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miércoles, 10 de noviembre de 2010

Fernandito P.M.



Algunos rituales cargan de sentido la presencia de los seres humanos sobre la tierra. Su significado y necesidad han impulsado que hasta el presente se sigan celebrando fiestas por todo el mundo. La posibilidad de otorgar un sentido a la existencia ha sido ineludible y por lo tanto el ser humano siempre ha reservado una región de su tiempo para ello.



El día de todos los santos y difuntos era un día especial. En L. algunos lo celebraban de una manera muy peculiar y a la vez muy solemne. Por la mañana se celebraba una misa en la iglesia. Justamente después de que el cura pronunciase su esperado podéis ir en paz, los niños se lanzaban corriendo a la calle ondeando sus enormes bolsas de plástico. Cuando por fin llegaban a la primera casa del pueblo agitaban de nuevo sus bolsas y gritaban:

- ¡Arrebuche, arrebuche!

La cosa consistía en recoger todos los caramelos, frutos secos y monedas posibles que cada vecino lanzaba con fuerza desde su balcón. Los niños conocían bien cada casa y lo que podían esperar de cada una de ellas. La mayoría de las casas lanzaban caramelos, pero algunas lanzaban incluso monedas. Otras, como la casa de M., eran famosas porque en alguna ocasión habían lanzado manzanas podridas en vez de caramelos.

Cuando los niños llegaban hasta el final del pueblo, sus bolsas de plástico rebosaban caramelos y frutos secos que durante el día devoraban hasta la enfermedad.

Todos los años, un grupo de niños visitaba el cementerio del pueblo. Habían oído a los mayores decir que era posible hablar con los muertos. La idea les fascinaba y nunca olvidaban su visita. Ésta consistía en colocar unos pocos caramelos cerca de en una pequeña cruz de madera.

Aquella cruz era algo especial para ellos. El niño que estaba enterrado allí había muerto sin llegar a cumplir un año.

Se llamaba Fernandito P.M.

En una chapa metálica blanca bastante oxidada estaba escrito su epitafio y debajo había impresa una pequeña ilustración del rostro de un querubín. Ninguno de ellos se olvidaba de colocar su caramelito cerca de la cruz e incluso alguno reservaba el mejor caramelo para la ocasión, enterrándolo cuidadosamente entre la hierba.

Siempre que llegaban lo primero que comprobaban era si aún seguían allí los caramelos del año anterior. Al encontrar los envoltorios vacíos se imaginaban que aquel niño se los habría comido. Esto les hacía sentirse especiales e imprescindibles para él.




Le gustaba entretenerse y asustar a sus sobrinos con historias de terror. Algunas eran ciertas y otras se las inventaba. Consideraba un importante ejercicio para la imaginación de sus sobrinos el que conocieran aquellas historias. Mientras paseaban escuchaban fascinados con la sensibilidad a flor de piel y exigían a su tío nuevos e increíbles relatos. Después de que él les contara la historia de aquel niño decidieron ir a visitar su tumba. Hacía años que no había vuelto por allí y consideraba necesario demostrar a sus sobrinos que hablaba en serio.

Cuando llegaron al cementerio el viento ondeaba muy suavemente la hierba amarilla que inundaba el suelo. El silencio era tan intenso y terrorífico que decidió romperlo para tranquilizar a sus sobrinos.

- ¿a qué mola este lugar?

- ¡Siiiii!, - contestaron a coro sus dos sobrinos.


La hierba cubría las tumbas y apenas se podía distinguir una de otra. El chico buscó el lugar donde hacía años se encontraba la cruz del niño pero en su lugar no había nada. No podía creer que alguien la hubiese robado. Aturdido miró a sus sobrinos y les dijo:

- Os juro que estaba allí, alguien se la ha debido llevar.
- ¿Dónde? – Preguntaron ellos.

Acto seguido se agachó y señaló el lugar donde recordaba clavada la pequeña cruz de madera. Sin poder aceptar que la cruz había desaparecido excavó un poco entre la mala hierba y entre la humedad y descubrió en el fondo un listón de madera roída. Allí estaba la cruz. Sus sobrinos no daban crédito a lo que estaban viendo. Uno de ellos, con los ojos muy abiertos se alegraba mucho de haberla encontrado. Ello significaba que era verdad lo que contaba su tío. Hacía tan sólo una hora les había contado aquella increíble historia y ahora comprobaban asombrados que era cierta.

Todo se rodeaba de una magia indescriptible que él y sus sobrinos degustaban hasta el mínimo detalle.

Con mucho cuidado clavaron de nuevo la cruz y se sentaron a su lado. Cerca del suelo se podían respirar fragancias de hierba y tierra. El sol se ocultaba entre las montañas mientras de fondo se escuchaba el sonido de los coches. No quedaba tiempo para más historias. Se levantaron y observaron por última vez a su alrededor. Todo empezaba por adquirir un efecto nocturno que asustaba. En el interior, la tierra de sus antepasados cobraba vida. El sol totalmente oculto anunciaba la llegada de una especie de fúnebre evento privado. La pequeña cruz de madera se elevaba de nuevo majestuosa en el centro del cementerio.


A lo lejos un diminuto aguilucho cruzaba el cielo impasible y ajeno a todas estas historias.


Metros de gallardetes



Éstos infestaban la calle principal y la plaza del pueblo. La mayoría se enganchaban en el tendido eléctrico de las casas y en las farolas. Por la mañana todos los chavales jóvenes madrugaban para ayudar a colocarlos. Las calles estaban llenas de colores de plástico que significaban diversión futura. Todo estaba preparado para disfrutar de tres días inolvidables. El caso es que cuando acababan las fiestas nadie se ocupaba de retirarlos. Ya habían desaparecido las ganas de expansión.

Lo más divertido era cuando llegaban ciclistas y forasteros al pueblo. Casi todos preguntaban siempre lo mismo:

- ¿Son fiestas?

A lo que los chavales contestaban entre risas:

- No, lo que pasa es que no han quitado los gallardetes.


Lo que ocurrió entonces fue que acabaron degradándose por el frio del invierno y el viento. El plástico acabó por pudrirse y fundirse con la nieve. Seguramente los nidos de los pájaros y el suelo y las alcantarillas contuvieron pequeños fragmentos de plástico de colores durante años. Ya no se volvieron a colocar ni se compraron gallardetes nuevos. Las fiestas dejaron de ser lo que eran el año que desaparecieron.



Hace menos de un año, uno de los niños de aquel entonces decidió que ya era hora de volver a decorar las calles del pueblo con gallardetes. Sin pensarlo un instante, cogió el coche hasta llegar a P., aparcó y se dirigió hasta un antiguo bazar que conocía desde hacía años. Llevaba dinero y pensaba gastárselo todo en gallardetes. Dentro del bazar había un perro pequeño ladrando y detrás del mostrador su dueño fumaba un cigarrillo.

- Buenos días. ¿En qué puedo ayudarle?
- Buenos días, ¿No tendría por casualidad banderines de colores?
- ¿Banderines? Claro que si, ahora mismo se los saco.

Acto seguido el vendedor se introdujo en su pequeño almacén y volvió con un rollo enorme de banderas de plástico. Había banderas de Alemania, de España, de Inglaterra, de Francia…

- No, no, perdón, no me refería a esas banderas, lo que quiero son banderines triangulares de colores, no sé si me entiende…
- ¡Claro que sí! Pero eso no se llaman banderines, se llaman gallardetes.
- ¡Ah, sí, sí, claro! Pues si es tan amable quisiera cincuenta euros de gallardetes.
- Ahora mismo. ¿Quiere que le haga una factura?
- No es necesario gracias, me vale con el ticket de compra.



Por la tarde el chico entregó todos los gallardetes al alcalde. El hombre se sorprendió al ver tantas bolsas pero le dio las gracias y quiso devolverle el dinero. El chico dijo que no era necesario pero el alcalde insistió. Subió a su casa y le abonó la cantidad correspondiente al dinero que se había gastado.



Al día siguiente, el chico se levantó bastante tarde y cuando salió a la plaza no podía creer lo que veían sus ojos. No era consciente de la cantidad de metros de gallardetes que había comprado. El pueblo entero estaba otra vez lleno de colores. Colores vivos, flamantes, el pueblo entero olía a plástico nuevo. El alcalde y otro chico del pueblo habían madrugado y habían colocado hasta el último gallardete. No se habían dejado ni uno. Todo el pueblo parecía estar de acuerdo del hecho que significaban aquellos plásticos de colores. Su forma triangular, portadora de significado, anunciaba una celebración colectiva en donde cada cual participaba formando una masa homogénea y divertida. Sus cabezas daban vueltas en el interior de un circo de vivos colores, daban vueltas hasta marearse y perder el control de una estabilidad perecedera. Algunos lugareños aplaudieron su hazaña y otros ni siquiera se dieron cuenta pero sin embargo había algo festivo en su interior, una especie de felicidad acompañada de una tierna complacencia…

viernes, 5 de noviembre de 2010

Simón “cinta de casette”



Todavía hoy es objeto de mofa el perro de sus antiguos vecinos.

Los de B. eran una familia muy corriente. Ocupaban el primer piso de un viejo edificio de nueve plantas. Todos los días, la hija menor de éstos sacaba a pasear a su mascota. Era un perro pequeño y de pelo negro rizado. Lo tronchante de toda esta historia era el hilo de voz sine nobilitate que su dueña entonaba a la hora de dirigirse al chucho. También era digno de burla el nombre que había elegido para él. No porque se tratara de un nombre ridículo. De hecho, era un nombre bíblico muy de moda en aquella época, sin embargo, no lo era tanto para un perro como aquel. Cada vez que ésta se dirigía al chucho, él y sus hermanos lloraban de la risa.

- Simooooooon, ven aquí Simoooon. Deja en paz a esos niños y ven aquiiiii.


El caso es que todos los días pasaba lo mismo y era el perro el que se acercaba a ellos meneando el rabo y era su vecina la que empezaba a gritar.


- Simoooooon, si no vienes ahora mismooo te quedas sin comeer. ¡Te he dicho mil veces que no molestes a tus vecinoos!


Por las noches, cuando su madre ya había bajado las persianas y apagado la luz, él y sus hermanos se seguían burlando de su vecina y de su ridículo perro.





Una triste y luminosa tarde de otoño, paseando por la carretera, encontraron cerca de un contenedor una cinta de casette abandonada. Era una cinta grabada y en la etiqueta estaba escrito un nombre desconocido a bolígrafo azul. Uno de ellos rompió su mecanismo separando en dos extremos la cinta grabada y empezó a estirar. Mientras arrastraba aquel plástico por uno de los extremos gritaba:

- Simoooooon, ven aquí Simoooooon. Nunca me haces caso Simoooooooooon.



Desarrollar esta parodia les entretuvo toda la tarde. Se turnaban entre ellos para sacar a pasear a Simón. Gritaban y daban vueltas con la cinta en la mano hasta que el casette se elevaba y empezaba a dar vueltas en el aire y a su alrededor.


- ¡Simooooooooooooooooooooooooooon!


A partir de entonces a cualquier objeto enganchado con una cuerda, ya fuese una piedra o un palo le llamaron… ¿A que no lo imaginan?


Arañas rojas



Siempre se arrastra la sombra de la conciencia. Su proyección puede iluminar hasta el cemento más oscuro. Todas las casas que reciban luz serán las elegidas para marcar el camino hacia otras casas de cemento oscuro que esperan ser iluminadas algún día. Por el camino se podrán encontrar fuentes, también de cemento, pedestales vacíos y muros donde la vida transcurra ajena a esa luz.




El olor de los manzanos que rodeaban su jardín le recordaba al otoño. Los días empezaban a ser más cortos y más fríos. Recogió un montón de ramas del suelo y las lanzó una por una hacia los manzanos. Media hora después salió por la puerta del patio en busca de sus amigos.

Habían quedado enfrente de la casa de I. El fin de semana anterior encontraron un montón de tiza en un contenedor de obra y habían decidido pintar en la carretera cerca de la entrada del pueblo, justamente en frente de la casa de I.

Una casa grande de cemento gris oscuro y blanco.

Cuando llegó hasta allí aun no había nadie. Se sentó en el muro que separaba la finca de la carretera, cruzó las piernas y se puso a observar.

El muro también era de cemento pero de un tono gris muy claro. No era totalmente liso. La superficie era un poco rugosa debido a una trama de pequeños agujeros simétricos. El cemento estaba un poco pulido y sucio y algunos de los agujeros habían desaparecido por el roce y por el paso del tiempo. De repente entre aquellos agujeritos vio algo que llamó especialmente su atención. Unos puntos rojos diminutos recorrían la superficie en línea recta cruzando la superficie del muro. Aquellas formas vivían en el cemento, ese era su lugar. Se acercó un poco más y adivinó unas pequeñas patas alrededor de los puntos. Se trataba de un nido de arañas que por alguna extraña razón vivía en aquel muro. Parecía como si hubieran surgido del propio cemento, como si aquel material innoble les hubiese dado la vida.

Sin embargo esta vez iba a ser la curiosidad y estupidez de aquel niño la que interrumpiera la existencia de algunos de aquellos diminutos seres.

Era algo muy fácil y divertido. Con un solo dedo, el chico podía segar la vida de cada puntito, aplastándolo y arrastrándolo, creando una pequeña línea roja en el cemento. Así se entretuvo durante casi media hora hasta que aparecieron sus amigos.

Sin decir nada cogieron las tizas y se pusieron a dibujar y a escribir chorradas en la carretera.

Una insignificante tira de plástico



Dejó atrás su pueblo, cruzó la carretera y recorrió el camino que le llevaba hasta el depósito de agua. La temperatura era agradable a pesar de que a mediodía habían llegado a los cuarenta grados. Le gustaba pasear cuando el sol iluminaba de una forma oblicua. No soportaba el calor excesivo del verano durante el día pero le encantaban las noches. Recorrió una pista de gravilla negra y llegó por fin hasta el depósito. No era la primera vez que iba. Todos los jóvenes del pueblo lo conocían y solían ir allí por las noches con sus coches a fumar porros, escuchar música y charlar. En ese preciso instante no había nadie y él lo sabía.

Hacía tiempo que ni siquiera los jóvenes del pueblo iban por allí.

Superó un pequeño montículo de tierra y escaló una pequeña plataforma de cemento para subir hasta el tejado del depósito. Se sentó en el borde más alto y se puso a contemplar el paisaje. Las nubes parecían quererle decir algo. No se estaba volviendo loco ni tampoco sufriendo una especie de revelación. Simplemente le hablaban de algo que ya conocía. Su movimiento era muy lento, casi imperceptible y poco a poco iban cambiando de color. Se encendió un cigarro y contempló de nuevo el paisaje. Las casas del pueblo se veían muy pequeñas desde allí. Las piscinas se dibujaban mucho más azules que de costumbre. Las montañas se iban oscureciendo adquiriendo un tono verde azulado. De repente el aburrimiento se le hizo insoportable y bajó hacia el pueblo. Había pensado compartir éstas experiencias con ella. Pensaba que el silencio de la materia no existía para nadie pero estaba equivocado. Miraba hacia el suelo y daba patadas a los guijarros de forma violenta. Entre la gravilla encontró algo que le llamó especialmente la atención.

Era una tira de plástico amarilla.

No podía adivinar su razón de ser y sin embargo se la guardó. Pensaba dársela a ella, quizás así podría compartir aquella experiencia con alguien. Los objetos reflejaban a través de él hacia ella y de nuevo hacia exterior. Sus reflexiones eran muy simples, casi tanto como aquella insignificante tira de plástico.

Justo en el lugar donde había encontrado su precioso regalo, a la izquierda, había un camino de tierra. El sol reflejaba en los cardos que lindaban un camino lleno de luz. Muchas veces había tenido la tentación de tomar aquella dirección, sin embargo nunca lo había hecho. Lo haría por ella. En su delirio creía que algún día podría recorrer aquellos senderos con ella, juntos de la mano y casi sin hablar. La realidad era que su sensibilidad le trastornaba y le alejaba cada vez más de la vida. No podía seguir así. El aire soplaba muy suave y tibio y cada vez que lo hacía le recordaba de nuevo a ella. No era posible que en tan poco tiempo su imagen y su presencia hubieran ocupado tanto espacio en su mente. Casi no la conocía pero consideraba que todo el mundo era predecible y que seguramente ella también. Esto hacía las cosas mucho más fáciles.

El caso es que se aburría pensando en todo esto. Miró hacia el cielo y respiró una de aquellas agradables y cálidas ráfagas de aire. El camino subía de nuevo hacia el monte así que decidió volver.

Cuando llegó a casa ya se había mudado de todas sus reflexiones pasadas. Éstas ya no formaban parte de su realidad cotidiana. Su madre preparaba la cena y su padre estaba regando la huerta. La vida en el pueblo no estaba mal pero le aburría. No podía evitarlo. Le aburría casi todo. De repente recibió un mensaje. Metió su mano en el bolsillo derecho buscando el teléfono y sacó una extraña tira de plástico amarilla. La observó con detenimiento y pensó que quizás no significaba nada conservar aquel estúpido fetiche.

Resultaba algo demasiado serio y ganaba un merecido primer premio al aburrimiento.

Pompas de humo



Estaba triste y sufría una especie de carga que le hacía sentirse mucho más pequeño de lo habitual. Sus preocupaciones no le incumbían a nadie, ni siquiera a él mismo.

Entró en el salón y se tumbó en el suelo, encima de la alfombra. En la televisión aparecía una especie de mago vestido de negro que hacía pompas de jabón. El mago había aspirado humo y las pompas eran blancas. No podía creer lo que estaba viendo, las pompas flotaban en el aire sobre un fondo de color negro infinito. Todo se desarrollaba en absoluto silencio. La coreografía de aquel hombre armonizaba con el movimiento de las pompas de jabón y cuando explotaban su estirado cuerpo temblaba. Era una especie de mago payaso y bailarín.

La televisión reflejaba ondas azules sobre la alfombra llena de polvo. También reflejaban ondas azules la mesa de mármol negra y las paredes blancas de gotelé.

De pronto tuvo la misma sensación que había tenido hacía días cuando jugaba solo. Se levantó y miró por la ventana mientras se apoyaba en el sofá. Afuera estaba totalmente de noche y todas las farolas de la calle estaban encendidas. No eran más de las siete de la tarde y ya no quedaba ni rastro de luz natural. Sus hermanos miraban la televisión en silencio. Pensaba en el colegio. No le gustaba hacer los deberes y sus profesores seguramente le castigarían si no los hacía. Corrió la cortina y se tumbó de nuevo en la alfombra. El mago de la tele seguía haciendo pompas de jabón y de fondo sonaba una música muy rara. De vez en cuando se escuchaban los sonidos del público que aplaudía y gritaba. Lo que verdaderamente le fascinaba era ver cómo fumaba su cigarrillo y acto seguido soplaba por uno de aquellos extraños tubos. Los movimientos del mago eran como los de un chicle. Llegaba incluso a mantener en el aire cinco pompas a la vez.

Él y sus hermanos miraban el espectáculo embobados. Ninguno de ellos decía nada y sólo se limitaban a reír de vez en cuando. De repente apareció su madre y apagó la tele. La habitación se quedó completamente a oscuras y al fondo observaron la luz del pasillo.

CONCIERTO DE MORLANS EN EL KATOS

miércoles, 6 de octubre de 2010



nadie se preocupa


































una luz excesiva para pasear, se lo piensa mejor y no sale de casa



















La industria

Polillas revoloteando alrededor del fuego




Se despertó una hermosa mañana del mes de Junio de 198… con los ojos pegados a los párpados y entumecidos los músculos de la cara. Había pasado una noche llena de horribles pesadillas que ni siquiera recordaba. Cuando por fin pudo ser consciente de quién era y de donde estaba, ya se habían ido a desayunar todos sus hermanos. A través de las ventanas penetraba una luz blanca preciosa que iluminaba las sábanas revueltas y los armarios. En esta ocasión la realidad resultaba ser mucho más interesante que de costumbre. Se levantó y fue directo a la cocina. Todos estaban muy contentos porque esa noche se celebraban las hogueras de San Juan. Este día marcaba el comienzo de las vacaciones de verano y eso suponía casi tres meses de tiempo libre, de sol y de baños en el río. Por otro lado, la noche de San Juan era especialmente mágica. Después de cenar, se encendía una enorme hoguera en el atrio de la iglesia y allí los niños y los mayores lo pasaban en grande jugando con el fuego. No había allí ni música, ni comida ni bebida, nada, únicamente dos hogueras, una pequeña y otra grande.

La cosa consistía en saltarlas por encima muy rápido para no quemarse.




Los primeros en prender una hoguera fueron los pequeños. Les fascinaba comprobar cómo el fuego empezaba a quemar los troncos mezclados con hojas secas y paja. Aun no estaba de noche y la llama no iluminaba tanto como lo haría horas más tarde. El olor de las hojas secas era de una intensidad tal, que uno de los chicos las apartó con un palo.


- No dejan de echar humo, ¡las hojas la están ahogando!

- ¡No digas tonterías, está mucho mejor así!

- Lo que tú digas, pero luego no me eches la culpa a mí.

- ¡Calla!


Un poco más tarde llegaron los padres y los chicos mayores. Uno de ellos llevaba un bidón de gasolina y gritaba sin parar.

- ¡Apartad!


De repente una columna de fuego se levantó ante la mirada atónita de todo el pueblo. En seguida todos rodearon la hoguera. La gente reía y charlaba y miraba al fuego como si se tratase de la televisión. De vez en cuando alguien movía los troncos con un palo y cientos de chispas se elevaban hacia el cielo oscuro y lleno de estrellas. Una columna de humo gris se fundía con el aire fresco de la montaña.

Cruzar las llamas era algo increíble. Pasabas tan rápido que sólo podías sentir calor en las pestañas. Era una lucha en contra de los elementos, una especie de juego que consistía en saltar. Era muy divertido.

Las polillas revoloteaban alrededor del fuego.

Una vez que la hoguera se consumía la noche tocaba su fin. Los padres charlaban con las manos en los bolsillos y los jóvenes se alejaban a lugares oscuros para fumar cigarrillos.

La hierba del suelo estaba seca y llena de polvo. Tres niños meaban sobre la hoguera. Los chorros levantaban una fina nube de cenizas.


Con la ropa impregnada de olor a humo volvieron todos a sus casas.


viernes, 1 de octubre de 2010

Carcajadas




Fue por mediación de su hermana el que su padre no hubiera seguido pegándole. No lo hubiera hecho de todas formas. Poseía un corazón bondadoso y al contrario de lo que él creía, mucha paciencia. Sin embargo, esa vez no pudo contener su ira y le cruzó la cara en medio del hall, justamente cuando se disponía a salir por la puerta. Todo comenzaba a desmoronarse, las cosas estaban cambiando y ya no era un niño. Su padre no toleraba que él hiciese lo que le diese la gana y que le desobedeciera. En todo caso ya había resuelto quedar con uno de sus mejores amigos y confidente y eso era algo irrevocable. Su amigo vivía en el barrio de San J. y allí todo resultaba nuevo para él. Las calles eran mucho más anchas, acababan de inaugurar unas enormes salas de cine y sobre todo había en ese barrio algo que sólo conocía por las películas americanas; enormes cadenas de restaurantes de comida rápida.

Cogió el autobús y se rodeó de gente extraña. Un montón de chicos y chicas ocupaban los asientos traseros y no paraban de reír. Se preguntaba constantemente que demonios les hacía tanta gracia. Sólo ellos lo sabían y por eso los envidiaba.

Bajó del autobús y miró el reloj. Aún eran las cuatro de la tarde y su amigo le había dicho que no llamara antes de las cinco. Andaba por la calle muy despacio y despistado hasta que casi sin darse cuenta llegó hasta aquellos porches sobre los cuales se levantaban dos enormes edificios gemelos. En uno de ellos vivía su amigo. Sentado en el borde de un pequeño jardín se puso a esperar a que diese la hora. De repente cruzaron un chico y una chica y se sentaron a su lado. El chico sacó de su bolsillo una cajetilla de tabaco y le ofreció un pitillo a la chica. Ésta lo cogió y acto seguido se metió la mano en el bolsillo y sacó un mechero. Ambos se encendieron sus cigarrillos y comenzaron a fumar muy deprisa. Casi sin darse cuenta ya habían pasado más de treinta minutos y para él parecía que sólo habían pasado diez. Se levantó de un salto y llamó al portero automático de aquel enorme edificio. Una voz muy suave le invitó a entrar. Cogió el ascensor y subió hasta el noveno piso. Dentro le esperaban, o al menos eso creía él. Llamo al timbre y abrió la puerta la madre.


- Hola majo. ¿Qué tal estas?


- Muy bien. ¿Esta P.?


- Sí, claro, está durmiendo, ahora mismo le despierto. Entra.


Poco a poco iba sintiendo aquel olor tan característico que posee cada casa. Reinaba un silencio absoluto y sólo se podía escuchar el sonido de la nevera. De repente apareció su amigo con el pelo enredado y cara de dormido.

- ¿Sabes que si ofreces a una chica coca cola y aspirina se pone como una moto?

- No lo sabía. ¿Nos vamos?

- Vale, espera a que me lave los dientes.


Cinco minutos después ya estaban andando por la calle. No sabía que era, pero algo muy extraño le ocurría a su amigo. Justo antes de doblar la calle él le dijo:

- Vamos a buscar a un amigo mío y luego vamos al KFC.

- ¿A dónde?

- Un Kentucky Fried Chicken, es una cadena de restaurantes americana. Las alitas de pollo están buenísimas.

- Vale. ¿Es muy caro?

- No.


Subieron a casa de su amigo. Era un niño obeso con el pelo muy liso y muy bien peinado. Jugaba a la videoconsola rodeado de sus amigos. Él sólo se dedicaba a observar mientras su amigo hablaba con el chico obeso. Aquella casa no olía a nada.

Media hora después ya estaban sentados en aquel horrible restaurante que tanto les gustaba. El chico se pagó su menú de alitas de pollo sin embargo, no le llegaba para el helado. No le importaba. Aquel intenso sabor empapado en salsas significaba algo nuevo para él. Una sensación extraña le poseía en aquel lugar. Cuando acabaron la comida los tres amigos se separaron.

El chico volvió a su casa sólo y dando vueltas a su pequeña cabeza. Un montón de chicos y chicas reían a carcajadas en la parte trasera del autobús. Él se preguntaba que demonios les hacía tanta gracia, sin embargo, los envidiaba.


...

Carroña




A las ocho de la mañana del día siguiente habían decidido ir a recoger la red. Ya habían resuelto que aquella noche colocarían esa enorme red de pesca de un lado al otro del río. Con mucho esmero dedicaron parte de la tarde en desenredar los nudos de aquel enorme trasmallo. No resultaba una tarea fácil. Dentro de los nudos había enredados un montón de palitos y de hojas secas. Cuando por fin terminaron el trabajo, su amigo la recogió cuidadosamente, la envolvió en una toalla y la introdujo en su mochila. Quedaron en encontrarse después de cenar a orillas del río, cerca del pozo del médico.

Tres horas más tarde, él y su amigo caminaban por un sendero lleno de chopos. A pesar de ser de noche, la luna llena iluminaba con toda claridad el suelo. Una gran actividad nocturna se desarrollaba en aquel río oscuro y lleno de vida. Poco a poco y en silencio descendieron desde un árbol al agua y uno de ellos nadó hasta el borde opuesto del río con un extremo de la red en la mano. Mientras, el otro esperaba agachado sobre las raíces de un árbol. Desde allí observaba cómo su amigo enganchaba la red y acto seguido se acercaba nadando suavemente y con sigilo. Desde la orilla observaba su pericia. Aquella enorme trampa de pescadores ocupaba todo el ancho del río. Todos los peces que pasaran por allí esa noche quedarían atrapados en sus redes.

Los mosquitos infestaban los alrededores y una fina nube negra traspasaba la luna.



Al día siguiente comprobaron horrorizados su destreza.

Enganchados en la red había un montón de peces y algunas ratas de agua, también había culebras y hojas marchitas. El terrible aspecto de los peces muertos fue lo que realmente les asustó. No se trataba sólo del hecho de que estuvieran muertos. Lo que verdaderamente les produjo horror fue la rigidez extrema de aquellos animales. A diferencia de la mayoría de los peces capturados en el agua, éstos habían muerto dentro, atrapados en su propio elemento. Sus formas ya no se asemejaban a nada que pudiera tener que ver con ellos ni con su propia naturaleza.

Aprendida la lección arrojaron su captura al agua convirtiéndola en carroña y comida para los cangrejos.

martes, 28 de septiembre de 2010

El estertor




Las fiestas populares de L. marcaban el final del verano y por lo tanto el final de las vacaciones de los niños y la vuelta a la rutina de los mayores. En esas fechas todo el pueblo disfrutaba a lo grande de los eventos programados por la comisión de fiestas y por el alcalde. Después, todo se acabaría.

De los tres días que duraban las fiestas, el primero era el más emocionante. La gente se reunía en cuadrillas por la tarde para asistir al cohete inaugural y allí los mayores empezaban con la cerveza y el tabaco mientras los pequeños recogían caramelos del suelo. Una vez acabado el arrebuche se repartían chocolate caliente y bollos para todo el pueblo.

La temperatura durante el día era cálida pero por las noches ya comenzaba a hacer frío. En el ambiente se empezaba a sentir el otoño.

Una vez finalizado el primer baile, después de que todos, niños y mayores hubiesen vibrado con júbilo, se colocaban enormes mesas en medio de la plaza y se servía la cena. Mientras todo el pueblo lo hacía en la plaza, un grupo de amigos cenaba por su cuenta en la casa de los M.

Una enorme casa de tres pisos y de tejado gris, un poco menos rústica que las demás casas del pueblo y plantada allí hace cuarenta años.

Mientras todos comían en el salón, uno de ellos, muy nervioso, dejaba casi toda su comida en el plato. Tantos amigos y la promesa de una noche llena de emociones le habían cerrado por completo su pequeño estómago. Sin embargo, no dejó de beber cerveza en todo el rato y pasados los postres bebía ron mezclado con coca cola. Le embargaba una emoción injustificada debida a que él mismo sabía lo insulsas que le resultaban aquellas fiestas. Pero allí estaban todos sus amigos y hermanos y era esa noche cuando todo el pueblo se ponía de acuerdo para vivir el estertor. Unidos en el bar por la noche, todos los habitantes del pueblo parecían comulgar en una especie de ritual que consistía en beber hasta perder el control. Algo muy extraño se producía en aquel ambiente que sólo con respirarlo ya embriagaba.

Un intenso punto de luz se concentraba en esa sociedad, su presencia, componía lo más parecido a una estrella muy intensa. En esos días el pueblo se rodeaba de un valle dormido y en silencio. Afuera, los cangrejos y los peces del río no cambiaban su rutina nocturna. Dentro del bar, los habitantes brillaban con una luz propia generada desde su interior. La música significaba catarsis y movimiento de la pelvis. Las conversaciones nunca abandonaban su tono nostálgico y oscuro. Las cabezas se movían en medio del humo y pequeños puntos de luz advertían una lucidez extrema. Él era consciente de todo esto y por eso nunca faltaba a la cita.

Cuando acabaron de cenar decidieron entrar allí dentro para no salir en toda la noche. Sus amigos se desplazaban de un lugar a otro mientras él hacía lo propio en armonía con los demás. Era evidente que todo giraba en torno a su propio eje y que la realidad empezaba a resultarle interesante. La primera ronda de combinados estuvo a cargo de su hermano, que también era su amigo y que lo observaba todo con felicidad. Sus labios se posaron sobre un montón de vasos que le daban en ofrenda. Risas y abrazos completaban la coreografía que algunos torpes seguían al ritmo de la música. Los humos de los cigarros amarilleaban las paredes que en otros tiempos fueron blancas. Sin embargo allí no había luz. Sólo algunas sombras destacaban entre todas aquellas siluetas borrachas. El chico ya no sentía dolor ni angustia, sentía algo parecido al éxtasis, pero sin embargo, se aburría. Sus fechorías en contra del aburrimiento formaban lo que él consideraba su juego nocturno. Sus conversaciones y apretones fascinaban a algunos y molestaban a otros. De repente pudo ver algo. En medio de la pista, rodeada de solteros, estaba aquella mujer. Parecía poseer otro eje y a su alrededor flotaban comentarios lascivos. Bailaba con todos ellos sin importarle el mañana. Moviendo su cintura cambiaba de pareja como de copa. Fumaba y sonreía de una manera extraña. Obviamente era bella y sus pretendientes no dejaban de acosarla. Saltaba como una niña a pesar de superar la cuarentena. Sus ojos brillaban como estrellas y su cuerpo le acompañaba. Observaba a sus solteros con una mueca de felicidad inocente. De repente se puso sola en medio de la pista, flexionando las piernas de arriba a abajo y girando la cintura. Sus manos estaban ocupadas, una de ellas en sujetar la copa y la otra en colocarse el pelo detrás las orejas. Sus movimientos eran cada vez más lentos y su mirada más brillante. Su sonrisa permanecía en su mueca más simple, sin embargo, acto seguido, unas lágrimas brotaron de sus ojos. Él no podía creer lo que estaba viendo. Era cierto todo lo que significaba en ese preciso instante el estertor. Aquellas lágrimas producían en ella algo muy bueno y verdadero. Tanto él como ella y como todo el pueblo necesitaban aquella noche de desenfreno. La cosa no era tan simple. Ésta era una noche especial y se alegraba de formar parte de ella. Una lejana sensación se acercaba con el ritmo de la oscuridad mezclada con el alcohol. Sin dudarlo un instante se acerco a ella, apoyo la mano en su hombro y le preguntó:


- ¿Por qué lloras?


A lo que ella contestó:


- Lloro de emoción.


Nada más escuchar su respuesta el chico sonrió y se dio la vuelta.

...

Al día siguiente nadie de nosotros hablaba de lo que verdaderamente había ocurrido. Únicamente nos referimos a las cosas más insignificantes.

El viento despejaba las nubes del cielo y el sol calentaba sin fuerza. Los padres acudían al frontón para entretener a sus hijos en los castillos hinchables. Poco a poco el pueblo iba despertando de una gran resaca mientras el alcalde y sus colegas lanzaban cohetes. Juntos y a coro nos despedimos hasta el verano próximo sin el peso de nuestras almas.


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martes, 15 de junio de 2010

El entierro de la comida (Guiño a Leopoldo Alas "Clarín")



No se si alguna vez habéis probado comida recalentada en una fiambrera de dos pisos. La verdad es que no os lo aconsejo. Sobre todo si ha sido recalentada junto a otras setenta fiambreras, también de dos pisos y de olores y sabores extraños. La mezcla que se crea es algo homogénea e insoportable. Automáticamente se te quitan las ganas de comer y cualquier cosa te parece mucho más apetitosa, incluso una ensalada de lechuga con tomate. Recuerdo una historia relacionada y repugnante que me ocurrió más o menos cuando estudiaba sexto de primaria.

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Antes de nada lo que debía hacer era reconocer su fiambrera entre todas las demás. Ésta, sólo se diferenciaba de las demás por una pequeña marca inscrita en la parte superior. Dentro estaba su comida y toda clase de sabores y olores mezclados. Esta sensación normalmente le hacía perder el apetito y acto seguido se levantaba de la mesa, volvía a introducir su fiambrera en una bolsa de plástico grasienta y birlaba unos trozos de pan del comedor. Se hinchaba a pan. Por lo menos éste estaba tierno y le mataba el hambre.

Ese mismo día iba especialmente cargado de mochilas y cuando salió de clase abandonó su bolso de deporte en la sala de ordenadores e introdujo dentro la fiambrera. Pensaba recogerlo todo al día siguiente.

Pasaron un montón de semanas hasta que volvió a ver su bolso.

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Sabía perfectamente donde estaba, sin embargo, cada día le costaba mayor esfuerzo ir a por él. Cuando ya por fin lo daba por perdido, uno de los alumnos encargado y ayudante del portero se lo devolvió. Llevaba su nombre escrito en un bolsillo. Todo llevaba su maldito nombre escrito y en seguida le reconocieron. No se lo podía creer. Era su bolso. Era el mismo bolso que llevaba más de un mes abandonado en aquella sala y del que no quería saber nada.

Cuando lo abrió recibió un golpe de olor a humedad que le hizo echarse hacia atrás. Dentro olía a champiñón pero eso no era lo peor. Junto a su ropa de deporte estaba aquella grasienta bolsa amarilla. Dentro estaba la fiambrera y en su interior comida podrida. Se pudo imaginar su estado y descomposición. Ni siquiera necesitaba abrirla. Acto seguido se dirigió hacia las pistas deportivas. Al fondo estaba el salto de longitud y casi nunca había gente por allí. Rápidamente cavó un enorme agujero en la arena, arrojó su fiambrera dentro y se olvidó del problema. No era posible que nadie le descubriese. Además su madre hacía meses que había comprado una fiambrera nueva. La cosa estaba resuelta.

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El pitido



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No puedo determinar con exactitud cuáles fueron las causas y el origen de tan extraño fenómeno. Lo verdaderamente interesante a veces se encuentra en el enigma y no tanto en las respuestas que se puedan desarrollar. Cuando llegas a sentir algo parecido luego ya no vuelves a ser el mismo y tampoco puedes recordar nada fuera de lo descriptible. El cuerpo se carga de una especie de luz que que revela y que consuela. La noción de espacio se altera y se recorren regiones en las cuáles el individuo se hace consciente, a través de lo irreconocible, de su propia conciencia. A partir de entonces se inventan nuevas formas que luego se destruyen para completar otras. Los dibujos de colores ayudan a recordar las líneas de aquellos lugares tan encantadores que existieron alguna vez y su espectro visible compone lo que luego jamás se puede ver pero que sin embargo, se recuerda. El inconsciente refleja mucho mejor en los objetos que no reciben luz.

El caso es que después de aquello decidió que jamás volvería a tener miedo a la oscuridad.

Una cálida noche de Agosto justo antes de volver a casa escuchó un sonido que recordaría toda su vida. Uno de sus escondites favoritos era éste. Detrás de un bar había un patio trasero que utilizaban como almacén. El suelo estaba lleno de cajas de coca cola vacías, cristales rotos y un montón de botellas llenas de polvo. Allí, debajo de un cubierto y cerca de una pequeña puerta de madera cerrada con candado, se encontraba agazapado y oculto aquel chico. No era una noche especialmente luminosa. A pesar de haberse acostumbrado a la oscuridad era incapaz de reconocer muchas de las formas que le rodeaban. De vez en cuando escuchaba golpes y ruidos de botellas entre las cajas de plástico. De repente escuchó un pitido. Era algo continuo y poco corriente. Conforme se iba moviendo, el pitido se volvía más intenso e insoportable. Por un momento pensó que podría tratarse de una bomba y se asustó un poco. En seguida desechó esa posibilidad, ya que no encontraba ninguna razón para que alguien colocara una bomba allí. Pensó que sin embargo podría tratarse de algún tipo de sonido o mensaje extraterrestre. Se acercó hasta una pequeña luz roja que se ocultaba al fondo de aquel patio, pero se desencantó en el momento que pudo comprobar que aquella luz tan sólo se trataba de una pequeña bombilla que indicaba el funcionamiento y conexión de una de las cámaras frigoríficas. La oscuridad lo ocultaba todo de una manera sorprendente y su fondo negro e infinito acababa por reflejar destellos de colores que alucinaban. El espacio era idóneo y la temperatura del exterior agradable. Las estrellas aparecían brillantes y le hicieron pensar en lo extraordinario de todo. La sensación era tan buena que sus pies consiguieron despegarse unos centímetros del suelo. Jamás había escuchado algo parecido en la naturaleza y decidió quedarse hasta averiguar de donde provenía aquel maravilloso pitido ¿por qué nunca pudo volver a sentir nada similar? La posibilidad de que fuera algo extraterrestre había quedado desechada. Entonces, ¿de qué se trataba?

Años más tarde lo descubriría.

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Inquilino Cheever



Hace mucho tiempo que tenía ganas de escribir cualquier cosa sobre esta casa. Hoy mi propósito es conseguir a recordar algo. Por lo demás, no tengo muchos más intereses a parte de los que susurran al oído los fantasmas de todo escritor. De hecho, no creo que ni siquiera un alma se moleste en susurrarme nada al oído ya que que lo único que pretendo es escribir para recordar y no para invocar a los muertos. La contingencia del lenguaje y su retórica son en este caso en concreto las herramientas necesarias para que se produzca la alquimia. No pretendo colgarme la etiqueta de escritor para nada, toda para vosotros. Yo simplemente escribo porque tengo la suficiente inspiración y el tiempo necesario para hacerlo. Bueno, creo que si me conocierais ya sabríais a lo que me refiero así que allá voy.

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Sucedieron unas extrañas pesadillas. Se levantó de la cama, abrió las ventanas de par en par y se quedó un rato mirando el paisaje. Era muy temprano y el aire de la mañana se conservaba aún fresco. Bajó a la cocina para desayunar, acabó de hacer sus deberes y salió de casa. El pueblo entero parecía abandonado. Subió por el monte y llegó hasta el lugar donde tenían construida su cabaña. Allí tampoco había nadie. Se sentó, esperó un rato y como no llegaban sus amigos decidió subir un poco más arriba, hasta el pueblo más cercano.

Antes de entrar en el pueblo estaba aquella casa. Ésta en concreto le llamaba la atención por muchas razones. Una de ellas era porque estaba apartada de todas las demás. Su sola presencia destacaba en medio de la montaña. También destacaba por ser la única casa del pueblo de construcción moderna. Todas la demás casas era de construcción rústica y parecían ser mucho más viejas. Parecía muy sólida, pero si observabas su base, daba la sensación de que fuera a derrumbarse. Al fondo del jardín cruzaba un riachuelo que provenía de la montaña y bajaba hasta el río. Obviamente toda ésta propiedad estaba vallada e impedía el acceso de extraños en el interior.

El caso es que saber quienes eran los dueños de aquella extraña finca era imposible, ya que jamás pudo ver a nadie por allí. Ni siquiera había nunca un coche aparcado en su puerta. Parecía estar abandonada.

Llevaba tiempo llamando su atención y siempre había pasado de largo. Ese día decidió que ya era la hora de entrar a curiosear. De un salto superó la puerta de la entrada y aterrizó en un suelo de cemento en cuesta cerca de un pequeño cubierto. Dentro no había un coche, ni un perro, ni nada que pudiera hacerle cambiar de opinión y largarse de allí pitando. Solamente había un cubo de plástico azul, una manguera enrollada y unos cuantos productos de limpieza. Rodeó la casa hasta llegar a la parte de atrás, donde estaba aquel enorme jardín. Empezó a descender pero en medio de la cuesta decidió que no era lo más prudente seguir bajando y subió de nuevo. A un lado de la casa, justo debajo de un árbol, había un pequeño arcón de plástico. Se dirigió hasta allí y lo abrió. Dentro había un montón de juguetes, algunos un poco viejos y llenos de polvo pero la mayoría estaban bien. Sacó unas pistolas de agua y unas bolas de petanca de colores. Siguió sacando cosas y al fondo descubrió una caja con un montón de juegos. La abrió y sacó un pequeño ratón de plástico de color verde y se lo metió en el bolsillo. Miró a su alrededor. Estos momentos de pánico iban acompañados de suaves ráfagas de viento que amenazantes, le advertían de un peligro inminente. Su corazón empezó a latir con fuerza y respiraba con dificultad. De repente, una ráfaga de aire mucho más fuerte hizo que una de las contraventanas de la casa diese un golpe seco contra la fachada. Su corazón se paralizó de repente y sintió un pequeño mareo. Rápidamente introdujo todos los juguetes en el arcón y salió corriendo de allí.

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Todo esto ocurrió hace muchos años y es todo lo que recuerdo. Hace un año aproximadamente volví a aquella casa, esta vez acompañado de mi hermano pequeño. Todo sigue exactamente igual, no ha cambiado nada. Las contraventanas siguen cerradas y tampoco parece que haya nadie en su interior. Seguramente aún sigue allí, en medio del jardín, aquel pequeño arcón lleno de juguetes. No entramos dentro para comprobarlo pero sin embargo, soñamos despiertos imaginando ser sus propietarios. Su arquitectura nos fascinaba y pensamos lo felizmente aburridos que podríamos vivir allí. La terraza, el garaje y el color blanco sucio del cemento de las paredes aumentaban nuestro deseo de conocer algo más de aquella extraña casa. Dentro nos imaginábamos a un escritor encerrado en su habitación y escribiendo a maquina un montón de historias que no interesarían a nadie, ni siquiera a él mismo. Ésto nos hacía sentirnos bien y nos divertía.

Este verano volveré de nuevo por allí. Espero que no haya cambiado y siga igual que siempre. De todas formas, si he decidido hablar de ella hoy es simplemente por aburrimiento. Gracias por escucharme.

martes, 8 de junio de 2010

Ventajas de la poda en invierno




Los árboles, arbustos, trepadoras y rosales se podan en invierno, pero a lo largo del año también se pueden y se deben hacer intervenciones ligeras para eliminar elementos indeseables como:

- Ramas secas, rotas o enfermas.

- Ramas que estorben el paso de personas.

- Ramas que hayan crecido mucho.

- Rebrotes que hayan podido surgir desde la misma raíz.

- Flores y frutos pasados.

Hacer la poda en invierno de árboles y arbustos de hoja caduca resulta menos debilitante puesto que no se eliminan hojas y no se reduce por tanto su capacidad fotosintética.

Se dice que podar los árboles, frutales, rosas y arbustos en luna vieja o menguante favorece una profusión de flores y frutos. Cuando se quiere un mayor desarrollo vegetativo y crecimientos más fuertes se poda durante luna nueva o creciente.

Ventajas de la época de poda en invierno:

- Resulta menos debilitante para el árbol al no eliminar hojas (si es caduco).

- La estructura de ramas se ve mejor sin hojas y facilita la poda.

- Sale menos volumen de “forraje”.

- En invierno hay menos trabajo en el jardín.

- En primavera o verano hay riesgo en especies que “sangran” mucho por los cortes.

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La presión atmosférica iba subiendo poco a poco. Se levantó del suelo y se dirigió hasta el patio. Allí se sentó en una silla de plástico muy sucia y se puso a observar el paisaje. El cielo estaba totalmente nublado y la luz del sol era tan clara que le dejaba casi ciego. Arrojó los guantes con desidia encima de la mesa, apoyó la espalda y cerró los ojos. A lo lejos se escuchaba el ruido suave y continuo de un motor. De repente empezó a soplar un viento muy frío. El aire era tan puro que cortaba la respiración. El viaje en coche le había mareado pero no era posible que aun persistiese aquella horrible sensación. Sus extremidades estaban heladas, sin embargo, su frente estaba ardiendo y sentía un terrible malestar. El cemento blanco del patio reflejaba el color blanco de las nubes y la línea que separaba el cielo de la tierra había desparecido provocando una inestabilidad del cuerpo con respecto al suelo. El día acababa de empezar y ya no le quedaban fuerzas para hacer nada más. Solamente podía observarlo todo desde el patio. El viento cada vez azotaba con más fuerza los árboles. El chico se levantó para recoger un montón de ramas y las colocó una por una sobre una manta granate llena de polvo. De nuevo se acercó al patio y miró al cielo. El viento había hecho desaparecer casi todas las nubes y empezaba a lucir el sol. Entró en casa y se sentó en la cocina. Las luces estaban todas apagadas y a través de las ventanas se podían sentir la detestable luminosidad del invierno y el frío del exterior. Se levantó y entró en el baño. Allí dentro se lavó las manos y la cara y mientras lo hacía se miró en el espejo. Aquella luz lo bañaba todo de un amarillento cálido y sin embargo su rostro estaba de un tono azulado y frío. Sus oídos se taponaron ligeramente y empezaron a emitir un insoportable pitido. Salió del baño y se dirigió al salón, encendió la tele y se tumbó en el sofá.
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