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domingo, 16 de noviembre de 2014

¡Qué felices habríamos sido los dos!



Me levanté por la mañana a eso de las once. El despertador había sonado a las nueve pero no le había hecho ni puñetero caso. Después de ducharme, desayunar y fumarme un cigarro me puse el chubasquero y salí a dar un paseo.

Caminar despejaba mis ideas y me hacía sentirme viva.

Crucé un viejo puente de piedra y me adentré directamente en el monte. Mi plan era estirar un poco las piernas y volver en media hora dando un rodeo al pueblo. Cuando llevaba cinco minutos andando me puse a recordar. Caminé un poquito más y entonces le vi. Avanzaba conmigo y escuchaba todo lo que le decía. Se reía y me miraba directamente, como intentando desvelar el sentido de mis palabras.

- Mira el paisaje. Parece mentira que todo esto se encuentre a menos de media hora de casa. ¿No te parece increíble?

- Sí que me lo parece. Es una pasada. – Contestaba él.

Y me miraba de nuevo sonriendo. Como deseando abrazarme y besarme a la vez. Todo a la vez.

- Mira. Todavía quedan restos. Aquí pasábamos los veranos enteros construyendo cabañas. – Dije de pronto.

- No veo nada.

- Fíjate, mira entre la maleza. ¿No ves unos plásticos y unas maderas?

- Sí, es verdad.

- Pues eso es todo lo que queda de nuestras cabañas…

Y entonces me abrazó. Me detuvo de golpe y me agarró de la cintura con fuerza. Acto seguido me besó en los labios y luego me dijo.

- Creo que me gustas.

- Tú también me gustas un montón – respondí de forma mecánica.

Y sin mediar una palabra más continuamos andando. En medio del camino había una enorme cagada de vaca y justamente en el centro una pisada humana. Nos hacía gracia pensar en la persona que había tropezado con ella. Seguramente se había enfadado un montón al hacerlo.

Nos gustaba suponer y transformar la realidad. Así todo era mucho más divertido.

Caminamos un poquito más y llegamos a un claro del bosque. El sol brillaba y se reflejaba en las montañas. Los colores del otoño formaban una paleta rica en matices dorados. Y soplaba un viento helado que transportaba fragancias de hierba mezcladas con barro.

A los cinco minutos tomamos la carretera que nos llevaba de nuevo directos al pueblo.

A nuestra derecha se levantaban majestuosas un montón de fincas de veraneo. Mientras caminábamos a grandes zancadas yo le contaba cómo antaño, solíamos hacer planes para colarnos dentro y bañarnos en sus piscinas. Él alucinaba con mis historias. Estaba claro que ahora me tocaba a mí. A él no le importaba escucharme. Sabía que a mí tampoco me importaría escuchar sus historias en el futuro.

Me miraba con supremo cariño y su expresión me hacía feliz.

Y entonces me abrazó de nuevo. No quería soltarme. Yo tampoco a él… No queríamos soltarnos hasta llegar al pueblo.

A lo lejos, sobrevolaba un grupo de patos salvajes en forma de uve. Seguramente se dirigían hacia zonas más cálidas.

- Me gustaría formar parte de una bandada de patos salvajes. Me gustaría emigrar como ellos hacia zonas más cálidas. ¿Te imaginas? – Dije mirando al cielo.

Nadie contestó ni tampoco nadie dijo nada. Hablaba sola y caminaba sola por la carretera.

Mi compañero había desaparecido. Y todo se tornaba gris oscuro.

Comenzó a llover con fuerza. Los coches circulaban a toda velocidad y parecían querer atropellarme. Soplaba un horrible viento que me hacía tiritar con violencia. Llegué a casa empapada y encendí la luz del salón. Las persianas estaban bajadas y la casa totalmente a oscuras.

Una maravillosa nostalgia paralizaba mi cuerpo…

¡Qué felices habríamos sido los dos caminando juntos por el bosque!




Aquella misma noche volví de nuevo al viejo puente de piedra. Necesitaba volver a verle y sentir una vez más su compañía. Confiaba en que aparecería de improviso como lo había hecho antes. De repente le vi. Caminaba inclinado y se acercaba despacio. El cielo azul oscuro recortaba una silueta negra que avanzaba lentamente y en silencio. Aparté la vista unos segundos y cuando quise volver a mirar ya estaba sentado junto a mí. No dijo nada. Me rodeó con el brazo y se dispuso a observar el cielo. Los murciélagos revoloteaban sobre nosotros. Las ranas entonaban macabras melodías desde una oscura charca cercana.

Y entre los matorrales los grillos murmuraban su cortejo nocturno.

El aire era cálido, agradable. Por alguna extraña razón había cambiado la temperatura de golpe. Me sentía en armonía mirando el cielo junto a él. Podía verlo todo reflejado en sus ojos. El viejo puente, las nubes, los árboles… todo. La luna llena iluminaba parte de su rostro. Su extrema palidez creaba un poderoso influjo que me volvía loca. No podía soportarlo. ¿Por qué no era real? Nos besamos y nos despedimos. Entonces aquella encorvada silueta desapareció para siempre, dejándome de nuevo sola en medio de la oscuridad.

Una maravillosa nostalgia paralizaba mi cuerpo…

¡Qué felices habríamos sido los dos observando juntos la luna en el cielo!


miércoles, 5 de noviembre de 2014

JUMPERS

puede ser que
no lo sé

alrededor
un muro de ojos
nos impida ver el exterior
y puede ser que te separen
del resto

entonces estaremos solos tú y yo
aburridos pero felices
comiendo sandwiches de nocilla
y devorando jumpers

puede ser que
no lo sé

aquellos ojos
que tanto asedian
nos lancen destellos
y hagan desaparecer
las monedas del fondo del sofá
los tesoros que tan celosamente guardabas

entonces estaremos solos tú y yo
aburridos pero felices
comiendo sandwiches de nocilla
y devorando jumpers

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miércoles, 29 de octubre de 2014

La soprano y la vaca

A mis catorce años yo era un tipo gregario. No lo era como pueda serlo ahora mismo, era de otra calaña. Mis amigos me ofrecían todo lo necesario para sobrevivir, si alguno de ellos me fallaba, estaba perdido. Si transitaba entre tinieblas, ellos eran los únicos que podían ayudarme a salir y ver algo de luz. Eran mi vela  y compañía en aquellos años de incertidumbre. Nos unía una especie de destino y era éste el que decidía cuándo y cómo las cosas nos iban a ir bien o mal. Y formaban unidas nuestras acciones un elenco de aventura sin límites, sin reglas externas que determinaran una manera de ser concreta.

Al menos eso era lo que creía.

Entonces nos llamaba mucho la atención la gente desconocida. No era corriente que llegaran nuevos inquilinos al pueblo. Si aparecía alguno actuábamos como gorriones rodeando su casa como si fuera una miga de pan. Si veíamos un coche aparcado en la puerta esperábamos hasta que alguien salía y nos quedábamos mirando embobados sus pintas. Resultó que de repente apareció en el pueblo una cantante de ópera, una importante soprano de la capital que supusimos buscaba un entorno paz y tranquilidad para sus ensayos. Solíamos permanecer sentados durante horas comiendo pipas y fumando pitillos cerca de su propiedad. Escuchábamos sus alaridos y nos entraba la risa imaginándonosla delante de una partitura poniendo cara de loca. A veces nos levantábamos intentando buscar de qué ventana salían aquellas escalas. Rodeábamos su casa hasta que por fin veíamos asomar a través del marco de alguna ventana un retazo del cuerpo de la cantora.

-          ¿Habéis visto que pintas? Parece una gallina clueca.

-          Ya te digo. ¿Creéis que nos habrá visto?

-          Lo dudo mucho. Parece muy concentrada en lo suyo la tía.

Y así nos pegábamos el día entero. El caso es que una mañana de otoño, vimos algo en el patio trasero de aquella casa que llamó nuestra atención. Era una figura blanca enorme con forma de vaca. Una especie de escultura gigante. No dábamos crédito a lo que veían nuestros ojos. ¿Por qué tenía una vaca enorme en el jardín? ¿Por qué no tenía plantados geranios como todo el mundo? ¿Y los árboles frutales dónde diablos estaban? Nada tenía pies ni cabeza, nada excepto aquella vaca con patas y cuernos de tamaño descomunal. Decidimos entrar a observarla de más cerca. Primero nos aseguramos que no hubiera nadie en la casa. Resultaba muy fácil averiguarlo. Si no había un coche en la entrada, eso significaba que no había nadie en el interior. Era gente de capital que venía como mucho a pasar el día y nunca se quedaban a dormir. Cuando comprobamos que la casa estaba vacía, dos de nosotros escalamos la valla del jardín trasero y de un salto penetramos sigilosos en la propiedad.

Lo primero que hicimos fue correr hacia la vaca. De cerca era mucho más alucinante que de lejos. Estaba hecha como de fibra de vidrio y cuando la empujamos para comprobar su peso alucinamos con su inestabilidad. Era hueca y apenas pesaba unos kilos. Entre los dos éramos capaces de levantar aquella mole y por lo tanto llevarla de paseo. Nuestro modus operandi fue un tanto aparatoso pero por fin conseguimos sacarla de allí.

-          ¡Atentos todos! ¡Soy la vaca Paquita y estoy muy enfadada! ¡Corred, corred u os aplastaré!

Muy contentos corrimos todos hacia la libertad, la que se suponía que existía solamente cuando estábamos haciendo lo que nos daba la gana, sin reparar en lo que pensaran los demás. Era una sensación de libertad egoísta que disfrutábamos muy a menudo. Luchábamos contra el aburrimiento y lo hacíamos muy bien, a nuestra manera.

No sabíamos hacerlo de otra forma. Éramos como una fuerza de la naturaleza contenida en un cuerpo de catorce años.

Después de haber jugado un rato con ella empezamos a dudar. ¿Y si algún vecino de la zona nos había visto? De repente un miedo atroz se apoderó de nuestras acciones. Quedamos como paralizados incapaces de dar un solo paso. Volver a dejarla era descabellado, pero mucho más descabellado era seguir paseando la vaca por todo el pueblo. Sin pensarlo demasiado nos dirigimos corriendo hacia un puente cercano y lanzamos la vaca al río. Lo hicimos con fuerza y tuvimos la suerte de que flotara y se la llevara la corriente. Nos quedamos mirándola hasta que por fin la perdimos de vista.

Al cabo de unos días nos enteramos que la cantora había puesto una denuncia por el robo. Lo había hecho alegando que la dichosa vaca era un regalo de valor incalculable, una especie de obra de arte. Por lo visto debía costar una millonada. Era arte y por entonces yo y mis amigos desconocíamos el significado de aquella palabra. Por suerte para nosotros la vaca sobrevivió. Perdió un cuerno y tuvo que ser operada de urgencia por una herida en el costado, pero nada que hiciera peligrar su vida de vaca de fibra de vidrio.

Nos libramos de una buena por los pelos.

Tanto la vaca como su dueña desaparecieron del pueblo. No les volvimos a ver ni tampoco volvimos a escuchar los alaridos de nuestra querida soprano. Han pasado muchos años desde que ocurrió todo aquello, sin embargo cuando paso cerca de su casa me parece seguir escuchando su maravillosa voz. Parece como si de aquella ventana siguieran saliendo despedidas deliciosas tonadas y siguieran todas y cada una de ellas resonando caprichosas por los alrededores del valle.

Pero lo más curioso de todo es que también parecen mezclarse intrusos, estrepitosos y desesperados mugidos procedentes del jardín.


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miércoles, 22 de octubre de 2014

Extrañas consignas

La verdad es que no supieron encajarlo ni de cerca. Nunca llegaron a entender cuáles fueron las verdaderas razones de su conducta y por qué aquella gélida noche de Diciembre acabaron de golpe y porrazo con su relación.

El caso es que recordarían aquella noche toda su vida.

Salieron ambos de la discoteca a eso de las seis de la mañana. Estaban borrachos y cansados de sí mismos. El chico vivía muy cerca sin embargo, a ella le tocaba andar unos tres cuartos de hora si quería dormir en su casa. Decidió el chico que iba a acompañarle un rato. Entre los dos habían calculado y localizado el punto equidistante perfecto que les separaba de sus respectivas camas y era en ese punto donde a menudo solían despedirse. Cuando llegaron a ese lugar, que no era otra cosa que un portalón viejo de hierro, se derrumbaron exhaustos en la repisa de mármol de la entrada y se acurrucaron el uno junto al otro.

-          ¿Tienes frío? – Dijo él.

-          Un poco. – Contestó ella.

Y allí siguieron hablando de su relación, de sus miserias y haciendo bromas al respecto. Estaban borrachos y no decían nada que no se hubieran dicho antes, pero esta vez las palabras del chico sonaban distintas.

-          Ya sabes que te quiero un montón pero creo que necesito dejarlo por un tiempo, no sé si lo entiendes...

¿De qué tiempo hablaba? ¿Tan borracho estaba? ¿O quizás se había enamorado de otra? No merecía la pena pensarlo. Era su nuevo tono de voz, seco y helado como el de una piedra el que golpeaba a la chica sin remedio. Eran sus frases como estacas llenas de astillas las que iban directas al corazón. Los cigarrillos sucedían a nuevos cigarrillos que secaban la boca y el alma. El humo se mezclaba con el vaho que desprendía su discurso vacío y lleno de orgullo.

-          No soporto más esta situación. Creo que me voy a volver loco.

-          Tranquilo – Dijo ella mirándole a los ojos. - No le des más vueltas.

Pero ella era consciente. Sabía que la estupidez de su novio era mucho más enérgica y decidida de lo que podía ser su diminuto corazón lleno de miedo. Aquel hombrecillo, racionalmente pintaba ser poderoso pero su corazón temblaba con la idea de amar sin reservas. Era incapaz siquiera de asumir un esbozo de lo que su novia sentía por él. Estaban acabados y ella lo sabía y por eso mismo no hizo ni tampoco dijo nada. El chico estaba confuso y lloraba de repente, sus lagrimas no eran de hielo como sus palabras.

Entonces se abrazaron. Permanecieron así un buen rato hasta que de pronto, doblando la esquina de la calle, apareció un coche de policía. Circulaba muy lento y emitía por su megáfono horribles gritos distorsionados.

-          ¡Feliiiiiz navidaaaaad! ¡Feliiiiz año nuevooo!

No quisieron reparar en las razones por las cuales aquellos policías gritaban aquellas extrañas consignas. Se levantaron y se fueron de allí en direcciones opuestas, intentando olvidar todo lo que cada uno había visto y oído aquella noche.



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jueves, 2 de octubre de 2014

Pruebas para la portada de la Novela "LOS NUEVOS" del escritor Iñigo Maraví Artieda








Mi reseña:

"Si te gustan Bukowski, Henri Miller, John Fante, Leopoldo María Panero, Dostoievski, Raymond Carver, Jack London, Jean Genet, Rimbaud, J.D Salinger, Jack Kerouak y John Cheever... Si te gusta tumbarte y fumar mil pitillos... si te gustan Eliott Smith, Nick Drake, The troggs, The Byrds, Small Faces, Easybeats y Bob Dylan...si te gusta pasear a la deriva, ir al supermercado, salir de juerga con tus amigos y los chupitos.. si te gustan la medias individuales, las piernas, las barbas y las camisas de segunda mano...si te gusta vivir en el subsuelo y que te dejen en paz y te cuesta adaptarte... si odias a Juan Manuel de Prada y a Perez reverte... si estás buscando curro...si te gusta trabajar para vivir... si vives con el dinero justo...si te gusta escribir de vez en cuando pero te cuesta horrores.. si te gusta zamparte un buen libro de tirón... si disfrutas corriendo hasta vomitar y te sientes un urbanita... si eres un experto cazador de alimañas... entonces... ¡estás preparado para ser un NUEVO y ésta es tu novela!"

Se puede comprar en la casa del libro, corte inglés y tiendas de tu ciudad

también se lo podéis comprar aquí:

http://www.edicionesatlantis.com/catalogo/12/los-nuevos/957/

saludos de blonde red



miércoles, 4 de septiembre de 2013

Diferencia entre un tipo de loco y un tipo de cuerdo

Un cuerdo imagina el mundo de manera indefinida. Siendo muy loca e irracional su forma de ver el mundo, no considera que ésta deba ser la realidad de todos.

Un loco imagina el mundo de una manera concreta. Siendo muy cabal y racional su forma de ver el mundo, considera que su visión debe ser la de todos.

El loco suele apelar al sentido común.

sábado, 1 de diciembre de 2012

El fantasma ofendido


Se había puesto de moda en los noventa jugar a la ouija. Lo hacían a menudo ella y sus amigas cuando su madre no estaba. Dibujaban el abecedario y unas cuantas cifras del cero al nueve en una hoja de cuaderno y comenzaban la partida. Entonces se manifestaban los espíritus de sus antepasados en medio de su cocina. Personas que habían pasado sin pena ni gloria por la vida que ahora ellas disfrutaban. A veces los fantasmas se pronunciaban con incoherencia, pero la mayoría de las veces lo hacían de forma reveladora.

El problema era que sus amigas se lo tomaban todo como si fuera una broma. Querían saberlo todo y no paraban de molestar hasta que su invocado desesperaba. Se notaba que habían visto demasiadas películas y siempre acababan preguntando las mismas tonterías.

-          ¿Estás condenado a ser errante y vagar eternamente por tus pecados?

-          ¿Eres el demonio que juega con nosotras?

-          ¿Hay alguien en la sala que te moleste?


Diantres. No soportaba que agobiaran tanto a los espíritus. Ellos no hacían nada excepto querer que los dejaran en paz. Cuando alguno se había manifestado, estaba segura que lo había hecho sin querer. El mundo de los vivos ya no les interesaba lo más mínimo.

Sobre todo porque eran los vivos los que se habían olvidado completamente de ellos.

Cuando por fin acabaron sus amigas de asediar al fantasma, se despidieron y esperaron su respuesta. Entonces el errante no dijo nada. Por lo visto se había enfadado y no se quería marchar  de la cocina. La cosa empezaba a torcerse y ni ella ni tampoco sus amigas sabían cómo reaccionar. Soltaron rápidamente la moneda y empezaron a mirarse sin hablar. El frigorífico emitía su típico zumbido multiplicado por siete. Los grillos entonaban macabras melodías en el jardín. Y un cotidiano parpadeo iluminaba la mesa blanca de la cocina. En cualquier otra circunstancia aquello les habría parecido algo normal pero entonces, lo atribuyeron todo al espíritu que acababan de invocar.

Nadie sabía qué decir ni tampoco qué hacer.

Optaron todas sus amigas por largarse pitando. Le dejaron sola en la cocina mirando una moneda roñosa en medio de un folio lleno de garabatos. Le dejaron a solas con el fantasma. Y estaba el errante ofendido de verdad. Su madre no llegaba hasta las doce así que decidió conservar la calma y no dejarse llevar por sus emociones. Se metió la moneda en el bolsillo, destruyó el folio y subió rápidamente por las escaleras directamente hasta su habitación. Allí dentro escuchaba mucho más alto que de costumbre a los gatos callejeros. Aleteos de murciélagos rozaban la persiana de plástico de su cuarto. Y el maldito  parpadeo de las bombillas era cada vez más frecuente. Pensó que quizás se había vuelto loca y que no existía ningún fantasma. Aquello al menos le consolaba durante un rato. Pero en seguida empezaba a sentir deambular al errante por su habitación. Escuchaba sus pasos en el desván y susurros cerca del cuarto de baño. De repente un golpe muy fuerte, un estrepitoso chirrido se produjo a su izquierda. Era la puerta que se abría de golpe y con violencia.

Era su madre que había llegado de cenar con sus amigas.

-          ¿Qué te pasa? – le preguntó su madre. – Parece como si hubieras visto un fantasma. ¿Qué haces aún despierta? En la cocina huele a tabaco. ¿Qué hacéis tú y tus amiguitas cuando yo no estoy?

La chica le contó a su madre todo lo que había pasado. Se lo contó entre sollozos más o menos intensos. Su madre consiguió consolarle. Le propuso una fórmula que había abandonado hacía unos años, el caso es que le funcionó de nuevo.

-          Cuando tengas miedo y no puedas dormir, invoca a tu ángel de la guarda con una breve oración. Ya sabes hija que funciona siempre. Tu ángel de la guarda siempre te protege y sabes muy bien que puedes contar con él cuando lo desees. Hazme caso. Buenas noches y dulces sueños.

La cosa es que dijo su breve oración y su ángel de la guarda hizo su intervención. Produjo una burbuja mágica alrededor de su cuerpo. Ya no escuchaba nada y en parte le fastidiaba tener que pasar tanto de aquel pobre y enojado fantasma. En realidad ella no había tenido nada que ver con aquello. Habían sido sus amigas por lo tanto, ella no tenía razones para darle más vueltas.

El caso es que lo hizo. No paró de darle vueltas al asunto hasta que halló una posible solución. Al día siguiente trataría de convencer a sus insolentes amigas para que invocaran de nuevo al fantasma y le pidieran perdón por las molestias ocasionadas. 

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lunes, 19 de noviembre de 2012

Primer amor a primera vista


Era muy extraño, pero aquel fin de semana de Junio sintió que su cuerpo se transformaba de repente. Se había introducido algo en su mente, algo nuevo y revelador, una especie de secreto que de pronto albergaba su corazón. La sensación era maravillosa pero al mismo tiempo le inquietaba. Sin embargo no luchaba, se dejaba llevar por la tremenda emoción que sentía entonces. Nadie debía conocer los cambios operantes que llevaban a cabo sus entrañas. Debía ser un secreto bien guardado y no podía permitir que nadie averiguara nada de lo que le estaba ocurriendo.

Sería mucho mejor así.


Bajó de casa y se montó en el coche de su hermana mayor. Un R5 gris clarito muy pequeño. Se puso el cinturón y se acurrucó en el asiento del copiloto como pudo. Le gustaba viajar con su hermana porque con ella nunca se mareaba. Aceleraba y reducía el motor de forma progresiva y casi no tocaba el freno. Circulaba de forma precisa y agradable. Siempre con la radio a tope le deleitaba con canciones de rock que se quejaban por todo. Cuando su hermana se lo permitía, le gustaba sacar la mano por la ventanilla para sentir el aire. Entonces ella le miraba de reojo y le vigilaba a través de sus gafas de sol oscuras.

Era una estupenda y responsable hermana mayor a pesar de todas las broncas y de todas las patadas.

Más o menos, cuando estaban a mitad de trayecto, su hermana giró a la izquierda y se detuvo en una gasolinera. Después de apagar el motor y la radio, salió del coche y se introdujo en una enorme tienda de revistas y comestibles. La gasolinera estaba llena de gente repostando y lavando sus coches. Se notaba en el ambiente que había llegado el verano. Empezaba el calor y todo el mundo se había echado a la calle. No quedaba nadie en sus casas y la gente tenía unas ganas horribles de estrenar sus trajes de baño y de dorarse al sol. Su hermana tardaba mucho en volver y parecía que la cosa iba para rato. Algunos coches le adelantaban y otros nuevos llegaban y se detenían a su derecha para llenar el depósito. De repente un flamante deportivo rojo se detuvo a su lado. Salió del coche un hombre muy alto y muy rubio con unos zapatos muy brillantes y un traje muy elegante. El hombre mascaba chicle de forma compulsiva y avanzaba con zancadas de antílope. Se dirigía al mismo sitio que su hermana mayor, por lo que dedujo que también él tardaría en volver.

Entonces se puso a observar el flamante deportivo rojo de aquel hombre.

Tenía unas ruedas gigantes como las de un coche de carreras. Los focos delanteros formaban parte de la silueta aerodinámica del conjunto. Las llantas del coche brillaban como espejos y las ventanillas lo hacían como pompas de jabón. De repente adivinó en su interior una pequeña silueta sentada en el asiento del copiloto. Era la silueta de un chico de su edad, rubio y con el pelo rizado. Sus ojos eran azules y sus dientes blancos como perlas. Lo que más llamó su atención no fueron todas aquellas minucias. Lo que más llamaba su atención era que él le miraba fijamente a los ojos y de forma extraña. Se comunicaba con ella y lo hacía con sus ojos azules. Nunca había sentido una mirada como aquella con tanta intensidad y encima a su vez, ella sentía que también se comunicaba con él a través de sus propios ojos. Se miraban fijamente y ninguno de los dos se movía ni un centímetro. Estaban ambos pegados al respaldo de su asiento. Mente y cuerpo dejaban de ser uno solo para transformarse en dos entidades complejas. Sentía que superaba aquella sensación todo lo maravilloso que había sentido ella hasta entonces. Su emoción era lo más parecida a todo aquello reunido en un solo instante. Un instante por el cual no pasaba el tiempo. Sospechaba que su hermana aparecería irremediablemente y que les separaría para siempre. Sentía a la vez el placer y la angustia de aquel encuentro. El chico no dejaba de mirarle e incluso le sonreía. No soportaba su sonrisa pero sin embargo no podía vivir sin ella. Miraba al chico y un cosquilleo extraño le trepaba desde los pies hasta la garganta. Implosionaba su mente con una especie de eco infinito y con ondas que afectaban incluso a su propio corazón. Necesitaba salir y abrazar a aquel chico. Necesitaba abrazarle mucho más que a su propio padre. No entendía por qué de repente un desconocido total había despertado en ella todas aquellas emociones. A su izquierda se acercaba su hermana y abría la puerta del conductor. Ni siquiera se había dado cuenta cuando su hermana había abierto el depósito, echado el carburante y cerrado el depósito. Se había quedado allí pegada en el asiento del copiloto con cara de boba. Pero con la cara de una boba reflexiva. Se trataba de un placer intelectual de tal intensidad que hasta había podido sentir los besos de aquel chico en su rostro.

Y con su mirada ella le había devuelto todos aquellos besos.

Sin más rodeos arrancó su hermana el coche, aceleró y se incorporaron ambas de nuevo a la carretera.

Sentía que necesitaba contarle a alguien lo que le había pasado hacía dos minutos. Allí estaba su hermana mayor pero le daba vergüenza contárselo a ella. Pensó en contárselo a su mejor amiga. No había nada que hacer. Tampoco ella entendería ni una palabra. Ni siquiera ella misma entendía nada de lo que le había ocurrido. De lo único que estaba segura era que había sentido la primera y maravillosa experiencia de un amor hacia lo desconocido. Y aquello le había provocado por primera vez una sensación de nostalgia.

Llegaba todo de golpe, su adolescencia y madurez avanzaban de forma descontrolada y sentía que abandonaba una etapa de su vida que jamás olvidaría del todo.


lunes, 12 de noviembre de 2012

Baño compartido

Pieza encargada por BERUTA para decorar el escaparate de su preciosa tienda/taller.

A continuación algunas fotos de mi proceso para el fondo y algunas otras del resultado final. Si queréis saber algo más sobre estas preciosas y enigmáticas muñecas, visitad la web

http://www.beruta.net/













domingo, 4 de noviembre de 2012

Cuento prenavideño


Una heladora y despejada mañana de Diciembre caminaban por la calle cogidos de la mano un niño pequeño y su madre. Miraban ambos los escaparates de las tiendas y de vez en cuando se observaban reflejados en los cristales.

También esquivaban los gigantescos árboles plantados en las aceras de su barrio.

Y se cruzaban con ancianos que atravesaban los pasos de peatones apoyados en sus bastones de madera. Caminaban a su lado señores solitarios fumando cigarrillos con la mirada perdida. También se cruzaban con hombres y mujeres paseando a sus mascotas.

Formaban todos ellos parte de un decorado prenavideño.

Entonces no llevaban ni cinco minutos haciendo recados cuando de repente, ambos lo vieron en medio de la acera. Era un castillo de juguete en perfecto estado. Solamente tenía una pega. El castillo original estaba lleno de trampas y de poleas y de pegatinas muy chulas. Éste no tenía nada en su interior, estaba hueco.

Se suponía que por eso lo habían abandonado en medio de la calle.

Miraba la madre hacia los lados mientras su hijo sobaba y elevaba el castillo por los aires. De repente dijo el niño arrugando su naricita.

-          Huele un poco a basura.

-          Es igual –contestó su madre. Nos lo llevamos a casa y lo limpiamos con agua y jabón.

Y se miraron ambos en silencio y brillaron sus ojos con un leve destello de amor profundo y verdadero. Les hacía ilusión haber encontrado ese castillo. El niño no paraba de repetir que lo iba a llenar de trampas fabricadas por él mismo y que no le importaba que estuviese hueco. Su madre le observaba y le sonreía mientras apretaba su mano con fuerza.  




sábado, 27 de octubre de 2012

Siete segundos


Su primera cita con B. fue maravillosa pero poco a poco todo fue degenerando. Ya se habían avisado ambos que la cosa no tenía futuro, sin embargo seguían conociéndose. La última vez que acabaron conociéndose ya del todo, se dejaron de ver. Esto no supuso ningún problema para ninguno de los dos. Su relación estaba muerta. Se habían dicho cosas bonitas que ninguno de los dos sentían. Se habían dado cariño sí, pero de alguna forma no se habían dado el suficiente.

Una tarde de Febrero se sentaron ambos sobre la cama de B. Se observaban y se besaban de forma muy rara. Se desnudaron y después observaron el techo. Se hablaban mirando al infinito y casi no se tocaban. El pelo grasiento de B. y sus hombros desnudos llenos de pecas rozaban la cama. No había nada en la silueta de B. que le sedujera. Era una silueta muerta y obligada por la fuerza de la gravedad a permanecer en silencio. Tampoco B. sentía nada por la persona que tenía a su lado. Era todo muy aburrido en aquella posición. Entonces B. se levantó de golpe y empezó a tocarse el pelo de forma descontrolada. Intentaba seducirle a toda costa.

Trataba B. de conseguir por lo menos una caricia en el hombro.

No había nada que hacer. Su cuerpo muerto tumbado y cubierto con su edredón no se movía ni tampoco reaccionaba.

No sentía nada.

Entonces B. saltó de la cama y posando sus pies desnudos contra el suelo de su habitación se puso a revolver entre los cajones de su armario. A los tres minutos volvió a la cama con un extraño y diminuto aparato entre las manos.

-          ¿Te apetece ver una peli? – dijo B.

Entonces se iluminaron sus ojos y descubrieron de pronto el cuerpo de B. Le sedujeron de nuevo sus hombros y le hicieron gracia sus pecas. Acarició su pelo grasiento y amó de nuevo aquella silueta.

Por lo menos lo hizo por unos instantes. Fueron breves e intensos aquellos instantes que por lo menos duraron una eternidad. B. no reparaba en ello, pero gracias a su diminuto reproductor dvd y a su decisión de recuperarlo en aquel preciso instante, había conseguido seducir de nuevo a su amante.

Había conseguido seducirle durante siete segundos.


Algunos materiales que utilizo para los papier collé

















gomas de borrar

















Tijeras con troquel






















Pegamento de barra

















Boli multicolor y goma de borrar especial

















Cuchilla

Cartel para las fiestas de CAMPAMENTO BASE