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lunes, 27 de febrero de 2012

Gemelas



Intentaba dormir. Una densa niebla se formaba en su cabeza de resaca. Y se colaban las gemelas una por una. Se intercambiaban y engañaban con suma destreza. Mientras una entraba y acto seguido era despedida la otra esperaba en el pasillo. La recién despedida se marchaba corriendo y haciendo mucho ruido para que pensaran que se marchaba. Mientras, su hermana gemela entraba sigilosa en su habitación. Cuando la despachaba esperaba la otra gemela en el pasillo. La recién despedida se marchaba corriendo y haciendo mucho ruido para que pensaran que se marchaba. Mientras, su hermana gemela entraba de nuevo sigilosa en su habitación. Cuando la despachaba esperaba la otra gemela en el pasillo. La recién despedida se marchaba corriendo y haciendo mucho ruido para que pensaran que se marchaba.

Mientras, su hermana gemela entraba de nuevo sigilosa en su habitación.


viernes, 24 de febrero de 2012

Y está aqui!! ya llegó el efecto 2000!!!!!!!!





si alguno de vosotros/as desea recibirlo en casa totalmente gratuito que me escriba su dirección a:

blonderedhoward@gmail.com

martes, 14 de febrero de 2012

Patinaje sobre hielo



Era viernes por la tarde y no estaban acostumbrados a que se hiciera de noche tan pronto. El invierno había llegado de repente y no se habían dado cuenta. Caminaban por la calle sin rumbo fijo.

Iluminaban unos pocos rayos de sol un edificio de nueve plantas. Destacaba su reflejo en medio de la monotonía de su barrio.

Se detuvieron y se colaron por una entrada secreta.

Uno de los chicos se quedó atrás. Cuando por fin consiguió entrar ya no había nadie. En unos pocos segundos ya se habían largado todos sus amigos. Habían subido las escaleras y le habían dejado solo. No le importaba. Ellos no tenían la culpa si les daba por caminar entre los coches y por el centro de la calzada. Necesitaban hacer esa clase de chorradas continuamente. Tampoco pasaba nada si desdeñaban las señales de PROHIBIDO EL PASO. ¿Qué significaba que unos cuantos alelados e inofensivos adolescentes se creyeran el centro del universo? No significaba nada. Simplemente se divertían. Pensaban como animales y trascendían muy poco sus acciones. Eran como siete cubitos de hielo sobre un charco. Igual que un puñado de hierba enterrado en la playa. Tallos de fresas unidos por un hilo y colgados de un pino.

En su estado no importaban a nadie. A caballo entre la infancia y la muerte.

Pensaba el chico en todo aquello mientras escuchaba los alaridos de sus amigos y amigas. Eran chillidos predecibles y aburridos. Llegó hasta el primer piso y se topó de repente con la silueta de su novia perdida en la oscuridad. Se tambaleaba y rozaba con las manos las paredes de yeso. Le ayudó el chico a encontrar la salida. Ambos se dieron la mano y subieron corriendo hasta el último piso.



La luna llena iluminaba una pista de hielo enorme. Se había formado en la azotea de aquel edificio de nueve plantas. La lluvia acumulada se había congelado creando una placa de hielo grueso y liso. El cielo estaba totalmente despejado. Giñaban los ojos las estrellas y brillaban con fuerza. A lo lejos se deslizaban sus amigos como por arte de magia. ¿Cómo lo conseguían? Ni siquiera imaginaba cómo podían trazar líneas rectas sin mover los pies. Caminaban de espaldas y con las manos unidas. Se arrastraban los unos a los otros. Se movían como pingüinos en un iceberg. Eran como fantasmas sobre un pantano luminoso.

Enredaban sus rodillas con bailes imposibles y giraban como tiovivos.

Y se acabó de reconciliar el chico con ellos. No eran aburridos ni tampoco predecibles. Simplemente eran sus amigos. Todo esto les unía mucho más y mejor. No necesitaban alquilar patines ni tampoco dar vueltas obligatorias en círculo. Cada cual trazaba su propia trayectoria. Se empujaban y caían al suelo entre carcajadas y tirones de cazadora. Se desprendían de sus bufandas y se mojaban los guantes de lana.

No había nadie que les dijera ni cuándo ni cómo hacer las cosas.

En el fondo tampoco estaban tan alelados. Realmente lo que buscaban era no importar a nadie. Y lo habían conseguido juntos. Se divertían y se abrazaban con solo mirarse a los ojos. En su mente se habían reconciliado los adolescentes ajenos al resto del mundo.

Rodeados de hielo.


jueves, 9 de febrero de 2012

Papier collé

Un viejo sistema operativo



Su profesor de informática fumaba muchísimo. No paraba de hacerlo y cuando inhalaba el humo arrugaba los labios hasta conseguir hacer desaparecer su boca negra. Su pelo era blanco y grasiento. Ondulaba su peluca encima de una enorme cabeza pensante. Llenaba con su barriga un traje gris ajado. Tenía muy poco cuello y alrededor una corbata muy grande y plateada.

Detrás de su mesa se transformaba en un bloque de hormigón. No expresaba nada su maestro delante del ordenador. Iluminaba el tubo catódico a través de la pantalla en sus gafas y reflejaban los cristales pequeños haces de luz de color verde fosforito.

Uno de sus alumnos, un chico muy vago y disperso se ocultaba en el fondo del aula. No hacía ni caso por el hecho de que no entendía casi nada. Le gustaban los videojuegos y los colores que proyectaban los ordenadores pero no soportaba la disciplina que adoptaban sus compañeros y profesores. Ya no pensaban los chicos de su edad en lenguaje ms dos. Ahora le tocaba el turno a las videoconsolas de ocho y dieciséis bits. Ellas eran las que dictaban el gusto y fascinación por las nuevas tecnologías. El sistema de códigos internos de las viejas computadoras de su colegio estaba obsoleto para los chicos de su generación. No obstante, algunos de ellos se adaptaban perfectamente como si aceptasen digerir piedras. Manoseaban los teclados y llenaban su mesa de cabellos. Se dejaban las escamas en aquellos pupitres.

El chico jugaba con su programa editorial mientras su profesor no paraba de fumar y escribir en la pizarra. Degustaba aquel alumno imaginando tonterías de color verde sobre fondo negro. Describía en la pantalla de su ordenador cada detalle que observaba en el rostro de sus compañeros.

Brillan sus ojos de trucha. Se doblan como monos y se rascan la cabeza. Desconocedores todos de un lenguaje interno indescifrable.

Su profesor seguía escribiendo signos copiados de su libro de texto. La gestión de parámetros era la siguiente:

@echo off
ver
goto Final
vol
:Final


if "%TEMP%"=="" set TEMP=C:\DOS


Mientras tanto el chico disperso seguía narrando lo acontecido en aquella sala. Escribía a tiempo real y lo guardaba en la memoria c: de su ordenador. Al final de la clase nunca se olvidaba de copiarlo todo en su disquete de 5.5”.

Era una cosa fascinante comprobar cómo se almacenaban los datos en tan poco tiempo.

En el fondo la clase no le resultaba tan pesada. No le disgustaban los fluorescentes del techo ni tampoco las paredes sin ventana. Lo que le realmente no soportaba era la disciplina. Las paredes de baldosa verde azulada brillaban y reflejaban disciplina. Y además llevaban él y sus compañeros tres interminables horas de clase. Lo pasaba mal el chico y ya no sabía sobre qué demonios escribir. Entonces describía lo que hacía. Eso era de lo que hablaba.

El tema de sus relatos era el hecho de redactar en sí mismo.

El caso es que alucinaba con los signos y colores de aquellos ordenadores. Le ayudaba un posible lenguaje indescifrable de códigos a pensar en abstracto. Imaginaba el futuro contantemente mientras escribía en su presente más inmediato relatos del pasado.

De repente sonó muy fuerte el timbre y apagaron todos los ordenadores. Recogió rápidamente su mochila y se largó de allí. Mientras caminaba hacia su casa daba vueltas sin control a su diminuta cabeza.

[comando |] SORT [/R] [/+n] [> [unidad2:][ruta2] nombre_archivo2]

Estaba claro.

Poseía las herramientas necesarias para la construcción de una vieja hipótesis. Proyectaría con aquellos códigos nuevos planetas desde la tierra en donde los seres humanos pudiesen vivir felices y en armonía consigo mismos.


martes, 7 de febrero de 2012

COMING SOON!!!!!

Eructos con sabor a caramelo



Transcurría un año bisiesto cualquiera. Unos pocos días antes de las fiestas patronales de S. los dueños del bar montaban la barraca. La llenaban de refrescos y de bebidas alcohólicas. Coca colas, naranjadas, limonadas y barriles de cerveza.

Allí estaban todas aquellas cajas apiladas unas encima de las otras perfectamente ordenadas.

Él y sus amigos se colaron dentro sin que nadie los viera. Contaron la cantidad de botellas que había en cada caja. Cuatro filas de siete botellas. Estaban todas llenas de polvo y de telas de araña. Se fijaron en una caja de refrescos en concreto. La naranjada era su bebida favorita y les gustaba beberla siempre que podían. El chico más delgado de todos levantó una caja repleta de botellines de KAS y la puso de golpe encima de una barra de aluminio.


- ¡Blam!


De un salto se subió a la barra y pasó al otro lado. Recogió la caja muy deprisa y se largaron todos corriendo con la mercancía robada hacia el río.



Cuando ya se habían alejado del pueblo lo suficiente como para no poder ser vistos por nadie descansaron. Rodearon los niños los veintiocho botellines. Los miraban con los ojos muy abiertos y salivaban con solo pensar en beberse su contenido. El problema era que no contaban con un simple abrebotellas. Se las ingeniaron para destaparlas haciendo palanca contra un muro de cemento.

Salía disparada la comúnmente denominada chapa.

Entonces se bebieron su contenido a toda velocidad y de un solo trago. Se hincharon de aquel horrible brebaje hasta la enfermedad. La naranjada estaba muy caliente pero no les importaba. Degustaban el azúcar y las burbujas se transformaban en eructos con sabor a caramelo.

domingo, 5 de febrero de 2012

La base de plástico de un zapato de tacón



No sabía de donde procedían el viento y la nieve. Seguramente viajaban desde un lugar remoto hasta desaparecer en algún lugar extraño. Se formaba la nieve en espirales de hielo a lo largo y ancho de su barrio. Se colaba el viento en algunas calles y la sensación térmica bajaba de golpe. Se protegían algunos con muros de contención para los climas severos. Paredes de ladrillo. Paredes de yeso. Suelos de madera. Cristales sellados con silicona y burletes de goma.

Formados de hielo millones de copos flotaban por el cielo. Siempre lo hacían siguiendo una línea imaginaria. Su propia trayectoria aleatoria. Y dejaban de ser copos cuando tocaban el suelo. Cuando se posaban en los abrigos de los peatones. En sus gorros de lana y botas de goma. En sus rostros apáticos y mirada perdida. Los músculos de la cara se transformaban y expresaban menos que lo que pueda expresar una piedra. Una piedra helada conseguía expresar mucho mejor en medio de la nieve.

Se trastornaba el ciudadano e hibernaba su mente.

Pensaba el chico que le gustaba hablar del tiempo constantemente. Disfrutaba con las descripciones tan inmediatas que formulaban sus vecinos en el ascensor y por la calle. Introducían el tema de vez en cuando sus amigos en los bares. Enlazaban sus temas de conversación de maravilla. Coincidían y reflejaban su forma de seres humanos. Se abrigaban y estaban de acuerdo en todo. Las gotas de lluvia eran estrellas.

Estructuras geométricas de hielo formadas por el viento.

Salió de casa forrado de muchas capas. Había quedado con su hermano para cenar. Andaba como si le pesaran los brazos. Parecía un espantapájaros sin estructura. Caminaba y observaba sus zapatos. Le picaba la cabeza a través de su gorro de lana marrón. Pensaba entonces que no tenía frío. Levantaba la cabeza y presumía de cuello sin bufanda. Un cuello muy fino de asustado cervatillo. Sus piernas como palillos bailaban dentro de sus pantalones vaqueros. Estaba helada su ropa y cuando se agachaba para poder atarse los cordones se congelaban sus rodillas.

El frío recorría sus extremidades y embalsamado su cuerpo se transformaba de nuevo en un espantapájaros.

Caminaba taciturno mirando al suelo. La nieve se alojaba entre los adoquines hundidos en el cemento. De repente sintió algo extraño en la planta del pie. Algo se había enganchado en la suela de su zapato derecho. Arrastro el objeto sobre los adoquines. No había manera de zafarse de aquella protuberancia incómoda. Se había instalado en su zapato como un parásito. Se agachó y descubrió que se trataba de un tacón.

La base de plástico de un zapato de tacón.

Se había enganchado y clavado de repente. Qué cosa tan extraña. Seguramente se trataba de algo extraordinario. No lo sabía. Buscaba en el invierno y en su vida cotidiana algo nuevo y revelador.

Buscaba incansablemente un sentido de las cosas ordinarias. Y cada vez se alejaba más y más de su propia realidad.


miércoles, 1 de febrero de 2012

En sus retinas todas las estrellas visibles



Aparcaron el coche en medio de la montaña. Resultaba muy extraño ver aquella mole de hierro rodeada de vacas. La verdad es que resultaba incluso gracioso. Prepararon sus mochilas y comenzaron el ascenso. Lo tenían todo calculado. Llegarían hasta la cima justamente cuando el sol se pusiera. Pasarían la noche al raso y descenderían al día siguiente.

Estaban decididos a dormir en la cumbre. Comieron algo y comenzaron su aventura.

El chico más delgado y urbanita iba el último. Sus amigos encabezaban la travesía y le esperaban y marcaban el ritmo. Miraban el mapa y se orientaban perfectamente. El chico miraba las nubes y los árboles. Se quedaba perplejo observando todo tipo de formas y colores a su alrededor.

El verano bañaba con miles de tonos de verde los bosques y los riachuelos.

Se paraban de vez en cuando para beber agua. Entonces se deleitaba el urbanita con una sensación extraña. No estaba acostumbrado el esmirriado y aprehensivo estúpido a tantas emociones juntas. Se sobaba su pelo grasiento y se cansaba y consumía cada vez más. Sus reflexiones se acumulaban como rebaños de ovejas en una despensa. Era la montaña la que no le dejaba pensar con claridad. Se le taponaban los oídos y escuchaba una especie de zumbido provocado por el flujo constante de la sangre. Le picaban los hombros y se le cargaba la espalda. Le lloraban los ojos y se le secaba la boca. De todas formas avanzaba y no se dejaba intimidar por aquellos síntomas que sufría por imaginación. No se quejaba ni tampoco decía nada. Se limitaba a observar a sus compañeros e intentaba no perderles de vista.

Atardecía poco a poco y los pájaros e insectos fueron sustituidos por otros animales mucho más oscuros y escurridizos.

Cuando llegaron hasta la cima casi no había luz. El sol se había ocultado detrás de las montañas y proyectaban sus rayos tonos violeta muy sutiles. Se acercaban nubes negras a toda velocidad y amenazaban con descargar toda su fuerza sobre la tierra. Se miraron preocupados y empezaron a temblar. El viento soplaba con fuerza y les empujaba hacia el abismo. Se introdujeron rápidamente en los sacos de dormir y rezaron para que la tormenta pasara de largo. No había escapatoria si se le antojaba a la indomable fuerza de la naturaleza manifestarse. Estaban expuestos e indefensos ante semejante poder. No había techos ni tampoco paredes de ladrillos. No había cocinas equipadas ni salones amueblados. No había ventanas ni tejados. Tampoco había invernaderos. Todas esas cosas habían sido sustituidas por piedras. Fragmentos de rocas e insignificantes florecillas. Tierra y ramas secas castigadas por el viento.

Extendieron sus esterillas y se acurrucaron todos juntos en los sacos de dormir. Alumbraban con su linterna las mochilas en busca de algo de comida.

Mientras tanto hablaban de su vida cotidiana. De sus compañeros y experiencias. Se refirieron sobre todo a las cosas que transformaba en humanos a los individuos. Lo mundano y abandonado pasaba a formar parte esencial de su presente más inmediato.

Poco a poco la conversación iba en declive y desaparecían las formas de alrededor. Sus amigos habían dejado de charlar y cerrado los ojos. Oscurecía sin remedio y ahora el chico reflexionaba consigo mismo dentro del saco.

Entonces cruzaban él y sus fantasmas el paso de la vigilia hacia un sueño reparador.

***

Cuando abrió los ojos no podía creer lo que estaba viendo. El universo se proyectaba como en una pantalla de cine. Las nubes negras habían desparecido. Las estrellas se multiplicaban por cientos de miles. La poesía desconocida y precisa se albergaba en cada estrella. Contenida en los colores y texturas de aquellos astros milenarios.

La temperatura dentro de su saco de dormir era perfecta. Disfrutaba de su calor corporal y solo sentía frío en la punta de su nariz. Escuchaba el viento suave y helado a través del valle. La luna llena iluminaba los picos de las montañas. Brillaban con intensidad los copos depositados durante miles de años en aquellos neveros.

Brillaban sus pupilas como nunca lo habían hecho.

No podía compartir sus experiencias con nadie salvo consigo mismo. La retórica estaba pasada de moda. Las palabras no eran las justas sino insuficientes. Era muy consciente de que todo aquello desaparecería si se quedaba dormido.

No le importaba en absoluto. Aportaban lo suficiente unos pocos segundos de aquella maravilla.

Cerró los ojos y se quedaron grabadas en sus retinas todas las estrellas visibles.

***

domingo, 29 de enero de 2012

Building a house



Técnica: Papier Collé. Medidas: 21 x 29,7 cm.

Título de la canción: Playground Love. Grupo: Air.

martes, 24 de enero de 2012

Clases particulares



Todo el curso mirando su pupitre sin pensar en nada. Sentado en su clase y rodeado de gente. El profesor se movía de un lado a otro y gesticulaba de forma horrible. Sus ojos eran los ojos de un loco. Sus compañeros iban a lo suyo y el profesor no paraba de hablar y de arrastrar su tiza sobre la pizarra. El chico modulaba la línea de sus esquemas. Cambiaba de colores y sombreaba sus dibujos. Perfeccionaba la letra de sus apuntes modificando las eles y las uves. No entendía las razones por la cuales sus compañeros se esforzaban por aprender algo que para él no tenía ningún sentido.


E = V•T
M1•K1(t1-t) = M2•K2(t-t2

F = G•M•M/D2

W = "/T • VELOCIDAD ANGULAR
V = W•RADIO • VELOCIDAD LINEAL

W = "/T=2"/T=2"F
W = F•E•Cos


Nunca hacía los deberes y suspendía todos los exámenes. Su profesor le miraba directamente a los ojos y afinaba su vista moviendo las cejas. Unas cejas pesadas y llenas de canas. El chico evitaba su mirada y entonces observaba su peluca. Una peluca ondulada y peinada con la raya de lado. Evitaba sobre todo sus reproches y consejos en público. Quería pasar desapercibido y que le dejaran todos en paz. Aceptaba los resultados de sus exámenes sin molestar a nadie.

Era un alumno mediocre en casi todo lo que hacía. Y sin embargo en la física era un fracaso.

Cuando llegó el verano sus padres y profesores le advirtieron.

- Vas a tener que buscarte un profesor particular si quieres superar el curso.

Y así lo hizo. Un profesor de instituto jubilado le recibiría todos los martes y jueves por las tardes para impartirle clases particulares.

Pero seguía sin encontrar el sentido de las cosas obligatorias.




Las clases de física eran después de comer. Le costaba horrores levantarse de la mesa y salir a la calle. Sobre todo por el calor insoportable que hacía en verano. Se ocultaba y se protegía entre las sombras de los edificios. No había nadie por la calle. Estaba todo el mundo en sus casas con las persianas bajadas. Lo que realmente le apetecía era poder dormir hasta que se hiciera de noche. Pero eso era imposible. Tenía que darse prisa si no quería llegar tarde y derretirse en plena calle.

Presionó el botón de hierro oxidado del portero automático de la casa de su maestro. Subió las escaleras muy despacio hasta el segundo piso y llamó al timbre. Giraba la llave su profesor mientras esperaba impaciente su alumno.

- Pasa majo.

Entonces sacaba el chico los libros y se sentaba en la mesa del salón. Lo primero que hacía su profesor era bajar todas las persianas. El sol que antes iluminaba las paredes de gotelé desaparecía. Solamente se podían apreciar pequeños haces de luz intentando atravesar las persianas. Un terrible sol de agosto incidía en las fibras de las persianas. Y proyectaban sus ranuras líneas discontinuas en el suelo de parqué.

El olor a barniz y a madera flotaba en el aire.

Su profesor particular le resultaba un poco siniestro. Sus dedos eran afilados como agujas. Destacaba en su rostro una perilla hirsuta y perfectamente recortada. Era muy pequeño y encorvado. Tenía la cabeza muy grande y despejada. A pesar de su apariencia en el fondo era de formas muy bellas. Sus movimientos eran muy suaves y su voz clara y concisa. Cuando explicaba los ejercicios conseguía captar su atención. Poco a poco fue entendiendo mejor la física. Los ejemplos de su maestro resultaban reveladores. Terminaba los ejercicios casi sin esfuerzo. Los resultados coincidían con los de su profesor que le observaba y felicitaba.

Trabajaban ambos sin descanso. Avanzaban y transformaban lo complejo en algo sencillo. Fórmulas matemáticas básicas flotaban en el aire. Giraban los planetas alrededor del sol y lo hacían sin abandonar su órbita y velocidad. Escuchó de repente la voz de su profesor a lo lejos. Se alejó de su maestro y empezó el chico a caminar de nuevo por la calle.

El cielo era de color verde. Las farolas estaban rotas y por el suelo había un montón de basura electrónica.

Llegó a casa y se tumbó en la cama. Abrazó su almohada y cerró los ojos. Por fin había conseguido abandonarse a los placeres del sueño. Que maravillosa sensación recorría todo su cuerpo. El sistema solar y la mística de Neptuno. El sistema de anillos de Saturno. En las paredes talladas siete montañas heladas. Una espesa niebla rodeaba su cama. De repente le acosaron montones de gente. Le gritaron e intentaron que se despertase a toda costa. Le amenazaron con antorchas y con palos de hierro al rojo vivo.

Le gritaron muy fuerte y le preguntaron.

- ¿Estás dormido?

Su profesor particular le zarandeaba.

- ¿Es que no duermes bien por las noches?

No le quedaban fuerzas para contestar y entonces su profesor cerró los libros de golpe.

- Creo que por hoy ya hemos terminado.

Y se largó el chico para casa. No sin antes haberle encomendado su maestro la realización de un montón de tareas. Ahora sí que lo había conseguido.

Sabía lo que tenía que hacer.

Tumbarse en la cama y abandonarse a los placeres del sueño.


martes, 17 de enero de 2012

Le bricoleur



Le habían explicado muy bien cómo aplicar el yeso. Sabía que tipo de materiales necesitaba y de cuánto tiempo disponía. Estaba dispuesto a reparar aquella gotera costara lo que costara. Empleaba su tiempo libre en arreglar poco a poco el desván de sus padres. Miraban él y su cuñado una mancha de humedad que había aparecido en el techo.

- Vas a tener que rascar antes de pintar.

- Está bien. – dijo él.

- De todas formas – afinaba su vista el experto. - Primero tienes que revisar el tejado y asegurarte de que la mancha de humedad no aparezca de nuevo. Observa el tejado.

Le señalaba el tejado desde la terraza.

- Hay un montón de tejas rotas y lo que pasa es que no canalizan bien el agua. Vas a tener que subirte y cambiar algunas.

- Está bien. ¿Dónde puedo comprar tejas nuevas?

- No hace falta. – sonreía su cuñado.





Al día siguiente subió al desván una escalera de aluminio muy ligera y un montón de bolsas de plástico para recoger los escombros. Se iba a subir al tejado y arreglar todo lo que pudiese. Llevaba lloviendo toda la semana pero por fin había salido el sol. Un sol de invierno que no calentaba pero que sentaba bien. Apoyó la escalera como pudo en el suelo de la terraza. El terreno no era muy firme y se tambaleaba la base. Se subió con mucho cuidado y se agarró a una rejilla de hierro oxidado. Le separaban muchos metros desde el suelo. Todas sus maniobras eran torpes y forzadas. Cuando se lo pensaba demasiado le temblaban las piernas. Se apoyó en una chimenea y pisó con fuerza una teja bien sujeta con cemento. Su cuñado le había recomendado.

- Siempre que camines por un tejado pisa bien dos tejas a la vez. De esta forma no se romperán.

Y así lo hizo. Andaba muy despacio por el tejado de su edificio de ocho plantas. Crujía el suelo bajo sus pies y de vez en cuando se resbalaba por la humedad y el musgo que crecía entre las tejas. Cuando llegó hasta un lugar seguro se sentó y respiró con tranquilidad.

Observaba su tejado con detenimiento.

Había una cuantas tejas mal colocadas y algunas estaban rotas. Entonces entendía perfectamente la razón de ser de todas aquellas goteras. Colocó bien todas las tejas movidas. Estaba de cuclillas y le temblaban las rodillas. Soplaba un viento helado que le quemaba la cara. Un montón de nubes negras se acercaban a toda velocidad. Cuando hubo terminado de colocar bien las tejas examinó cuáles de ellas estaban rotas y debían ser sustituidas por otras nuevas. Había cuatro de ellas destrozadas. Miro el tejado de su vecino.

Allí estaban todas aquellas preciosas tejas alineadas y perfectamente superpuestas unas encima de las otras.

Cogió la primera. Levantó la vieja y rota de su tejado y la sustituyó por la nueva de su vecino. Una preciosa teja intacta. Así poco a poco fue haciendo lo propio con todas las demás. De repente escuchó el sonido de una cerradura en el trastero de su vecino. Pensó que quizás alguien le había visto desde alguna ventana y había llamado. O quizás pasaba por allí y había escuchado ruidos en su tejado.

No daba crédito a su mala suerte. En qué pensaba cuando hacía las cosas. Seguramente no pensaba en nada y lo único que hacía era dejarse llevar. No pensaba nunca en las consecuencias de sus actos pero entonces no podía dejar de hacerlo.

Caminaba su vecino por el suelo de su desván y escuchaba sus pasos como si fueran golpes.

Estaba paralizado y muerto de miedo. Cualquier movimiento en falso y estaba perdido. Podía ser descubierto y entonces su vecino le denunciaría. O peor. Le esperaría en el pasillo del último piso escondido y cuando saliese le daría una paliza con un palo de madera. Se lo merecía por ladrón. Eso le pasaba por robar tejas a su vecino y pasar sus desgracias y sus goteras al prójimo.

De repente se puso a llover.

Que mala idea la de su cuñado le bricoleur. El caso es que ya lo había hecho. Ya no había marcha atrás. Su vecino seguía andando por el desván. Escuchaba sus pasos lentos y aleatorios. Respiraba el chico con dificultad. Derribaría su vecino la puerta de su desván y le pillaría en plena faena. Le robaría la escalera y entonces no le dejaría bajar. Se tendría que quedar allí empapado y esperando a la policía. O peor aun. Subiría por la escalera hasta el tejado y allí le atacaría con su palo de madera. Le empujaría su vecino desde el tejado hacia el abismo.

Con la excusa del robo desataría sus impulsos de asesino.

Pensaba en el fondo que todos tenían un impulso de asesino reprimido en su interior. Solo hacía falta verse amenazado para sacarlo y emplearlo a fondo. Mientras pensaba en todo ello escuchó de nuevo la cerradura de su vecino. El sol se ocultaba entre las nubes y cada vez llovía con más fuerza. El viento soplaba fuerte y helado.

Y se le acaba el tiempo.

Un golpe seco hizo temblar su corazón de sabandija. Escuchó de repente como cerraba la puerta su vecino y se marchaba. Lo que tenía que hacer estaba claro. Tenía que bajar de aquel tejado cuanto antes. Caminaba deprisa y haciendo mucho ruido. Cuando ya casi tocaba el suelo escuchó de nuevo un portazo mucho más intenso dentro de su trastero.

- ¡BLAM!

Sus extremidades dejaron de ser. No podía ver nada. Sus ojos llenos de lluvia le impedían ver nada. Ya no había escapatoria. Recibiría su merecido. Temblaba su cuerpo como gelatina y esperaba lo peor.

De repente se dio cuenta de lo que había pasado.

Se había dejado la puerta de su desván abierta y el fuerte viento la había empujado cerrándola de golpe. Su diminuto corazón latía como el de un colibrí. Recogió rápidamente la escalera y salió de allí asustado y mojado como una rata.


lunes, 16 de enero de 2012

jueves, 12 de enero de 2012

El cementerio



El mapa parecía largo y complicado. Cementerios, molinos y monstruos gigantes. Cuevas llenas de murciélagos y de lava. Y al final una especie de castillo subterráneo donde le esperaban Astaroth y la princesa Prin Prin. Su peor enemigo y su amada de pelo azul. Sir Arthur estaba preparado. Preparado para recorrer cubierto de su armadura todo aquel infierno. También lo estaba su hermano que sudaba y desgastaba el mando de su consola de 16 bit.

Pisaba bambúes de colores fosforitos. Le daban la bienvenida un esqueleto crucificado sin piernas y otro atrapado en un cepo de granito. Al fondo le saludaban unos árboles pelados y unos ahorcados. Daban la bienvenida al caballero del yelmo y la barba pelirroja los humedales cristalinos y las plantas acuáticas. Completaban el decorado un cielo negro cubierto de nubes y un suelo lleno de musgo. De pronto surgió de la tierra la muerte. Eliminarla no era tarea fácil. Su implacable guadaña asomaba desde las profundidades del barro mojado con la intención de llevarse consigo al caballero.

Se protegía el guerrero. Lanzas hacia delante. Lanzas hacia arriba. Saltaba y arrojaba lanzas hacia el suelo. Convertía a sus enemigos en efímeras bolas de fuego.

Estaba inmerso el cementerio en un microclima favorable para la proliferación de plantas salvajes. Crecían por doquier en todos los rincones. Se topó con un muro de piedra y de barro. Sobre el muro estaba apoyado un estúpido buitre agitando sus alas. El caballero lo derribó como a todos los demás enemigos. Lo convirtió en una bola de fuego dejando tras de sí únicamente unas cuantas plumas. En un agujero del muro se podían observar montañas de calaveras y de lanzas. Sobre un árbol centenario esperaban de nuevo los buitres. Esta vez no se movían ni agitaban sus alas. Simplemente esperaban para lanzarse en picado.

Entonces comenzaba la maravillosa y llena de magia. La música por la cual merecía la pena arriesgarse. Jugar hasta que los pulgares se resintieran. Rodeados de aquella melodía él y su hermano se sentían bien. Se sentían bien ellos dos encerrados en su cuarto. No salían a la calle. Disfrutaban de su silencio y de la banda sonora del videojuego. Aquella melodía. Maravillosa composición no apta para insensibles. Surgía del televisor e impregnaba sus cerebros de mosquito. Aunaba todo y cuanto se separaba de su forma original. Era la síntesis del sonido magistralmente adaptado desde lo acústico. El clavicordio con vibrato. De fondo sonaban flautas de madera rellenas de moho y entonaban macabras melodías para el deleite de vivos y difuntos. Maravillosos aullidos de perros raquíticos y silbidos de fantasmas. Violines electrónicos desafinados. Repeticiones y variaciones de pitidos. Sonaban bellas, muy bellas melodías formando una sola composición. Una composición que recordarían toda su vida.

Y avanzaban su hermano y el guerrero de barba pelirroja.

Apareció un cofre dorado y granate que no necesita llave. El caballero todo lo solucionaba a golpe de lanza. Lo abrió y recuperó su armadura especial. Armadura dorada y con capa de terciopelo roja. Alguien había encendido una hoguera encima del muro. Y lo peor de todo era que lanzaba calaveras. El caballero pensaba que todo era un horror. Su vida era un horror. Sin embargo no podía ni pensar en abandonar.

Su misión era la de cualquier caballero de su rango. Se cruzaban en su camino la muerte y la batalla. Le acompañaban sin remedio las sombras de la gloria y de la espada.

Acto seguido aparecieron dos guillotinas. Una sobre el muro y otra por debajo. No había escapatoria. No quedaba más remedio que cruzar a través de una de ellas. Y lo consiguió sin problemas. Cuatro, cinco, seis guillotinas. La muerte de nuevo. Los buitres acechaban desde los árboles.

Y su hermano empezaba a no dar abasto.

Un frondoso árbol se agitaba por el viento de la llanura. Diminutos remolinos de viento le atacaban de frente. No sabía porque los elementos se ponían en su contra pero lo aceptaba. Los dichosos buitres se lanzaban de nuevo en picado. Los remolinos de viento se convertían en demonios con alas. Daban vueltas sin control y se camuflaban con el fondo del videojuego.

De pronto empezó a llover.

Finas gotas de lluvia paralelas mojaban su preciosa capa de terciopelo. Los arboles se agitaban cada vez más. Rayos y relámpagos sordos iluminaban sin cesar el suelo. Sorteaba hogueras y no le quedaba tiempo para mirar el cielo. Tenía que mirar al suelo. Un suelo de tierra del cual surgían plantas carnívoras que escupían calaveras con pelo humano. Subía las escaleras de madera. Mataba y destruía. Convertía a todos en inofensivas bolas de fuego. Los enemigos eran cada vez más letales y numerosos. Eran cada vez más feos y extraños. Su hermano no conseguía hacerles frente y escapar. Le vomitaban lava que salpicaba sus escarpes de oro. Le pinchaban con su afilado tridente.

Destruyeron entre todos su armadura y le dejaron en ropa interior.

Saltaba y casi volaba. Bajaba escalones llenos de musgo y de rocas a toda velocidad. Pisaba el barro mojado con sus pies desnudos y helados. Temblaba de frío. Necesitaba llegar hasta el castillo y recuperar su armadura.

Pero antes debería superar un obstáculo.

Entre dos frondosos árboles aguardaba un demonio sin pupilas. Le superaba en tamaño pero no en cerebro. Parecía ser el típico esbirro mecánico. Poca cosa. Pensaba Sir Arthur que no tenía nada mejor que hacer. Si quería salir de aquel horrible cementerio no le quedaba más remedio que derribar aquella mole. No iba a ser tarea fácil. El monstruo final sujetaba su cabeza verde horrible y de pelo naranja con una sola mano. No paraba de moverse. Se protegía con los cuernos. Lanzaba fuego por la boca y le asediaba y empujaba. Lo que tenía que hacer su hermano estaba claro. Su punto débil estaba en la cabeza. No estaba en su armadura ni tampoco estaba en sus cuernos. Estaba en su enorme cabeza de chorlito.

En el fondo no era un demonio tan terrible.


viernes, 30 de diciembre de 2011

La cabaña de la vaca



Se había zampado su merienda y se había largado de casa sin decir nada a nadie. Paseaba tranquilo por el camino de río. A veces necesitaba quedarse solo. Le gustaba pasear y sentirse desgraciado cuando abundaban el afecto y el cariño a su alrededor.

Disfrutaba de cada instante que le proporcionaba su forzada soledad.

Las arañas se colgaban de sus patas traseras. Caminaban los zapateros por encima del agua. Los gusanos de las piedras se retorcían y retozaban en el fango. Las ramas de los árboles rozaban el agua del río. Se movían y brillaban sus huecos de rayos de sol.

Y brillaban sus pupilas de niño pequeño.

Atravesó el puente. En su mano conservaba una piedra sudada que había olvidado lanzar al río. Se la metió en el bolsillo. Pesaba poco y era fácil de transportar.

Le seducía la idea de poder conservarla.

Siguió su camino mirando el suelo lleno de baches. Pateaba los guijarros con las manos en los bolsillos. De repente levantó la cabeza y vio algo a lo lejos. Se asustó un poco pero en seguida lo reconoció. Escondido entre unos matorrales estaba F. Un chico del pueblo muy alto y delgado. Su voz era ronca y muy profunda. Su pelo liso cubría unas orejas de papel muy finas. Su nariz era muy grande y divertida.

Y su sonrisa muy larga y silenciosa.

Se movía de un lado a otro transportando cuerdas y ramas. Estaba construyendo su cabaña. Era mayor que él. Por lo menos tenía unos diez años. Entonces le contó una historia de terror. Buscaban él y sus amigos un lugar para construir su cabaña. Era de noche y no había luna. Justamente en aquel sendero habían visto una vaca enorme. Describía como brillaban los ojos de aquel animal. No brillaba la luna pero iluminaban sus dos ojos como linternas. La vaca se movía entre las ramas y lo hacía de forma extraña. La historia le puso los pelos de punta. F. le observaba con su larga sonrisa. No le tomaba el pelo. Hablaba muy en serio.

- Vamos. No pongas esa cara. – Le dijo su amigo.


El suelo estaba lleno de palos y cuerdas. Se fijó el chico en una cuerda negra deshilachada y salpicada de barro.


- ¿Te gusta? Si la quieres te la regalo. –Dijo.

- Gracias. – Contestó el chico.


Y se marchó de allí muy feliz y con su cuerda en el bolsillo. Le gustaba la historia que le había contado F. Se imaginaba los ojos rojos de la vaca iluminados entre los matorrales. Se imaginaba el cielo plagado de murciélagos sobre oscuros senderos.

Profundos y desconocidos senderos plagados de alimañas.




Por la noche observó su cuerda durante minutos enteros. Disfrutaba con cada detalle y alucinaba con su forma y reflejo. Se daba cuenta de que las cosas podían ser horribles o maravillosas. Y ninguna frase llena de adjetivos y de metáforas podía describir aquella sensación. Toda la poesía del mundo era incapaz de igualar ni siquiera un fragmento de millones de fragmentos de aquella sensación. Enganchó la cuerda en el radiador. Dormiría junto a su fetiche atado para siempre y con su piedra pequeña en el bolsillo.

Apagó la luz y se tumbó mirando al techo. Se imaginaba el sendero que llevaba directamente hacia la cabaña de la vaca. Le acompañaban los poderes sobrenaturales de sus fetiches. La cuerda de plástico atada en el radiador y su piedra pequeña en el bolsillo. El silencio de la materia se manifestaba en forma de radiaciones luminosas. Desde su cuarto escuchaba los aullidos de todos los perros del valle.

Y el tiempo detenido en el recuerdo de un instante maravilloso.


lunes, 19 de diciembre de 2011

La grúa



Bajó de casa y se juntó con sus amigos y amigas. Habían quedado para dar vueltas a todas las manzanas del barrio. Se largaban de casa siempre que podían. Cada cual tenía sus razones. Miraban los coches y la hierba que crece sobre las aceras. Se adelantaban los unos a los otros y observaban el cielo.

Las nubes blancas y grises detenidas por el viento.

La luz del sol iluminaba la fachada de un centro de salud. Los reflejos de las ventanas de sus vecinos se proyectaban sobre la carretera. Los perros paseaban acompañados de sus dueños.

Y se podían contar las colillas del suelo.

Sus amigos se gritaban y empujaban. Llegaron por fin a un lugar concreto y se detuvieron. Todos los descampados del barrio habían desaparecido y en su lugar se habían construido edificios de apartamentos.

Saltaron la valla que rodeaba las obras. Huellas de neumáticos en el barro. Montañas de arena y de piedras. Sacos de yeso y cajas de clavos. Entonces les gustaba jugar con todo aquello. Se sentaron sobre un montón de tablas y empezaron a fumar. A los cinco minutos se puso a llover. Era una lluvia muy fina y agradable. De repente uno de los chicos se levantó y empezó a trepar por las escaleras de hierro de una enorme grúa.

No entendían las razones por la cuáles su amigo hacía ese tipo de cosas. De todas formas lo esperaron y observaron desde fuera.




No se mareaba ni tampoco tenía miedo de nada. Se había propuesto llegar hasta el final. Mientras avanzaba no pensaba en otra cosa. Llegar hasta el final. Se lo había propuesto por alguna extraña razón. Y aquella extraña razón le había empujado a lograr su objetivo costara lo que costara.

Y lo consiguió lograr a pesar de todo el esfuerzo.

Desde arriba se podía ver como el sol se ocultaba entre las montañas. Finas y suaves gotas de lluvia acariciaban su rostro. Los pájaros volaban por encima y por debajo de su cuerpo. Los tejados de los edificios eran como pistas de aterrizaje para helicópteros. Los coches y sus amigos parecían de juguete.

Se había convertido en el dueño y señor del mundo. Lo celebraba y levantaba los brazos. Y sin embargo desde allí no podía decidir ni cambiar nada.

Al fin y al cabo lograr objetivos no significaba tanto.

La grúa se movía y crujía por el viento. Sus manos heladas empezaban a perder sensibilidad. No le quedaba tiempo para buscar el sentido de sus acciones. Debería buscarlo en tierra firme como el resto de los mortales. El paisaje se había convertido en una pintura plana sin expresión. Como de juguete avanzaban desde lo lejos un coche de policía y una bicicleta. Un diminuto señor andaba por la calle con una microscópica barra de pan en la mano. Una mini señora de ochenta y siete años cruzaba el paso de peatones apoyada en su mini bastón. La música había cesado pero a pesar de todo ello no podía bajar. Necesitaba quedarse unos segundos más y encontrar por lo menos alguna respuesta. No existía para los seres humanos. No hallaba respuestas en aquella grúa ni tampoco las encontraba nadie desde la tierra. Sólo había un espacio de respuesta posible y estaba en algún lugar dentro de uno mismo.

Su corazón se arrugaba e intimidaba cada vez que lo pensaba. La grúa y su perspectiva eran solamente una excusa. Necesitaba fumarse mil pitillos con sus amigos. Charlar con todos y cada uno de ellos.

Eso era lo único que le preocupaba entonces.



viernes, 16 de diciembre de 2011

Un perro podrido y amarillo



Seguramente se trataba de un cachorro cuando lo vieron por primera vez. El caso es que un día apareció de la nada. Meneaba la cola cada vez que alguien se le acercaba y era muy cariñoso. Los más pequeños lo encontraron y lo convirtieron en su mascota. Entre todos decidieron cuidar de él. Vacunaron y bautizaron a su perro. Se inventaron la fecha de su nacimiento y le dieron de comer.

En verano deambulaba por el pueblo y se dejaba querer por todos.

Sin embargo en invierno pasaba muchas horas solo. Mendigaba por las calles vacías y por las noches se refugiaba donde podía. No tenía ni comida ni cobijo. Se había acostumbrado al afecto que le proporcionaban los niños y a veces lo pasaba realmente mal. Acompañaba a los seres humanos y su felicidad dependía de ellos.

Un buen día lo adoptaron y se lo llevaron a la capital. Algunos niños del pueblo se enfadaron mucho. No aceptaban que se lo llevaran sin más. Sin embargo, ya estaba decidido y el perro empezaría a formar una parte esencial de la familia M.




Sus ojos eran expresivos. Su olfato muy fino y su mirada inteligente. Siempre que lo iban a bañar se asustaba. Era consciente de todo. Cuando salía de la bañera empapado se hacía una bola perfecta y se acurrucaba en su toalla seca. Asomaba su cabecita de chorlito y temblaba de frío. Luego se revolcaba y retozaba en su alfombra.

Cuando viajaba en coche lo hacía sin molestar a nadie. Sólo pensaba en llegar para salir y estirar las piernas. Por el monte era odiado por perros y pastores. Se lo pasaba en grande asustando y desperdigando a las ovejas. Eso era algo incorregible que se supone su naturaleza desbordaba. También desbordaba su impulso sexual. Su debilidad eran los perros y perras de todas las razas. Desaparecía de repente y aparecía de nuevo a los tres días con la lengua fuera y con el pelo lleno de barro y de babas. No le importaba andar muchos kilómetros si finalmente conseguía realizar su objetivo.

Era divertido aunque no le gustara jugar a coger la pelota. Le gustaba perseguir a los coches. Se comía las sobras y le pirraban los higadillos de pollo. Odiaba el pan y los globos. No soportaba los petardos y se ponía muy nervioso cuando le apuntaban con algo. Era valiente y no se lo pensaba dos veces si tenía que enfrentarse con otro perro más grande y más fuerte que él.

Sus acciones no estaban determinadas por el egoísmo. Era un compañero inseparable y cariñoso.

Pasaron los años y el perro se adaptó perfectamente a su entorno. Su edad, como la de otros perros se multiplicaba por siete. Se estaba haciendo viejo pero mantenía su instinto y pasión por el sexo. Seguía haciendo lo mismo que cuando era joven. Seguía persiguiendo a los coches y asustando a las ovejas. Sólo había cambiado en algo. Sus dientes podridos habían perdido su fuerza. Su sistema digestivo trabajaba el doble y se puso enfermo. A partir de entonces sus dueños decidieron cambiar su dieta. Se habían acabado los huesos de pollo y los higadillos. Al chucho no le gustaba el pienso para perros y no soportaba que lo alimentaran como al resto de los chuchos.

Sin embargo confiaba en sus dueños y era consciente de que todo lo hacían por su bien.

Se había ganado el cariño de todos. Hasta el padre de aquella familia acabo aceptándolo y convirtiéndolo en su compañero inseparable. Todos lo querían como un miembro más de la familia y el chucho se dejaba querer. Se meaba en casa y de vez en cuando les obsequiaba con algún regalito que otro. También se tiraba pedos. Silenciosos pero letales. Le olía el aliento a rosas podridas mezcladas con queso de cabra. Sus ojos eran tortillas de legañas y se podía chupar la picha horas seguidas.

Se había ganado a pulso la etiqueta de perro podrido y amarillo.

Poco a poco sus ojos empezaron a palidecer. Se hacía mayor y mucho más viejo. No controlaba muy bien las distancias. Un problema grave supuso algo indetectable pero fulminante. Ya no se largaba de casa ni tampoco perseguía a los coches. Hacía cosas muy raras. A veces se quedaba mirando la pared durante horas. También buscaba lugares extraños para dormir. Se escondía en los lugares más oscuros y apartados de la casa. Parecía como si ya lo supiera todo. Era como si por primera vez necesitara su propio espacio.

Era como si reconociera la muerte cuando estaba cerca.





Una mañana lluviosa de Septiembre se lo llevaron a la perrera. No era justo que sufriera mucho más. El perro miraba hacia el suelo y esperaba las indicaciones de sus dueños. Se despidieron todos de aquel maravilloso animal. Le acariciaron el rostro y el pecho y el lomo. Lloraron algunos y sus lágrimas derramaron todo el amor del mundo.

Se subió al coche y ya nunca más lo volvieron a ver.

Entonces comprendieron que los más nobles podían ser aquellos que a veces despreciaban como inferiores. Se había ganado un espacio de honor en aquella familia y en los corazones de todo el pueblo. Su recuerdo quedaba vivo en la mente de todos y cada uno de sus amigos.

Insondable su mirada se quedaba impresa en el aire nocturno del valle de C.


sábado, 10 de diciembre de 2011

Papá Noel



Todos los veranos le obligaban a leer. Era por algo que debía pasar si quería salir a la calle a jugar. Su casa estaba en las traseras del pueblo y era maravillosa. Pestillos de señores de hierro negro. El suelo de los porches de color naranja. Las cortinas de seda a través de la ventana del salón. El picaporte de color oro y el turrón de cemento.

Una estructura de piedra detenida en el tiempo.

Por las tardes se quedaba solo y encerrado haciendo sus deberes. Su mejor amigo le visitaba de vez en cuando. Llamaba al timbre y esperaba. A los pocos segundos le aceptaban todos en silencio. Las fotografías y el tocadiscos. Los ceniceros y la cocina. Los muebles y aquella casa.

Y subían ambos las escaleras hasta el primer piso. Las habitaciones del ala oeste eran muy luminosas. Las del ala este muy oscuras. La luz artificial iluminaba el suelo de madera del pasillo. Deambulaba de un sitio a otro buscando algo y terminaba de hacer sus deberes. Mientras tanto su amigo investigaba. Esperaba en el cuarto del ocio. Una cama llena de cuadernos y de apuntes. Al fondo una mesa vacía y una estantería llena de libros.

Las paredes estaban pintadas de blanco. Las letras y los nombres firmaban un extraño mural. De colores las montañas eran picos de nieve congelada. Papá Noel en el centro. Un bosque lleno de pájaros escondidos entre las hojas de los árboles.

Y a su alrededor impregnados de un olor característico y de mucha luz.

- Vámonos de aquí.


miércoles, 7 de diciembre de 2011

Manzanas asadas



Nadie le había explicado cómo asar una patata. Todos se esforzaban para mejorar su educación pero había cosas que debería aprender por sí mismo. Gastaba todas sus energías intentando ser aceptado por los demás. El miedo a ser rechazado le acechaba en todo momento y era difícil escapar de su rayo avizor. Por lo demás era un buen chico y se lo pasaba en grande sin molestar a nadie.

Salió a la calle y se sentó un banco a esperar a sus amigos. Casi siempre llegaban tarde pero no le importaba. Mientras tanto miraba el cielo y se preguntaba qué sentido le arrojaba al mundo. No sabía ni cuándo ni cómo iba a desaparecer. Pensaba desde donde subyacen los deseos del ignorante y se entretenía contando estrellas. El caso es que brillaban sus ojos y se sentía mucho mejor pensando en todo aquello. Rodeaban sus alucinaciones un montón de formas y de seres que le ayudaban a comprender mejor su presente.

Aparecieron sus amigos con la cena. Le llamaron desde lejos y se dirigieron todos hacia las obras.

Por la noche no se podía ver nada en aquellos garajes. La oscuridad era total. Rápidamente quemaron unos cuantos papeles y arrojaron un palé al fuego. Se sentaron en el suelo y se quedaron mirando la hoguera embobados. Al rato colocaron unas patatas envueltas en papel albal sobre las brasas. Mientras esperaban a que se cocinaran, el chico de las ensoñaciones les contaba historias. Interactuaban todos y cada uno de ellos aportando su granito de fantasía. Se desplazaban todos por el aire mientras inventaban sus relatos y reflexionaban acerca de su sentido.

Media hora después desenvolvieron las patatas con mucho cuidado. Estaban muy calientes pero se pelaban con facilidad. La superficie estaba blanda y comestible pero el centro estaba duro y frío.

Se zampaban las patatas como si fueran manzanas crudas.

Tampoco les importaba. Solamente trataban de alterar su rutina y eso era algo importante para ellos. Lo hacían casi todos los días y lo buscaba incansablemente el chico de las ensoñaciones. Lo buscaba para combatir el sinsentido de todo lo que le rodeaba. Quería ser capaz de iluminar las cosas que pasan desapercibidas. Era consciente de que la mejor forma de sentirse vivo era indagar en lo desconocido. Era su manera de relacionarse con los demás y de poder dar un sentido a su vida.


sábado, 3 de diciembre de 2011

Portada RÍO ARGA

Postal navideña 2011



Lo dicho en años anteriores queridos muñecos. Todos los que deseéis recibir una estupenda postal realizada por Blonde Red Howard mandad vuestra dirección y código postal al siguiente mail:


blonderedhoward@gmail.com


Os deseo a todos una feliz Navidad y un próspero año nuevo.


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jueves, 1 de diciembre de 2011

Un intenso punto de color rojo



Recordaba aquella noche con total exactitud. Sobre todo porque le supuso algo extraño y doloroso. La luna llena lo iluminaba todo. Se podía caminar por el monte sin linterna y acostarse tarde. Se recomendaba despedirse de los animales diurnos y reconciliarse con los más oscuros.

Propuestas que le atraían inevitablemente.

Sus amigos decidieron bañarse en el río. Intentaba convencerlos para que cambiasen de opinión, pero no había nada que hacer.

Se dirigían directamente por la carretera hacia la presa de U.

Le habían contado historias sobre una trucha gigante que vivía en una cueva gigante. Por el día se quedaba quieta esperando a que se hiciera noche para salir a comer. Por suerte se alimentaba de libélulas y de arañas gigantes. Poseía unas mandíbulas y unos dientes casi tan grandes como los de un perro pequeño. La verdad es que no le preocupaban aquellas historias. No eran tan descabelladas al fin y al cabo. Sabía que la rutina de los peces se duplicaba por la noche. Lo que realmente le preocupaba era tener que perturbar su actividad nocturna por un simple chapuzón. De todas formas ya estaba decidido.

No se repetiría una noche igual en todo el verano.

Por el camino de ida las líneas de la carretera brillaban con un blanco alucinante, casi fantasmal. A lo lejos se observaban un montón de árboles de colores verdes muy profundos. La silueta de las montañas se recortaba perfectamente con el azul claro del cielo. La temperatura era muy agradable, perfecta para el baño.

Cuando llegaron a la orilla la corriente arrastraba un montón de palos y espuma. Sus amigos se quitaron la ropa y él hizo lo mismo. No le importaba. Por la noche se camuflaban sus formas de frágil e inflexible calamar. Sin embargo su color de piel le delataba. Su tono de piel era igual de pálido que la luna. Sus manos eran como dos estrellas y sus brazos dibujaban líneas ondulantes a través del aire. Todos le observaban y gritaban como locos.

La presa la dominaba una enorme piedra cubierta de hiedra venenosa. Sus amigos se lanzaban desde allí de cabeza o dando vueltas en el aire. Él no hacía nada de eso. Primero porque se mareaba y segundo porque era demasiado consciente de los peligros que le acechaban. Era prudente o al menos eso pensaba de sí mismo. El caso es que también disfrutaba como todos de aquel baño. Los peces y las culebras, las arañas y zapateros gigantes le protegerían.

No dejarían que nada ni nadie le molestaran.

Entonces sólo le faltaba lanzarse desde la piedra. Quería demostrar que todos estaban equivocados respecto a él. Podía ser mucho menos prudente de lo que pensaban. De hecho su futuro estaría plagado de temeridades de las cuales nunca dejaría de aprender. Se lanzó al vacío abriendo las piernas y gritando.

- ¡Uaouoauoouaouoauoauoauaouoauaouoauoauaoua!

De repente un dolor intenso recorrió todo su cuerpo. Algo indescriptible rozó su piel. Extraños calambres se dispersaron sin control sobre un punto. Una zona concreta se estremecía como si quisiera desaparecer. Chasquidos y golpes se deslizaron en forma de triángulos a través de la piel. Su huevo izquierdo había estampado contra el agua. Lo primero que había besado la superficie había sido su testículo.

Experimentaba un dolor agudo en el fondo del río. La oscuridad le rodeaba y pequeñas burbujas de aire giraban en círculos espirales alrededor de su cuerpo. No podía exteriorizar su dolor. Nadó hacia la orilla y se refugió detrás de un árbol. Se bajó el traje de baño y allí estaba. Un intenso punto de color rojo. Se veía claramente y palpitaba con destellos rosáceos. Cuando lo tocaba se iluminaba y encogía. Un intenso dolor triangular y tremendos calambres recorrían su cuerpo.

Chapoteaban todos los demás y se divertían como salvajes. La luna llena brillaba pero esta vez lo hacía con menor intensidad. Un leve resplandor se observaba a lo lejos. Expulsaban las estrellas agobiantes líneas de colores. Se hacía de noche y las nubes ocultaban el resto de formas aleatorias. Cuando salieron sus amigos del agua le interrogaron. No entendían porque su amigo siempre se ocultaba del resto. La verdad es que siempre lo hacía. Durante un instante pensó en contarles la verdad. No lo hizo porque no deseaba ser el centro de atención de todos. El dolor poco a poco iba desapareciendo y empezaba a sentirse mejor.

Iluminaban el resto de formas aleatorias de nuevo. Por el camino de vuelta las líneas de la carretera brillaban con un blanco alucinante…

lunes, 21 de noviembre de 2011

Gorriones



El mundo se destruye a imagen y semejanza del hombre. Se construyen refugios y elevan edificios para que todos se sientan protegidos y libres. Se proyectan caminos y carreteras de acceso a remotos lugares. Se inventan medios de transporte cada vez más rápidos y cómodos. Se diseñan sillas y butacas ergonómicas. Se proponen materiales que aíslan del frío. Elementos químicos que producen resultados a corto plazo. La medida del hombre parece ser la que decide sobre todas las cosas. Todo parece formar parte de una especie de corpus material que propone una vida mucho más cómoda. Sin embargo, la supuesta evolución del ser humano ha conseguido mediante la razón y su terrible metafísica destruir todas las formas de construcción posibles.

No se ha sabido trazar una línea de separación entre la superficie que define al ser humano y su condición irreversible.

La tierra gira sobre su propio eje y arrastra a todos y cada uno de sus seres inevitablemente. Solo las aves del cielo se mueven libremente y ajenas a su rotación. Se producen en la tierra cosas maravillosas y el hombre siempre las destruye.

Considerando que la destrucción sea necesaria quizás sería mejor dejar de crear.

Los seres humanos olvidan que valen lo mismo que una brizna de hierba. Forman parte de todo y como todo lo que forma parte de la tierra son indispensables. Pero esto no los hace superiores. Parece ser que la naturaleza no tenga nada que decir. No es fácil de admitir que sea ella la que tiene la última palabra.

Y que por lo tanto la tierra gira a pesar de todo.


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Era verano. Los días eran muy largos y aburridos. Sabían que los chicos mayores del pueblo torturaban a los animales. Esto les atraía inevitablemente. Hasta entonces nadie les había demostrado un verdadero respeto por los animales. Ni siquiera un respeto hacia ellos mismos. Allí todo se regía por impulsos de superioridad hacia el resto de la comunidad. Lo más normal era transgredir las formas de la naturaleza. Y no de una manera sutil sino con los azotes del paleto y del rudo. Lo peor de todo era que subestimaban el resto de formas que no fueran las suyas propias.

Por la tarde, después de merendar se colaron en la granja de G. Necesitaban la experiencia y aquella granja se la proporcionaba a raudales. Allí se elevaban construidas con cemento y pladour dos naves gigantes llenas de motivos para investigar. Una de las naves estaba totalmente vacía y su dueño la utilizaba para guardar sacos de pienso. Por la tarde se llenaba de pájaros. Dentro se reunían familias enteras de pequeños gorriones para cenar antes de volver a sus nidos.

Los chicos muy sigilosos cerraron la puerta de entrada y entonces empezaron a golpear unos cubos de metal con palos haciendo mucho ruido. Lo hacían de la misma forma que habían visto y aprendido de sus mayores. Sabían que un golpe seco recibido directamente en los corazones de aquellos pobres gorriones no podía ser más certero. Todos empezaban a volar e intentaban escaparse a toda costa por las ventanas. Sin embargo las ventanas estaban cubiertas por una reja muy fina de alambre con agujeros muy pequeños. Entonces los pobres animales se quedaban atrapados en la reja. No podían hacer nada. Los chicos muy orgullosos de su hazaña y de su alarde de supuesta inteligencia se dedicaban a recoger los gorriones uno por uno de las ventanas. Los recogían y se consideraban superiores a ellos.

Nada más lejos de la realidad.

No había seres superiores. Se dieron cuenta cuando miraron los ojos de aquellos animales impotentes y asustados. El caso es que los pájaros parecían comunicarse con ellos entonces. Reivindicaban su derecho a ser libres y aceptaban que por una vez los seres humanos habían ganado en inteligencia. Pero en aquel juego el ganador no podía saltarse las reglas. Las reglas del juego no decían nada de la tortura ni del abuso de poder. No mencionaban nada de su falta de responsabilidad. Si que hablaban de confianza y de una forma de respeto que superaba todas las concepciones que los seres humanos se podían haber formado hasta entonces. No había palabras de por medio que limitaran el sentido de sus reflexiones. De forma terrible e implacable sus gestos lo decían todo. Los seres humanos no eran dignos de tanto respeto ni de tanta confianza. Sabían que algo oscuro albergaban sus acciones.

Y no se equivocaban a pesar de que por una vez habían escapado de las garras de una supuesta y exclusiva inteligencia superior. De alguna manera sus gestos habían logrado convencer a los chicos. Uno de ellos abrió la puerta de la nave y salieron todos los gorriones volando.

Los animales habían hablado y por alguna extraña razón habían sido escuchados.


viernes, 11 de noviembre de 2011

Exposición de la ilustraciones para "El castillo de Albanza" en el Teatro de Ansoain.

Se puede visitar desde hoy dia 11 de Noviembre hasta el día de la inauguración del libro de María Blasco Gamarra "El castillo de Albanza" el día 21 de Noviembre a las 20 horas.