Una hermosa y soleada mañana de invierno se largaron. Se colaron por un hueco de la ventana y nunca más se supo nada de ellos.

Su viaje comenzaba entonces y todavía hoy se sigue acordando de ellos.

Se los imagina tumbados en una cuneta cerca de la carretera. Tumbados entre las ramas e invisibles como un montón de ropa usada. Muy pobres y harapientos enterrados en sus pantalones gigantes. Amaneciendo cubiertos de fina escarcha y lejos de su cuarto. Eternos y libres en su micro mundo. Acompañados de sí mismos y protegidos del resto. Rodeando por el día naves industriales y jugando con trozos de plástico hundidos en el barro de un parking improvisado. Perdidos entre senderos llenos de basura y de latas de coca cola aplastadas. Construyendo figuras con hilos de cobre, pilas usadas y fusibles. Superando todos los obstáculos sin objetivos concretos. Caminando a la deriva y descansando por la noche en cualquier sitio. Seguramente al borde de alguna carretera interurbana. Observando detenidamente sus gastados rostros y zapatones. Aferrado uno de ellos a su oxidado saxofón. Mirando el otro de frente a su hermano y compañero durmiendo.

Aparcados en un lado todos sus juguetes. Con las flores de plástico que no se marchitan enganchadas en sus gabardinas de colores ajados.

Y bañados ambos por la luz de la luna.


martes, 27 de marzo de 2012

¡A ti tampoco te gusta el fútbol!



Cuando era pequeño lo hacía. Disfrutaba entonces de los campamentos de verano pero se suponía que ya se había hecho mayor. Si quería seguir disfrutando de aquellas interminables jornadas solo le quedaba la opción de ir como monitor. Pero eso no le seducía tanto. Empezaba a desvincularse cada vez más de su grupo de jóvenes cristianos. Empezaba a perder todo aquello el sentido para él. Sin embargo le seguían llamando insistentemente. Esta vez le invitaron a visitar el campamento por un solo día. Tuvo que aceptar por el hecho de que allí estaba su hermano pequeño. Acompañaría por una vez a sus monitores y entonces abandonaría el club. Ya no soportaba su solemnidad y la supuesta implicación exigida por ser adulto. Sus actividades se habían reducido a charlas y plegarias, meditación y aislamiento. No aceptaba ese tipo de vida concreta. Le quedaban muchas cosas por hacer como para decidir de golpe y porrazo su vocación. Sin embargo aquellos jóvenes sí que habían decidido recorrer ese camino.

Decidió acompañarles por última vez.

Quedaron muy temprano cerca del club. Se montaron en una furgoneta y salieron de la ciudad. El viaje lo pasaron en silencio y en ocasiones rezando. Los monitores le observaban como si ya no le conociesen. Sentían que ya no tenían nada que ver con él. Le aceptaban pero ya no contaban con su apoyo. Mientras ellos rezaban él no dejaba de pensar en su hermano pequeño. Llevaba cinco días fuera de casa y le quedaban diez más. Seguramente lo estaba pasando mal en ocasiones como lo había pasado él entonces. En realidad eran campamentos muy estrictos y deportivos. Estimulaban la competitividad entre los niños y solo premiaban la buena conducta y adaptación. Su hermano era delgado y disperso. No le gustaban los deportes de competición ni tampoco la disciplina. Sin embargo, igual que él, disfrutaba muchísimo de su soledad. Le gustaba rodearla de toda clase de juegos y proyectos de aventura. Se bastaba a sí mismo para trasladar su realidad cambiando de contexto las posibilidades.

No necesitaba que le dijeran lo que tenía que hacer. Aportaba su misión en la tierra motivos suficientes para luchar contra la indiferencia.

La cual no tenía nada mejor que hacer que cortar sus alas de pájaro. De mariposa aleatoria que transportaba su peso veinticuatro horas. Alas de corcho con alambres en los extremos. Alas de quita y pon que se fundían bajo el sol. Alas de hielo en verano y en invierno. Enganchadas en su espalda y en sus orejas. Ojos con párpados y pestañas que aleteaban a su alrededor y que transportaban formas geométricas. Alfombras de hierba en un desierto y columnas de piedra en la carretera. Todo aquello era confiscado en aquellos campamentos. Era descabellado mostrar los poderes ocultos de cada uno. Lo mejor era no descubrir nada de aquellos poderes y sentir vergüenza de poseerlos. Aunque formaran parte de uno mismo lo mejor era dejarlos todos en casa. Los poderes sobrenaturales de la imaginación no eran esenciales para el trabajo en equipo. La competición requería de una total y absoluta destrucción de toda la magia.

Y por todo ello estaba seguro de que su hermano se frustraría y se aislaría como lo hizo él.

Por fin llegaron al valle de C. Desde la ventana observó a unos cuantos niños montando una tienda de campaña gigante. La montaban dirigidos por sus monitores que gritaban y organizaban su aburrido despliegue militar. Salió del coche y se acercó hasta uno de aquellos sargentos de hierro.

- ¿Sabes dónde puedo en encontrar a F.R?

- Sí, creo que forma parte del equipo rojo. Ahora están todos en el campo de fútbol jugando contra el equipo verde.

- Muy bien, gracias.


Y se marchó en busca de su hermano. La verdad es que no se imaginaba a su hermano jugando al fútbol. Se lo imaginaba más bien despistado y hablando con alguno de sus compañeros.

Se sentía muy extraño recorriendo aquellos parajes. Y una sensación de horrible nostalgia le impedía respirar con normalidad. Llegó por fin hasta el campo de fútbol y detuvo a unos chicos para interrogarlos.

- ¿Habéis visto a F? F.R.

- Hace poco que se ha marchado. No sabemos a dónde.

- Está bien. Gracias.

Y siguió su camino. Y de nuevo pensó que su hermano estaría soportando lo mismo que había soportado él hacía años. Una total y absoluta indiferencia. Pero sobre todo le preocupaba que ni siquiera sus amigos supieran donde estaba.

Se acercó esta vez hacia un grupo de niños rezando. Rodeaban todos a un cura joven y de pelo negro grasiento. Primero se disculpó por interrumpir. Luego preguntó si sabían dónde podía encontrar a su hermano. Tampoco éstos lo sabían. ¿Cómo era posible que nadie conociera su paradero? ¿Tan difícil era que alguien se hiciese cargo de su hermano?

Empezaba a moverse viento en la llanura. Se colaban nubes blancas y grises entre las montañas a toda velocidad. De repente, a lo lejos reconoció un puntito. Reconocía su forma y color. Era su hermano que se entretenía solo y alejado de todos sus compañeros. Se alejaba de sus ganas de competir. Y se alejaba mucho más de lo que lo había hecho él entonces. Estaba mucho más al margen de lo que lo había estado él cuando era un niño.

Se acercó andando hacia el puntito sin perderlo de vista. Cruzó un riachuelo que reflejaba rayos de sol. Su hermano seguía siendo un puntito pero cada vez más definido. El terreno llano empezaba a inclinarse y le costaba mucho esfuerzo avanzar. El viento azotaba su peluca y agitaba las ramas de los árboles. Aislados aquellos árboles indicaban con líneas invisibles un espacio privilegiado. Un terreno en forma de triángulo mágico. Y su hermano estaba en el medio. Jugaba sentado en el suelo y manipulaba el barro mojado con un palo. Estaba concentrado y no levantaba la vista para nada. Cuando ya estaba a unos pocos metros gritó su nombre.

- ¡F.!

Se iluminaron de repente los ojos de su hermano pequeño. No era un espejismo. Su hermano mayor estaba allí por alguna extraña razón. Y su gesto reflejaba una especie de alegría contenida. Comprobarlo era maravilloso porque entendía perfectamente su reacción. Él también había echado de menos a sus hermanos y amigos cuando estuvo allí. Siempre rodeado de monitores con cara de nuca. Instructores y guías espirituales obcecados que nada tenían que ver con él.

Era entonces cuando lo echaba todo de menos. Y sabía que a F. también le faltaban su familia y sus amigos en aquel campamento.

Hablaron un rato largo, se levantaron y se largaron de allí. Le preguntó de repente por qué no jugaba al fútbol con sus compañeros. Su hermano pequeño le miró a los ojos y le dijo enfadado.

- ¡A ti tampoco te gusta el fútbol!


lunes, 12 de marzo de 2012

Con las manos en los bolsillos



A la cinco y treinta de la tarde salió de su casa con lo puesto. Un chándal azul claro y zapatillas de deporte blancas. Había quedado con sus compañeros y monitores para entrenar. Se suponía que formaba parte de un equipo de futbito. Lo que pasaba es que nadie le consideraba dentro por el hecho de que nunca iba a los entrenamientos. Y tenía sus razones. No soportaba que le pasaran el balón y fallar. Era mucho mejor espectador y animador. Todos sus amigos jugaban y formaban parte importante del equipo. Su habilidad no tenía límites y sus ganas de competir superaban con creces las suyas. Se sorprendieron todos cuando le vieron entrar por la puerta del patio del colegio. Se rieron unos pocos y uno de sus mejores amigos le dio la mano.

- ¿Qué tal estás? ¿Vienes a entrenar? – dijo.

- Supongo que sí. – contestó él.


Los demás le miraban con recelo. Incluso los entrenadores le miraban con recelo y cuchicheaban entre ellos. De repente sonó un estrepitoso silbato. Acto seguido todos se pusieron a dar vueltas al campo. Lo hacían sin parar y casi no hablaban. Rodeaban a sus entrenadores que observaban desde el centro de la pista. Sus compañeros más atléticos le adelantaban sin remedio. No sabía entonces si acelerar o dejar todo aquello y largarse a su casa. Pensó que lo más prudente sería seguir a su ritmo sin parar de correr.

Sonó de nuevo el silbato.

Esta vez se colocaron en grupos de dos personas. Para cuando quiso darse cuenta ya se había quedado solo.

- Vale, estamos impares. ¡J, colócate junto a T.!

- ¿Por qué yo? Siempre haces conmigo lo que te da la gana. T. acaba de llegar y no sabe lo que tiene que hacer

- ¡Silencio! ¡Ni una palabra más! ¡Haz lo que te he dicho y cierra la boca!


No sabía cuáles eran las razones de su conducta. El caso es que los entrenadores chillaban y trataban muy mal a sus jugadores. Sonó de nuevo el horrible silbato y empezaron todos a correr con el balón pegado a los pies. Su compañero le miraba e indicaba lo que tenía que hacer. Se acercaba rodando el balón y empezaba a perder el control de sí mismo. Lo retuvo entonces y chutó hacia su compañero. Se suponía que el balón tenía que salir disparado y dirigido hacia los pies de éste. Sin embargo la trayectoria no pudo ser más desviada. El balón salió disparado fuera del campo. Se alejó rodando a lo lejos como si quisiera escapar. Su amigo le miraba con rabia mientras se alejaba en busca de la pelota.

- ¿Qué tal lo llevas? – Le preguntó su entrenador.

- Bien, lo que pasa es que ahora me he acordado que había quedado con mi madre. Creo que me tengo que marchar.

- No pasa nada. Recuerda que mañana tenemos partido contra el Club A.

- Claro, mañana nos vemos.


Y se largó con las manos en los bolsillos. Se alejó lo suficiente como para que se olvidaran todos de él. Antes de salir del patio se dio la vuelta y se puso a observar cómo se movían todos sus compañeros y entrenadores. Lo hacían sin descanso y parecía como si su vida dependiera de ello. Agitaban sus pelucas y se deslizaban de un lado a otro del campo. A pesar del frío del invierno todo lo hacían con pantalón corto y camiseta de manga corta. Poseían la fuerza y energía necesarias para aguantar una hora más por lo menos.

Y temblaba su esmirriado cuerpo dentro de su chándal. Un chándal azul claro recién estrenado.

Le gustaba mucho su chándal nuevo y sus zapatillas de marca relucientes.





Al día siguiente se levantó temprano para desayunar. Su madre le había preparado perfectamente doblada la ropa encima de la silla. Desayunaron todos y se marchó el chico con su padre. Le llevaba en coche hasta el colegio donde se disputaba el campeonato. Cuando por fin llegaron salió el chico del coche mareado. Entraron en un polideportivo y allí estaban todos. Estaban sus amigos en el banquillo y un montón de gente en las gradas. Cuando se acercó el chico todos empezaron a reír y a cuchichear. Se acercó de nuevo su amigo.

- ¡Hombre T.!¡Al final has venido! ¡No lo esperaba! Siéntate aquí.

Le miraba su amigo mientras le indicaba un estrecho hueco en el banquillo. De repente se acercó su entrenador con la cara muy seria y le dijo.

- T. por ahora no vas a salir. Cuando seas necesario te aviso.

- Muy bien. – Contestó el chico también muy serio.

Para cuando quiso darse cuenta ya estaban todos sus compañeros en la pista. Estiraban las piernas y los brazos. Giraban el cuello de forma extraña y observaban a sus contrincantes. Sonó de repente un silbato. Sus amigos empezaron a correr chutando el balón. Se acercaban a la portería contraria y regateaban con soltura. Era una lucha constante con idas y venidas y ni por asomo pensaba en participar de aquel circo. No porque lo considerara ridículo sino porque simplemente le daba miedo. Solo pensar en tener que lidiar con alguna de aquellas moles por un insignificante balón le aterraba. Sin embargo, disfrutaba observando a sus compañeros jugando de maravilla. Pasaron los minutos y llegaron al final de la primera parte con el marcador uno a uno. La segunda parte estuvo llena de empujones y de insultos. A pesar de ello su equipo tenía la situación controlada. Marcaron dos goles más. Uno seguido del otro. Cuando quedaban cinco minutos para el final del partido su entrenador se acercó hacia él.

- T. en un minuto sales. ¡Prepárate!

No se lo podía creer. En tan solo un minuto le tocaría estar allí, rodeado de gente extraña y dando patadas al balón. Se acercó a su entrenador e intento disuadirle de alguna forma.

Sin embargo ya estaba decidido. No había nada que hacer.

- ¡Sal ahora!

Y le empujó su entrenador al campo. En su lugar se marchaba su amigo e intercesor que le miraba con los ojos muy abiertos y con el flequillo empapado de sudor.

- ¡Ánimo T.!¡Lo vas a hacer muy bien! – le dijo.

Y allí estaba. En medio de un polideportivo que jamás había pisado antes. Le miraban todos. Sus compañeros, sus rivales y el público en general. Escuchaba el murmullo de todos como un zumbido y empezaba a sentir nauseas. Su entrenador le gritaba desde la grada.

- ¡Sácate las manos de los bolsillos!

No sabía hacia donde correr ni tampoco hacia dónde mirar. De repente a su derecha pudo observar a uno de sus compañeros gritando. Le miraba con ojos de loco y avanzaba con el balón. Chutó magistralmente la pelota y fue a parar directamente a sus pies. Ahora sí que le observaban todos. Una especie de gigante con calzones rojos se dirigía a zancadas hacia él. Antes de que le alcanzara chutó con todas sus fuerzas el balón. Éste se desvío fuera del campo hasta la grada. Acto seguido sonaron tres pitidos.

- ¡Piii, piii, piii!

Por fin todo había terminado. Sus compañeros celebraban su victoria con los entrenadores. Los gigantes del otro equipo se marchaban a los vestuarios con la cabeza baja. El público gritaba consignas. De repente se acercaron todos hacia él. Le levantaron sus compañeros y entrenadores. Elevaban a su peor jugador y mascota. Coreaban su nombre y reían. Estaban contentos y era normal. Habían ganado y por su forma de proceder parecía que hubiese sido gracias a él. Sabía que no era así. Sin embargo disfrutaba de su momento de gloria. Se sentía un triunfador de la noche a la mañana. Le brillaban los ojos y le dolían los músculos de la cara de tanto sonreír.

Todo el estadio vibraba y vitoreaba.


- ¡T! ¡T! ¡T! ¡T! ¡T! ¡T!



lunes, 5 de marzo de 2012

Tinieblas balá



No le gustaba la comida recalentada. Entonces lo que hacía era hincharse de pan. Se llenaba la bandeja de rodajas perfectamente cortadas. Estaba un poco seco pero no le importaba demasiado. Se imaginaba en la corteza dorada de aquellos trozos deliciosas obleas. Cuando hubo llenado su estómago lo suficiente salió del comedor en busca de su amigo y compañero de clase. Seguramente lo encontraría en el fondo del campo de beisbol donde normalmente pasaban muchas horas jugando con arena. Lejos de sus compañeros y profesores. Era su entorno particular y forma de salir de aquella cárcel. Allí podían dar rienda suelta a su imaginación sin que nadie les molestara.

Y en efecto, allí estaba su amigo haciendo montoncitos en el suelo. Lo adivinaba desde lejos. Reconocía sus movimientos y silueta en medio de la nada.

- Qué pasa B. ¿Sabes que no encuentro mi bolso? Creo que lo he perdido.

- Es la tercera vez que lo pierdes. Tu madre te va a castigar.

- Creo que me lo he dejado en el aula de informática. ¿Me acompañas luego a buscarlo?

- Claro.

Mientras hablaban, su amigo se entretenía dibujando líneas en el suelo con un palo. Él hacía lo mismo. Dibujaba círculos perfectos a su alrededor. Montañas y castillos de arena. Cinco minutos después se levantaron los dos y se colocaron justo en frente de la valla que separaba el campo de beisbol del exterior. Rodeaban su colegio un enorme campo de cereal y al fondo muchos edificios y fábricas. Entonces se acordaban ambos del verano. Miraban el campo y echaban de menos su pueblo. Recordaban las tardes de agosto cuando los días eran mucho más largos y divertidos. Cuando simplemente salían de casa y vivían toda clase de aventuras. Sin embargo, allí estaban. Encerrados en el colegio que sus padres habían decidido para ellos. Intentaban escapar por lo menos con su mente de aquella trampa.

Mientras, el viento soplaba muy suave creando suaves hondas sobre el campo de trigo verde. Los pájaros sobrevolaban la tierra que pisaban ellos sin remedio.

Se pusieron a dar saltos sobre la arena. El suelo temblaba bajos sus pies. La superficie estaba seca pero acumulaba en su interior litros de agua sucia. Saltaban y aparecía de pronto la lluvia. Se formaban charcos cristalinos y temblaba la tierra. Consiguieron cambiar la estructura molecular del suelo. Era extraño pero vibraba en ondas todo lo que pisaban. Descubrían alfombras de una masa viscosa. Transformaban los minerales en plastilina. Cambiaban de orden los elementos y estallaba una tormenta bajo sus pies. El mundo se había girado a base de golpes secos. La imaginación de ambos desbordaba y no paraban de saltar.

De repente se formó la niebla.

Una densa niebla que se pegaba en la suela de sus zapatos llenos de barro. Se colaba a través del suelo y no despegaba. No llegaba ni siquiera hasta sus rodillas. Se quedaba pegada en el suelo. Su cuerpo se impregnaba de magia y ya casi ni sentían su propio peso. Bautizaron aquel extraño fenómeno como tinieblas balá. No sabían ni siquiera de donde procedía el significado de aquellas dos palabras. Lo único que sabían era que formaban parte de una realidad mucho mejor y más divertida. Cada vez los saltos eran más fuertes y seguidos. La tierra empezaba a moverse de izquierda a derecha. Seguramente debajo les esperaba un mundo lleno de lava y plagado de seres y de rocas extrañas.

De repente todo despareció. Se esfumaron las tinieblas y las texturas. Desaparecieron los charcos de agua cristalina. Empezaron a sentirse de nuevo enfermos y pesados. La sirena sonaba con estrépito y desafinada. Anunciaba la llegada de los exámenes, de los test de inteligencia y de los deportes de competición. De las aburridas clases de flauta y de plástica. Donde solo se valoraban los modelos de conducta y adaptación. Donde solo hablaba el profesor y dictaba cuales eran las pautas de comportamiento general. La imaginación y la creatividad estaban prohibidas.

Y se apiñaban todos en la puerta de su colegio como rebaños de ovejas entrando al redil.

El sol se colaba a través de las ventanas y dibujaba en los pasillos de baldosa formas geométricas de luz amarilla. Cargaban todos con sus mochilas llenas de libros y de cuadernos.

Una realidad insoportable se respiraba en un ambiente cargado de nostalgia. Ajenos y unidos todos en el aula escuchaban con abnegado silencio la lección de sus maestros.

Y echaban de menos él y su amigo las tinieblas.

No se podían concentrar encerrados y sentados en sus pupitres. Solamente pensaban en derrotar a sus enemigos para lograr escapar de aquella mazmorra cuanto antes.